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Girl Power

Riendo desde la maternidad con Mami Comedia II Entrevista con Kharely Canigiani

Platicamos con Kharely Canigiani sobre su compromiso con promover la risa a través de su proyecto «Mami Comedia» y la importancia de crear una nueva narrativa sobre la maternidad.

¡Hola, Kharely! Nos emociona muchísimo tu proyecto “Mami Comedia” y nos parece sumamente interesante porque tanto Carol como yo somos fans del stand up y de la comedia en sus diversas ramas. Además, creemos que el humor es una plataforma emocional para deconstruirnos y lidiar con temas complejos y que muchas veces son difíciles de desmitificar, ¿es ésta la razón por la que abordas la maternidad desde la comedia?

Efectivamente, además, el aprendizaje se genera una vez que estamos en placer y la risa, el humor y la comedia generan placer, es ahí cuando químicamente el cuerpo trabaja para que tu sientas y aprendas mejor. Ahora bien, ¿Se aprende a ser mamá?, desde luego si, así como aprendemos a comer, a bailar, a cocinar, solo que aprender por necesidad ser mamá es muy triste, es mejor aprenderla desde el placer de serlo.

Cada vez son más las mujeres que poco a poco están construyendo una nueva narrativa sobre lo que es ser madre, es decir, no se trata de ser perfectas, no se trata de ser mujeres abnegadas, no se trata de sacrificios y dejar de vivir la vida por tener hijos. En esta nueva reinterpretación sobre la maternidad, ¿qué es para ti ser mamá?

Ser mamá es ser un bufón, MAMI COMEDIA es un bufón, fíjate que el bufón clásico es aquél que acepta criticas de su público, abucheos, aguanta y aguanta pero va construyendo su narrativa para luego salirse con las suyas y evidentemente gana, eso es una mamá, siempre ha sido así.

Sabemos que las mamás “tienen la razón”, entonces si vemos que efectivamente podemos tomar todos los retos de la maternidad (el embarazo, el parto, la lactancia, la suegra, el matrimonio, la convivencia, la misma madre de uno) y le damos la vuelta para ponerlo a nuestro favor ¡Ganamos! Y gana también la familia. La mamá es el pilar fundamental de la sociedad. Todos venimos de una mamá, no de una mata ni de una fábrica, de un vientre materno.

Notamos que tu taller “Maternidad con humor” no está dirigido únicamente a mujeres, ¿por qué crees que es importante incluir a los hombres?

Porque lo único que no pueden hacer los hombres es PARIR (literalmente) del resto tenemos igualdad de condiciones, incluso amamantar ¿Puedes creerlo? Solo que es un tema muy completo pero hasta los hombres tienen glándulas mamarias, entonces, dado que todo lo demás correspondiente a la crianza, apoyo a la lactancia, cuidados del bebé, limpieza, orden, hacer tareas es una tareas de AMBOS. Si estuvimos 2 para hacerlo, 2 también para el resto.

Además que no hay nada más hermoso y apasionante que ver a un hombre criar a sus hijos, hacerse responsable, asumiendo su rol. Es verdaderamente precioso.

Cuéntanos, ¿qué herramientas y/o conocimientos obtienen las personas que participan en tu taller?

Aprenden a descubrir y redefinir sus conceptos, se instalan nuevas creencias potenciadoras sobre la maternidad y paternidad, se llevan al menos 4 herramientas de aplicabilidad inmediata para ser unas extraordinarias mamás coach, al 3 herramientas de la comedia para vivir el día a día. Y por último, se llevan un maternidad llena de personalidad, empatía y perdón con cada nueva mamá que también está naciendo o creciendo en este mundo.

Parte de tu trabajo es hacer presentaciones de stand up, el cual ha sido un género de la comedia dominado en su mayoría por hombres. ¿Cuál es el mayor reto al que te has enfrentado durante tu carrera como mujer comediante? Compártenos una historia que ejemplifique el #Reinicio

Bueno, lo más difícil de ser mujer en un mundo donde efectivamente es el hombre quien lo domina es aceptar que las mujeres también nos podemos ridiculizar por nosotras mismas, que nosotras tenemos mucho material para quebrarnos emocionalmente y hacer reír a la gente a costillas de nuestras desgracias ¡Al fin lo admitimos!, las mujeres hoy por hoy estamos tan empoderadas que podemos decir que la regamos y nos reímos de eso. Antes era IMPOSIBLE, las mujeres éramos impolutas, jamás podíamos hacer el ridículo, primero muerta que aceptar que se burlen de mí, hermosa jamás descolocada.

Yo descubrí mi ridículo personal con la maternidad: ir por la calle dando teta, cambiar un pañal apestoso en un centro comercial, andar con las piernas peludas por semanas y decir “no, no quiero hacer el amor, prefiero dormir” es algo que definitivamente reinicia a cualquier mujer que decide ser mamá en cualquier parte del mundo, raza, condición social  y eso es lo que yo enseño, pero primero me ridiculizo yo como ejemplo.

Por último Kharely, ¿qué significa para ti poder ser speaker de Ted?

Es un sueño hecho realidad, yo sabía que yo llegaría a una charla TED solo que no me imaginaba que iba a ser hablando sobre la maternidad, cuando yo vi por primera vez lo decreté. Hoy es un sueño. También es una responsabilidad, es una oportunidad extraordinaria de demostrar de qué estás hecho, es un compromiso de llevar el nombre de Venezuela en alto, es alzar la voz por muchas mamás que están a punto de tirar la toalla, es cumplir con mi propósito de vida, comunicar y ser ejemplo que hay más de una forma de ser mamá y esta es la mía, con humor. Ser speaker ya es un privilegio, pero ser speaker TED es un verdadero honor.

No te pierdas a Kharely el próximo 25 de mayo en el #Reinicio de TEDxMérida





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Lo que callamos las Violetas

A mí también

El #MeTooEscritoresMexicanos me paralizó por completo. Cada que leía un testimonio no podía contener las lágrimas y la rabia me invadía. La violencia que vivimos las mujeres está completamente normalizada y es aterrador. Crecimos en un país que no nos brindó opciones a la hora de enfrentar una situación de violencia.

Sabía que ya era hora de contar mi historia porque el nombre de mi agresor fue uno de los primeros en salir a la luz. Pero el agobio y la ansiedad que sentí cuando comencé a escribir me detuvo; la valentía que sentí al principio se esfumó por completo cuando vi que los mismos agresores, sus más cercanos y hasta la misma sociedad hacían lo que estuviera en sus manos para desacreditar a las mujeres que denunciaban. A muchos de ellos no les quedó de otra más que pronunciarse con falsas y decepcionantes disculpas. Y a pesar de saber que tendría el apoyo incondicional de mis amigos, mi familia y de la comunidad violeta, simplemente no pude. Es ahí cuando terminé de quebrarme.

Mi cuerpo comenzó a reflejar todo el dolor que estaba sintiendo: estrés, ataques de ansiedad, dolores de cabeza, de cuello, espalda y el insomnio me estaba matando lentamente. Me costaba mucho levantarme porque era totalmente consciente sobre la larga jornada que me esperaba y en la que tendría que soportarme a mi misma ya que mi cabeza trabajaba a mil por hora. Concentrarme me resultaba imposible porque no dejaba de pensar en miles de cosas, todas al mismo tiempo e igual de dolorosas. Por todo lo anterior, mi humor empeoró día con día y comencé a desquitarme con las personas que más quiero.

Cuando decidí que no podría decir públicamente “a mí también ese hombre me violentó” se lo conté a Carol y apoyó mi decisión diciéndome que primero era de suma importancia sanar y canalizar todo lo que me estaba consumiendo. Era evidente que yo no estaba lista para contar mi historia porque ni siquiera yo he podido procesarla. No he terminado de entender y aceptar lo que viví. Lo que me hizo.

Entonces me convertí en mi prioridad. Esta situación me sobrepasaba y necesitaba ayuda profesional, por ello comencé ir a terapia. He tenido días muy difíciles porque estoy trabajando la culpa que siento y con culpa me refiero a que no fui lo suficientemente valiente como las mujeres que se atrevieron a denunciar.

