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Especial Viajando Sola

Viajando estoy, habitándome siempre.

Por Alejandra Cano Muñoz

La aventura de viajar sola inició cuando decidí estudiar en otra ciudad, y esa decisión me permitió tener las mejores experiencias de mi vida. Ya sea en colectivo o sola, el viajar ha resultado muy valioso para mí. El estudio y trabajo me permite justificar mis viajes, conocer y re-aprender de lugares y personas.

Viajar sola me ha significado procesos de crecimiento personal. Me hace recordar mi capacidad y necesidad de mantenerme en movimiento para el disfrute del alma y del pensamiento ¡Me gusta tomarme una foto del día cuando inicia la aventura y del regreso para ser consciente de mi reencuentro!

Hace tres años la vida me cambió, decidí ser madre y desde ese momento ¡la maternidad me acompaña a todos lados! Esto, me permite encontrarme y reconocerme como mujer y como madre en este andar, el trabajo comunitario que realizo como parte de la coordinación del programa de alfabetización Sí Podemos, me permite llevar a mi cría a todas partes: durante los últimos dos años hemos trabajado en algunas localidades del municipio de Huimilpan, estos lugares están cerca de la ciudad de Querétaro, y viajar a estos territorios eran las primeras formas de continuar con lo que más me gusta hacer en compañía de mi hija; regresar a lo que era yo antes de la maternidad. Agradezco infinitamente este espacio que justifica mi necesidad por viajar y por el compartir con mi cría la experiencia de conocer otros lugares.

Recuerdo que en diciembre del año pasado ¡la vida me presentaba la oportunidad de ser parte de un momento histórico inolvidable! La convocatoria de las compañeras zapatistas para el PRIMER ENCUENTRO DE LAS MUJERES QUE LUCHAN en marzo del 2018, me permitió retomar mis decisiones con mayor fuerza y alegría. Compartir el ser mujer con otras de otros mundos y realidades: ¿cómo luchan las otras? Esa curiosidad por conocer y re-aprender me permitía creer en mi capacidad de viajar hasta ese pedacito de tierra rebelde. Sin dudarlo envié mi correo para confirmar mi asistencia, en ese momento me interesaba conocer, observar y comprender el encuentro de muchas mujeres del mundo.

Después de algunos días el miedo se apoderó de mí ¿realmente estaba lista para hacer ese tipo de viaje? La profundidad de la experiencia me maravillaba, pero ahora el ser madre podría ser una limitante. No sabía si era bueno exponer a mi cría a tantas horas de trayecto ¿Y si se enferma? ¿Y si no puedo yo sola? ¿Mi casa, mi pareja?

La necesidad por ser parte del encuentro me hacía pensar en las otras, y en la misma convocatoria que decía que todas las mujeres que luchan eran bienvenidas con o sin hijxs, y yo en ese momento me encontraba luchando con miedos míos y de todxs; “¿Te vas a ir tú sola con la niña?” El viajar “sola” siempre ha representado preocupación en la vida de algunxs conocidxs y familiares, y ahora se volvía más complejo porque parecía que ponía en peligro a mi hija con semejante decisión.

El apoyo de mi pareja es y ha sido profundo, puesto que compartimos el gusto por viajar y aprender. Me abrazó con su amor y me dijo: no te preocupes, yo te regalo el boleto de avión para que se vayan y regresen chido. Y no batalles con las mochilas, bolsas y la niña. Eso me permitió gestionar recursos para los otros gastos; mi papá, mi mamá y la comunidad se sumaron al esfuerzo de lograr mi deseo: Las Rizomáticas son un ejemplo de las comunidades que me han abrazado y cuidado en la Lucha por esta Vida. Ellas han generado espacios muy bonitos para el encuentro de nosotras las mujeres, y ahora me siento muy honrada de ser parte de MUJERES RIZOMÁTICAS y su organización comunitaria. La comunidad es algo que me atraviesa desde que nací, mi familia fue ese primer ejemplo de vida. En cada viaje hecho por mí, la comunidad de todos los lugares a los que voy me ha cuidado y me acompaña en el proceso de aprender. Estoy muy agradecida ya que por sus cuidados yo sigo con mi movimiento.

Salí el 6 de marzo del aeropuerto de la ciudad de Querétaro para hacer escala en la CDMX y después llegar a Tuxpan Gutiérrez, ¡todo un día de trasladarnos entre aeropuertos! Después llegamos a San Cristóbal de las Casas, Chiapas. Durante el trayecto estaba nerviosa pero algo diferente estaba pasando, habían muchas mujeres que viajaban a San Cristóbal de las Casas y aunque no nos conociéramos nos sentíamos hermanadas en cada proceso de subir o bajar del avión, en las salas de espera y hasta en los colectivos para llegar al lugar del encuentro.

Cuando llegué a San Cris, nos esperaba una amiga muy querida, Lucy. A ella la conocí esa misma noche, me vinculé con Lucy desde las compañeras Rizomáticas; el cuidado se extendía a otros territorios para sentirme segura en este viaje. Esto me ha hecho sentir y pensar en los esfuerzos por tejer redes de apoyo y cuidado entre nosotras las mujeres, es esta comunidad en la que mejor me he sentido, aquí habito con nosotras para recordarnos el poder creador y transformador que tenemos.

La invitación de las compañeras zapatistas generaba un cambio en las relaciones de nosotras las convocadas, se sentía un ambiente de alegría y de esperanza: cuando llegamos al Caracol de Morelia, el sentimiento de esperanza crecía, las mujeres de todo el mundo llegaban y miles de nosotras convivimos en territorios zapatistas. Las y los niñxs que se encontraban en el espacio reflejaban el esfuerzo de nosotras por transformar los mundos en los que vivimos; sus formas de relacionarse eran respetuosas, amorosas y hermanadas. Ahí reconocí el poder de cuidar al mundo y a nuestras semillas. Porque resistimos para compartir la alegría de la vida: con respeto y amor la esperanza se multiplicaba en nuestra pequeña Utopía, nos nutrimos entre nosotras y para nosotras.

El proceso de aprendizaje que he experimentado en este viaje en los territorios zapatistas y convocada por mujeres zapatistas es un factor transformador importante. Porque las relaciones afectuosas y de cuidado se trasladaron desde el primer momento que decidimos viajar al Caracol TORBELLINO DE NUESTRAS PALABRAS para crear comunidades resistentes entre nosotras y para todxs. Los viajes como la lucha siguen, y el acuerdo es vivir para continuar viajando y luchando.

Ahora no me queda más que invitarlas a vivir, a viajar pues. Porque los riesgos se acortan y la aventura se disfruta cuando nos re-pensamos como parte de una o muchas comunidades. Aprender que las nuevas formas o procesos de aprendizaje tienen que ver con el re-conocer a lxs otrxs que comparten sus cuidados con el entorno/mundo: viajar nos permite dejar las comodidades para sentir y mirar con profundidad otras formas de relacionarnos con el universo.

Para mi viajar estimula el gusto por reinventarme y que mejor que compartirlo con mi cría, ella es lo más hermoso de la vida por eso se llama Quetzalli, porque me representa cada viaje de mi vida ¡es lo más maravilloso que puede existir y por ella yo existo!

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El vuelo de la luciérnaga (o relato de un viaje hacia la iluminación)

Escrito por una luciérnaga curiosa.

Por Luz Osiris Gómez U


Una luciérnaga ignora su suerte
En la oscuridad se siente indefensa
desconoce que en su mayor miedo reside la fuente de todo su poder
y al mismo tiempo toda su belleza.
Sin saberlo ella nació para brillar
Brillar con fuerza y su  mejor virtud es
que en su debilidad decide siempre mostrarse
enseñando a otros el propósito de su viaje… ¡iluminarse o morir!
Y esta también es manera de enseñar el camino a otros que también  lo buscan.

