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Especial San Valentín

Romper el ciclo con la ex

Por Aidé Ríos

Una de las etapas más difíciles que he tenido, la viví tras la ruptura con mi primer amor de la Universidad. Él era uno de los más guapos de la generación y una especie de lo que se considera «chico bueno», estuve perdidamente enamorada de él durante mi primer año de ingeniería. Es importante anunciar desde ahora que tardé años en descubrir y aceptar un hecho muy simple:

nadie tiene que quererte porque tú lo quieras, nada lo obliga a ello.

La historia entre él y yo puede resumirse de la siguiente forma: él fue mi Summer (afortunadamente los míos fueron menos de 500 días). Nunca quiso una relación seria conmigo pero sí cuando ella apareció. Muchos años me cuestioné por qué había pasado esto, nos comparé a ella y a mí en todos los aspectos sin hallar la respuesta que me satisficiera. Además, hice algo que no debía haber hecho nunca y enfoqué todo mi odio hacia ella cuando había sido yo en gran medida la responsable de aceptar una relación de ese tipo y sobre todo cuando era él quien ya no había querido estar conmigo para formalizar con ella.

La Universidad y en particular mis amigas me hicieron ver el mundo con otros ojos y darme cuenta, entre otras cosas más, de cuánto se nos ha inculcado el culparnos a nosotras y a otras por el poco éxito en una relación, pero casi nunca a ellos de una manera justa. No tenía idea de lo mucho que esto me serviría después.

Ocho años después de esta relación conocí a mi novio. Al principio no tenía idea de lo difícil que puede resultar enfrentar situaciones que no esperabas, que te sacuden la seguridad y los planes que tenías. Él concibió una hija no planeada semanas antes de comenzáramos a salir (a la Blue Valentine) y en sí, no me costó tanto aceptarlo como el hecho de saber que muchos de mis planes y de nuestros planes ya no se verían realizados.

La vida te puede llevar por diferentes caminos y eso necesariamente no tiene que ser malo, lo que sí creo que hace mucho daño es sufrir por cosas que están fuera de nuestro control y aferrarse al pasado y, en particular, a los errores.

Al principio lidiar con la mamá de la hija de mi novio fue difícil, sobre todo porque ellos habían vivido una especie de relación como la de Tom y Summer en donde ella también había jugado el papel de Tom. Su inmadurez, pese a tener mi misma edad, la hizo canalizar su rencor en mi y odiarme porque creía que yo le había quitado algo que en realidad jamás había tenido como tal. Al principio honestamente sentí cosas negativas por ella, la culpé por arruinar mis planes y le deseé el mal.

Por fortuna no me tomó mucho tiempo el darme cuenta de lo mal que estaba actuando y comencé a sentir empatía por ella, y más que caer en un juego de peleas sin sentido, lo que yo quería es que se diera cuenta de lo que a mí me había tomado años entender: la responsable no era yo, así como la culpable nunca fue la ahora esposa de mi ex novio. Los responsables de lo acontecido eran ella y mi novio, nadie más y tendría que lidiar con eso para poder sanar.

Otro aspecto que debo externar es que estoy profundamente convencida de que las personas podemos cambiar, de que somos capaces de realizar los actos más bondadosos, generosos y amorosos aún cuando en el pasado pudimos haber hecho mucho daño. Mi novio no fue la mejor persona con la mamá de su hija, pero conmigo ha sido todo lo contrario. En realidad me ha costado imaginarme esa versión anterior de él pero tampoco creo que sea útil hacerlo puesto que es su pasado, el pasado.

No voy a decir que fue sencillo y que lo siga siendo, pero después de una plática en la que yo me sinceré con ella y le dije lo que había vivido en mi relación pasada, creo que fue más fácil crear un vínculo, no digo que de amistad porque creo que eso es complicado aún, pero sí de cordialidad y respeto. Aún me queda un gran camino por recorrer, pero estoy muy esperanzada de las cosas que pueden resultar de la sororidad entre nosotras. La gran enseñanza de ésta y de otras situaciones es que siempre hay que procurar ser más nobles, generosos y, sobre todo, más sensibles a las necesidades de los demás porque cada uno tiene una historia.

Estoy agradecida con todas las amigas que me aconsejaron y me escucharon cuando sufrí una serie de dudas de sí iba a poder sobrellevar esta situación, no sé qué hubiera hecho sin ustedes, todavía no sé lo que haría. Este texto se los escribo a manera de homenaje, porque nos necesitamos entre todas.

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Especial San Valentín

Amor

Por Alejandrina Ojeda Cruz

¿Cómo se comienza a hablar acerca del amor?

Siendo tantas cosas en una, siendo sentimiento y siendo práctica. Siendo intangible pero palpable, siendo olas que revientan en la arena y siendo agua que fluye en calma. Durante los últimos dos meses, me he preguntado tanto acerca del amor. En realidad, mis cuestionamientos han estado presentes durante toda mi vida, la diferencia ahora es que, por primera vez me enfrento al reto de amarme.

He estado en relaciones estables y tormentosas durante los últimos doce años y creía tener bien definidos mi camino y mis afectos. Sin embargo, hace exactamente dos meses tomé una decisión que cambiaría todo; terminar una relación “idílica” que parecía transmutar al “siguiente paso”: el matrimonio. Me sentí agobiada, asfixiada con la idea, aunque llevaba años deseándolo. En un momento crítico, de mi boca salió una frase que marcaría lo que sería el resto de mi vida: QUIERO ESTAR SOLA. Y no significa que en realidad esté sola, significa que ya no quiero estar con alguien para “no sentirme sola”.

Por años definí mis metas y objetivos personales, profesionales, emocionales y hasta espirituales a partir de alguien más. Cada paso que di durante doce años, estuvo definido y regido por los deseos de otras personas (en este caso, quienes fuesen mis parejas sentimentales). Me perdí, me mimeticé, me convertí en aquello que escuchamos hasta el cansancio “ser una sola persona, una sola carne, una sola entidad”. 

Cumplí con las expectativas de fidelidad, lealtad, amor y confianza que cualquier mujer ha escuchado y aprendido desde la niñez; me convertí en el modelo perfecto, la que acompaña, la que escucha, la que apoya, la que está sin condiciones, la que todo lo soporta y todo lo perdona y sí, en algún punto me sentí feliz. Sin embargo, no era feliz por mí, era feliz porque estaba cumpliendo con todo aquello que debía ser, estaba cumpliendo con las expectativas de mi familia, de mis amistades y con las expectativas de quien estuviese a mi lado.

Estaba haciendo todo aquello para lo que me habían socializado.

Hoy, con apenas dos meses de haber comenzado este proceso, mi vida es un desastre maravilloso, es un caos ordenado. Aún no sé qué es el amor, pero sí sé lo que no es. Descubriéndome, he descubierto a mujeres sororas que me muestran su amor, escuchando, acompañando y estando presentes. Estoy reconciliando aquellas relaciones competitivas que, sin darme cuenta, había creado con otras mujeres. Apenas comienzo a conocer a aquella mujer que se disfrazaba de lo que otros querían y en este viaje desesperante solitario, por fin, estoy comenzando a amarme

A amarme desde mis imperfecciones, a amarme desde mis errores, a amarme desde la firme convicción de no saber por dónde ir, a amarme desde la perspectiva real y cruda de que no puedo cumplir con las expectativas de alguien más, a amarme desde aquella culpabilidad cristiana que me limita.