Siento mucha más culpa cuando tengo un proyecto increíble como Somos Violetas, que tiene como objetivo visibilizar la diversas batallas que luchamos las mujeres todos los días en un país que no nos da tregua, que nos violenta e intenta callarnos en pleno 2019 y ahora más que nunca me siento vulnerable y sin fuerzas para alzar la voz. Siento vergüenza porque no soy tan fuerte como pensé y me he dejado derrotar una vez más por mi ansiedad. Por otro lado, soy consciente de que estoy siendo muy dura conmigo mismo. Mi cabeza es un caos y apenas comienzo a ordenar mis ideas y pensamientos para desplazar lo negativo.

También he pensando en que si tuviera pruebas todo sería más sencillo: la sociedad no me cuestionaría. Pero la verdad es que siempre nos van a cuestionar, fue desolador ser testigo a través de las redes sociales y conversaciones en torno al Me Too México que aún teniendo pruebas, muchas de las mujeres que denunciaron tuvieron que luchar por su credibilidad.

La triste realidad es que no estoy lista. Sonará a cliché pero es real: mi peor enemiga en estos momentos soy yo misma. Me queda un largo, muy largo camino por recorrer. Continuar con el proceso de deconstrucción, seguir mirándome al espejo todos los días para volverme a reconocer y recordar quién soy así como las razones por las cuales inicié este proyecto. Estoy tomando fuerzas para seguir haciendo ruido.

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Soy Violeta

Hablemos sobre el miedo

Con la aparición del hashtag #MeTooEscritoresMexicanos han salido una serie de éstos como #MeTooMúsicosMexicanos #MeTooPeriodistasMexicanos y #MeTooArtistasMexicanos que nos llenan la espina dorsal de escalofríos, el estómago de agruras y los ojos de lágrimas. Como consecuencia también vinieron olas de respuestas que incluían otros como #YoSíTeCreo y #YoSíTeCreoPeroConPruebas

Hay muchas razones por las cuales una mujer decide callar o no hacer una denuncia pública o legal. El miedo suele ser la primera razón. ¿Pero miedo a qué? Son varios factores:

  1. Revictimización: Cuando una víctima declara haber sido violentada, la sociedad se encarga de culparla y hacerle sentir todo el peso de la duda. Preguntas como: ¿Qué traías puesto? ¿Te resististe? ¿Segura que no querías, si estabas con él? Todo eso afecta y hace a la víctima dudar de sí misma, se siente culpable y violentada por las autoridades y la sociedad. Mejor callar.
  2. Falta de apoyo: La palabra del abusador suele tener más peso que la de la víctima, como dijimos, a la víctima se le cuestiona y se la pone en el centro de la discusión, dejando de lado al verdadero delincuente. Cuando nadie te cree y todos te señalan como la culpable, se siente esa falta de apoyo por parte de las personas quienes deberían protegerte. No confiamos en las autoridades porque no existe un apoyo real hacia las víctimas. Nuevamente, preferimos callar.
  3. Acoso y amenazas: Pueden ser en persona o en las redes sociales. Usualmente, cuando una mujer publica haber sido atacada o acosada, es motivo de burlas, de revictimización y hasta de amenazas. Muchas mujeres han tenido que cerrar sus cuentas en redes sociales por este tipo de sucesos. Quienes denuncian viven con miedo de que esas amenazas se cumplan y por eso, decidimos callar.
  4. Normalización: Sí, es posible que lo que nos pasó lo hayamos normalizado a tal punto que ya no nos parece importante. Es algo normal que le pasa a todo el mundo, por eso no debemos hacer tanto escándalo, no debemos denunciarlo porque es algo común. Y, pues, no, no es normal a pesar de ser común y debería ser un acto aberrante que debe ser denunciado. Pero la normalización es la manera en la cual la persona se protege del trauma para poder seguir con su vida. Internamente tiene miedo de aceptar que le pasó algo horrible y decide banalizarlo en su mente y callar.
  5. Amenaza directa del agresor: Este es diferente al punto 3. Porque esta víctima no denuncia porque su agresor directamente la tiene amenazada, no es un anónimo en redes sociales. La víctima vive en un constante temor a que el abuso se repita y verse envuelta en una serie de violencias si lo cuenta. Decide callar por miedo a su seguridad.
  6. Represalias: Quiere decir que tenemos miedo que el agresor tome acciones en contra de nosotras para lograr revictimizarnos, culparnos, dañar nuestra reputación o nuestra carrera. Invalidar nuestro testimonio y que la sociedad nos tache de histéricas, mentirosas y exageradas. Incluso temor a correr peligro de muerte o violencia física.

Me puse a pensar que en algún momento yo quise hablar pero no lo hice por miedo. Es decir, puedo gritar a los cuatro vientos que me acosó un hombre que no conozco en la calle, hacer un escándalo si un hombre en una red social me manda un DM guarro no solicitado y hasta puedo contar en voz alta las veces en las cuales fui acosada o me sentí en peligro pero me doy cuenta que hay UNA anécdota que, si la cuento, no puedo decir su nombre por miedo. Me quedé en un limbo, reflexionando sobre aquello durante varios días y fue cuando decidí sacar lo que tanto me pica por dentro.

Tengo miedo de decir su nombre porque mi acosador está en las altas esferas de poder del Departamento de Cultura de la UADY. Incluso dudo en escribir esto por el miedo mismo, tengo miedo a las represalias que pueda tomar contra mí si se llega a enterar que por fin dejé de callarme. Pero aquí va.

Nunca pensé que esto fuera a pasarme a mí, al menos no con esta persona, ya que siempre lo vi como un tío o una figura paterna. Lo conocí cuando hice mi servicio social, me dedicaba a gestionar eventos. Mi supervisor, mis compañeras y yo hacíamos un buen equipo. Mi experiencia fue muy buena, al punto de querer trabajar con ellos en el futuro. El hombre a quien llamaremos Pepe, por decir un nombre cualquiera, era nuestro jefe y lo veía en la oficina todo el tiempo y se fue ganando mi confianza poco a poco. En ese entonces, yo tenía un pequeño negocio, de tal manera que a veces llevaba a vender en la oficina. Me interesaba darme a conocer, quería poner un negocio real más adelante, de tal manera que a veces le regalaba a Pepe alguna que otra cosa, incluso llegó a encargarme un par, las cuales le cobré. Y hasta ahí, todo bien. Realmente yo pensaba que esta persona quería ayudarme y me apreciaba, sentía que valoraba mi trabajo.

El servicio social terminó. Cuando entré a trabajar allí nos veíamos más y la verdad es que nos llevábamos bastante bien. Solíamos tener los mismos puntos de vista en las reuniones y trataba de apoyarlo porque realmente me parecía que tenía sentido lo que planteaba. Quería trabajar bien y buscar a alguien que pensara como yo que también me apoyara para que mis puntos no fueran ignorados o desechados. Pensé haber encontrado en Pepe un aliado para ello, además, quería ser más que una empleada más, quería tener un puesto allí y si Pepe podía ayudarme a lograr eso, no veía por qué no llevarme bien con él y que viera lo buena que soy en mi área. Mi intención nunca fue que me contratara, simplemente, que me recomendara o que me tuvieran en cuenta porque podía hacer bien las cosas y esforzarme mucho.

Lamentablemente, aunque me gustaba este trabajo, me mantenían con la promesa de que me iban a pagar así que busqué otro. Aunque malabareaba para mantener ambos, no lo conseguí y terminé renunciando al primero por falta de pago, al final, me dieron menos de la mitad de lo que trabajé. Pepe se me acercó durante ese tiempo y nos volvimos amigos, o eso creí yo.

Un día me invitó a una reunión con sus amigos en un bar. En ese entonces yo tenía novio, le pedí que fuera conmigo y acepté la invitación. Pensé que estaba haciendo avances y que me presentaría a gente importante para que yo encontrara un mejor empleo. La reunión fue divertida e interesante y no pasó nada en particular hasta que algo me llamó la atención. Mi novio fue al baño y yo me quedé sola con el grupo, Pepe se me acercó y me preguntó si estaba usando perfume, le contesté que sí y él dijo que le gustaba mucho su aroma. Yo sólo le di las gracias y no lo vi como algo malintencionado aunque algo dentro de mí lo sintió como que extraño. Pero como las cosas habían ido muy bien, lo dejé pasar. No había nada fuera de lo común en una salida de amigos. Cantamos, reímos, bebimos y todo muy bien. La noche terminó y yo volví con mi novio a casa.