Recuerdo que desde muy pequeña me fascinaba leer libros de aventuras en tierras exóticas y lejanas. Mis hermanas y yo crecimos gracias a la curiosidad y motivación de mi padre rodeadas de incienso, estatuas de dioses egipcios, música balcánica, tibetana, hindú, árabe entre libros de metafísica, astrología, karma, reencarnación y  vida en otros planetas.

Tuve una infancia muy atípica para haber nacido en un pueblo pequeño que también era en gran  modo muy conservador. La gente se cuidaba mucho del qué dirán, e intentaban no sobresalir, no hacer escándalo, imagínense que destino podía esperar el  soñador, el rebelde, el pionero, el visionario o revolucionario que osara a marcar la diferencia y si además fuese mujer. Alerta, esto era una bomba de tiempo que en algún momento explotaría.  Este pueblo comenzaba a quedarse pequeño para alguien que soñaba tanto y en grande.

Aunque amo mis orígenes nunca me sentí verdaderamente arraigada. El destino tal vez me daba sus primeras señales. Muchas veces me sentí “rarita” e incomprendida porque desde muy temprano tuve muy claro y defendía con vehemencia el hecho de no estar solos ni en este planeta ni en el universo.  Formamos parte de un conjunto multicultural infinito lleno de muchos sabores, colores, aromas, sonidos, lenguas y matices… a muchos esto posiblemente les daría miedo, pero a mi en vez me provocaba una enorme curiosidad y muchas ansias por descubrirlo.

En la escuela me hicieron bullying aunque en mis tiempos esa palabra aun no se había inventado. Pero eso fue lo mejor que pudo sucederme: los tiempos difíciles son los que te enseñan a ver en realidad quién eres y descubrí que yo era una persona que no se conformaba con poco. Solo fue cuestión de tiempo que la fruta madurase y comenzara a vivir las recompensas de mis sueños y mi curiosidad.  


Estudié idiomas y han sido hasta hoy mis «llaves» para descubrir el mundo acompañadas de mi deseo y pasión por explorar. Empecé viajando dentro de mi región, luego a recorrer todo el país trabajando como guía de aventura para turistas franceses y poco a poco la lista comenzó a extenderse como magia porque viajar se hace más fácil cuando te crees posible.

He “gitaneado” más de lo que me esperaba en esta vida, viajando y viviendo nuevas e inolvidables aventuras en Venezuela, República Dominicana, Cuba, Argentina, España, Francia, Indonesia, Tailandia, Malasia. Actualmente vivo en Chile encontrándome de nuevo como al principio de esta historia: en la búsqueda de nuevas aventuras.


Después de tres años de vivir en la temida zona de confort, decidí replantearme todo y crear un mundo nuevo en el cual solo yo dirijo el timón. Me tomé un año sabático  y en ese tiempo reconecté con mi origen: Venezuela de la cual hace muchos años salí y cuando me marché la gente decía que era una loca hippie sin remedio y años después la misma gente me expresa su admiración al llamarme una trotamundos. Siempre es necesario saber de donde vienes para entender hacia dónde te diriges.


Luego de visitar a mis padres y compartir con los afectos hice el segundo viaje más grande de mi vida: llegué al sudeste asiático, lugar que me cambió por completo y el cual me hizo entender que el mundo y su magia no tienen límites, porque los límites solo los pones tú. Fue en aquél sitio en el que curiosamente sentí por primera vez que había llegado a casa.

Viajar sola ha sido en todos estos años la constante, y a pesar de lo que muchos piensan, tenerte a ti misma como compañera de ruta es la sensación más empoderante que una mujer puede llegar a tener. Es conectar con tu intuición, seguir tu corazón y conectar con lo más auténtico de tu esencia. Nunca me he sentido tan a gusto, no es lo mismo estar sola que sentirse sola y una vez que te atreves jamás dejarás de moverte.


¿El secreto? Muchos piensan que para viajar hay que tener mucho dinero, mucho tiempo libre, todo planificado pero a la final eso es lo menos importante.

Yo siempre respondo que el secreto está en las ganas, para viajar a tus anchas solo tienes que creer que te lo mereces, y cuanto más convencida te encuentres de ello el mundo desbordará sus mejores atenciones para recompensarte.

Para viajar no necesitas suerte, necesitas moverte, el propósito del viaje es y será siempre el mismo de la luciérnaga: ¡iluminarse o morir!

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Tomarse un tiempo

Por Carmela Emiliano.

La osadía no es precisamente una cualidad que me caracterice. Así que por una ironía de la vida, el factor que me impulsó a tomar la decisión de iniciar mi primer gran viaje fue el miedo.

Tampoco fue la plena juventud mi mejor carta. Estaba por realizar esta travesía a la edad en que muchas mujeres que conocía ya habían determinado ser esposas, madres, crear un patrimonio y tener una familia propia. Y si echamos un vistazo al pasado más lejano o al más próximo; por ejemplo, mi madre a mi edad ya lo era: esposa, ama de casa y madre de dos hijos.    

Dentro de ese mundo de ideas sociales, en donde la existencia de la mujer se circunscribe – un poco menos ahora, pero aún– al entorno familiar o como mínimo de pareja, mi vida en solitario resultaba, para algunos, un poco incómoda y bajo esa perspectiva incluso yo ya me percibía desahuciada.

La situación conmigo es que a los casi 33 años, las circunstancias parecían no estar enfilándose hacia ese rumbo. No tenía una relación de pareja, aún no había tenido hijos, terminé la licenciatura y no tenía planes de seguirme especializando. En corto, no tenía ni una idea verdaderamente clara sobre mi vida a futuro y sin embargo, parecía que mi propósito único y perceptible era el de prolongar la juventud lo más que pudiera. ¡Ah! y aunque trabajaba desde hacía diez años y tenía relativa independiente económica, aún vivía con mis padres.

Sin darme cuenta o más puntual: sin querer reconocerlo; las expectativas de mi entorno me estaban aplastando emocionalmente. Me estaban frustrando y me di cuenta que era una pieza que no encajaba.

Comencé a taladrar mi cerebro con un conjunto de sentimientos destructivos / adictivos hacia mi misma. Quejas, reproches, conmiseración, tristeza, desesperanza, enojo y preocupaciones por no encontrar “algo”; ¿y cómo encontrar ese “algo” cuando no se sabe qué es lo que se busca? La vida en este punto, en serio, puede llegar a ser agobiante.

Sin grandes obligaciones, ni responsabilidades (como algunos piensan sobre la vida en soltería), y sin mejores ideas de qué hacer con mi vida; tenía tanto tiempo para pensar en mí y en mi existencia que comencé a pensar en suicidarme. Pero, como solo contaba con lo necesario (ahorros) decidí suicidarme viajando. Y lo hice por 1 año 2 meses exactamente.  

Es una forma peculiar de matarte a ti misma, sin caer en la dramática exageración. Se debe de vivir el reconocimiento de que no se está contenta del todo con lo que hay. La honestidad es la mejor herramienta para iniciar el proceso de sanación.

Y sin buscar mucho dentro de mí, recordé una ilusión que siempre se me hacía presente: ¿cómo será vivir en otro lugar, conocer otros climas, hablar otro idioma, convivir con gente de muchos lados del mundo?, ¿qué hay de mí por allá, qué descubriré en un mundo tanto exterior como interior?, ¿y si simplemente me alejo de todo lo que ya conozco?, ¿y si me tomo un tiempo, y emprendo un viaje?

Y entonces el miedo se hizo más presente que nunca.   

Mi cabeza estaba repleta de dudas hasta el punto de visualizar escenarios catastróficos, es gracioso pero hasta los pensamientos de éxito me asustaban, pues imaginaba una vida lejos de mi familia y amigos para siempre. A cada paso que daba, en seguida se aproximaba un tropiezo, una caída libre, un titubeo. Era mucha incertidumbre, pero igualmente muy alentador. Comencé a cambiar la dinámica de mis pensamientos, involucrarme con la planeación del viaje me mantenía alejada del desánimo y la desesperanza.