El amor es una misma, el amor es un viaje interminable que se construye y se deconstruye, el amor es la certeza de saber que estamos acompañadas, que somos muchas y que estamos juntas en esto. El amor es saber que la única persona que estará contigo siempre, eres tú misma; por eso te debes respeto, autocuidado, paciencia, cariño y tiempo. El amor es saber que puedes compartir tu vida y tu espacio con alguien, sin dejar de ser lo que eres. 

El amor es algo en constante cambio y movimiento, el amor nos acerca y nos aleja de quienes nos edifican o de quienes nos destruyen. El amor es energía vital que surge dentro de ti y que no se sujeta a nadie ni a ninguna convención social, moral o religiosa. El amor es lo que nos hace ser y hacer. 

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Encuentros

Por Karla Hau

Solo humanizamos lo que está sucediendo en el mundo y en nosotros mismos cuando hablamos de ello, y es al hablar que aprendemos a ser humanos. Hannah Arendt

«Todos tenemos problemas y no es necesario que lo estemos publicando»

Esa es una de las frases más comunes cuando tiendes a confiarle a otra persona la situación que estás lidiando, quizás una de las oraciones más repetitivas cuando el ego superior tiende a establecer el estándar de cómo lidiar con el dolor.

Era un día como cualquiera, pudo ser lunes o viernes, pero ella decidió hablarme en ese momento: miércoles. Me encontraba en el paradero para ir al trabajo, suelo tomar el transporte con una hora y media previa para evitar retardos. Al parecer ella temía lo mismo que todo trabajador asalariado: llegar tarde.

Se notaba estresada y angustiada, su mismo estado de ánimo la motivó a entablar una conversación. Me contó que, desde que inició la semana, había comenzado a usar el transporte público ya que antes su esposo la llevaba, pero desde que se fue, debe tomar el autobús más temprano.

Es una mujer de 40 años aproximadamente, cabello rizado, pestañas largas y con una alegría que, para el punto de estrés donde ella repetía cada 5 minutos lo tarde que llegaría, expresaba ser agradable. Mientras más camiones evitaban darnos parada – y más tarde se nos hacía– la conversación se profundizaba.

Salió con este sujeto por 14 años y unos meses atrás decidieron casarse. Debido a que ella era divorciada (con un hijo en la universidad) y él 10 años menor, la inseguridad de ella por contraer nupcias «atrasó» el proceso; tras varias insistencias por parte de él, decidieron a realizar una fiesta a lo grande, como él siempre quiso.

Mientras ella contaba esto, su sonrisa no se desvaneció de su rostro.

Un día, mientras ella asistía a una urgencia médica por su suegra, el sujeto tomó sus cosas y se marchó. No se comunicó, mientras toda la confianza que tenía por él se quebraba. Visitó y llamó a conocidos, pero ninguno conocía su ubicación. Y ahí estaba, días después contándole esto a una desconocida en el paradero una mañana.

La miré y, con toda honestidad, expresé lo sorprendida que estaba de que aún mantuviese la sonrisa en su rostro. Contestó que era su forma de ser, estar siempre sonriendo, aunque por dentro sentía que todo estaba roto. Acto seguido, se ruborizó y me pidió disculpas por contarme esto… porque seguramente se seguía avergonzando y humillando al contar cómo fue «dejada» por su esposo.

Le sonreí, le comenté que no la juzgaba; por el contrario, admiraba que pudiera seguir siendo tan extrovertida y, si hablar conmigo, una persona que en la vida la había visto le ayudaba, que se sintiera tranquila porque la escucharía el tiempo necesario.

Preguntó mi nombre y coincidió con el mío, posteriormente pidió mi número telefónico para hablarme cuando necesitara salir o despejarse cuando le llegaran los pensamientos sobre él. Le expresé que no la dejaría sola, que al saber su nombre y confiarme algo tan importante, para mí ya era significativa en mi vida.

Tomamos un Didi juntas, durante el trayecto le confié lo siguiente:

«El año pasado, después de diversas adversidades, decidí que no me quedaría callada. Si es algo que quería decir, lo diría. Prioricé mi bienestar ante la opinión de otras personas con la decisión de aceptar las consecuencias; sin embargo, esa soy yo (algo que aún trabajo en ello día a día). Me sentí como tú, creí que el mundo se me podría caer, pero ¿sabes qué? tuve gente maravillosa a mi alrededor. Si sientes que no hay alguien así, déjame informarte que ahora la tienes, contarás conmigo para ayudarte a salir adelante. No es fácil, pero ahora confirmo que por algo pasan las cosas: sin ese suceso tu y yo, no nos hubiésemos conocido».

Nos despedimos y fui al trabajo. Conté mi encuentro como algo fascinante, tan inesperado. La emoción decayó cuando se expresaron de ella como una mujer triste y sola. Me dolió; sin embargo, ignoré todo comentario y recibía todas las mañanas una llamada de ella preguntándome si llegaba temprano al trabajo, por lo que correspondí con la misma acción.

Dejé de recibir las llamadas.

Días después nos encontramos nuevamente, ahora con su pareja. Volvió con ese sujeto y todo rastro de alegría se había ido. Tenía la mirada apagada y me miró avergonzada. Sonreí y le pregunté si se encontraba bien. Respondió que sí, justificó que ya no me hablara antes de ir al trabajo. Se terminó la conversación.

Su sonrisa se había apagado.

Derrotada me encaminé al trabajo, quizás si hubiese hecho más ella aún tendría la alegría en sus ojos. Confié en que estaría feliz con su decisión, pero esa sensación de no ayudarla no se borró hasta después de unas semanas, cuando nos volvimos a encontrar nuevamente solas.

Me pidió ayuda.

Es difícil dar el paso, ese momento determinante para comenzar a sanar. Habrá gente que juzgará la decisión y los tiempos para hacerlo, las idas y venidas, pero lo más importante para comenzar es: ¿estás rodeada de la gente correcta? Nos topamos por casualidad, la escuché y ella a mí, esos momentos fueron valiosos y determinantes.

Reconocer el camino que había recorrido y notar que era de utilidad para alguien más, fue satisfactorio. No fue en vano lo vivido, me encontré con una versión totalmente nueva de mí y sé que aún me queda mucho por crecer. Estaré aún más para ella.

Si sientes que el mundo asfixia, que todo por dentro se rompe y te dices que nada de esto te debió pasar. Respira. Tranquila. No eres la única y, ante todo, no estás sola. Desde un familiar, amigas, compañeras o desconocidas en un paradero de autobús. Si necesitas a alguien que te escuche, siente confianza de localizarme, sabré estar para ti.

Estamos nosotras para ti, siempre.

Eres importante.

No lo olvides.


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Especial San Valentín

¡Next, el que sigue! ¿Cómo saber si ya estoy lista para salir con otra persona?