No volvimos a vernos hasta uno de tantos días, me dijo que habría otra salida con amigos. Mi novio no podía ir y yo tenía dudas sobre aceptar. Me sentía rara, nerviosa, ansiosa. Como si algo no estuviera bien pero no había indicios de que algo fuera mal. Pero dentro de mí me comían las ansias como si algo muy malo fuera a pasar. Mi novio me alentó a ir a la reunión porque capaz y conseguía un trabajo o me proponían algún proyecto. Así que acepté ir. Pepe dijo que podía pasar por mí porque iríamos a un lugar que estaba cerca de mi casa, tampoco estaba segura pero no tenía auto ese día y terminé aceptando. En el auto platicamos sobre que en mi trabajo actual yo no trataba nada de mi área a pesar de que me pagaran medianamente bien y que estaba buscando otro trabajo. Él me comentó que podría hablar con alguien para preguntar si tenían vacantes en el Departamento de Idiomas y proponerme como una excelente referencia. Por fin, pensé, mis esfuerzos habían dado frutos y el trabajo que realicé durante mi servicio me respaldaba. Fuimos a un bar donde sólo nos esperaba UN amigo. Me sacó de onda pero pensé que no habrían llegado los demás, en la reunión anterior asistió mucha gente. Pero nadie más llegó. Me medí y bebí sólo un vaso de alcohol y me mantuve lo más abierta posible. Después de todo en la reunión anterior él me había presentado como la «pupila bajo su ala». Sus palabras. Y yo confiada, dejé pasar las horas sin darle mucha importancia a la ansiedad que todavía me seguía molestando. Sobre todo porque Pepe había estado bebiendo un poco más de la cuenta.

En una de esas, su amigo se paró al baño y yo me quedé con Pepe sola en la mesa. Recuerdo que de pronto me puse muy tensa. No sé si fue la pose que él adoptó o si hizo algún movimiento porque de pronto sentí el ambiente pesado pero no se me ocurrió una razón para levantarme de la mesa. Y ocurrió esta conversación:

– Bueno, sólo quiero decirte que lo que pase a partir de ahora será lo que tú quieras.

– ¿Perdón? ¿Cómo que lo que pase a partir de ahora?

– Pues, mira, tú eres una mujer hermosa, inteligente, con un cuerpazo y muy divertida y, pues, no creo haber malinterpretado las señales.

– No entiendo de qué señales estás hablando – para este momento, cuando enumeró mis cualidades, en vez de sentirme halagada, sentí asco de mí misma -.

– Es que me apoyas en las reuniones, siempre eres muy agradable, me has regalado cositas, eres siempre atenta y considerada…

– No sabía que ser amable era dar señales, pero puedo dejar de serlo si quieres.

– Woo, tal vez lo malinterpreté.

– Sí, totalmente. Pero creo que lo dices porque estás borracho, mañana en la mañana ni te vas a acordar – y lo dije porque de verdad quería que le echara la culpa al alcohol ya que no quería bajarlo del pedestal, cual pendeja, porque me dolía un chingo que estuviera pasando algo como aquello.

– No, no. Llevo pensando eso desde hace mucho tiempo – juro que sentí que se me cayó el alma a los pies cuando escuché esto -. Desde que te vi entrar a la oficina cuando comenzaste tu servicio social me gustaste pero, ajá, hubiera sido raro que te saltara encima desde el primer momento. Te hubieras asustado.

– Estás borracho. Déjalo ya.

– Aparte dijiste que estabas molesta con tu novio y aún así viniste hoy conmigo, eso significa que quieres algo más.

– Estaba molesta con mi novio porque no vino a pesar de que le insistí mucho y tampoco sabía que salir con amigos y con la persona que consideras te puede proponer un buen trabajo significa que quiero acostarme contigo. Yo realmente te consideraba mi jefe –  cambió de postura, donde me miró entre la admiración y la burla, y no sé de dónde saqué las fuerzas para seguir hablando -. Tienes esposa y tres hijas, yo tengo novio, y aunque ninguno de los dos tuviera pareja o hijas, no me pondría en una situación así. Yo quise ser amable y realmente te consideraba mi amigo. Además, respeto a mi novio y sobre todo RESPETO a tu esposa y a tus hijas, a tu familia, para intentar algo así.

– Yo respeto a mi esposa, ella y yo… Lo que tenemos es muy abierto, yo viajo mucho. Además, yo me hice la vasectomía, así que no hay peligro de embarazo.

– No me importa si tú tienes una manera de respetar a tu esposa, no es la mía y no es el tipo de respeto que le tengo a mi novio. Sigue siendo NO.

– Está bien. Y, mira, seguro esto te va a pasar en TOOOODOS los trabajos que tengas en el futuro porque eres guapa, inteligente, eres atenta, tienes un cuerpazo, cantas hermoso, eres divertida… Seguro tus jefes en algún momento se interesarán en ti. Y también seguro que no es la primera ni será la última vez.

– No, no ha sido la primera vez que alguien se me acerca sólo por sexo. Y tampoco será la última, pero me aseguraré de estar lista cuando pase.

Y así lo rechacé. Cuando su  regresó del baño, aparenté estar lo más calmada que pude y salí con la excusa de recibir una llamada, cuando era yo quien llamé a mi novio. Estaba histérica y le reclamaba por no haberme acompañado cuando se lo pedí. Lamentaba no haberle hecho caso a mis instintos, que fui una idiota por no haberlo visto venir. Me preguntó si quería que fuera por mí. Le dije que no. Que no iba a dejarle ver cuánto me había afectado, que si venía, me vería como una persona débil. No, que yo vería cómo irme y le avisaría. Le colgué. Estaba furiosa e histérica. Quería llorar de rabia pero no podía. Volví a la mesa y nos quedamos un poco más. Cuando Pepe se distrajo, le pedí a su amigo que me llevar a casa, por alguna razón fue lo que mi instinto me dijo que hiciera, porque ya con los sentidos alerta me di cuenta que no estaba interesado en mí ni una pizca y que no me haría nada. No podía estar segura pero me arriesgué. Cuando nos levantamos para irnos, Pepe se sacó de onda que me fuera con su amigo y no con él. La excusa que había dado era que Pepe estaba demasiado borracho y no quería irme con él a casa por eso. Su amigo también había tomado y no lo conocía tanto, también le pareció extraño pero no comentó nada frente a nosotros. De tal manera que, ya en el auto y en camino de vuelta, su amigo me preguntó si Pepe me había dicho algo, abrí la boca para afirmarlo pero me quedé pensando. En un segundo cambié de parecer, se me fue la rabia y me inundó el miedo.

¿Qué ganaría diciendo que sí? Se armaría un escándalo, podría meterme en problemas, estaba recién graduada y podría no volver a encontrar trabajo nunca porque Pepe tiene conexiones por todos lados, conoce a todo el mundo. La mayoría, sino es que todos, los altos mandos en el Departamento de Cultura de la UADY son hombres, se solaparían entre ellos y dañarían mi reputación para protegerlo, nadie volvería a valorar mi trabajo; en el mejor de los casos sólo me verían como una puta que intentó ligárselo para obtener un puesto. Y empecé a dudar sobre mi propio trabajo, tal vez no era tan buena como me creía, tal vez me sobrevaloré demasiado y en realidad sólo sentí que conseguí mis méritos porque tenía la aprobación de Pepe porque yo le gustaba y pensó que así conseguiría acostarse conmigo.

Finalmente, cerré la boca, y sólo la volví a abrir para pronunciar un pausado «No». Me aferré a la excusa ya dada y el resto del camino me la pasé callada. Cuando llegamos a mi casa, el amigo me preguntó si de verdad estaba bien, le dije que sí y entré. Tal vez las cosas hubieran sido diferentes si le contaba pero también le tuve miedo porque pensé que si le decía le iría a contar y las cosas se saldrían de control. Más de lo que ya se habían salido.

Al día siguiente, me sentía asqueada, triste y sucia. Me llegó un mensaje, era de Pepe, preguntándome cómo estaba que volverían a salir. Le dije que enferma, que no iría, y me contestó que fue por no haberme ido con él. No le contesté más. Nunca más. Él tampoco volvió a enviarme mensaje ni a invitarme a salir con sus amigos y, obviamente, la propuesta de trabajo se esfumó.

