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Nadie nos enseñó a querer

Voy a hablar de algo de lo que había evitado hablar en todos los medios posibles: el amor. No sé desde qué momento hablar de amor (romántico) me da ñañaras. Odio cuando mis hermanas me preguntan con ese gesto de confidencia cómo voy con L. Qué les importa, pienso. Pero hoy es sábado, hay un sol tenue para ser casi las diez y escucho una playlist de los trovadores hipsters del siglo XXI (Alex Ferreira, Silvana Estrada y los músicos de “Daniel, me estás matando”). Así que voy a hablar de amor.

A mí me gustan las cosas que duran para siempre. Sólo he tenido dos novios en toda mi vida y ahí dividan entre los dos unos 11 años. Una vez ¡una vez! tuve una cita con un desconocido en Tinder y me quedó debiendo 30 varos, una noche en la que casi me explotan las fosas nasales de tanto aguantar bostezos. Entonces mi idea del amor, les advierto, está muy desprestigiada.

Sin embargo me he dado cuenta de dos cosas que, como todas las generalidades, no son del todo ciertas pero tienden a suceder: los hombres no saben querer aunque quieran, y las mujeres le damos tiempo y energía de más a las relaciones románticas.

—Imagínate, me dice un investigador que trabaja con programas de prevención del suicidio—, una persona a la que toda la vida le dijeron que no debe mostrar sus sentimientos. Que debe ser serio. Feo, fuerte y formal. Todo el sentimiento que tiene contenido porque no pudo llorar, reír, querer.

Mi papá me dijo que me quería mucho apenas hace unos cinco años, cuando me fui de casa. Desde entonces no me lo deja de decir cada vez que me ve. Aunque con él tengo una relación muy buena, siempre se me hizo “normal” que no me expresara sus sentimientos. Y miren que es un ser desenvuelto, divertido y cálido. Pero es hombre.

L. siempre ha sido una persona muy detallista y atenta. Nunca ha sido violento, y — como nuestra relación ha pasado por todas las etapas— los dos hemos cambiado mucho. Ahora es bastante abierto al tema de la deconstrucción e intenta deshacerse de los restos de machismo que tenemos todos.

Cuando lo conocí me pareció que expresaba bastante mejor sus sentimientos y emociones que otros varones que conocía [btw fue educado por una mujer maravillosa y open minded]. Hace poco me dijo que a veces sentía el impulso de abrazar a sus amigos, pero no lo hacía porque no sabía cómo iban a reaccionar. Con todo, hubo un tiempo en el que para mí no era suficiente, lo que me lleva al segundo aforismo: las mujeres tampoco sabemos querer.

Y cómo vamos a saber querer si nuestras referencias del amor son tan melodramáticas. En alguna entrada anterior, compartí que hasta hace poco no tenía muchas amigas. Recuerdo muy bien que lo que valoraba más de mi mejor amiga V. es que con ella podía hablar de cualquier cosa antes que de hombres. En una ocasión estuve en una reunión con otras chicas feministas y me decepcionó mucho que durante toda la noche no se hablara de otra cosa más que de ex o crushes. No me malinterpreten, creo que es necesario hablar del amor romántico, de la deconstrucción del mismo y de las relaciones tóxicas, pero después de la tercera ronda de cervezas yo me preguntaba si no era momento de pasar a otra cosa mariposa. Éramos varias mujeres adultas, que trabajaban en cosas muy interesantes y no pasamos del juego de mostrarnos las fotos del varón en turno.

Hay muchas chicas que creen —been there— que si no están estables con alguien amorosamente, el resto de su vida no puede estarlo. Si tengo las credenciales para dar un consejo, les diría que nunca fui tan feliz como cuando me di cuenta que en mi vida importaban muchas otras cosas antes que una relación de pareja. Porque nos han enseñado que hay dos estados sentimentales: con pareja o buscándola.