Por Black Sirenis

Podría decirte que un día te despiertas y ¡BOOM! ya no extrañas a tu ex. O que es un proceso doloroso donde tienes que quemar las cartas y llorar por las promesas incumplidas al ver cómo el futuro que habías planeado se hace trizas y se vuelve aún más incierto. Pero no. No te voy a decir cosas que a mí no me pasaron, eso no quiere decir que esos procesos no se apliquen a ti.

Lo que sí podría hacer es resumir mi reflexión: Cada quien tiene un proceso diferente. Mientras no sea autodestructivo, adelante, haz lo que tengas que hacer. Saca lo que tengas que sacar. Quema las cartas, llora, patalea, encuentra nuevos hobbies, viaja, estudia, sal de fiesta, contacta viejos amigos, haz nuevos… Lo único que realmente importa es que tú estés bien.

Extrañar a tu ex es parte del proceso de soltar, principalmente porque estás, palabra clave, acostumbrada a su presencia. Y es posible que no le extrañes precisamente a él o ella, sino a los momentos bonitos y cuando te sentías contenta. Es posible que te extrañes a ti, el cómo eras cuando estabas con tu pareja. El desapego es una parte importante en el rompimiento.

En mi caso, bueno, no fue exactamente así. Cuando rompimos, hacía casi un año que yo ya me lo había empezado a plantear. No me llevaba bien con su familia y, sinceramente, él tampoco. Lo trataban bastante mal y eran sumamente restrictivos con él, por no decir injustos. Tuve que tragarme muchas groserías por parte de su madre y su hermana porque le quería muchísimo; sin embargo, honestamente, mi amor propio le ganó al amor que sentía por él.

Un día de tantos, conocí a alguien. Una persona opuesta a él, con la vista fija en sus metas, libertades que se había ganado a pulso y una actitud ante la vida bastante interesante. Siempre me gustaron inteligentes, y ambos lo eran a su manera. Uno era más activo y el otro pasivo. Haber conocido a un hombre que me llamaba la atención no fue el problema, lo consideré un amigo más en su momento. El problema vino cuando murió un familiar mío y mi (ex)novio tuvo que viajar. Le llamé por teléfono casi llorando, pero subió al avión y se fue. Sentí que algo de mí se quebró al no estar él presente. Mientras el novio de mi hermana había salido del trabajo para acompañar a mi hermana en su dolor, yo no me sentí apoyada, sino terriblemente sola y traicionada. Puede que sea un pensamiento muy egoísta pero estaba muy dolida en su momento. Fue allí cuando este nuevo amigo apareció y me brindó un hombro donde llorar. Aunque dejé que me abrazara, no lo hice. Le dije que el único que podría verme quebrarme era mi (ex)novio. No lloré hasta el funeral. ¿Por qué? No quería crear un vínculo emocional con él cuando mi (ex)novio no estaba en la ciudad.

El tiempo de luto fue aún más difícil. En ese momento yo no trabajaba, estaba rodeada de fotografías familiares, mi (ex)novio seguía de viaje y yo tenía que hacerme cargo de la casa mientras mi madre se hacía cargo de mi abuela y otros detalles. Así que todo el día estaba sola. La mayoría de las veces, si quería llorar, tenía que llamar a mi (ex)novio, eran pocas veces cuando él se comunicaba. Decía que estaba ocupado ayudando a su familia a empacar, iban a mudarse aquí, pero a mí me parecía que abusaban de él ya que, según lo que me dijo, ellos salían sin decirle o con sus amigos y le dejaban a él trabajando. Eso me enfurecía y terminaba sintiéndome peor después de llamarle porque terminaba furiosa y triste. Para mi sorpresa, el amigo que conocí me buscaba para preguntarme cómo estaba y en algunas ocasiones, salimos a tomar algún café para hablar. Simplemente hablar y despejarme. Me hacía sentir muy bien.

Nunca pasó nada entre nosotros más que algunas charlas, compartimos un par de secretos y hasta nos apoyamos cuando surgieron ciertos problemas individuales. La fiereza con la cual yo atacaba los problemas le hizo decirme alguna vez que yo le daba miedo y al mismo tiempo me admiraba por mi pasión. Todo esto, como amigos. Porque, según, él respetaba que yo tuviera novio y yo, simplemente, buscaba compañía para no deprimirme. Quería escapar de la tristeza. Estar con él era divertido. La realidad es que no me di cuenta cuando comenzó a gustarme. Él sólo me gustaba, no lo amaba. No iba a dejar a mi novio por él.

El tiempo pasó. Mi amigo se fue a estudiar a otro estado y mi novio volvió. Su familia se mudó. Los problemas se duplicaron porque lo presionaban mucho y yo casi no lo veía. Obtuve un empleo, lo veía sólo los fines de semana. Su familia lo presionó el doble, lo veía cada domingo. Me sentía aún más sola, harta y frustrada. Cada intento de comunicación terminaba en pelea porque yo pensaba que su familia lo asfixiaba y él peleaba diciendo que si no fuera por él, no nos veríamos, eso me dolía muchísimo, y la conversación se acababa. Le propuse darnos un tiempo pero eso no funcionó. Quería dejarlo pero él estaba pasando por un momento difícil y no quería lastimarlo, sentía que no se lo merecía. Los problemas se triplicaron cuando involucraron dinero mío prestado. Entonces, no podía dejarlo porque temía que no me devolviera el dinero. En fin, se hizo un relajo.

Cuando las aguas se hubieron calmado, un día me armé de valor, lo cité para vernos y le planteé la situación. Le enumeré las cosas que ya no aguantaba, que lo sentía en el alma pero me había cansado de pelear, que no le deseaba mal, que el problema eran más sus familiares que él, que ya no me sentía tan feliz a su lado y lo mejor era terminar por la paz. Le recordé que antes de ser novios, fuimos amigos. Es decir, que yo nunca haría algo para herirlo y esperaba que él tampoco. Él lo aceptó. Y así terminó una relación de cuatro años.

¿Por qué planteo esto? Porque para este punto habrá dos tipos de opiniones. La primera: «Qué hueva tu relación. Qué bueno que se terminó»; la segunda: «Qué horrible forma de terminar una relación tan larga, debiste sentirte destrozada». Y sí. Ambas son correctas pero los tiempos fueron distintos. ¿Recuerdan que les comenté que nos dimos un tiempo? En ese tiempo lloré lo que necesité y pude replantearme muchísimas cosas de la relación y de mi vida. De esta manera, cuando llegó la ruptura, yo ya no sentía una profunda tristeza. Me dolió, obvio, pero ya no era un dolor sordo, sino porque veía sus ojos llorosos y su corazón rompiéndose; sin embargo, una ola de alivio lo sustituyó conforme pasaban los días. Me sentía libre.

Puedo decir, entonces, que mi proceso de sanar comenzó desde hacía un año pero no terminó cuando mi relación lo hizo; aunque ya estaba bastante avanzado y no extrañaba a mi ex como pareja, sino como amigo. Pero fue mejor mantener una prudente distancia y un trato cordial. Conseguí otro empleo que me consumía más tiempo. Me di a la tarea de escribir más. Me llené de libros. Me reconecté con amigas y amigos. Me metí de lleno en el feminismo. La masturbación volvió a hacerse costumbre. Volví a muchos hobbies que había dejado por estar en mi relación. Me reconecté conmigo misma.