Estuve triste muchos días, a veces lloraba porque me sentía tan infravalorada, débil y tonta. Sentía que era mi culpa, que debí darme cuenta que ningún hombre vería mi trabajo y se enfocarían en mi cuerpo y en que querrían acostarse conmigo. Mi novio en ese entonces, me acompañó cuando decidí contarle todo y le pedí que no dijera nada, que podría poner en peligro mi carrera. Le dije que tenía miedo. Y esa impotencia, ese miedo, era lo que me ponía tan triste. Me sentía inútil, mal, tan pequeñita que a veces no soportaba verme al espejo por el simple hecho de sentirme tan, tan pero tan estúpida.

Ha pasado aproximadamente un año y hoy me animo a contarlo. Por mucho tiempo me sentí dolida, desilusionada y culpable. Pero entendí que no fue mi culpa. Yo quería un amigo, quería un jefe con el cual llevarme bien, quería un trabajo, quería conexiones para poder hacerlo bien pero no así, nunca así. Yo jamás le dije, ni siquiera insinué de manera sutil, que quería acostarme con él porque NO, JAMÁS SE ME PASÓ POR LA CABEZA. No me atrevo a acercarme al Departamento de Cultura por miedo a encontrármelo. Porque no sé cómo yo reaccionaría. Si me echaría a llorar, si me pondría furiosa, si le insultaría o le gritaría, si lo expondría frente a todos y terminaría armando un escándalo que podría arruinar mi carrera y dañar mi reputación.

Y seguro habrá gente que me exija el nombre y yo me negaré a dárselos, hasta que yo me sienta lista lo voy a hacer, no cuando a esos se les dé la gana. Tampoco voy a pedir que me crean a pie juntillas, no voy a rogar porque me apoyen ni mucho menos voy a suplicar comprensión, yo no soy ese tipo de persona. Yo cuento esto porque ya no quiero seguir callando, para sacármelo del pecho, para que deje de doler, para hacerme entender que lo que él dijo no es verdad. No me va a pasar con TOOODOS mis jefes, no tengo porqué aguantar acosos. Y retractarme porque NO TENGO POR QUÉ ESTAR LISTA PARA CUANDO PASE PORQUE NO DEBE PASAR. Y si en algún momento sí sucede, no pienso aguantarlo ni intentar justificarlo o echarme la culpa. Nunca más. Lo único que sí haré es invitar a las víctimas a no quedarse calladas. Juntas somos más, en la sororidad nos apoyamos. Yo sí nos creo.

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Lo que callamos las Violetas

Tony y Lalo

Desde que tengo memoria, Tony ha sido el showman de la familia.

Al ser el más grande de un numeroso grupo de primos, él era el encargado de dirigirnos en los juegos y en los shows que armamos cada viernes en casa de mamá paulita. A veces a mi me tocaba interpretar al ventrílocuo, y claro, yo sólo tenía que mover la boca y las manos porque él se encargaba del resto. Muchas otras veces hacía equipo con mi prima Vanesa para asustarnos con historias de terror.

Fue Tony quien me introdujo a la maravillosa cultura pop al inicio de los 2000. Me acuerdo que cada vez que entraba a su cuarto veía un póster gigantesco de Britney Spears y las tardes las dedicamos a aprendernos sus coreografías. Bailar en la sala de su casa con la música de Madonna, Britney y Nsync a todo volumen era nuestro hobbie.

También recuerdo aún el pánico que sentí cuando mi tía Claudia me contó que Tony estaba hablando uno por uno con los primos para contarles algo muy importante. Él quería platicar conmigo para contarme sobre su orientación sexual. Tenía catorce años y en ese entonces no supe cómo manejar la situación: le pedí a mi tía que por favor me ayudara a evitar esa conversación a toda costa. Y así fue porque esa plática nunca sucedió.

Para mi, Tony siguió siendo el mismo. Nada cambió y con el paso de los años nos unimos mucho más. Nos veíamos cada viernes sin falta y como cualquier par de cómplices nos divertimos a niveles inolvidables. Sus amigos se convirtieron en mis amigos, y por eso yo estaba presente en cada momento importante de su vida.

Uno de esos viernes conocí a Lalo.

Hicimos “click” de inmediato y no por el simple hecho de tener cosas en común, sino porque es una persona sumamente amable, cariñosa y divertida. Todos en la familia caímos rendidos ante la encantadora personalidad de Lalito. Era más que evidente cada vez que Tony llegaba sin él a una fiesta familiar y nos olvidábamos de saludarlo porque lo primero que queríamos saber era “¿por qué no vino Lalo?”

Y de ser un par de cómplices nos convertimos en los tres mosqueteros: viajes, fiestas, pijamadas, maratones y  hasta nuestros disfraces planeábamos juntos. Se convirtieron en mis incondicionales.

Tony me contagió su pasión por el diseño gráfico y la fotografía, área en la que se ha consolidado en los últimos años. Mientras que Lalo, me compartió su amor por la moda y la importancia de expresarnos a través de la ropa. Éramos tres creativos en busca de que el mundo nos diera una oportunidad para alzar la voz.

Durante esa incansable búsqueda, mi familia nunca cuestionó a Tony y únicamente se dedicó a conocer a Lalo. Lo recibimos con los brazos abiertos desde el primer día que llegó a nuestras vidas y siempre presumimos que es parte de nosotros porque el amor siempre gana.

El pasado 21 de febrero, Lalo sorprendió a Tony en el museo de Frida Kahlo con una importante pregunta que celebra sus diez años de relación: “¿te quieres casar conmigo?”. Todos fuimos cómplices porque sabíamos cada detalle del plan de Lalo, sólo nos quedaba esperar a que lo anunciaran oficialmente. Cuando sucedió, lloramos de la emoción y también lo celebramos.

Hace apenas unos días acepté encantada cuando me pidieron que dijera unas palabras en su boda. Esta es una unión que tanto nuestros amigos como nuestra familia esperamos con ansias y mucha ilusión porque que en estos tiempos en que las creencias religiosas y prejuicios morales están por sobre los derechos de los más vulnerables, necesitamos celebrar historias como la de Tony y Lalo.

Los tres mosqueteros lo tenemos bien claro y seguiremos luchando hasta el final. Porque el amor siempre gana, porque el amor debe ser legal.

Ilustración de Eduardo Novelo @lalito_draw
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Especial San Valentín

Romper el ciclo con la ex

Por Aidé Ríos

Una de las etapas más difíciles que he tenido, la viví tras la ruptura con mi primer amor de la Universidad. Él era uno de los más guapos de la generación y una especie de lo que se considera «chico bueno», estuve perdidamente enamorada de él durante mi primer año de ingeniería. Es importante anunciar desde ahora que tardé años en descubrir y aceptar un hecho muy simple:

nadie tiene que quererte porque tú lo quieras, nada lo obliga a ello.

La historia entre él y yo puede resumirse de la siguiente forma: él fue mi Summer (afortunadamente los míos fueron menos de 500 días). Nunca quiso una relación seria conmigo pero sí cuando ella apareció. Muchos años me cuestioné por qué había pasado esto, nos comparé a ella y a mí en todos los aspectos sin hallar la respuesta que me satisficiera. Además, hice algo que no debía haber hecho nunca y enfoqué todo mi odio hacia ella cuando había sido yo en gran medida la responsable de aceptar una relación de ese tipo y sobre todo cuando era él quien ya no había querido estar conmigo para formalizar con ella.

La Universidad y en particular mis amigas me hicieron ver el mundo con otros ojos y darme cuenta, entre otras cosas más, de cuánto se nos ha inculcado el culparnos a nosotras y a otras por el poco éxito en una relación, pero casi nunca a ellos de una manera justa. No tenía idea de lo mucho que esto me serviría después.

Ocho años después de esta relación conocí a mi novio. Al principio no tenía idea de lo difícil que puede resultar enfrentar situaciones que no esperabas, que te sacuden la seguridad y los planes que tenías. Él concibió una hija no planeada semanas antes de comenzáramos a salir (a la Blue Valentine) y en sí, no me costó tanto aceptarlo como el hecho de saber que muchos de mis planes y de nuestros planes ya no se verían realizados.

La vida te puede llevar por diferentes caminos y eso necesariamente no tiene que ser malo, lo que sí creo que hace mucho daño es sufrir por cosas que están fuera de nuestro control y aferrarse al pasado y, en particular, a los errores.

Al principio lidiar con la mamá de la hija de mi novio fue difícil, sobre todo porque ellos habían vivido una especie de relación como la de Tom y Summer en donde ella también había jugado el papel de Tom. Su inmadurez, pese a tener mi misma edad, la hizo canalizar su rencor en mi y odiarme porque creía que yo le había quitado algo que en realidad jamás había tenido como tal. Al principio honestamente sentí cosas negativas por ella, la culpé por arruinar mis planes y le deseé el mal.