Así transcurrió todo el plan, cuando tomé conciencia del tiempo transcurrido y lo que tenía programad, ya era demasiado tarde. Estaban asegurados el lugar, la fecha, el vuelo, el cambio de divisas, los permisos en el trabajo, la notificación a la familia y el equipaje.

No recuerdo cuanto tiempo antes de la fecha, me llegó el proceso de auto-convencimiento, estaba aterrada. Únicamente tengo vagos recuerdo de que escribía notas de motivación y lavado de cerebro y muchos: tú puedes, siempre lo has hecho, tienes el temple, has superado todo desafío, y bla, bla, bla.

El miedo no se iba y combatirlo era inasequible. Una noche en insomnio, a días de partir, en la oscuridad y repasando todos los miedos anteriores, en un estado completo de neurosis, surgió uno nuevo. El miedo a no hacerlo. El miedo de vivir sin esta experiencia. El miedo de no haberme regalado este sueño. El miedo de algún día llegar a compartir algunos momentos de mi vida y no relatar éste, simplemente porque nunca pasó, porque no existió jamás, porque no lo dejé ser. Era mi mayor deseo, era importante para mí, un reto, así que tenía que dejarme caer y esperar sin muchas expectativas a que todo saliera bien. Ese fue el miedo más intenso que reconozco y el que me impulsó a no desertar.

Un lugar hermoso me esperaba: la isla esmeralda y muchos otros vinieron después. Lluvias, verdor, humedad, colores otoñales, nieve, parques, amigos, aprendizajes, malos ratos, borracheras, amantes, risas, llanto, hermanas adoptadas, comidas, sabores, olores a condimentos indios, turcos, coreanos, dolorosas despedidas, discusiones en un idioma que apenas estás conociendo (bastante increíble esto, por cierto), navidad y año nuevo lejos de casa. Te conviertes en la mejor administradora de dinero; duermes en camas en las que han dormido muchos otros, te mueves, hay todo menos estabilidad permanente, te vas haciendo consciente del tiempo y de la impermanencia, y es dentro de esta experiencia donde aprendes a creer en la humanidad más que en Dios.

Al igual descubres, que la vida se vuelve monótona (después de un tiempo) en cualquier parte del mundo, que los padecimientos, los miedos, deseos, complejos hasta costumbres son muy parecidas. La dinámica de vida, como la ha creado el ser humano, termina siendo igual.

Pero no importa mucho lo que pasa fuera, sino lo que se transforma dentro de ti.

Se nos ha condicionado a pensar en la vida como un bello trayecto que debemos andar con el fin de llegar a una meta, movidos por el tan aclamado  “sentido de la vida”; cuyo destino final es un tipo de paraíso terrenal, lugar maravilloso en donde se encuentra la felicidad, el éxito, la razón por la cual hemos venido a este mundo y por supuesto el dinero y muy bien podría tener cabida ahí, el poder y la fama. Sitio del cual todos hablan, pero casi nadie conoce.

Bueno, pues yo había llegado a un abismo. Me encontré entre la inmensidad de la nada y la inconformidad y la mira de muchos fusiles que apuntaban hacia mí con miles de preguntas sobre el “deber ser” de una mujer de mi edad, esperando darme el tiro de gracia. Quedé al borde del acantilado sin tener idea de adonde dirigirme.

Y el tiempo sin detenerse, sobre todo el biológico, me dicen: tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac.

Y es que para mí, ahora, el tiempo ya no significa la organización sistemática de un cúmulo de actividades que realizar en la vida; como estudiar, trabajar, casarse y tener familia, y así, hasta esperar la muerte. Nada tiene que ver con la productividad, con hacer cosas en determinado periodo, con salir temprano de casa para llegar puntualmente al trabajo o a cualquier destino. Ni siquiera me interesa mucho el proceder del reloj biológico.

Solo hay un tiempo para cada quién y ese es en pocas palabras el transcurso que dura nuestra vida y mientras ese instante exista, habrá un sinfín de alternativas, puertas que se cierran y otras que se abren. Hay que tomarnos el tiempo para vivir, para detenerse, para hacer un paréntesis en nuestra vida, el cual nos permita descubrir cosas nuevas sobre nosotros, nuestro carácter. Interrumpir ese vicio de pensar y actuar como lo hacemos desde hace mucho y no nos satisface.

Entonces después de ese descanso de nuestro vivir diario que llega a ser enajenante, podemos recomenzar, con la mente más fresca y más sabia porque hemos vivido experiencia que desconocíamos. Eso es viajar.

Y así las veces que sean necesarias, las que podamos, ese para mí es el regalo más bello e importante que te deja un viaje. No es solo el desplazamiento físico, sino también el cambio de conciencia, derivado de lo que vives durante él.

Más de uno, entre familiares y amigos, comentaron sobre mí, cuando estuve lejos, cosas como que estaba escapando, que estaba huyendo de “algo”, y  que lo que debería de estar haciendo –en lugar de vivir como una adolescente– era enfrentar mi realidad y trabajar en ello, es decir, trabajar en conseguir lo socialmente aceptable: marido-hijos-casa.

Bajo esta manera de ver las cosas les doy la razón y sobre todo siempre extiendo la invitación a otros a huir, a escapar de vez en cuando, a interrumpir su vida, a darse un respiro, a descansar de lo que han creído que son por lo que tienen, hacen y piensan, a atreverse a actuar de otra manera, de pensar como forma de juego a ser villanos, héroes, a destruirse y estar abiertos de mente y corazón para que cosas nuevas entren, que reinicien las veces que sean necesarias y posibles.

Como dice el escritor Albert Camus, en su teoría del absurdo: la vida es un absurdo y la única solución es la aceptación plena, inflexible y valiente. La vida, dice, “se puede vivir mejor si no tiene sentido”. El único sentido de la vida es la vida misma.

Entonces dejemos de pensar en la linealidad de nuestra existencia y comencemos a dar pinceladas a desorden por todos lados. No nos llevaremos nada con nosotros cuando llegue el fin, ni las experiencias, todo desaparece junto con nosotros. Pero vivirlas nos develan muchas cosas sobre nosotros mismos. Es catártico, sanador e impactante saber que no sabes nada sobre ti, hasta que te ves frente a determinadas situaciones y un viaje tiene muchas. Así que tomémonos un tiempo para viajar.

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Trazando Rutas

Por Ana Eme

Dicen que el miedo paraliza.
Miedo al y sí…
Miedo al que me vean vulnerable…
Miedo al prójimo…
Miedo a la soledad…
Miedo a lo desconocido..

Pero la aventura empieza donde el miedo termina.

Comenzó a la edad de 23 años aunque el bicho viajero ya lo traía en el ADN, pero para ese entonces, a mis 23, había elegido irme de intercambio dentro de mi país, Puebla fue el destino.

Cuántas veces no escuché decir a mi papá, familiares, amigos…

    1. ¿No te da miedo irte sola?
    1. ¿Por qué Puebla? Parece peligroso.
  1. ¿Y si mejor te vas con otra amiga?

Las respuestas fueron:

    1. Claro que tengo miedo, pero lo voy a hacer.
    1. Porque se ve bonita, es céntrico y porque quiero.
  1. No, me quiero ir sola. ¡Tengo que vivir esto!

Y así fue… y me encantó, amé todo lo que viví, todo lo que gracias a ese viaje me permitió conocer de mi país, conocí todo el sur de mi México. Lo único que necesité fueron las ganas y mi mochila. Hice amigos de diversas partes del país y del mundo.  En estos cinco meses fuera me hice de un segundo hogar, una segunda familia que me acogió como si hubiera sido parte de ella desde el día uno y puedo decir que a seis años de vivir esta aventura sigo visitando a mi familia Poblana cada que puedo.

En este viaje puedo decir que lo único que perdí fueron los miedos y si acaso una combi que me llevaría a casa de mis amigos y en el que terminó dándome ryde una ambulancia, pero eso ya es otra historia.