Quise salir con alguien, pero no resultó como yo esperaba; me esforzaba demasiado por encajar en su mundo, me cansé y decidí dejarlo por la paz. Me di cuenta que no estaba lista para salir con esa persona porque me esforzaba demasiado. Incluso cuando quería estar sola, si él me invitaba, salía con él.

Mis sentimientos usualmente afloran después de conocer bien a una persona que de por sí me llama la atención. Sin embargo, esta vez fue diferente. Me enamoré poco a poco de una persona paciente, con un trato gentil, un apoyo incondicional, una mente brillante y ociosa y un gran corazón; como un niño muy maduro atrapado en el cuerpo de un adulto. Le había advertido que necesitaba tiempo y esperó. Le dije que quería mejorarme a mí misma antes de volver a pensar en salir con alguien y me apoyó. Le enumeré mil defectos míos, incluso intenté alejarlo, él adoró cada imperfección y no me dejó sola ni en los momentos más difíciles.

Cuando, por fin, le pregunté si yo era merecedora de tanto esfuerzo, él dijo que lo valía y que iba a esforzarse aún más. Entendí que esta persona conocía mi valor. No, no quiero decir que él definió cuánto valía y yo me lo creí. Sino que, por primera vez en mucho tiempo, alguien estaba dispuesto a esforzarse por mí sin esperar que el amor fuera recíproco. Él simplemente quería demostrarme cuánto me quería y ya.

Fueron sus detalles, su paciencia y su comprensión los que hicieron que me fuera acercando a él de una forma más romántica. Y ahí fue cuando me di cuenta que estaba lista para darle una oportunidad a esta persona. Hubo un tiempo donde no sabía si estaba lista para una relación per se, me daba miedo que las cosas no funcionaran y yo volviera a abandonarme como en mi primera relación; sin embargo, él me alentó para que siguiera con mis hobbies, no abandonara la escritura y me apoyó a abrazar mi feminismo y amor propio. Ha pasado un año. Han pasado muchas cosas, he disfrutado de mi soltería y he reflexionado hasta el cansancio. Estoy lista para una nueva relación.

Mis procesos de sanación son emocionales. Se basan en momentos de soledad, reflexión, reencuentro conmigo misma y con amigos, buscar nuevas experiencias y retomar viejos pasatiempos que disfrutaba. Al sentirme plena, cómoda en mi soledad, feliz conmigo misma y con ganas de compartir experiencias, es cuando sé que estoy lista para salir con otra persona.

Si todavía dudas, temes que te lastimen, no confías en la otra persona, te da miedo comprometerte en una relación o aún sientes algo por tu ex, no estás lista. Así que, aunque veas parejas y creas que todas las personas a tu alrededor están enamoradas, no debes sentir envidia ni desesperarte. Estar lista no significa buscar una pareja porque te sientes sola, debes sentirte cómoda en tu soltería. Tiene que ver con sentirte bien en tu piel y en la confianza en ti misma. Recuerda que lo más importante es el amor propio. Estar lista es también una decisión personal, nadie debe forzarte ni presionarte. No dejes que nadie tome esa decisión por ti, ni aunque te digan que conocen a un fulano que es perfecto para ti. Si tú no quieres, no quieres. Si no te sientes lista, no lo estás. Sigue tus procesos, sana y ámate.

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Especial San Valentín

Luna nueva: 6 pasos para concluir tu ciclo amoroso

Por Boann

Me considero una mujer práctica, pienso que la vida es breve y si no tenemos cuidado los lamentos pueden ser eternos. Para no quedar atrapada en ellos, me gusta creer y no perder de vista que todo es cíclico. Eso me permite mirar en mi horizonte el final, un nuevo inicio, la siguiente luna nueva.

Así que con ánimos de sanar vengo a compartirles mi lista personal para cerrar un ciclo amoroso y superar una ruptura sin perder el amor propio:

1.- Yo no “te di mi corazón”, yo te compartí mi corazón

Hay que romper con esta frase “romántica” que nos objetiviza. Es muy fácil que te invadan las ideas de “no fui suficiente” o el sentirse “desechada” cuando te piensas como algo “para dar”, “para tener” o “poseer”. Aprópiate de lo vivido, TÚ decidiste abrirle la puerta a tu pareja y tú puedes cerrarla. Tu cuerpo y corazón son tuyos, recuerda que nadie te pertenece, ni eres una posesión.

Para cuidar el amor propio siempre ten en cuenta cómo te hablas, cómo te piensas, cómo te describes. Si ya no quisiste compartir con tu pareja o él ya no quiso compartir más contigo, agradece el tiempo que pasaron juntos y avanza.

2.- Quiébrate

Sí, sin miedo y con ganas. Quiébrate. Dejar de compartir tu corazón, cuerpo y tiempo con el ser amado es motivo suficiente. Pienso que de grandes fracturas pueden surgir bellas creaciones. Soy fanática de la tradición japonesa llamada “Kitsugi” en donde para reparar cerámica o vasijas rellenan con oro, plata o platino las fisuras. Aplicado al dolor de corazón, me invita a pensar que todo lo que pasa, hasta lo más desagradable, no refiere precisamente un final sino una oportunidad para mejorar o iniciar una nueva etapa. Acepta y llena de oro tus cicatrices.

Sé vulnerable porque ahí puedes encontrar tu verdadera fortaleza, nuestra editora Carol te puede hablar de la importancia de esto.

3.- Hazte responsable de tu dolor

Para avanzar, intenta en lo posible no idealizar. Ni tu relación, ni a tu pareja. Tu pareja tuvo sus fallas, reconócelas, reconoce las tuyas. Algo te aportó, en algo te ayudó. Reflexiona y admite porqué las cosas dejaron de fluir entre ustedes, aunque duela no estés hiper analizando las culpas. Así como diste amor, reparte las responsabilidades y no cargues con cosas que no te corresponden.

4.-No te flageles

Sólo gasto letras porque sabemos que lo harás. Y ok, hazlo. Pero te sugiero límites. Tú decides en la medida que más se acoplen a ti, elige si serán horas, días, semanas, meses, años. Sácalo, pero ten en cuenta que te debes amabilidad. Promete que entre cada “qué pendeja fui” dicho, habrá una cucharada de nutella o el postre de tu preferencia viajando hacia tu boca. Tendrás una persona de confianza cerca y no iniciarás relaciones / comportamientos tóxicos para “ayudarte a avanzar”.

Cada proceso de duelo es distinto, medita bien lo que necesitas e intenta apegarte a ello CON RESPETO. No te autodestruyas de ninguna manera. Promete que después, de cierto número de insultos, días miserables, malos pensamientos y sesiones de stalkeo, pararás.

Y para recordarnos la importancia de no stalkear, puedes leer la experiencia que tuvo nuestra editora Jess al stalkear a su ex y encontrar ESA foto c*ulera.