Entonces está claro que en una relación hetero con un hombre que creció con la idea de que no debe expresar sus sentimientos; y una mujer que tiene las expectativas de que el cuate subiría una torre, mataría un dragón y hasta moriría por ella, no va a funcionar jamás.

L. me repetía y me repetía que su forma de querer estaba en hacerme el almuerzo, mandarme mensaje al mediodía cuando iba al trabajo o ayudarme cuando lo necesitara. Pero yo quería que me apretara como un peluche de esos que estrujas y no dejan de decir: te amo, te amo, te amo; me hablara por teléfono para decirme “nos vamos a la playa el fin de semana, dejé todo por ti” y otras situaciones telenoveleras.

En este punto los hombres deberían entender que no estamos “locas” ni somos “exageradas”, sino que nos educaron para sacrificarlo todo por amor y que nuestra vida girara entorno a una llamada telefónica o una visita y lo menos que esperamos es reciprocidad. Y nosotras, poner en algún otro sitio el amor de pareja, a lo mejor abajo y a la izquierda, para que en el centro estemos nosotras y nuestra dignidad.

Aprender a querer es también dosificar el amor, no querer más, sino mejor. La dignidad debe ser la unidad de medida del amor. No el sacrificio ni el sufrimiento, mucho menos el tiempo que le dedicas a alguien.

Esta historia de amor no acaba con final feliz. L. y yo seguimos aprendiendo a convivir con el otro y la otra. Tenemos claro que antes de nuestra relación están nuestros planes de vida, las actividades cotidianas de cada quien, y que posiblemente se desprendan en algún momento. Mientras tanto, lo único que estamos obligados a darnos una al otro y viceversa —eso sí en cantidades industriales— es respeto.

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Retratos de un Erizo

Uriel o por qué los hombres necesitan a las feministas

No hay respuesta unánime entre las feministas a la pregunta de qué lugar ocupan los hombres en la lucha. Para las y los heterosexuales es todavía más necesario trabajar en la convivencia para entablar relaciones equitativas y sanas, con toda la complejidad de las emociones.

Algunos hombres que conozco han cambiado radicalmente sus opiniones sobre la violencia de género y el feminismo, gracias a la intervención oportuna de una feminista de confianza. Esa amiga, compañera de trabajo o familiar que con un argumento le pidió bajar dos rayitas a su macho interiorizado. Son casos de éxito— y hay que apreciarlos como tales— esos hombres que ahora vigilan sus comportamientos e intentan corregirlos, o se atreven a decirle a su amigo “oye, hermano, eso es machista”, e incluso leen y comparten información sobre el tema.

En el mejor de los casos, estos hombres no van por ahí poniéndose a debatir sobre el tema con una mujer, ni se cuelgan la medalla de voceros del feminismo (thank you, next), sino que se vuelcan al interior de su propio comportamiento, para entenderse.

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Conocí a Uriel a finales del año pasado cuando estaba a 12 mil kilómetros de la seguridad de mi casa. Eran las nueve de la noche y buscaba dónde cargar mi celular en el Parque Rojo de Guadalajara. Él salió de un bar frente al parque y me preguntó si estaba bien —ahora que lo pienso me da ternura su pregunta, porque yo estaba de maravillas y él tenía cara de perro atropellado.

Pensé que me iba a asaltar o que estaba borracho, y se lo dije. Él se rió y me contestó que sólo quería hablar con alguien porque necesitaba un consejo. Así que acabé escuchando de su relación tóxica con una mujer veinte años mayor que él que lo golpeaba, chantajeaba emocionalmente y a la que mantenía. Su historia estaba llena de violencia no sólo por parte de ella sino de sus hijos que tenían la misma edad que él.

Me contó cómo su novia lo había golpeado porque sintió celos de la prima de él, una vez que se abrazaron entre todos los primos durante un paseo. De cómo golpeó a su amigo, también por celos. Él tenía esta idea machista de que era el responsable de cuidarla, y que ella no podía arreglárselas sin un hombre, pasando encima de su propia seguridad y felicidad.

