El #MeTooEscritoresMexicanos me paralizó por completo. Cada que leía un testimonio no podía contener las lágrimas y la rabia me invadía. La violencia que vivimos las mujeres está completamente normalizada y es aterrador. Crecimos en un país que no nos brindó opciones a la hora de enfrentar una situación de violencia.

Sabía que ya era hora de contar mi historia porque el nombre de mi agresor fue uno de los primeros en salir a la luz. Pero el agobio y la ansiedad que sentí cuando comencé a escribir me detuvo; la valentía que sentí al principio se esfumó por completo cuando vi que los mismos agresores, sus más cercanos y hasta la misma sociedad hacían lo que estuviera en sus manos para desacreditar a las mujeres que denunciaban. A muchos de ellos no les quedó de otra más que pronunciarse con falsas y decepcionantes disculpas. Y a pesar de saber que tendría el apoyo incondicional de mis amigos, mi familia y de la comunidad violeta, simplemente no pude. Es ahí cuando terminé de quebrarme.

Mi cuerpo comenzó a reflejar todo el dolor que estaba sintiendo: estrés, ataques de ansiedad, dolores de cabeza, de cuello, espalda y el insomnio me estaba matando lentamente. Me costaba mucho levantarme porque era totalmente consciente sobre la larga jornada que me esperaba y en la que tendría que soportarme a mi misma ya que mi cabeza trabajaba a mil por hora. Concentrarme me resultaba imposible porque no dejaba de pensar en miles de cosas, todas al mismo tiempo e igual de dolorosas. Por todo lo anterior, mi humor empeoró día con día y comencé a desquitarme con las personas que más quiero.

Cuando decidí que no podría decir públicamente “a mí también ese hombre me violentó” se lo conté a Carol y apoyó mi decisión diciéndome que primero era de suma importancia sanar y canalizar todo lo que me estaba consumiendo. Era evidente que yo no estaba lista para contar mi historia porque ni siquiera yo he podido procesarla. No he terminado de entender y aceptar lo que viví. Lo que me hizo.

Entonces me convertí en mi prioridad. Esta situación me sobrepasaba y necesitaba ayuda profesional, por ello comencé ir a terapia. He tenido días muy difíciles porque estoy trabajando la culpa que siento y con culpa me refiero a que no fui lo suficientemente valiente como las mujeres que se atrevieron a denunciar.

Siento mucha más culpa cuando tengo un proyecto increíble como Somos Violetas, que tiene como objetivo visibilizar la diversas batallas que luchamos las mujeres todos los días en un país que no nos da tregua, que nos violenta e intenta callarnos en pleno 2019 y ahora más que nunca me siento vulnerable y sin fuerzas para alzar la voz. Siento vergüenza porque no soy tan fuerte como pensé y me he dejado derrotar una vez más por mi ansiedad. Por otro lado, soy consciente de que estoy siendo muy dura conmigo mismo. Mi cabeza es un caos y apenas comienzo a ordenar mis ideas y pensamientos para desplazar lo negativo.

También he pensando en que si tuviera pruebas todo sería más sencillo: la sociedad no me cuestionaría. Pero la verdad es que siempre nos van a cuestionar, fue desolador ser testigo a través de las redes sociales y conversaciones en torno al Me Too México que aún teniendo pruebas, muchas de las mujeres que denunciaron tuvieron que luchar por su credibilidad.

La triste realidad es que no estoy lista. Sonará a cliché pero es real: mi peor enemiga en estos momentos soy yo misma. Me queda un largo, muy largo camino por recorrer. Continuar con el proceso de deconstrucción, seguir mirándome al espejo todos los días para volverme a reconocer y recordar quién soy así como las razones por las cuales inicié este proyecto. Estoy tomando fuerzas para seguir haciendo ruido.

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