5.-“Llena tu vida de primeras veces”

Le dije esto a una amiga que había terminado una relación tóxica y tenía miedo de salir a una cita. Lo que fue una frase para animarla a tener esa primera cita, hoy es una de las frases más motivadoras en mi vida. Intenta nuevos hobbies, vuelve a viejos, viaja, reconecta con personas, prueba nuevas comidas que no habías experimentado, compra esa prenda, libro, mueble, planta que siempre quisiste. O ¿por qué no? intenta un nuevo look pa’l cierre de ciclos. Tal vez no le encuentres mucho sabor cuando inicies (como seguro mi amiga no lo hizo en esta cita) pero el punto es intentarlo cuando te sientas lista, aunque tengas miedo sal a llenar tu vida de nuevas primeras veces.

No se trata de que con esto superes a tu ex, se trata de que acumules sensaciones agradables que vayan siendo un bálsamo en tu proceso. Tú tienes que brindarte esas oportunidades y espacios para sanar o redescubrirte.

6.-Siempre hacia la paz

Intenta que cada decisión que tomes durante tu proceso de duelo te lleve a la paz. Es difícil, las emociones nos traicionan, pero si no estás segura de una decisión, pregúntate si lo que vas a hacer te traerá más complicaciones o paz mental. A veces, por decidir con la entraña, llegamos a puertos más obscuros del que estamos saliendo. El desapego es doloroso, pero hazlo con cuidado porque te mereces estabilidad mental.

Siento que podrás ver con claridad la siguiente luna nueva en tu vida, si no olvidas 3 cosas que considero vitales.

Es importante vaciarse para recibir: no conserves enojos, miedos, rencores. Encuentra una forma sana de externar para que puedas recibir de buena manera lo positivo que llegará. Tienes que depurar para sanar: quédate con los buenos recuerdos y el aprendizaje, quédate con lo que te hizo crecer. Y hay que avanzar para vivir: mucho más nos espera adelante. ¿Otro amor? Tal vez. Recuerda que el amor se manifiesta de muchas maneras, en tu familia, con amigos, un nuevo proyecto. Sé paciente, abraza el amor propio y aunque duela, poco a poco, avanza. La luna está ahí para recordarte que es un ciclo, ninguna sanación es linear, ten paciencia, respira profundo y repite:

Vaciarse para recibir, depurar para sanar, avanzar para vivir.






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¿Cómo dejar ir al “amor de tu vida”?

Por Karla Ucán

Y de pronto lo encuentras, ese chico que cumple tus expectativas; divertido, generoso, inteligente, con metas, trabajador, y lo mejor de todo, te apoya siempre, en tus decisiones, sueños y en cualquier cosa que te propongas. Todo es perfecto. Te dejas llevar e incluso te arriesgas a pensar que podría ser la persona con la que compartirás el resto de tus años; te miras a futuro y lo ves ahí, celebrando junto a ti cuando te titules o encuentres ese trabajo que tanto deseas. Lo incluyes en tus planes a corto y largo plazo, porque ¿qué puede salir mal cuando estás con tu “chico ideal”? Hasta que un día todo llega a su fin.

Ésta fue mi historia. Hace unos años conocí al “amor de mi vida”. Noches de charlas interminables, llamadas de largas horas, las bromas, la música que compartimos, y el apoyo incondicional que nos brindamos. Cuando nos conocimos, yo tenía esa idea de “ni una relación más”, porque tuve tantas malas experiencias que preferí dejarlo por la paz. Pero poco a poco se fue ganando mi confianza, con palabras bonitas, dedicando y escribiéndome canciones, haciéndome reír, estando para mí cuando necesitaba, y por supuesto, con su carta infalible de “yo no seré igual que aquellos que no te supieron valorar”.

Lo cierto es que me convenció hasta tal punto que llegué a considerarlo el amor de mi vida y comencé a incluirlo en mis planes y meterlo en mis sueños; todos esos viajes, conciertos, vacaciones, esas experiencias que había planeado hacer, ahora las haría con él. Y otras tantas: empecé a pensar en casarme y tener hijos (no a corto plazo, pero sí abrí la posibilidad que antes ni había considerado).

Fue más de un año de un amor “perfecto”, una relación aparentemente estable y sana, no habían celos tóxicos, ni aprehensión o infidelidades, y el apoyo era mutuo. Hasta que un día, repentinamente ese amor eterno se fue acabando. ¿Qué pasó? Él era ( me di cuenta muy tarde) de esas personas que, como diría mi mamá “andan tirando el anzuelo a ver qué pescan”, porque no saben estar solos y están buscando constantemente alguien que los ame.

Ese alguien fui yo. Y así como entré en su vida, me sacó de ella: perdió el interés en mí y comenzó a interesarse en alguien más. Seguía conmigo solamente porque yo era algo seguro. Sin embargo, no cedí, intenté resolver el problema, recordarle todos los planes que habíamos hecho; me insistía a mí misma que lo que tenía con él era real, que quizás solo estábamos pasando por una mala racha, porque “todas las parejas pasan por problemas, lo importante es resolverlos” (sí, ajá).

Hablé con él y le conté cómo me sentía y lo diferente que veía lo nuestro en las últimas semanas, pero su única respuesta fue que yo tenía la decisión si continuaba con la relación o no, que si no me gustaba, podía irme, porque total él era así y no iba a cambiar. Ahí fue cuando lo acepté, la única que seguía luchando por los dos era yo, la única enamorada seguía siendo yo. Y estaba gastando mi energía tratando de salvar algo que ya se había terminado (o, mejor dicho, algo que nunca empezó).

Terminar la relación fue una de las decisiones más difíciles que he tenido que tomar. ¿Cómo dejar ir al amor de tu vida? A pesar de que yo era una persona temporal en su vida, él se había convertido en una de las cosas más importante en la mía. Después de pensarlo tanto, me convencí, me armé de valor y le dije que lo mejor era que siguiéramos cada quien nuestro propio camino. Aunque todavía no me rendía, esperaba que se diera cuenta, que me pidiera quedarme, que me prometiera que íbamos a solucionarlo juntos, y dispuesta a darle otra oportunidad, pero su aceptación inmediata y la conformidad con la que lo tomó me hizo darme cuenta (ya me había tardado) que había tomado la mejor decisión y aunque doliera fue lo más sano para mí, porque nadie merece que le hagan sentir desechable y que pueden perderle el interés como si fuera una canción que pasa de moda.

Lloré por varias noches. Me pregunté una y otra vez qué es lo que había pasado, ¿por qué el que un día fue el amor de mi vida ahora ya no estaba en ella? Es que no es fácil olvidar a quien entregaste lo mejor de ti, dejar atrás todos los sueños que construyeron juntos, no es nada fácil superar a esa persona con la que estabas dispuesta a compartir tu vida.