¿Me arrepiento de algo?
La respuesta es NO, todo lo que viví pasó como tenía que haber pasado.

    • ¿Me pegó la soledad? SI
    • ¿Me dejaron colgada en viajes? SI
    • ¿Me dio depresión post-viaje? SI
    • Extrañé, reí, lloré, me enfermé, estudié, fui feliz, me decepcioné, me encariñé, me la pase de lo mejor y  agradezco que la vida me haya dado esta oportunidad.
  • Este intercambio me dio la oportunidad de buscar experiencias similares, como realizar un verano de investigación en el estado de León.

Lo único que me queda por decir es que el miedo paraliza y por miedo podemos perder una vida, más buenas experiencias, el crecer, el madurar. Viajar, independiente de la forma en que lo hagas (turista o mochilero), enriquece el alma. Sé agradecido con todo aquel que te topes en la ruta y sobre todo haz las cosas con el corazón.

Deja a tu espíritu viajero ser libre en esta ruta que llamamos vida.

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Viajar sola para reivindicar nuestra libertad.

Por Antel Velasco

“¿Viajar sola? ¡Escándalaaaaa!” Es el grito que escucho cada vez que tomo la mochila y me la cuelgo a los hombros, lista para acudir al llamado de la carretera. Amistades, familiares, personas que conozco en el camino, siempre llueven en preguntas: “¿no te da miedo andar solita?”, “¿quién te va a cuidar?”, “¿no te aburres más así?”, “vas a cargar tú sola tu mochila” (como amenaza) y claro, la interrogante más cargada de indignación que nunca falta en Latinoamérica: ”y tu esposo/papá/hermano/cualquier-figura-masculina-con-autoridad… ¿cómo te deja andar sola?”, a veces les respondo y otras ya sólo me río.

El punto es que un caluroso día de mayo ahí estaba yo, otra vez, sentada en la sala de espera del aeropuerto de la Ciudad de México con un tiquete rumbo a Bogotá en la mano. Mientras me bebía un café “americano”, escuchaba a una pareja preguntarme cómo me atrevía a recorrer Colombia de mochilazo sin mayor compañía que Andrea (o sea yo) y aunque intentaba explicarles, parecían no comprender y más bien escandalizarse. Abordé.

El viaje a través de Colombia

Mi recorrido por Colombia fue muy especial. He de decir que antes de irme estaba un poco triste y confundida, pero nada como un viaje para reinventarse. Tenía unas amistades en Bogotá que me recibieron y ayudaron a orientar mi camino a través de su país. Fui invitada por una amiga a conocer el subpáramo de Sopó y probar platillos tradicionales de Colombia (amé la lulada, que es una bebida tipo ponche pero fría, hecha con el fruto “lulo”). Me aventuré sola por la noche hacia el desierto de la Tatacoa donde llovió cántaros, pedí un deseo en el Valle de los Deseos, conocí a otras personas que también viajaban solas y reí millones con ellas.

Bajé a Calí a conocer la “capital de la salsa”, donde me recibió otra mujer que me paseó en moto; subí al eje cafetero hacia Salento, un pintoresco pueblito en medio de las montañas, ahí tomé una vieja camioneta Jeep para conocer el Valle de Cocora; luego seguí hacia Medellín y me maravillé con la vista de la laguna de Guatapé.

En Lorica, un lindo pueblo de la costa interior, un amigo me dio la bienvenida. Me enseñó todo lo que hay qué saber de la cultura e historia de la zona y también en moto me guió hacia una reserva natural hasta ¡la playa! Así conocí Tolú y Coveñas. Luego me invitó a un pueblo vecino donde me presentó a un artista que hace “pintura rupestre”, que no es conocido pero que a mí me pareció más bien un mago.

Me despedí y continué hacia Cartagena. Mi llegada coincidió con el Festival de Cine Afrocolombiano que proyectaba películas sobre el fuerte, que me pareció genial. Cuatro días después tomé un bus hasta Santa Marta y me bajé en las afueras de la ciudad, para esperar otro autobús que me dejaría en la entrada a la playa del lado del Tayrona. Con una amiga que conocí en el mar Caribe colombiano, viajamos en moto hacia Palomino para pasar todo el día en la playa y escuchar anécdotas de otres viajeres.

En un vuelo de Santa Marta a Bogotá, trasbordé hacia Leticia, el final de Colombia, la trifrontera con Perú y Brasil, para adentrarme al segundo pulmón del mundo: al Amazonas. Fue ahí donde todo cobró vida, donde el viaje que estaba haciendo y todas las personas que había conocido cobraron sentido y mis tristezas se develaron creativas, sanándose: que una puede despedirse con una sonrisa y fluir, que al caminar se va tejiendo una red de genuinas amistades que se vuelve la familia viajera, que irse a veces es necesario y que hay mucho aún por sentir. Se me estaba expandiendo el corazón.

Las otras viajeras “solitarias”

En el caribe colombiano conocí a Analía, una mujer viajera de Argentina con quien compartí a lo largo de esos días. Una noche, mientras cenábamos, charlamos de la coincidencia de haber tenido un amor romántico que nos había dolido mucho y del cuál quizá aún cargábamos algunas tristezas, entonces se nos acercó una mujer morena de cabellos negros y ondulantes como las olas al viento, que con voz de sal nos dijo “Aquiétate, tú eres diosa” y nos hizo entender que para ser libres, hay que amarse primero.

A lo largo del viaje es verdad que conocí a muchas mujeres que como yo, también viajaban solas. Todas teníamos la misma historia en común, las ganas de mirar el mundo y la respectiva lluvia de preguntas cuando decidíamos hacer un viaje en solitario, pero quienes me dejaron huella, fueron cuatro mujeres que conocí en el hostel donde pasé las noches en Cartagena.

Las cuatro mujeres eran hermanas, provenientes de Bogotá, tenían marido y descendencia y rayaban los 50 y tantos. Me contaron que después de mucho dudar, habían decidido sacudirse el miedo de viajar sin la compañía de un hombre y aventurarse ellas juntas, a vivir la experiencia que no pudieron vivir cuando eran jóvenes. Querían saber qué se sentía “viajar solas por primera vez” y estaban muy emocionadas contando su historia.

Por la configuración de la sociedad patriarcal, a una mujer con familia se le ve como madre o esposa, quien renuncia a lo demás para poner por encima de todo a otras personas, pero la extensión de sus deseos va mucho más allá de cuidar de otros. Esas cuatro mujeres estaban rompiendo con las ideas de su generación, querían vivir esa aventura y pagársela por sí mismas. En el acto del viaje creaban la posibilidad de reencontrarse con ellas mismas y disfrutar de la compañía de la otra. Aunque no se dieran cuenta, ante mis ojos se volvían maestras.

Amanecí en Leticia el día que cumplí 24 años. Como recién volvía de la selva y era mi cumpleaños, salí a festejar con otras tres mujeres de países distintos. No compartíamos el mismo idioma: una hablaba chino, las otras dos sueco e inglés y yo español. No importaba porque nos entendíamos perfectamente al ser aventureras y estábamos dispuestas a romper con dos estereotipos:

    1. Viajar sola es peligroso para una mujer
  1. Las mujeres sólo pelean entre sí, porque son competencia una de la otra

Si nosotras estábamos ahí, al calor de la noche, bebiendo unas cervezas Póker en un bar con mesas de plástico, el ritmo del ballenato de fondo, contándonos nuestras experiencias, brindando por la libertad de coincidir ahí ¿por qué negárselo otras chicas?

Viajar solas para ser más libres

Me sorprendió la cantidad de mujeres que conocí y que como yo, viajaban solas. Cada una de nosotras tenía una historia que contar, que era la historia de todas. Me di cuenta que habíamos enfrentado alguna situación incómoda por el “simple hecho de ser mujer”, pero viajar nos llenaba de seguridad y fuerza y, curioso, había otras mujeres apoyándonos.