Al final bromeamos, le dí un abrazo, un consejo inútil (nada que él no supiera ya) y le regalé en una hoja de papel El manto y la corona I, un poema de Rubén Bonifaz Nuño.

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Entiendo, y admiro, a las feministas que deciden no volver a discutir con un hombre sobre el feminismo. Se lo tienen ganado por neeecios. Sin embargo, admito que después de largos años sufriendo mansplaining sin saberlo siquiera, ahora disfruto culposamente dejar sin argumentos a un wey que cree saber más de un tema, aunque de entrada no sepa un carajo.

Me parece incluso revolucionario el hecho de que las mujeres les expliquemos a los hombres sobre estos temas —y sobre otros también. Históricamente les llevamos años de ventaja en la introspección y deconstrucción de género. El falso masculino neutro ha sido contraproducente porque no hay muchos estudios que se centren en la construcción del “hombre” como género; sólo como humanidad, y humanidad somos todxs.

Hay feministas que dicen cosas como “las nuevas masculinidades no existen porque todas las masculinidades son tóxicas”. Esto me parece un desaliento a la voluntad de los hombres a deconstruirse y darse el chance de ser felices en un sistema que les exige demasiado, y que termina por jodernos a todas las personas. A menos que haya realmente un plan de exterminio feminiazista (jaja), necesitamos trabajar en relaciones sociales equitativas y no violentas con los hombres; y la creación de espacios y mensajes entre ellos con perspectiva de género (gracias, Gillette), es indispensable.

También se vale tirar la toalla con personas que tienen muy interiorizado el ego y el machismo. No tenemos porqué soportar al wey que en un debate te manda a hacerle un sándwich, o al intelectualoso que compara la muerte de una niña empalada a la “muerte en vida” de un ser que camina con el corazón roto.

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El día que conocí a Uriel, él había intentado hablar con un grupo de chavos que estaban en el bar. Les preguntó si se podía sentar con ellos y le contestaron que no. Trataba de contenerse pero mientras platicaba su historia me daba la impresión de que quería llorar. Opiné que —aunque no conocía la otra historia, la de su novia—si lo que decía era verdad, tenía que terminar la relación, por los dos.

El poema de Rubén Bonifaz Nuño tenía un verso que dice: Porque soy hombre aguanto sin quejarme que la vida me pese. Porque soy hombre puedo, he conseguido que ni tú misma sepas, que estoy quebrado en dos, que disimulo. Que no soy yo quien habla con las gentes, que mis dientes se ríen por su cuenta mientras estoy aquí, detrás, llorando.

La última vez que hablé con Uriel, aparecía sólo él en su foto de Whatsapp, estaba de vacaciones en Puerto Vallarta con su familia por Año Nuevo, se sentía feliz. Y yo me sentí feliz también, porque todos merecemos serlo.

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Pacto entre mujeres en busca de respeto

Por Anita Joker

A las amigas, a las que no son amigas, a las que no conozco, a las que conoceré, a las que hice daño, a las que me perdonaron, a las que admiro, a las que no me caen bien, a las grandes, a las pequeñas, a las que no han nacido, a las que sufrieron hoy, a las que tuvieron un gran día, a todas.

Uno de los mejores libros que leí este año fue En busca de respeto de Philippe Bourgois, que habla sobre East Harlem y la sociedad puertorriqueña narcotraficante. En este libro, el etnógrafo hace un análisis de todos los problemas sociales que conllevan la marginación y los espacios de violencia. Por supuesto, el machismo está entre ellos. Y relata el caso de una mujer, Candy, que se “empodera” después de sufrir años de maltrato físico y adulterio por parte de su esposo y un día le dispara en el estómago.

Candy se vuelve una de las vendedoras de crack más respetadas en el barrio y en aquello que era su marido: violenta, posesiva, celosa, obligaba a sus parejas a tener sexo cuando ella quería y compartía sus ‘proezas’ sexuales en público mientras humillaba a su novio.