Por fortuna no me tomó mucho tiempo el darme cuenta de lo mal que estaba actuando y comencé a sentir empatía por ella, y más que caer en un juego de peleas sin sentido, lo que yo quería es que se diera cuenta de lo que a mí me había tomado años entender: la responsable no era yo, así como la culpable nunca fue la ahora esposa de mi ex novio. Los responsables de lo acontecido eran ella y mi novio, nadie más y tendría que lidiar con eso para poder sanar.

Otro aspecto que debo externar es que estoy profundamente convencida de que las personas podemos cambiar, de que somos capaces de realizar los actos más bondadosos, generosos y amorosos aún cuando en el pasado pudimos haber hecho mucho daño. Mi novio no fue la mejor persona con la mamá de su hija, pero conmigo ha sido todo lo contrario. En realidad me ha costado imaginarme esa versión anterior de él pero tampoco creo que sea útil hacerlo puesto que es su pasado, el pasado.

No voy a decir que fue sencillo y que lo siga siendo, pero después de una plática en la que yo me sinceré con ella y le dije lo que había vivido en mi relación pasada, creo que fue más fácil crear un vínculo, no digo que de amistad porque creo que eso es complicado aún, pero sí de cordialidad y respeto. Aún me queda un gran camino por recorrer, pero estoy muy esperanzada de las cosas que pueden resultar de la sororidad entre nosotras. La gran enseñanza de ésta y de otras situaciones es que siempre hay que procurar ser más nobles, generosos y, sobre todo, más sensibles a las necesidades de los demás porque cada uno tiene una historia.

Estoy agradecida con todas las amigas que me aconsejaron y me escucharon cuando sufrí una serie de dudas de sí iba a poder sobrellevar esta situación, no sé qué hubiera hecho sin ustedes, todavía no sé lo que haría. Este texto se los escribo a manera de homenaje, porque nos necesitamos entre todas.

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Especial San Valentín

Amor

Por Alejandrina Ojeda Cruz

¿Cómo se comienza a hablar acerca del amor?

Siendo tantas cosas en una, siendo sentimiento y siendo práctica. Siendo intangible pero palpable, siendo olas que revientan en la arena y siendo agua que fluye en calma. Durante los últimos dos meses, me he preguntado tanto acerca del amor. En realidad, mis cuestionamientos han estado presentes durante toda mi vida, la diferencia ahora es que, por primera vez me enfrento al reto de amarme.

He estado en relaciones estables y tormentosas durante los últimos doce años y creía tener bien definidos mi camino y mis afectos. Sin embargo, hace exactamente dos meses tomé una decisión que cambiaría todo; terminar una relación “idílica” que parecía transmutar al “siguiente paso”: el matrimonio. Me sentí agobiada, asfixiada con la idea, aunque llevaba años deseándolo. En un momento crítico, de mi boca salió una frase que marcaría lo que sería el resto de mi vida: QUIERO ESTAR SOLA. Y no significa que en realidad esté sola, significa que ya no quiero estar con alguien para “no sentirme sola”.

Por años definí mis metas y objetivos personales, profesionales, emocionales y hasta espirituales a partir de alguien más. Cada paso que di durante doce años, estuvo definido y regido por los deseos de otras personas (en este caso, quienes fuesen mis parejas sentimentales). Me perdí, me mimeticé, me convertí en aquello que escuchamos hasta el cansancio “ser una sola persona, una sola carne, una sola entidad”. 

Cumplí con las expectativas de fidelidad, lealtad, amor y confianza que cualquier mujer ha escuchado y aprendido desde la niñez; me convertí en el modelo perfecto, la que acompaña, la que escucha, la que apoya, la que está sin condiciones, la que todo lo soporta y todo lo perdona y sí, en algún punto me sentí feliz. Sin embargo, no era feliz por mí, era feliz porque estaba cumpliendo con todo aquello que debía ser, estaba cumpliendo con las expectativas de mi familia, de mis amistades y con las expectativas de quien estuviese a mi lado.

Estaba haciendo todo aquello para lo que me habían socializado.

Hoy, con apenas dos meses de haber comenzado este proceso, mi vida es un desastre maravilloso, es un caos ordenado. Aún no sé qué es el amor, pero sí sé lo que no es. Descubriéndome, he descubierto a mujeres sororas que me muestran su amor, escuchando, acompañando y estando presentes. Estoy reconciliando aquellas relaciones competitivas que, sin darme cuenta, había creado con otras mujeres. Apenas comienzo a conocer a aquella mujer que se disfrazaba de lo que otros querían y en este viaje desesperante solitario, por fin, estoy comenzando a amarme

A amarme desde mis imperfecciones, a amarme desde mis errores, a amarme desde la firme convicción de no saber por dónde ir, a amarme desde la perspectiva real y cruda de que no puedo cumplir con las expectativas de alguien más, a amarme desde aquella culpabilidad cristiana que me limita.

El amor es una misma, el amor es un viaje interminable que se construye y se deconstruye, el amor es la certeza de saber que estamos acompañadas, que somos muchas y que estamos juntas en esto. El amor es saber que la única persona que estará contigo siempre, eres tú misma; por eso te debes respeto, autocuidado, paciencia, cariño y tiempo. El amor es saber que puedes compartir tu vida y tu espacio con alguien, sin dejar de ser lo que eres. 

El amor es algo en constante cambio y movimiento, el amor nos acerca y nos aleja de quienes nos edifican o de quienes nos destruyen. El amor es energía vital que surge dentro de ti y que no se sujeta a nadie ni a ninguna convención social, moral o religiosa. El amor es lo que nos hace ser y hacer. 

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Especial San Valentín

Encuentros

Por Karla Hau

Solo humanizamos lo que está sucediendo en el mundo y en nosotros mismos cuando hablamos de ello, y es al hablar que aprendemos a ser humanos. Hannah Arendt

«Todos tenemos problemas y no es necesario que lo estemos publicando»

Esa es una de las frases más comunes cuando tiendes a confiarle a otra persona la situación que estás lidiando, quizás una de las oraciones más repetitivas cuando el ego superior tiende a establecer el estándar de cómo lidiar con el dolor.

Era un día como cualquiera, pudo ser lunes o viernes, pero ella decidió hablarme en ese momento: miércoles. Me encontraba en el paradero para ir al trabajo, suelo tomar el transporte con una hora y media previa para evitar retardos. Al parecer ella temía lo mismo que todo trabajador asalariado: llegar tarde.

Se notaba estresada y angustiada, su mismo estado de ánimo la motivó a entablar una conversación. Me contó que, desde que inició la semana, había comenzado a usar el transporte público ya que antes su esposo la llevaba, pero desde que se fue, debe tomar el autobús más temprano.

Es una mujer de 40 años aproximadamente, cabello rizado, pestañas largas y con una alegría que, para el punto de estrés donde ella repetía cada 5 minutos lo tarde que llegaría, expresaba ser agradable. Mientras más camiones evitaban darnos parada – y más tarde se nos hacía– la conversación se profundizaba.

Salió con este sujeto por 14 años y unos meses atrás decidieron casarse. Debido a que ella era divorciada (con un hijo en la universidad) y él 10 años menor, la inseguridad de ella por contraer nupcias «atrasó» el proceso; tras varias insistencias por parte de él, decidieron a realizar una fiesta a lo grande, como él siempre quiso.

Mientras ella contaba esto, su sonrisa no se desvaneció de su rostro.

Un día, mientras ella asistía a una urgencia médica por su suegra, el sujeto tomó sus cosas y se marchó. No se comunicó, mientras toda la confianza que tenía por él se quebraba. Visitó y llamó a conocidos, pero ninguno conocía su ubicación. Y ahí estaba, días después contándole esto a una desconocida en el paradero una mañana.

La miré y, con toda honestidad, expresé lo sorprendida que estaba de que aún mantuviese la sonrisa en su rostro. Contestó que era su forma de ser, estar siempre sonriendo, aunque por dentro sentía que todo estaba roto. Acto seguido, se ruborizó y me pidió disculpas por contarme esto… porque seguramente se seguía avergonzando y humillando al contar cómo fue «dejada» por su esposo.