Para mí, viajar es una forma de expandir mi universo interno; es una vía para mantener activa mi capacidad de asombro y de habitar el mundo. Viajar suma: mientras más lo conozco, más se amplía mi visión del mundo, más respeto siento hacia la naturaleza y más empática soy con otras culturas o personas. Viajar sola, por ejemplo, es también una forma de ser más genuina, porque al encontrarme en situaciones alejadas de mi comodidad dependo de mí, pero sobre todo es una forma de reconocerme, de charlar conmigo.

Al principio cuando comencé a aventurarme e irme en solitario, parecía más una rebeldía innecesaria, algo así como “la aventura de ser joven y tener unas ganas enormes por ver y experimentar el mundo”. Después comprendí que en México, no es común que las mujeres viajemos solas, porque esa soledad está vista como algo perjudicial, como un fracaso, como un problema, como si la condición de “no-estar-acompañada” derivara de no ser una persona grata o de valor, pero sobre todo porque seguimos bajo la mirada patriarcal que nos ubica como seres que deben ser protegidas, vulnerables y de las cuales pueden disponer al antojo ajeno sin que nosotras tengamos iniciativa ni decisión propia… y por si no fuera poco, hay que sumarle las agresiones misóginas y los feminicidios. Por eso y con mayor insistencia, para mí viajar sola no sólo se volvió una reivindicación, si no una manifestación por mi libertad, por mi derecho a moverme con seguridad y como un acto de sororidad con otras mujeres.

El mes-y-pico que recorrí Colombia, me llenó de energía para emprender un proyecto personal que llamé Verde Selva, que pretende ser un espacio en la web para verter nuestras historias de viajeras en la forma que queramos y cuidarnos. Porque aunque muchas voces me decían que corría peligro, que podía meterme en problemas, jamás estuve abandonada: me cuidaba yo, sí, pero también hubo muchos corazones pendientes que se mostraban en forma de guías o de hospedaje o de escucha o de compañerxs del camino y es que ¡Viajar no debe implica ponerse en riesgo!

No es necesario estar siempre acompañada en un viaje, es justo en esa soledad donde habitan las oportunidades, donde una puede encontrar su calma y sentirse a gusto consigo misma. A veces el ruido de los demás no nos deja escucharnos ni abrirnos a nuevas amistades ni visitar los lugares que queremos ni aventurarnos en la espontaneidad ni incluso descansar de todo. El mundo tiene mucho para mostrarnos, pero hay que atrevernos, hay que soltar las viejas prendas que nos siguen deteniendo a explorar-nos el mundo y a nosotras mismas, por eso es necesario animarnos, contarnos nuestras historias, compartir nuestros tips y abrazarnos en el camino. Viajar sola es una experiencia increíble que te hace sentir plena, no permitamos que nos arrebaten eso.

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Viajar por nosotras

Por Edith Johanna Morales Roa

Sin duda, esa es una de las cosas que más me gustan […]: la seguridad, vayas por donde vayas, de que siempre vas a encontrar algo nuevo, algo desconocido, algo extraño. Por eso no me importa vivirla a solas de vez en cuando, hacer de este lugar mi mapa del tesoro, mi barrera infranqueable, mi refugio intacto, una voz que grita “casa” cuando descubren mis escondrijos. Es algo que recomiendo a todos los que llegan aquí: conocerla uno solo. Es una ciudad que es de todos sin ser de nadie. Es cierto, no me cabe duda, que no está hecha para todo el mundo […] Pero se puede”

Elvira Sastre.

Mi nombre es Edith Johanna Morales Roa, oriunda de Funza, un municipio de Cundinamarca en Colombia, recuerdo haber viajado desde siempre por mi país junto a mi mamá para visitar a mis abuelos o acompañando a mi papá en su camión mientras trabajaba. A los 7 años viajé por primera vez sin mis padres, iba con la Escuela de Danzas Zaquesazipa para el Departamento de Neiva en el Huila; siempre me gustó ir en la ventana del bus para ver los paisajes, que hasta hoy producen en mí una sensación de sosiego inigualable.

Con la misma escuela, a los 12 años, salí del país en una gira que duró un mes conociendo Ecuador, Perú, Bolivia y Argentina. Fue una de las mejores experiencias de mi vida, la cual fue germinando la semilla que mis padres implantaron para que volara más allá de los muros de mi casa.

Siguiendo esos deseos de volar, a los 17 años decidí hacer un intercambio a Cali, en Colombia, donde viví cinco meses. Conocer la ciudad en sí misma era viajar para mí, cada fin de semana intentaba hacer un plan diferente para recorrer nuevos lugares, conocí amigas con las que viajé a otros lugares maravillosos dentro y fuera de la capital. Cuando mi familia fue a visitarme, me sentí orgullosa de ser yo quien los guiaba a ellos y los animaba a seguir viajando como lo hicieron conmigo.

Viajar amplía tu mundo, metas y sueños, los cuales se vuelven más alcanzables, en ese transcurrir, a los 18 años salí sin compañía con rumbo a Chile, aunque allí me estaban esperando para conocer diferentes destinos, fue la oportunidad para aprender a planear cómo viajar sin compañía, con mis propios esfuerzos y deseos. Otros viajes acontecieron hacia diferentes lugares del país con mi familia y con personas con las que compartía clases aunque no eran mis amigos.

A los 20 años realicé otro intercambio para la Ciudad de México; de nuevo conocer la urbe ya era un reto para mí; era inmensa, llena de peligros, pero también de misterios, historia, resistencias, etc. Viajé por varios Estados de México con amigas que conocí allí, así como familiares y amigos de antes que no solo me acompañaron, sino que me permitieron siempre ser en cada lugar; nos dimos fuerza cuando nos sentimos violentadas y nos impulsamos a seguir ocupando esos espacios que nos han negado o hecho más difíciles.

En Chiapas, México viví el Primer Encuentro Internacional Político, Artístico, Deportivo y Cultural de Mujeres que Luchan, celebrado los días 8, 9 y 10 de marzo de 2018 en el Caracol IV “Torbellino de nuestras palabras”, Morelia, zona de Tzotz Choj, que reunió más de 7.000 mujeres de todo el mundo. En ese momento reconocí que parte de mi forma de luchar por un mundo donde quepan mundos diversos es continuar estando viva, viajando, aprendiendo de otras mujeres y compartiendo mis experiencias también.

Actualmente tengo 21 años y me encuentro en el municipio de Toledo, en el Estado de Paraná en Brasil, llevo cuatro meses aquí y he viajado a la frontera con Argentina y Paraguay, así como a otras ciudades donde conocí mujeres valiosas que me han acogido en sus corazones y casas. En un mes regreso a mi ciudad natal, pero aun me quedan otros viajes por hacer, desafíos que enfrentar y luchas que seguir asumiendo.

Este breve recuento de viajes a lo largo de mi vida en los que muchas veces he ido acompañada, en otras ocasiones sin compañía y rara vez me he sentido sola mientras lo hago, me ha permitido encontrarme a mí y mi valentía como mi mejor compañera, así como a otras mujeres que me han acogido y cuidado en este proceso.

Este proceso ha sido un camino que tuvo sus primeras semillas en mi infancia, aunque no lo sabía. Sinceramente, cuando era niña nunca pensé que viajaría tan lejos sin compañía, ni que iba a ser tan importante para la mujer que hoy soy. Luego, fue la educación pública y el arte que llevaron a germinarla; día a día intento cosecharla, sabiendo que otros rumbos desconocidos me hacen falta por alcanzar y que nunca es tarde para comenzar a viajar, por lo que voy recogiendo los frutos de esa siembra e intento darlos a otras mujeres para que lo hagan en sus propios tiempos y espacios, no obstante, ese andar no ha estado exento de violencias, miedos e inseguridades.