Pero decidí que ya era suficiente. Debía seguir mi camino. Otra vez me encontraba sola. Tuve que replantearme todo de nuevo, volver a hacer mis planes, esta vez sin él, esta vez sin nadie. Me propuse a terminar la tesis, a conseguir un trabajo, viajé y me fui a un par de fiestas, asistí a esos conciertos de las bandas que todavía no había tenido oportunidad de ver, e hice un par de amigos nuevos. Fue un proceso largo pero conforme más me enfocaba en mí, menos pensaba en él. Ahora han pasado algunos años del rompimiento y llevo mi vida mejor, me he titulado y tengo un trabajo, disponibilidad para salir con amigos y ganas de conocer más gente. He pasado este tiempo aprendiendo a estar sola, comprendí que a veces el amor de tu vida tienes que ser tú misma.  

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Especial San Valentín

¡Mi ex se casó!

Por Kelly R.

Quizá para contar mi historia deba remontarme a cuando él me propuso matrimonio y yo estaba aterrada. Tenía miedo porque no era lo planeado, miedo porque aún no teníamos el trabajo de nuestros sueños, ni la estabilidad económica necesaria, ni nada de lo que “debía tenerse”. Aunque lo único que no nos faltaba era amor, al menos hasta ese momento.

Al día siguiente pronuncié las temidas palabras tenemos-que-hablar y así lo hicimos, dijimos muchas cosas que no recuerdo pero las que sí tengo frescas en mi memoria, como si las hubiese pronunciado ayer, eran “no te estoy diciendo que no quiera casarme contigo” y “esto no significa que no te amo”. A pesar de lo dicho nuestra conversación terminó con un anillo devuelto y una relación fracturada.

Algunas veces cuando soy sincera conmigo misma me doy cuenta que desde aquel suceso nuestra relación terminó, aunque nos llevó más de un año ponerle fin. Continuamos juntos pero nunca superamos la fallida propuesta, nunca tuve el valor ¿o confianza? de preguntar qué había sucedido con aquel anillo y toda nueva noticia de algún conocido comprometido fue suprimida de nuestras conversaciones.

¿Cómo superar algo así?, admito que por mucho tiempo estuve molesta con él, por haberme puesto en la encrucijada de lo que representa todo o nada. Por supuesto, él también estuvo molesto durante más tiempo y los reclamos por el anillo devuelto salieron en varias discusiones. Alguna vez mi mamá me dijo que si lo nuestro era en verdad amor podríamos superarlo, quizá nos faltó o tal vez fue demasiado.

Después de año y medio de aquella propuesta, de sanar nuestras heridas, de momentos muy buenos y momentos muy malos, nos dijimos adiós. Recapitulando en mi memoria sigo convencida, que aquella, encabeza el top de mis decisiones más difíciles. Pero sucede que habíamos llegado al punto en que nuestras vidas ya no parecían compartir el mismo camino y aunque fuera doloroso había que aceptarlo.

Lo hicimos como terminan las grandes historias de amor ¡sin verse a la cara!, en nuestro caso fue por llamada, porque ya la pura decisión era difícil. Nos dijimos todo, desde el agradecimiento cliché por los años compartidos hasta las profundas reflexiones de que, a veces, el amor no se acaba, simplemente cambia.

A pesar de que vivimos en un lugar donde todos conocen a todos, hasta el día de hoy no nos hemos vuelto a ver, ni siquiera nos hemos topado en el super o en algún bar. Nos esfumamos de nuestros radares. Porque como buenos millennials, cuando terminamos nos eliminamos de cualquier contacto virtual que pudiésemos tener.  

Por eso cuando me llegó la noticia de que mi ex se había comprometido, al principio no lo creí. Fue hasta que, por azares del destino (y de los llamados amigos en común de facebook), empezaron a invadir mi sección de noticias las fotos de su boda que comprendí que aquel “rumor” era una realidad. ¡Se había casado! y fue justo en el mes que se cumplía UN AÑO de nuestra ruptura.

No voy a mentirles, no puedo decir que no fue una noticia que llegó a muchas partes de mí. Mi lado ególatra pensaba que le bastó menos de 12 meses para olvidarme, y es que seamos sinceros, todos los seres humanos tenemos conflicto en sentirnos reemplazados. Mi lado sentimental sufrió en pensar que mi perra (que por cierto, se quedó con él) tendría una nueva dueña y yo nunca podría explicarle porque me dejó de ver.

Pero mi lado maduro, esa parte de mí que creció durante tanto tiempo a su lado, estaba feliz. Me sentí feliz de que todo había valido la pena, tantas lágrimas que tanto él como yo derramamos meses atrás tuvieron un propósito, porque ambos estábamos avanzando en el camino que decidimos tomar.

Él ahora ha iniciado una familia con una mujer valiente que decidió apostar por el amor y deseo que sean muy felices juntos, no podría ser de otra forma. ¿Cómo desearle algo malo a alguien que formó parte de tu vida durante 5 años? No se puede.

¿Y yo?, yo me siento plena en este punto de mi vida. Después de nuestra separación viaje a muchos lugares nuevos compartiendo el tiempo conmigo misma y redescubriendo la persona que soy. Me enamoré de otros paisajes, sabores e idiomas. Alcancé mis objetivos a corto plazo y disfruto mucho el trabajo que ahora tengo.

Así que si se están preguntando qué pueden aprender de mi historia, la respuesta es sencilla: debemos aceptar cuando una relación se termina, incluso antes de que termine. Claro, sé que se lee más fácil de lo que resulta tomar la decisión, pero les aseguro que al final, todo sucede por algo. Todas las lágrimas que quizá ahora estás derramando por una relación que terminó tendrán su recompensa. Aunque a veces la recompensa es solo saber que cada quien obtuvo lo que estaba buscando.

Quizá este San Valentín será diferente, quizá no recordabas cómo era un cumpleaños sin él o incluso, extrañes sus chistes tontos, pero está permitido sentirse triste a veces. Así que salte, haz algo diferente, crea una nueva rutina para ti y disfruta lo más que puedas de este tiempo contigo, porque creeme, cuando menos lo esperes estarás apostando de nuevo por el amor, conociendo a nuevas personas, con la confianza de que sabes lo que quieres en este momento de tu vida.

Se sincera contigo, ve las cosas en retrospectiva y te aseguro que entenderás que todo, por más que duela, valdrá la pena. Hoy a 3 meses de su boda puedo decir con toda tranquilidad: Si, ¡mi ex se casó! Y yo me siento muy feliz.

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Especial San Valentín Salud

Un Amor Romántico

Por Psicóloga Verónica Anduze

Todo comenzó con un: “había una vez…” por supuesto, en la historia no podía faltar el príncipe que rescata a la princesa y un “vivieron felices por siempre”. Desde pequeñas conocemos estos cuentos de hadas, crecimos con ellos, no es de extrañarse que en la juventud esperemos al príncipe azul y depositemos nuestros sueños e ilusiones en esa persona. Quizá pienses que en la actualidad esas ideas se quedaron en los cuentos, pero ¿qué hay del amor romántico? Ese que te arrebata suspiros o del amor a primera vista que sólo con una mirada sabes que son el uno para el otro. La mercadotecnia y las novelas también han puesto mucho de su parte.