Los del barrio solían decir que se había vuelto “uno de ellos”. Había entrado al mundo del poder masculino con todo y el machismo. Se había vuelto sujeto, en vez de objeto, de lo mismo. El caso de Candy —que es cien porciento real no fake— me hizo reflexionar sobre una serie de cosas acerca del poder. La forma en la que entendemos el poder es netamente masculina incluso si es una mujer quien lo ejerce.

Me explico: el patriarcado es una red a la que se entra fácilmente sólo siendo araña. Para entrar al mundo hecho por y para los hombres se tiene que renunciar a ciertas cosas consideradas “femeninas” como la maternidad, la sensibilidad, la dulzura, amabilidad, tranquilidad, y cambiarlas por actitudes consideradas “masculinas” como la practicidad, frialdad, o la agresividad.

Candy detestaba a las otras mujeres, las menospreciaba y culpaba porque no salían adelante como ella. Las mujeres estamos acostumbradas a ser la excepción en los grupos dominantes porque siempre son de hombres. Posiblemente por eso seamos competitivas entre nosotras, inconscientemente sabemos que no hay lugar para más de una.

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Quienes hemos pertenecido a un “grupo de chicos” (he tenido más mejores amigos que mejores amigas a lo largo de mi vida) sabemos que de alguna forma ponemos una barrera entre las otras mujeres y nosotras. Nos hemos sentido halagadas cuando los amigos hablan sobre las cosas que les “molestan” sobre las mujeres y nos dicen “pero tú no eres así”.

Se me ocurre que muchas mujeres nos damos cuenta en algún punto de la vida que el mundo no es de nosotras. Que el destino que nos fue conferido por nacer con una vagina es visto —erróneamente— como algo aburrido, inútil y ornamental. Nos peleamos con nuestro género, y por supuesto, con las mujeres.

Alguna vez escribí que sólo las mujeres sabemos la desobediencia civil que significa admirar a las otras. Amar a las otras. Después de cagarla mil veces en pensamiento, palabra y omisión entendí que no sólo el patriarcado tiene que caer, sino toda forma de poder ejercido de forma irresponsable.

El patriarcado es una red a la que se entra fácilmente sólo siendo araña

En un artículo escrito por Luisa Posada Kubissa titulado Pactos entre mujeres, la autora explica cómo la inserción de las mujeres en esferas de dominación masculina no debe limitarse a “entrar simple y llanamente” sino hacerlo desde la perspectiva feminista. Algo así como: hermana, entré y te guardé un lugar para que tú también entres.

Cuando era niña le sacaba la lengua a las otras niñas de mi edad en el súper. Todo cuanto me rodeaba hacía énfasis en que “hacer las cosas como niña” es hacerlas mal y pretendía marcar mi distancia con las otras. Tener hermanas y convivir con tres mujeres en mis primeros veinte años de vida no fue suficiente para sacarme de la entraña el gusano del machismo. El feminismo lo ha hecho just fine y siento que todos los días aprendo a quererme y a querer a las otras.

En los últimos meses he visto cómo el hecho de que una mujer feminista esté en determinado lugar estratégico o de poder, nos abre la puerta a todas. No acabaría nunca de contar las veces que la sororidad me ha dado cosas que me costarían el doble si quien estuviera detrás de una decisión fuera un hombre. Como dice Luisa Posada: reconocer que las mujeres han sido negadas en la historia es ya una práctica política contractual y “exige la genericidad reconstruida por un pacto entre mujeres y construir desde adentro, desde las propias mujeres, un nosotras sujeto con identidad propia”.

Hace dos semanas fui a una rueda de prensa y en el presidium había una sola mujer. Cuando llegó su turno, ella habló con fuerza, haciendo énfasis en el “todas” y en el “niñas”, antes del “todos” y del “niños”. Para mis notas cargo una libretita que es la portada de La Liga Feminista de Rita Cetina. La panelista vio la libreta y me sonrió. Yo saqué mi lengua apenada entre una sonrisa de cómplice y entendí que ella está ahí como yo estoy acá, ambas en búsqueda de respeto.