Cuando viajas llevas contigo las identidades que asumes y las que te imponen, decir que eres de Colombia en cualquier lugar del mundo es sinónimo de narcotráfico, prostitución y guerra, por lo que las personas se creen con el derecho de hacer chistes violentos y xenofóbicos. En algunas oportunidades tuve que dejar bares porque depositaron drogas en mi bebida mientras estaba bailando, otras veces tuve que dejar de usar vestidos porque no soportaba el acoso, también tuve que dejar mi silla y cambiarme de lugar en el bus porque el hombre que iba a mi lado invadía mi espacio y no le importó cuando se lo hice saber.

Cuando viajas llevas también aquello que te dijeron que era ser una mujer y aparecen muchas preguntas, dolores, transformaciones, porque viajar es también un proceso de autoconocimiento, de construir y traspasar límites simultáneamente. Sin embargo, no deja de ser una experiencia maravillosa y de cuidado de ti misma y de otras que van viajando sin compañía. En algunas oportunidades conocí mujeres de múltiples edades con las que por coincidencia nos acompañamos tan solo un día para conocer determinada ciudad o algunos instantes en un lugar porque nos daba más seguridad, con otras mantuve contacto hasta hoy.

Viajando también llevas tus miedos y tu forma de enfrentarlos. Aunque me gusta la silla que va al lado de la ventana en los buses, cuando son viajes largos o de noche en los que sé que posiblemente me quedaré dormida, elijo la silla del corredor como una garantía de escape, igualmente, procuro lugares que me recomiendan otras chicas o espacios feministas. Es mi modo de combatir el miedo que a veces aparece, aunque intento que no me agobie, sé que el mundo aún no es seguro para las mujeres y no quiero sentirme cobarde.

Y procuro siempre recordar y agradecer a las mujeres que me han hecho llegar hasta el lugar que estoy hoy, a las Flor, Isabel, Laura, Marcela, Natalia, Luisa, Mónica, Karol, Gabriela, Alexandra, Rocío, Lucía, Eucaris, Camila, Katiane, Pamela, Ximena, Daniela, Sara, y tantas otras que están y ya no están. Recuerdo también las palabras de la comandanta Alejandra entregándonos a las mujeres del mundo una luz para encenderla en el corazón, el pensamiento, las tripas cuando nos sintamos solas, tengamos miedos, sintamos que es muy dura la lucha, la vida, para sentir que no estamos solas, que viajamos y luchamos por cada una de nosotras.

Viajar por el mundo es una forma de apropiarnos de él, quisiera que todas las mujeres lo hiciéramos aún con el miedo que representa; es un proceso gradual de seguridad. Si la excusa es el dinero, hay formas económicas y solidarias de hacerlo, preguntar a tus amigas si conocen personas en el lugar donde vas a viajar, procurar aplicativos de hospedaje seguros y de bajo costo, acampar, etc.; conocer los descuentos en transporte o aplicativos de auto stop o aventones; planear los lugares y experiencias que quieres visitar y sobre todo escucharte a ti misma: qué es lo que deseas hacer y qué posibilidades tienes para cumplirlo.

Si es el miedo o las voces de varias personas cuestionándote y relevándote los riesgos de viajar sin alguien que te “proteja” lo que te impide hacerlo, recuerda que eres tú quien defines tu camino y siempre hay formas de protegernos donde vayamos. Hacer un mundo a la medida de las mujeres requiere ser valiente, arriesgarse e ir atrás de nuestros sueños, abrir nuestros rumbos y que ese mundo nos quede pequeño para construir otros más justos.

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Especial Viajando Sola

Crema para los pies.

Por Alina Hernández

Siempre he sentido la necesidad de huir. Escapar a lo que creo que soy. A los 10 años, comenzó mi adicción por imaginar cada viaje como un espacio para jugar a ser aquello que no podía ser en mi cotidianidad. Lo desconocido representaba una oportunidad para imaginar aquello que me gustaría ser y en lo que me gustaría convertirme, era un lienzo sobre el cual podía delinear las formas de mi identidad. Conforme fui creciendo, los viajes abrían mis ojos y mis sentidos, comprendí que el mundo tiene muchos más colores y matices que cualquier ficción podría hacerme imaginar.

Y aunque siempre he sentido una fascinación por ésta última, cada vez que viajo… ¡¡PUM!!

Pucallpa, Perú, Marzo 2017.

Estoy viajando por Sudamérica junto a mi hermana. Ella quiere quedarse más tiempo en la Amazonia mientras yo deseo irme al desierto. Después de pensarlo, decidimos separarnos y encontrarnos más adelante en el camino. Tomo mis cosas y me voy a Tingo María, una pequeña ciudad a las orillas de la selva. Estoy viajando sola por primera vez, pero no por mucho, porque en el camino conozco a Jean, una amiga taiwanesa que lleva meses recorriendo Sudamérica por su cuenta. Nos acompañamos durante siete días, reímos mucho y tenemos uno que otro shock cultural. Finalmente nos separamos y me dirijo a Ica, en donde me quedo unos días sola y contenta.

Durante cuatro meses viajo y la cantidad de mujeres que van solas me sorprende y me inspira. He escuchado y leído tanto del peligro que imagino que pocas se atreverían a hacerlo. Ellas, las que caminan con los sentidos abiertos y presentes.

Puerto Viejo, Costa Rica. Octubre, 2018.

Por segunda vez viajo sola. Libre. Sin deberle nada a nadie. A mi ritmo y con mis decisiones. Voy a la playa, descanso, miro a mi alrededor y no soy la única mujer sin compañía. Me alegra, el sol me calienta los pies. Los entierro en la arena y me siento tranquila. Mientras me hundo en los sonidos de la selva, mi mente divaga y pienso en la cultura del miedo, esa que se alimenta de nuestras potencias, bombardeándonos de noticias que nos paralizan, dejándonos asustadas y frías. Pienso que de ahí hay que alejar todos los sentidos. Quiero imaginar, producir y reproducir un imaginario en donde tomamos lo que es nuestro: el derecho de salir al mundo y confiar en el poder que tenemos para caminar sobre nuestros pies. Pienso: “El peligro es real, pero lo es en mi casa como fuera de ella. Y sé que quedarme en ella no me salvará. Si me quedo, me perderé de todo aquello que se encuentra del otro lado, toda yo que se encuentra de aquél lado”.

Viajar sola es conmigo y para mí. Es la libertad de decidir el ritmo, lo que experimento, los caminos que recorro. Es un espacio de libertad y de empoderamiento, un acto que contradice afirmaciones e ideas atemorizantes.

Resulta fascinante recorrer caminos desconocidos, ajenos, pero que tiene siempre algo familiar; caminos que me hacen narrar de formas distintas aquellos que ya conozco, mostrándome otras formas de ver y habitar el mundo. Estos dos viajes han sido la oportunidad de reconocer y darme cuenta que no estoy sola porque a mi alrededor siempre hubo siempre otras mujeres caminando, muchas veces nos ayudamos y muchas veces nos acompañamos.

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Especial Viajando Sola

Mi primer viaje sola.

Por Estefanía Arjona

Tomar la decisión de realizar un viaje sola fue la parte más difícil del plan.

Salir de mi zona de confort y estar lejos de las personas que quiero era lo que más me preocupaba, pero yo sabía que era importante enfrentar situaciones en la vida que nos causen miedo y sonará a cliché, pero es tan cierto que justo después de ese sentimiento están las experiencias que valen la pena vivir y hacer este viaje me ponía ansiosa sobre lo desconocido. Por eso quería demostrarme que era capaz de hacer algo a pesar de ese miedo.

 

Llegar a un lugar sola, me hizo desarrollar habilidades para resolver problemas

Es verdad que viajar sola te pone a prueba. En el viaje han surgido cuestiones que no tenía previstas así como problemas que he afrontado sobre la marcha pero ese también es uno de los grandes aprendizajes de esta forma de viajar.