Le sonreí, le comenté que no la juzgaba; por el contrario, admiraba que pudiera seguir siendo tan extrovertida y, si hablar conmigo, una persona que en la vida la había visto le ayudaba, que se sintiera tranquila porque la escucharía el tiempo necesario.

Preguntó mi nombre y coincidió con el mío, posteriormente pidió mi número telefónico para hablarme cuando necesitara salir o despejarse cuando le llegaran los pensamientos sobre él. Le expresé que no la dejaría sola, que al saber su nombre y confiarme algo tan importante, para mí ya era significativa en mi vida.

Tomamos un Didi juntas, durante el trayecto le confié lo siguiente:

«El año pasado, después de diversas adversidades, decidí que no me quedaría callada. Si es algo que quería decir, lo diría. Prioricé mi bienestar ante la opinión de otras personas con la decisión de aceptar las consecuencias; sin embargo, esa soy yo (algo que aún trabajo en ello día a día). Me sentí como tú, creí que el mundo se me podría caer, pero ¿sabes qué? tuve gente maravillosa a mi alrededor. Si sientes que no hay alguien así, déjame informarte que ahora la tienes, contarás conmigo para ayudarte a salir adelante. No es fácil, pero ahora confirmo que por algo pasan las cosas: sin ese suceso tu y yo, no nos hubiésemos conocido».

Nos despedimos y fui al trabajo. Conté mi encuentro como algo fascinante, tan inesperado. La emoción decayó cuando se expresaron de ella como una mujer triste y sola. Me dolió; sin embargo, ignoré todo comentario y recibía todas las mañanas una llamada de ella preguntándome si llegaba temprano al trabajo, por lo que correspondí con la misma acción.

Dejé de recibir las llamadas.

Días después nos encontramos nuevamente, ahora con su pareja. Volvió con ese sujeto y todo rastro de alegría se había ido. Tenía la mirada apagada y me miró avergonzada. Sonreí y le pregunté si se encontraba bien. Respondió que sí, justificó que ya no me hablara antes de ir al trabajo. Se terminó la conversación.

Su sonrisa se había apagado.

Derrotada me encaminé al trabajo, quizás si hubiese hecho más ella aún tendría la alegría en sus ojos. Confié en que estaría feliz con su decisión, pero esa sensación de no ayudarla no se borró hasta después de unas semanas, cuando nos volvimos a encontrar nuevamente solas.

Me pidió ayuda.

Es difícil dar el paso, ese momento determinante para comenzar a sanar. Habrá gente que juzgará la decisión y los tiempos para hacerlo, las idas y venidas, pero lo más importante para comenzar es: ¿estás rodeada de la gente correcta? Nos topamos por casualidad, la escuché y ella a mí, esos momentos fueron valiosos y determinantes.

Reconocer el camino que había recorrido y notar que era de utilidad para alguien más, fue satisfactorio. No fue en vano lo vivido, me encontré con una versión totalmente nueva de mí y sé que aún me queda mucho por crecer. Estaré aún más para ella.

Si sientes que el mundo asfixia, que todo por dentro se rompe y te dices que nada de esto te debió pasar. Respira. Tranquila. No eres la única y, ante todo, no estás sola. Desde un familiar, amigas, compañeras o desconocidas en un paradero de autobús. Si necesitas a alguien que te escuche, siente confianza de localizarme, sabré estar para ti.

Estamos nosotras para ti, siempre.

Eres importante.

No lo olvides.


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Especial San Valentín

¡Next, el que sigue! ¿Cómo saber si ya estoy lista para salir con otra persona?

Por Black Sirenis

Podría decirte que un día te despiertas y ¡BOOM! ya no extrañas a tu ex. O que es un proceso doloroso donde tienes que quemar las cartas y llorar por las promesas incumplidas al ver cómo el futuro que habías planeado se hace trizas y se vuelve aún más incierto. Pero no. No te voy a decir cosas que a mí no me pasaron, eso no quiere decir que esos procesos no se apliquen a ti.

Lo que sí podría hacer es resumir mi reflexión: Cada quien tiene un proceso diferente. Mientras no sea autodestructivo, adelante, haz lo que tengas que hacer. Saca lo que tengas que sacar. Quema las cartas, llora, patalea, encuentra nuevos hobbies, viaja, estudia, sal de fiesta, contacta viejos amigos, haz nuevos… Lo único que realmente importa es que tú estés bien.

Extrañar a tu ex es parte del proceso de soltar, principalmente porque estás, palabra clave, acostumbrada a su presencia. Y es posible que no le extrañes precisamente a él o ella, sino a los momentos bonitos y cuando te sentías contenta. Es posible que te extrañes a ti, el cómo eras cuando estabas con tu pareja. El desapego es una parte importante en el rompimiento.

En mi caso, bueno, no fue exactamente así. Cuando rompimos, hacía casi un año que yo ya me lo había empezado a plantear. No me llevaba bien con su familia y, sinceramente, él tampoco. Lo trataban bastante mal y eran sumamente restrictivos con él, por no decir injustos. Tuve que tragarme muchas groserías por parte de su madre y su hermana porque le quería muchísimo; sin embargo, honestamente, mi amor propio le ganó al amor que sentía por él.

Un día de tantos, conocí a alguien. Una persona opuesta a él, con la vista fija en sus metas, libertades que se había ganado a pulso y una actitud ante la vida bastante interesante. Siempre me gustaron inteligentes, y ambos lo eran a su manera. Uno era más activo y el otro pasivo. Haber conocido a un hombre que me llamaba la atención no fue el problema, lo consideré un amigo más en su momento. El problema vino cuando murió un familiar mío y mi (ex)novio tuvo que viajar. Le llamé por teléfono casi llorando, pero subió al avión y se fue. Sentí que algo de mí se quebró al no estar él presente. Mientras el novio de mi hermana había salido del trabajo para acompañar a mi hermana en su dolor, yo no me sentí apoyada, sino terriblemente sola y traicionada. Puede que sea un pensamiento muy egoísta pero estaba muy dolida en su momento. Fue allí cuando este nuevo amigo apareció y me brindó un hombro donde llorar. Aunque dejé que me abrazara, no lo hice. Le dije que el único que podría verme quebrarme era mi (ex)novio. No lloré hasta el funeral. ¿Por qué? No quería crear un vínculo emocional con él cuando mi (ex)novio no estaba en la ciudad.

El tiempo de luto fue aún más difícil. En ese momento yo no trabajaba, estaba rodeada de fotografías familiares, mi (ex)novio seguía de viaje y yo tenía que hacerme cargo de la casa mientras mi madre se hacía cargo de mi abuela y otros detalles. Así que todo el día estaba sola. La mayoría de las veces, si quería llorar, tenía que llamar a mi (ex)novio, eran pocas veces cuando él se comunicaba. Decía que estaba ocupado ayudando a su familia a empacar, iban a mudarse aquí, pero a mí me parecía que abusaban de él ya que, según lo que me dijo, ellos salían sin decirle o con sus amigos y le dejaban a él trabajando. Eso me enfurecía y terminaba sintiéndome peor después de llamarle porque terminaba furiosa y triste. Para mi sorpresa, el amigo que conocí me buscaba para preguntarme cómo estaba y en algunas ocasiones, salimos a tomar algún café para hablar. Simplemente hablar y despejarme. Me hacía sentir muy bien.

Nunca pasó nada entre nosotros más que algunas charlas, compartimos un par de secretos y hasta nos apoyamos cuando surgieron ciertos problemas individuales. La fiereza con la cual yo atacaba los problemas le hizo decirme alguna vez que yo le daba miedo y al mismo tiempo me admiraba por mi pasión. Todo esto, como amigos. Porque, según, él respetaba que yo tuviera novio y yo, simplemente, buscaba compañía para no deprimirme. Quería escapar de la tristeza. Estar con él era divertido. La realidad es que no me di cuenta cuando comenzó a gustarme. Él sólo me gustaba, no lo amaba. No iba a dejar a mi novio por él.

El tiempo pasó. Mi amigo se fue a estudiar a otro estado y mi novio volvió. Su familia se mudó. Los problemas se duplicaron porque lo presionaban mucho y yo casi no lo veía. Obtuve un empleo, lo veía sólo los fines de semana. Su familia lo presionó el doble, lo veía cada domingo. Me sentía aún más sola, harta y frustrada. Cada intento de comunicación terminaba en pelea porque yo pensaba que su familia lo asfixiaba y él peleaba diciendo que si no fuera por él, no nos veríamos, eso me dolía muchísimo, y la conversación se acababa. Le propuse darnos un tiempo pero eso no funcionó. Quería dejarlo pero él estaba pasando por un momento difícil y no quería lastimarlo, sentía que no se lo merecía. Los problemas se triplicaron cuando involucraron dinero mío prestado. Entonces, no podía dejarlo porque temía que no me devolviera el dinero. En fin, se hizo un relajo.

