Por Alejandrina Ojeda Cruz

¿Cómo se comienza a hablar acerca del amor?

Siendo tantas cosas en una, siendo sentimiento y siendo práctica. Siendo intangible pero palpable, siendo olas que revientan en la arena y siendo agua que fluye en calma. Durante los últimos dos meses, me he preguntado tanto acerca del amor. En realidad, mis cuestionamientos han estado presentes durante toda mi vida, la diferencia ahora es que, por primera vez me enfrento al reto de amarme.

He estado en relaciones estables y tormentosas durante los últimos doce años y creía tener bien definidos mi camino y mis afectos. Sin embargo, hace exactamente dos meses tomé una decisión que cambiaría todo; terminar una relación “idílica” que parecía transmutar al “siguiente paso”: el matrimonio. Me sentí agobiada, asfixiada con la idea, aunque llevaba años deseándolo. En un momento crítico, de mi boca salió una frase que marcaría lo que sería el resto de mi vida: QUIERO ESTAR SOLA. Y no significa que en realidad esté sola, significa que ya no quiero estar con alguien para “no sentirme sola”.

Por años definí mis metas y objetivos personales, profesionales, emocionales y hasta espirituales a partir de alguien más. Cada paso que di durante doce años, estuvo definido y regido por los deseos de otras personas (en este caso, quienes fuesen mis parejas sentimentales). Me perdí, me mimeticé, me convertí en aquello que escuchamos hasta el cansancio “ser una sola persona, una sola carne, una sola entidad”. 

Cumplí con las expectativas de fidelidad, lealtad, amor y confianza que cualquier mujer ha escuchado y aprendido desde la niñez; me convertí en el modelo perfecto, la que acompaña, la que escucha, la que apoya, la que está sin condiciones, la que todo lo soporta y todo lo perdona y sí, en algún punto me sentí feliz. Sin embargo, no era feliz por mí, era feliz porque estaba cumpliendo con todo aquello que debía ser, estaba cumpliendo con las expectativas de mi familia, de mis amistades y con las expectativas de quien estuviese a mi lado.

Estaba haciendo todo aquello para lo que me habían socializado.

Hoy, con apenas dos meses de haber comenzado este proceso, mi vida es un desastre maravilloso, es un caos ordenado. Aún no sé qué es el amor, pero sí sé lo que no es. Descubriéndome, he descubierto a mujeres sororas que me muestran su amor, escuchando, acompañando y estando presentes. Estoy reconciliando aquellas relaciones competitivas que, sin darme cuenta, había creado con otras mujeres. Apenas comienzo a conocer a aquella mujer que se disfrazaba de lo que otros querían y en este viaje desesperante solitario, por fin, estoy comenzando a amarme

A amarme desde mis imperfecciones, a amarme desde mis errores, a amarme desde la firme convicción de no saber por dónde ir, a amarme desde la perspectiva real y cruda de que no puedo cumplir con las expectativas de alguien más, a amarme desde aquella culpabilidad cristiana que me limita.

El amor es una misma, el amor es un viaje interminable que se construye y se deconstruye, el amor es la certeza de saber que estamos acompañadas, que somos muchas y que estamos juntas en esto. El amor es saber que la única persona que estará contigo siempre, eres tú misma; por eso te debes respeto, autocuidado, paciencia, cariño y tiempo. El amor es saber que puedes compartir tu vida y tu espacio con alguien, sin dejar de ser lo que eres. 

El amor es algo en constante cambio y movimiento, el amor nos acerca y nos aleja de quienes nos edifican o de quienes nos destruyen. El amor es energía vital que surge dentro de ti y que no se sujeta a nadie ni a ninguna convención social, moral o religiosa. El amor es lo que nos hace ser y hacer. 

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