Soy afortunada de estar en una ciudad con la mejor calidad de vida en Canadá por lo que se me ha facilitado resolver situaciones e imprevistos. Sin embargo, creo que otros destinos pueden ser más difíciles, razón por la cual tenemos que recurrir a nuestra intuición, sentido común y estar alerta de las circunstancias que se nos pueden presentar.

 

Paso mucho tiempo conmigo misma y esto me ha ayudado a conocerme mejor

Esta experiencia ha sido la mejor oportunidad para escucharme, conocerme mejor y saber lo que me gusta y lo que no. Tengo tiempo para reflexionar, disfrutar un capítulo o muchas veces, una serie completa cuando no estoy en el mood para salir; hacer una lista de mis pendientes semanales y no tener otra opción que cumplirlos porque nadie más los hará por mí.

Me gusta cocinar porque es una manera de consentirme. Cuando tengo tiempo me preparo cosas un poco elaboradas y disfruto todo el proceso desde ir al super por los ingredientes hasta terminar el último bocado.

Al estar sola la sensación de libertad es mayor y es súper padre el decidir que quiero hacer y qué no. No tengo prisa, no tengo que rendirle cuentas a nadie, no tengo que ponerme de acuerdo para tomar decisiones y la verdad es que muchas veces improviso mi día y dejo que los planes fluyan.

Conocer gente todos los días

Me considero una persona bastante social, por lo que este punto ha sido sencillo para mí, aquí he puesto en práctica mis habilidades para conocer gente y hacer amigos.

Al inicio, el idioma y las diferencias culturales me complicaron un poco el proceso, pero realmente es muy cool conocer gente de otras partes del mundo donde las pláticas pueden ser interminables. Sobre todo, he conocido personas que me han ayudado en situaciones cuando apenas llegué y me sentía completamente perdida. La sensación de recibir su ayuda fue increíble. Realmente conocer nueva gente todos los días es enriquecedor y te abrirá muchas puertas.

Sin duda, viajar sola es una de las experiencias más emocionantes que puedes vivir y que más te van a cambiar como persona. No es sencillo de explicar, pero es algo que te hace crecer de forma extraordinaria y que ha revolucionado mi desarrollo personal.

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Especial Viajando Sola

No vas sola, vas contigo

 

Por Mariana Ivonne Ruiz Villagómez

“Viajar sola” es una frase que implica prejuicios y la evocación de mil y un expresiones en la cara de las personas al escucharlo. Primero, cuando hablamos de un “sola” implica imaginarnos a una mujer con su maleta y su boleto de avión entrando a un aeropuerto. Segundo, viajar es un término lleno de expectativas peligrosas pero a la vez satisfactorias y tercero, pensar en qué irá a encontrar en dicho destino aquella mujer valiente y con maleta en mano. Existe un sinfín de sentimientos, pensamientos y recuerdos de historias que hemos conocido a través de los años que han ocurrido con chicas que desean salir a conocer nuevos horizontes, chicas que se apasionan por probar otras comidas, escuchar y hablar otros idiomas, conocer gente pero sobre todo escapar de lo cotidiano para lograr encontrarse con ellas mismas y con momentos que las llenarán de sabiduría.

Esta es mi historia, la historia de Mariana Ivonne. Mi libro de aventuras lo comencé a escribir desde el 2015, cuando por primera vez me aventuré con mi maleta y mis boletos, el aeropuerto y yo jamás volví a soltar esa pasión que corre por mi cuerpo y que me da escalofríos al evocarlo, pues el desenfreno de contar la historia que he escrito por el simple hecho de tomar mi maleta y un avión se apodera de mí. Siempre me gustó compartir un cachito de viaje con las personas que me rodean y digo cachito porque nunca me han alcanzado las palabras para expresar todas las maravillas que me encontré haciendo lo que me encanta. Sin embargo, esto también implicó toparme con la sorpresa, angustia, tristeza y alegría de familia, amigos y conocidos cada vez que salía de mi boca un “quiero irme de viaje” pues estas palabras significaban mi partida en completa soledad.

He tenido la dicha de recorrer el globo terráqueo: América, Europa, Asia y el último y más impactante en el libro de aventuras de mi vida, fue aquel destino que si tomamos un mapa lo encontramos en África. Un país de desiertos, pirámides, falafel, tumbas, momias, historia, mezquitas, camellos y el idioma árabe por todas partes, Egipto.

Decidí irme a Cairo en Egipto gracias a una plataforma de jóvenes que tiene proyectos para desarrollar el liderazgo a través de programas que apoyan causas sociales, yo encontré un proyecto sobre equidad de género, lo cual me interesó mucho porque iba de acuerdo a los pensamientos feministas con los que comulgo. Y fue así como decidí tomar mi maleta y viajar hacia un país que si bien su reputación en América no es del todo buena (mucho menos cuando se trata de mujeres solas andando por allá), decidí arriesgarme. Debo confesar que al principio fue muy sencillo pensar que me iría a tierras árabes, pero una vez que llegó el momento de subirme al avión el miedo se apoderó de mi a tal grado de que una opción era echar todo por la borda y quedarme en mi amado México. Gracias a mis ganas de querer salir de mi zona de confort logré superar ese miedo que parecía invencible, así pasó el tiempo, hice mis escalas y cuando escuché en los altavoces del avión que estábamos llegando a la capital egipcia comenzaron a invadirme las dudas de si había hecho lo correcto, estaba incierta de lo que me depararía ese viaje y hasta el cómo me comunicaría con la gente era un pensamiento que daba mil vueltas por mi cabeza.  

Cuando llegué al aeropuerto y me dirigí a recoger mi maleta me comunicaron que la habían perdido. En ese momento sólo pude pensar que era una señal más que obvia de que no debí haber llegado hasta ahí, sin embargo, mis esperanzas volvieron cuando me dijeron que no me preocupara porque la recuperaría al día siguiente. Salí un poco decepcionada de la vida a encontrarme con un egipcio que me llevaría al hostal donde me alojaría por ese mes y medio en el que me quedaría en su país. Para mi fue una gran sorpresa ver que a la salida del aeropuerto no había ni una alma, estaba todo completamente vacío hasta que voltee a los grandes cristales que daban a las afueras y encontré una multitud de señoras, niños y jóvenes esperando a la gente que llegaba tras unas barras de acero, me espanté muchísimo porque no sabía cómo encontraría a aquel joven que me llevaría a mi destino. Fue hasta después de unos 15 o 20 minutos cuando di con él. Me invadían preguntas, mis ojos se querían comer todas aquellas calles por donde transitamos y mi cerebro recién se estaba acostumbrando a hablar todo el tiempo en inglés. Por fin llegamos al hostal y yo estaba muy asustada pero a la vez con un semblante de tranquilidad y una voz en mi interior que me decía que todo saldría bien. El viaje fue bastante pesado por las diversas escalas pero al final llegué.

Al día siguiente desperté con un sonido inusual, era el aviso de las mezquitas recordando a los fieles sobre sus rezos pero no fue sólo eso, me encontraba en un lugar donde no había tenido internet para comunicar sobre mi llegada y no tenía ni que comer. En ese instante dejé mi vida en manos de la humanidad y me dispuse a preguntar sobre lugares, sobre el tipo de cambio y las personas que estaban en el hostal hasta que el mismo chico de la noche anterior me llevó a surtirme de lo necesario para sobrevivir en Cairo. No pasó mucho tiempo cuando comencé a conocer personas que tenían las mismas ganas de cambiar el mundo, sí, chicos que también iban de voluntarios y que no perdieron ni el más mínimo de los segundos para presentarse y comenzar a hacer una familia de extranjeros viviendo en aquella ciudad llena de smog, olor a té negro, azafrán y con el sonido ininterrumpido de los claxons por doquier. Así pasaron semanas enteras llenas de viajes, aprendizajes, risas, amores y llantos mientras me empapaba día a día de cómo es ser una mujer en Egipto y cómo era el salir a las calles con tanta violencia que se vive allá por cuestiones de género.