Cuando las aguas se hubieron calmado, un día me armé de valor, lo cité para vernos y le planteé la situación. Le enumeré las cosas que ya no aguantaba, que lo sentía en el alma pero me había cansado de pelear, que no le deseaba mal, que el problema eran más sus familiares que él, que ya no me sentía tan feliz a su lado y lo mejor era terminar por la paz. Le recordé que antes de ser novios, fuimos amigos. Es decir, que yo nunca haría algo para herirlo y esperaba que él tampoco. Él lo aceptó. Y así terminó una relación de cuatro años.

¿Por qué planteo esto? Porque para este punto habrá dos tipos de opiniones. La primera: «Qué hueva tu relación. Qué bueno que se terminó»; la segunda: «Qué horrible forma de terminar una relación tan larga, debiste sentirte destrozada». Y sí. Ambas son correctas pero los tiempos fueron distintos. ¿Recuerdan que les comenté que nos dimos un tiempo? En ese tiempo lloré lo que necesité y pude replantearme muchísimas cosas de la relación y de mi vida. De esta manera, cuando llegó la ruptura, yo ya no sentía una profunda tristeza. Me dolió, obvio, pero ya no era un dolor sordo, sino porque veía sus ojos llorosos y su corazón rompiéndose; sin embargo, una ola de alivio lo sustituyó conforme pasaban los días. Me sentía libre.

Puedo decir, entonces, que mi proceso de sanar comenzó desde hacía un año pero no terminó cuando mi relación lo hizo; aunque ya estaba bastante avanzado y no extrañaba a mi ex como pareja, sino como amigo. Pero fue mejor mantener una prudente distancia y un trato cordial. Conseguí otro empleo que me consumía más tiempo. Me di a la tarea de escribir más. Me llené de libros. Me reconecté con amigas y amigos. Me metí de lleno en el feminismo. La masturbación volvió a hacerse costumbre. Volví a muchos hobbies que había dejado por estar en mi relación. Me reconecté conmigo misma.

Quise salir con alguien, pero no resultó como yo esperaba; me esforzaba demasiado por encajar en su mundo, me cansé y decidí dejarlo por la paz. Me di cuenta que no estaba lista para salir con esa persona porque me esforzaba demasiado. Incluso cuando quería estar sola, si él me invitaba, salía con él.

Mis sentimientos usualmente afloran después de conocer bien a una persona que de por sí me llama la atención. Sin embargo, esta vez fue diferente. Me enamoré poco a poco de una persona paciente, con un trato gentil, un apoyo incondicional, una mente brillante y ociosa y un gran corazón; como un niño muy maduro atrapado en el cuerpo de un adulto. Le había advertido que necesitaba tiempo y esperó. Le dije que quería mejorarme a mí misma antes de volver a pensar en salir con alguien y me apoyó. Le enumeré mil defectos míos, incluso intenté alejarlo, él adoró cada imperfección y no me dejó sola ni en los momentos más difíciles.

Cuando, por fin, le pregunté si yo era merecedora de tanto esfuerzo, él dijo que lo valía y que iba a esforzarse aún más. Entendí que esta persona conocía mi valor. No, no quiero decir que él definió cuánto valía y yo me lo creí. Sino que, por primera vez en mucho tiempo, alguien estaba dispuesto a esforzarse por mí sin esperar que el amor fuera recíproco. Él simplemente quería demostrarme cuánto me quería y ya.

Fueron sus detalles, su paciencia y su comprensión los que hicieron que me fuera acercando a él de una forma más romántica. Y ahí fue cuando me di cuenta que estaba lista para darle una oportunidad a esta persona. Hubo un tiempo donde no sabía si estaba lista para una relación per se, me daba miedo que las cosas no funcionaran y yo volviera a abandonarme como en mi primera relación; sin embargo, él me alentó para que siguiera con mis hobbies, no abandonara la escritura y me apoyó a abrazar mi feminismo y amor propio. Ha pasado un año. Han pasado muchas cosas, he disfrutado de mi soltería y he reflexionado hasta el cansancio. Estoy lista para una nueva relación.

Mis procesos de sanación son emocionales. Se basan en momentos de soledad, reflexión, reencuentro conmigo misma y con amigos, buscar nuevas experiencias y retomar viejos pasatiempos que disfrutaba. Al sentirme plena, cómoda en mi soledad, feliz conmigo misma y con ganas de compartir experiencias, es cuando sé que estoy lista para salir con otra persona.

Si todavía dudas, temes que te lastimen, no confías en la otra persona, te da miedo comprometerte en una relación o aún sientes algo por tu ex, no estás lista. Así que, aunque veas parejas y creas que todas las personas a tu alrededor están enamoradas, no debes sentir envidia ni desesperarte. Estar lista no significa buscar una pareja porque te sientes sola, debes sentirte cómoda en tu soltería. Tiene que ver con sentirte bien en tu piel y en la confianza en ti misma. Recuerda que lo más importante es el amor propio. Estar lista es también una decisión personal, nadie debe forzarte ni presionarte. No dejes que nadie tome esa decisión por ti, ni aunque te digan que conocen a un fulano que es perfecto para ti. Si tú no quieres, no quieres. Si no te sientes lista, no lo estás. Sigue tus procesos, sana y ámate.

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Especial San Valentín

Luna nueva: 6 pasos para concluir tu ciclo amoroso

Por Boann

Me considero una mujer práctica, pienso que la vida es breve y si no tenemos cuidado los lamentos pueden ser eternos. Para no quedar atrapada en ellos, me gusta creer y no perder de vista que todo es cíclico. Eso me permite mirar en mi horizonte el final, un nuevo inicio, la siguiente luna nueva.

Así que con ánimos de sanar vengo a compartirles mi lista personal para cerrar un ciclo amoroso y superar una ruptura sin perder el amor propio:

1.- Yo no “te di mi corazón”, yo te compartí mi corazón

Hay que romper con esta frase “romántica” que nos objetiviza. Es muy fácil que te invadan las ideas de “no fui suficiente” o el sentirse “desechada” cuando te piensas como algo “para dar”, “para tener” o “poseer”. Aprópiate de lo vivido, TÚ decidiste abrirle la puerta a tu pareja y tú puedes cerrarla. Tu cuerpo y corazón son tuyos, recuerda que nadie te pertenece, ni eres una posesión.

Para cuidar el amor propio siempre ten en cuenta cómo te hablas, cómo te piensas, cómo te describes. Si ya no quisiste compartir con tu pareja o él ya no quiso compartir más contigo, agradece el tiempo que pasaron juntos y avanza.

2.- Quiébrate

Sí, sin miedo y con ganas. Quiébrate. Dejar de compartir tu corazón, cuerpo y tiempo con el ser amado es motivo suficiente. Pienso que de grandes fracturas pueden surgir bellas creaciones. Soy fanática de la tradición japonesa llamada “Kitsugi” en donde para reparar cerámica o vasijas rellenan con oro, plata o platino las fisuras. Aplicado al dolor de corazón, me invita a pensar que todo lo que pasa, hasta lo más desagradable, no refiere precisamente un final sino una oportunidad para mejorar o iniciar una nueva etapa. Acepta y llena de oro tus cicatrices.

Sé vulnerable porque ahí puedes encontrar tu verdadera fortaleza, nuestra editora Carol te puede hablar de la importancia de esto.

3.- Hazte responsable de tu dolor

Para avanzar, intenta en lo posible no idealizar. Ni tu relación, ni a tu pareja. Tu pareja tuvo sus fallas, reconócelas, reconoce las tuyas. Algo te aportó, en algo te ayudó. Reflexiona y admite porqué las cosas dejaron de fluir entre ustedes, aunque duela no estés hiper analizando las culpas. Así como diste amor, reparte las responsabilidades y no cargues con cosas que no te corresponden.