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Cómo vivimos la carcayúes o sobre el volver a empezar

Por Anita Joker

Odio la frase “empezar desde cero” porque lleva implícito que nada valió la pena, si fuera así empezaríamos desde el dos o desde el uno. Comencé a vivir sola hace casi un año, antes de eso viví cuatro años con un chico. Me quedé en la casa y con los gatos, digamos, entonces, que empecé desde el dos.

Me deslicé de una relación muy bella y duradera a principios de año, aunque como todas las relaciones, teníamos problemas. ¿Y si era tan buena por qué se murió? Creo que por acá he de empezar:

Hay una fiera estirpe de personas que no saben estar con otros. Que devoran y gobiernan. Que recargan sus energías en las vértices más solitarias de un salón lleno de gente. Una estirpe que no evolucionó del mono sino del carcayú.

Los carcayúes, o glotones, son conocidos por su ferocidad desproporcionada a su tamaño. Son capaces de atacar a presas más grandes que ellos. Obviamanta, como los glotones, yo también soy afectiva en períodos de reproducción.

Quién sabe por qué siempre estaba sola cuando me imaginaba feliz. A lo mejor porque crecí en una familia escandalosa cuando me gustaba más bien el silencio.  No es una tragedia estar sola, pero tampoco es tan romántico como cuando estaba en una relación, y fantaseaba con la idea de cómo adornaría mi recámara si no tuviera que compartirla con un geek freak. Spoiler alert: mi recámara está prácticamente igual, excepto porque no tengo televisión.

Cuando por fin estuve sola, me pregunté ¿por dónde empiezo? Primero tenía que lidiar con las horas muertas. Al principio me quejaba de no tener tiempo para mí y de pronto tuve demasiado. Comencé a salir a caminar, me metí de lleno a proyectos de trabajo pero aún así, me sobraba vida. Es muy extraño pero tardé bastante tiempo en darme cuenta que no me había hecho cargo de mí, del todo.

Pagaba mis cuentas, me hacía la comida, compraba todas las mascarillas coreanas en oferta para consentirme, pero no prestaba atención realmente en mí. No puedo decir que ya lo hago pero ahora pienso más en cosas como mi salud física y mental. Saqué de mi vida un viejo sofá, una amistad agria, me inscribí al gimnasio y me afilié al Seguro Popular. No se rían, con la salud no se juega. Ahora decido empezar también esta columna para compartir los momentos, reflexiones y referencias felices; así como los fracasos, dudas, caídas y errores.

Por lo pronto puedo decir que soy mejor persona que antes, porque ahora me escucho. El primer grito fue: quiero estar sola. Y este mantra ha sido para mí un refugio y una sentencia. No soy ni más ni menos feliz, pero ahora siento paz.

Existimos carcayúes que necesitamos primero entendernos y vivirnos, antes de aventarnos a la convivencia. El científico Manuel Jiménez de la revista de divulgación zoológica Galeón se hace una pregunta pertinente: ¿Cómo puede un animal que raramente sobrepasa los 20 kilos de peso y un metro de longitud ser considerado una gran fiera? Sí, podemos, Manuelito, sí podemos.

En realidad, odio la idea de ser una fiera. Me gusta sin embargo ser lenta, solitaria, adaptable y desgarbada como los glotones. Ser obstinada, hasta cierto punto, y roncar. Pero sobre todo, me gusta pensar que los carcayúes, mis ancestros, criados en cautiverio se comportan como encantadores animales domésticos y tratan a los que los quieren con “devoción perruna”, como dice Gerald Durrell en La guía del naturalista.

Por eso veo la soledad más como una necesidad que como una decisión. Como si de verdad fuera parte de mi naturaleza dormir y despertar sola, al menos la mayoría de las mañanas. Aunque casi nunca sepa cómo comenzar el día, sé que si me equivoco, sólo me importa a mí. Y con suerte, a alguno de los que leen esto.