Fui voluntaria en una ONG dedicada a dar asesoría jurídica a mujeres de un barrio musulmán extremadamente pobre en Giza, era un lugar que por fuera parecía muerto pero que en las oficinas estaba lleno de esperanza para todas aquellas mujeres que buscaban un cambio en su vida. Fui profesora de inglés de nivel básico y cada vez que una mujer lograba aprenderse el alfabeto me llenaba de orgullo ver su cara de esperanza al saber que estaba haciendo algo por ella y que ese algo la ayudaría a salir adelante así como luchar para conseguir que sus derechos fueran reconocidos ante un gobierno tan opresor que también alcanza a los hombres.

Mi experiencia de voluntariado fue lo que le dio sentido a este viaje, porque si bien yo también era propensa a todas las cosas que les suceden día a día a las mujeres en Egipto, estaba aportando con mis ideales, mi historia de vida, lo que sabía de inglés y mis ganas de demostrarles con mi presencia a todas esas mujeres que asistían que si yo estaba ahí parada frente a ellas después ellas también podrían estar paradas frente a otras mujeres y con el simple hecho de estar ahí podrán cambiar su mundo que estaba cerrado a muchas posibilidades. Siguieron pasando las semanas y yo cada vez me empapaba más de la vida egipcia y de todas las incongruencias que día a día podía palpar mientras caminaba en las calles. Ya mencioné anteriormente que durante este viaje moría de miedo, incluso antes de llegar al destino, pero con el transcurso de las semanas me daba cuenta de lo valientes que podemos ser al viajar solas, así como pude observar y palpar que todas las mujeres estamos hechas de un material sacado de yo no sé dónde, pero que nos ayuda a hacer cosas inimaginables, que nos hace fuertes, apasionadas, que nos hace luchar por lo que queremos, que nos hace empáticas, que nos ayuda a entender de qué va un equipo. Es por eso que aunque el miedo nos invada somos capaces de seguir a nuestro corazón y ser positivas ante la vida. Muchas veces el mundo se muestra cerrado para nosotras pero no significa que debamos sucumbir ante esto.

Cuando viajamos solas debemos poner el mundo en nuestras propias manos y tenerle fe a la humanidad, ir conscientes de las maravillas que podemos encontrar y de los miedos que deberemos de afrontar. Esa maleta que llenamos con ropa también debemos llenarla de esperanza y de pensamientos positivos que nos llevarán al aeropuerto de donde partimos con el objetivo de que en el camino de regreso a casa lo único que podamos decir sea: “¡Esta experiencia fue una maravilla, ahora mismo pensaré cual será el siguiente destino!”.

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Especial Viajando Sola

Cerrando ciclos de vida en las calles de Francia

Por Stef Zepeda

 

Desde que tenía 18 años, el hecho de estudiar el idioma francés y conocer su cultura, disfrutar sus películas, su música y el típico acordeón en cada canción, me hacía soñar cada día en la Ciudad de la luz: soñaba con recorrer sus calles, tomar un café en París y un vino en Bordeaux para poner en práctica el idioma que tanto me gustaba. Desde niña tuve un espíritu bastante aventurero y libre, mi curiosidad por descubrir cosas e ir más allá de lo que veíamos y vivíamos día con día siempre estuvo presente. Sin embargo, mi mente siempre me ha jugado malas pasadas, el miedo y la ansiedad han estado presentes también a lo largo de mi vida, lo cual me ha paralizado y no me había permitido hacer todo aquello que soñaba y anhelaba.

Una de esas tantas cosas era viajar sola y conocer mi lugar favorito en el mundo que era ese hermoso país ubicado en otro continente y a bastantes horas de vuelo, provocándome una gran ansiedad y angustia ya que uno de mis más grandes miedos son las alturas, solo pensaba en el tiempo en el que iba a estar en el aire y era razón suficiente para que lo siguiera postergando. La ansiedad suele hacer que pienses que en cada viaje que hagas pasará algo catastrófico, debo admitir que llegué a pensar en que mi avión se estrellaría  pero poco a poco trataba de controlar esa tormenta mental.

No fue hasta que la vida me dio una lección muy dura y bastante intensa, la separación con mi esposo y posteriormente el divorcioque cambié mi forma de pensar y de ver las cosas. Al ser un suceso traumático y difícil para mí, pude replantearme realmente quien era así como todo aquello que quería y soñaba, ya que me perdí tanto en el proceso que necesitaba reencontrarme conmigo misma para volverme a amar.

Y que mejor manera que ponerme como meta realizar mi sueño. Fue así que decidí comenzar a ahorrar todo un año desde aquella separación. Primero hablé con una vieja amiga francesa que conocí por medio de coachsurfing hace dos años atrás, la hospedé en mi casa con su novio durante cinco días, les enseñé lo mejor de mi estado y desde entonces nunca perdimos comunicación. Cuando le conté mi sueño de visitarla, ella me respondió que podría hospedarme y hacer juntas un tour para conocer varias ciudades de Francia, después comenzamos a calcular mi presupuesto con la finalidad de planear el itinerario. El viaje fue tomando forma, compré mis boletos en una aerolínea bastante buena y económica llamada Evelop, saliendo de Cancún hacia Madrid y regresando con la misma ruta.

Finalmente el 15 de septiembre del 2018 inicié este viaje con mucha emoción y también con mucho miedo por descubrir de lo que era capaz y reencontrarme. Llegué a Madrid el 16 de septiembre estando sola por primera vez en mi vida, en un lugar lejos de mi país y sin conocer a nadie pero con una tremenda felicidad por conocer Europa. Me hospedé en un Airbnb y salí a conocer las calles de Madrid, al principio sentí un poco de pena y miedo de estar sola, pero poco a poco tomé confianza en mi misma y disfruté de caminar en soledad; me senté a tomar una cerveza deliciosa, fui a museos, a parques y muchos otros lugares.

Durante mi estancia en Madrid conocí a personas de otros países, salimos juntos a conocer la ciudad y ese intercambio cultural fue una experiencia muy gratificante y única. Madrid es una ciudad segura y sus habitantes muy amigables, el metro es super fácil de usar y conocí sus lugares más emblemáticos simplemente buscándolos en internet.

El 18 de septiembre llegué a Toulouse y conocí seis ciudades de Francia: Montpellier, Tours, París, Gardone y Bordeaux en 10 días, fue un viaje maravilloso porque conocí desde los más hermosos monumentos y museos en París, hasta los viñedos y la vida en el campo, todo era tal y como lo soñé. Fueron los días más felices de mi vida después de un año de lidiar con la depresión y ansiedad, realmente me sentí viva de nuevo y con muchas ganas de seguir adelante, de dejar mis miedos atrás y de seguir luchando para siempre ser feliz y no depender de nadie más que solo de mí misma.

De este viaje puedo concluir que hubo un gran aprendizaje y parte de una realización personal.  El 17 de septiembre estando ahí se cumplió un año de haberme salido de aquella casa donde vivía con mi esposo y de estar sin él, fue un año muy difícil de adaptación, sanar heridas, aceptar estar sin la persona con la que esperabas pasar el resto de tu vida y que se fue tan drásticamente, pero definitivamente si todo ese dolor tuve que vivir para que pudiera realizar este hermoso sueño y la hermosa sensación de haber vuelto a nacer, ahora acepto cada lágrima que derramé y cada momento de tristeza que pasé y doy gracias ya que tal vez si no hubiera pasado por todo eso no sería la persona que soy ahora que trata día con día de ser mejor y de amarse a sí misma.

A veces es necesario caer y tocar fondo para después poder renacer y vivir las mejores cosas en tu vida.

Solo les digo cuando crean que su vida no tiene sentido o estén pasando por un mal momento una de las mejores satisfacciones es viajar y vivir la experiencia; ámense mujeres, valemos mucho, sean felices, sueñen, sean libres, atrévanse porque todas somos capaces de realizar nuestros sueños.

Al final tuve mi final feliz y sin príncipe azul.