El cerebro es sumamente inteligente y por lo mismo guarda recuerdos, aprendizajes de la infancia y también tiende a repetir ciclos. Los recuerdos de los cuentos de hadas y las historias de amor de película siguen vigentes en nuestros días y a esto se denomina «Amor Romántico». Se trata de creencias basadas en historias fantasiosas, mitos sobre el amor y las relaciones, que se han difundido en la cultura a través de diversos medios de comunicación, por mencionar algunas ideas: querer encontrar la media naranja o querer que la pareja sea perfecta, que tu entorno social gire alrededor de tu pareja, dejando a un lado actividades y pasatiempos individuales.

Creer que la relación tiene que durar para siempre cuando la mayor parte del tiempo mantengan discusiones con gritos e inconformidades. Y a mi mente vienen varios interrogantes:

¿Es acaso tu felicidad responsabilidad de tu pareja? “Me hace tan feliz”

¿Los defectos de tu pareja, desaparecen por arte del amor? “Es que él va a cambiar”

La pareja que eliges influye de manera significativa en tu estado de ánimo, en la toma de decisiones pero al final de cuentas a quien eliges es decisión tuya. Tal vez te haya sucedido o conozcas personas que después de una gran discusión, se reconcilian (o al menos aparentan) con un gran ramo de flores, unas cuantas piezas de joyería, una cena romántica o una noche de pasión desenfrenada. Sin embargo, el motivo de la discusión sigue sin resolverse y no es de extrañarse que este ciclo suceda de nuevo.

Si bien es cierto que nos han enseñado o hemos aprendido a imaginar o vivir momentos románticos, pocos enseñan a vivir un amor sereno, un amor con respeto, con acuerdos en donde ambos miembros de la pareja se sientan a gusto y conformes. Esto no significa que dejen de gustarnos los grandes detalles, simplemente es conveniente fijar la atención y revalorar los puntos que son más importantes para ti en una relación que contribuya para la satisfacción emocional y el crecimiento personal.

Debemos dejar a un lado el amor romántico que todo lo puede y soporta e ir construyendo relaciones equitativas en el apoyo mutuo.


Este día del amor y la amistad deseo para ti NO un amor romántico sino un amor real.

Puedes contactar a la Psicóloga Verónica Anduze vía
Facebook: Psic vero y a través de su correo: psic.vero.anduze@hotmail.com

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Especial Viajando Sola

Viajando estoy, habitándome siempre.

Por Alejandra Cano Muñoz

La aventura de viajar sola inició cuando decidí estudiar en otra ciudad, y esa decisión me permitió tener las mejores experiencias de mi vida. Ya sea en colectivo o sola, el viajar ha resultado muy valioso para mí. El estudio y trabajo me permite justificar mis viajes, conocer y re-aprender de lugares y personas.

Viajar sola me ha significado procesos de crecimiento personal. Me hace recordar mi capacidad y necesidad de mantenerme en movimiento para el disfrute del alma y del pensamiento ¡Me gusta tomarme una foto del día cuando inicia la aventura y del regreso para ser consciente de mi reencuentro!

Hace tres años la vida me cambió, decidí ser madre y desde ese momento ¡la maternidad me acompaña a todos lados! Esto, me permite encontrarme y reconocerme como mujer y como madre en este andar, el trabajo comunitario que realizo como parte de la coordinación del programa de alfabetización Sí Podemos, me permite llevar a mi cría a todas partes: durante los últimos dos años hemos trabajado en algunas localidades del municipio de Huimilpan, estos lugares están cerca de la ciudad de Querétaro, y viajar a estos territorios eran las primeras formas de continuar con lo que más me gusta hacer en compañía de mi hija; regresar a lo que era yo antes de la maternidad. Agradezco infinitamente este espacio que justifica mi necesidad por viajar y por el compartir con mi cría la experiencia de conocer otros lugares.

Recuerdo que en diciembre del año pasado ¡la vida me presentaba la oportunidad de ser parte de un momento histórico inolvidable! La convocatoria de las compañeras zapatistas para el PRIMER ENCUENTRO DE LAS MUJERES QUE LUCHAN en marzo del 2018, me permitió retomar mis decisiones con mayor fuerza y alegría. Compartir el ser mujer con otras de otros mundos y realidades: ¿cómo luchan las otras? Esa curiosidad por conocer y re-aprender me permitía creer en mi capacidad de viajar hasta ese pedacito de tierra rebelde. Sin dudarlo envié mi correo para confirmar mi asistencia, en ese momento me interesaba conocer, observar y comprender el encuentro de muchas mujeres del mundo.

Después de algunos días el miedo se apoderó de mí ¿realmente estaba lista para hacer ese tipo de viaje? La profundidad de la experiencia me maravillaba, pero ahora el ser madre podría ser una limitante. No sabía si era bueno exponer a mi cría a tantas horas de trayecto ¿Y si se enferma? ¿Y si no puedo yo sola? ¿Mi casa, mi pareja?

La necesidad por ser parte del encuentro me hacía pensar en las otras, y en la misma convocatoria que decía que todas las mujeres que luchan eran bienvenidas con o sin hijxs, y yo en ese momento me encontraba luchando con miedos míos y de todxs; “¿Te vas a ir tú sola con la niña?” El viajar “sola” siempre ha representado preocupación en la vida de algunxs conocidxs y familiares, y ahora se volvía más complejo porque parecía que ponía en peligro a mi hija con semejante decisión.

El apoyo de mi pareja es y ha sido profundo, puesto que compartimos el gusto por viajar y aprender. Me abrazó con su amor y me dijo: no te preocupes, yo te regalo el boleto de avión para que se vayan y regresen chido. Y no batalles con las mochilas, bolsas y la niña. Eso me permitió gestionar recursos para los otros gastos; mi papá, mi mamá y la comunidad se sumaron al esfuerzo de lograr mi deseo: Las Rizomáticas son un ejemplo de las comunidades que me han abrazado y cuidado en la Lucha por esta Vida. Ellas han generado espacios muy bonitos para el encuentro de nosotras las mujeres, y ahora me siento muy honrada de ser parte de MUJERES RIZOMÁTICAS y su organización comunitaria. La comunidad es algo que me atraviesa desde que nací, mi familia fue ese primer ejemplo de vida. En cada viaje hecho por mí, la comunidad de todos los lugares a los que voy me ha cuidado y me acompaña en el proceso de aprender. Estoy muy agradecida ya que por sus cuidados yo sigo con mi movimiento.

Salí el 6 de marzo del aeropuerto de la ciudad de Querétaro para hacer escala en la CDMX y después llegar a Tuxpan Gutiérrez, ¡todo un día de trasladarnos entre aeropuertos! Después llegamos a San Cristóbal de las Casas, Chiapas. Durante el trayecto estaba nerviosa pero algo diferente estaba pasando, habían muchas mujeres que viajaban a San Cristóbal de las Casas y aunque no nos conociéramos nos sentíamos hermanadas en cada proceso de subir o bajar del avión, en las salas de espera y hasta en los colectivos para llegar al lugar del encuentro.

Cuando llegué a San Cris, nos esperaba una amiga muy querida, Lucy. A ella la conocí esa misma noche, me vinculé con Lucy desde las compañeras Rizomáticas; el cuidado se extendía a otros territorios para sentirme segura en este viaje. Esto me ha hecho sentir y pensar en los esfuerzos por tejer redes de apoyo y cuidado entre nosotras las mujeres, es esta comunidad en la que mejor me he sentido, aquí habito con nosotras para recordarnos el poder creador y transformador que tenemos.