4.-No te flageles

Sólo gasto letras porque sabemos que lo harás. Y ok, hazlo. Pero te sugiero límites. Tú decides en la medida que más se acoplen a ti, elige si serán horas, días, semanas, meses, años. Sácalo, pero ten en cuenta que te debes amabilidad. Promete que entre cada “qué pendeja fui” dicho, habrá una cucharada de nutella o el postre de tu preferencia viajando hacia tu boca. Tendrás una persona de confianza cerca y no iniciarás relaciones / comportamientos tóxicos para “ayudarte a avanzar”.

Cada proceso de duelo es distinto, medita bien lo que necesitas e intenta apegarte a ello CON RESPETO. No te autodestruyas de ninguna manera. Promete que después, de cierto número de insultos, días miserables, malos pensamientos y sesiones de stalkeo, pararás.

Y para recordarnos la importancia de no stalkear, puedes leer la experiencia que tuvo nuestra editora Jess al stalkear a su ex y encontrar ESA foto c*ulera.

5.-“Llena tu vida de primeras veces”

Le dije esto a una amiga que había terminado una relación tóxica y tenía miedo de salir a una cita. Lo que fue una frase para animarla a tener esa primera cita, hoy es una de las frases más motivadoras en mi vida. Intenta nuevos hobbies, vuelve a viejos, viaja, reconecta con personas, prueba nuevas comidas que no habías experimentado, compra esa prenda, libro, mueble, planta que siempre quisiste. O ¿por qué no? intenta un nuevo look pa’l cierre de ciclos. Tal vez no le encuentres mucho sabor cuando inicies (como seguro mi amiga no lo hizo en esta cita) pero el punto es intentarlo cuando te sientas lista, aunque tengas miedo sal a llenar tu vida de nuevas primeras veces.

No se trata de que con esto superes a tu ex, se trata de que acumules sensaciones agradables que vayan siendo un bálsamo en tu proceso. Tú tienes que brindarte esas oportunidades y espacios para sanar o redescubrirte.

6.-Siempre hacia la paz

Intenta que cada decisión que tomes durante tu proceso de duelo te lleve a la paz. Es difícil, las emociones nos traicionan, pero si no estás segura de una decisión, pregúntate si lo que vas a hacer te traerá más complicaciones o paz mental. A veces, por decidir con la entraña, llegamos a puertos más obscuros del que estamos saliendo. El desapego es doloroso, pero hazlo con cuidado porque te mereces estabilidad mental.

Siento que podrás ver con claridad la siguiente luna nueva en tu vida, si no olvidas 3 cosas que considero vitales.

Es importante vaciarse para recibir: no conserves enojos, miedos, rencores. Encuentra una forma sana de externar para que puedas recibir de buena manera lo positivo que llegará. Tienes que depurar para sanar: quédate con los buenos recuerdos y el aprendizaje, quédate con lo que te hizo crecer. Y hay que avanzar para vivir: mucho más nos espera adelante. ¿Otro amor? Tal vez. Recuerda que el amor se manifiesta de muchas maneras, en tu familia, con amigos, un nuevo proyecto. Sé paciente, abraza el amor propio y aunque duela, poco a poco, avanza. La luna está ahí para recordarte que es un ciclo, ninguna sanación es linear, ten paciencia, respira profundo y repite:

Vaciarse para recibir, depurar para sanar, avanzar para vivir.






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Especial San Valentín

¿Cómo dejar ir al “amor de tu vida”?

Por Karla Ucán

Y de pronto lo encuentras, ese chico que cumple tus expectativas; divertido, generoso, inteligente, con metas, trabajador, y lo mejor de todo, te apoya siempre, en tus decisiones, sueños y en cualquier cosa que te propongas. Todo es perfecto. Te dejas llevar e incluso te arriesgas a pensar que podría ser la persona con la que compartirás el resto de tus años; te miras a futuro y lo ves ahí, celebrando junto a ti cuando te titules o encuentres ese trabajo que tanto deseas. Lo incluyes en tus planes a corto y largo plazo, porque ¿qué puede salir mal cuando estás con tu “chico ideal”? Hasta que un día todo llega a su fin.

Ésta fue mi historia. Hace unos años conocí al “amor de mi vida”. Noches de charlas interminables, llamadas de largas horas, las bromas, la música que compartimos, y el apoyo incondicional que nos brindamos. Cuando nos conocimos, yo tenía esa idea de “ni una relación más”, porque tuve tantas malas experiencias que preferí dejarlo por la paz. Pero poco a poco se fue ganando mi confianza, con palabras bonitas, dedicando y escribiéndome canciones, haciéndome reír, estando para mí cuando necesitaba, y por supuesto, con su carta infalible de “yo no seré igual que aquellos que no te supieron valorar”.

Lo cierto es que me convenció hasta tal punto que llegué a considerarlo el amor de mi vida y comencé a incluirlo en mis planes y meterlo en mis sueños; todos esos viajes, conciertos, vacaciones, esas experiencias que había planeado hacer, ahora las haría con él. Y otras tantas: empecé a pensar en casarme y tener hijos (no a corto plazo, pero sí abrí la posibilidad que antes ni había considerado).

Fue más de un año de un amor “perfecto”, una relación aparentemente estable y sana, no habían celos tóxicos, ni aprehensión o infidelidades, y el apoyo era mutuo. Hasta que un día, repentinamente ese amor eterno se fue acabando. ¿Qué pasó? Él era ( me di cuenta muy tarde) de esas personas que, como diría mi mamá “andan tirando el anzuelo a ver qué pescan”, porque no saben estar solos y están buscando constantemente alguien que los ame.

Ese alguien fui yo. Y así como entré en su vida, me sacó de ella: perdió el interés en mí y comenzó a interesarse en alguien más. Seguía conmigo solamente porque yo era algo seguro. Sin embargo, no cedí, intenté resolver el problema, recordarle todos los planes que habíamos hecho; me insistía a mí misma que lo que tenía con él era real, que quizás solo estábamos pasando por una mala racha, porque “todas las parejas pasan por problemas, lo importante es resolverlos” (sí, ajá).

Hablé con él y le conté cómo me sentía y lo diferente que veía lo nuestro en las últimas semanas, pero su única respuesta fue que yo tenía la decisión si continuaba con la relación o no, que si no me gustaba, podía irme, porque total él era así y no iba a cambiar. Ahí fue cuando lo acepté, la única que seguía luchando por los dos era yo, la única enamorada seguía siendo yo. Y estaba gastando mi energía tratando de salvar algo que ya se había terminado (o, mejor dicho, algo que nunca empezó).

Terminar la relación fue una de las decisiones más difíciles que he tenido que tomar. ¿Cómo dejar ir al amor de tu vida? A pesar de que yo era una persona temporal en su vida, él se había convertido en una de las cosas más importante en la mía. Después de pensarlo tanto, me convencí, me armé de valor y le dije que lo mejor era que siguiéramos cada quien nuestro propio camino. Aunque todavía no me rendía, esperaba que se diera cuenta, que me pidiera quedarme, que me prometiera que íbamos a solucionarlo juntos, y dispuesta a darle otra oportunidad, pero su aceptación inmediata y la conformidad con la que lo tomó me hizo darme cuenta (ya me había tardado) que había tomado la mejor decisión y aunque doliera fue lo más sano para mí, porque nadie merece que le hagan sentir desechable y que pueden perderle el interés como si fuera una canción que pasa de moda.

Lloré por varias noches. Me pregunté una y otra vez qué es lo que había pasado, ¿por qué el que un día fue el amor de mi vida ahora ya no estaba en ella? Es que no es fácil olvidar a quien entregaste lo mejor de ti, dejar atrás todos los sueños que construyeron juntos, no es nada fácil superar a esa persona con la que estabas dispuesta a compartir tu vida.

Pero decidí que ya era suficiente. Debía seguir mi camino. Otra vez me encontraba sola. Tuve que replantearme todo de nuevo, volver a hacer mis planes, esta vez sin él, esta vez sin nadie. Me propuse a terminar la tesis, a conseguir un trabajo, viajé y me fui a un par de fiestas, asistí a esos conciertos de las bandas que todavía no había tenido oportunidad de ver, e hice un par de amigos nuevos. Fue un proceso largo pero conforme más me enfocaba en mí, menos pensaba en él. Ahora han pasado algunos años del rompimiento y llevo mi vida mejor, me he titulado y tengo un trabajo, disponibilidad para salir con amigos y ganas de conocer más gente. He pasado este tiempo aprendiendo a estar sola, comprendí que a veces el amor de tu vida tienes que ser tú misma.