La invitación de las compañeras zapatistas generaba un cambio en las relaciones de nosotras las convocadas, se sentía un ambiente de alegría y de esperanza: cuando llegamos al Caracol de Morelia, el sentimiento de esperanza crecía, las mujeres de todo el mundo llegaban y miles de nosotras convivimos en territorios zapatistas. Las y los niñxs que se encontraban en el espacio reflejaban el esfuerzo de nosotras por transformar los mundos en los que vivimos; sus formas de relacionarse eran respetuosas, amorosas y hermanadas. Ahí reconocí el poder de cuidar al mundo y a nuestras semillas. Porque resistimos para compartir la alegría de la vida: con respeto y amor la esperanza se multiplicaba en nuestra pequeña Utopía, nos nutrimos entre nosotras y para nosotras.

El proceso de aprendizaje que he experimentado en este viaje en los territorios zapatistas y convocada por mujeres zapatistas es un factor transformador importante. Porque las relaciones afectuosas y de cuidado se trasladaron desde el primer momento que decidimos viajar al Caracol TORBELLINO DE NUESTRAS PALABRAS para crear comunidades resistentes entre nosotras y para todxs. Los viajes como la lucha siguen, y el acuerdo es vivir para continuar viajando y luchando.

Ahora no me queda más que invitarlas a vivir, a viajar pues. Porque los riesgos se acortan y la aventura se disfruta cuando nos re-pensamos como parte de una o muchas comunidades. Aprender que las nuevas formas o procesos de aprendizaje tienen que ver con el re-conocer a lxs otrxs que comparten sus cuidados con el entorno/mundo: viajar nos permite dejar las comodidades para sentir y mirar con profundidad otras formas de relacionarnos con el universo.

Para mi viajar estimula el gusto por reinventarme y que mejor que compartirlo con mi cría, ella es lo más hermoso de la vida por eso se llama Quetzalli, porque me representa cada viaje de mi vida ¡es lo más maravilloso que puede existir y por ella yo existo!

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Especial Viajando Sola

El vuelo de la luciérnaga (o relato de un viaje hacia la iluminación)

Escrito por una luciérnaga curiosa.

Por Luz Osiris Gómez U


Una luciérnaga ignora su suerte
En la oscuridad se siente indefensa
desconoce que en su mayor miedo reside la fuente de todo su poder
y al mismo tiempo toda su belleza.
Sin saberlo ella nació para brillar
Brillar con fuerza y su  mejor virtud es
que en su debilidad decide siempre mostrarse
enseñando a otros el propósito de su viaje… ¡iluminarse o morir!
Y esta también es manera de enseñar el camino a otros que también  lo buscan.

Recuerdo que desde muy pequeña me fascinaba leer libros de aventuras en tierras exóticas y lejanas. Mis hermanas y yo crecimos gracias a la curiosidad y motivación de mi padre rodeadas de incienso, estatuas de dioses egipcios, música balcánica, tibetana, hindú, árabe entre libros de metafísica, astrología, karma, reencarnación y  vida en otros planetas.

Tuve una infancia muy atípica para haber nacido en un pueblo pequeño que también era en gran  modo muy conservador. La gente se cuidaba mucho del qué dirán, e intentaban no sobresalir, no hacer escándalo, imagínense que destino podía esperar el  soñador, el rebelde, el pionero, el visionario o revolucionario que osara a marcar la diferencia y si además fuese mujer. Alerta, esto era una bomba de tiempo que en algún momento explotaría.  Este pueblo comenzaba a quedarse pequeño para alguien que soñaba tanto y en grande.

Aunque amo mis orígenes nunca me sentí verdaderamente arraigada. El destino tal vez me daba sus primeras señales. Muchas veces me sentí “rarita” e incomprendida porque desde muy temprano tuve muy claro y defendía con vehemencia el hecho de no estar solos ni en este planeta ni en el universo.  Formamos parte de un conjunto multicultural infinito lleno de muchos sabores, colores, aromas, sonidos, lenguas y matices… a muchos esto posiblemente les daría miedo, pero a mi en vez me provocaba una enorme curiosidad y muchas ansias por descubrirlo.

En la escuela me hicieron bullying aunque en mis tiempos esa palabra aun no se había inventado. Pero eso fue lo mejor que pudo sucederme: los tiempos difíciles son los que te enseñan a ver en realidad quién eres y descubrí que yo era una persona que no se conformaba con poco. Solo fue cuestión de tiempo que la fruta madurase y comenzara a vivir las recompensas de mis sueños y mi curiosidad.  


Estudié idiomas y han sido hasta hoy mis «llaves» para descubrir el mundo acompañadas de mi deseo y pasión por explorar. Empecé viajando dentro de mi región, luego a recorrer todo el país trabajando como guía de aventura para turistas franceses y poco a poco la lista comenzó a extenderse como magia porque viajar se hace más fácil cuando te crees posible.

He “gitaneado” más de lo que me esperaba en esta vida, viajando y viviendo nuevas e inolvidables aventuras en Venezuela, República Dominicana, Cuba, Argentina, España, Francia, Indonesia, Tailandia, Malasia. Actualmente vivo en Chile encontrándome de nuevo como al principio de esta historia: en la búsqueda de nuevas aventuras.


Después de tres años de vivir en la temida zona de confort, decidí replantearme todo y crear un mundo nuevo en el cual solo yo dirijo el timón. Me tomé un año sabático  y en ese tiempo reconecté con mi origen: Venezuela de la cual hace muchos años salí y cuando me marché la gente decía que era una loca hippie sin remedio y años después la misma gente me expresa su admiración al llamarme una trotamundos. Siempre es necesario saber de donde vienes para entender hacia dónde te diriges.


Luego de visitar a mis padres y compartir con los afectos hice el segundo viaje más grande de mi vida: llegué al sudeste asiático, lugar que me cambió por completo y el cual me hizo entender que el mundo y su magia no tienen límites, porque los límites solo los pones tú. Fue en aquél sitio en el que curiosamente sentí por primera vez que había llegado a casa.

Viajar sola ha sido en todos estos años la constante, y a pesar de lo que muchos piensan, tenerte a ti misma como compañera de ruta es la sensación más empoderante que una mujer puede llegar a tener. Es conectar con tu intuición, seguir tu corazón y conectar con lo más auténtico de tu esencia. Nunca me he sentido tan a gusto, no es lo mismo estar sola que sentirse sola y una vez que te atreves jamás dejarás de moverte.


¿El secreto? Muchos piensan que para viajar hay que tener mucho dinero, mucho tiempo libre, todo planificado pero a la final eso es lo menos importante.

Yo siempre respondo que el secreto está en las ganas, para viajar a tus anchas solo tienes que creer que te lo mereces, y cuanto más convencida te encuentres de ello el mundo desbordará sus mejores atenciones para recompensarte.

Para viajar no necesitas suerte, necesitas moverte, el propósito del viaje es y será siempre el mismo de la luciérnaga: ¡iluminarse o morir!