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María Conchita Approves

Leer Teoría

Por María Conchita

Nunca en toda la carrera pude realmente disfrutar un texto completo de teoría. Hubo textos que encontre amenos, sí, otros que me interesaron e incluso textos que en efecto me gustaron, pero el acto de leerlos no fue disfrutable. Los leía por obligación, los leía con prisas, los leía pensando en los otros miles de textos que aún tenía pendientes de todas las materias que tenía que llevar a la vez, los leía o intentaba leer poco antes de las clases para las que tenía que. En muchas ocasiones, demasiadas -más de las que debería admitir- no llegué a terminar de leerlos y por tanto de realmente entenderlos. A muchos les leí sólo la introducción, escaneé el contenido y leí completa la conclusión, quedándome con una idea y panorama general del texto, lo suficiente para emitir una opinión no tan desatinada en clases cuando me viera inevitablemente obligada a hacerlo. 

Estoy segura que mucho tiene que ver con el hecho de que cuando recién empecé la carrera estos textos se me presentaban como casi imposibles de entender. Me era en extremo difícil leerlos, nunca antes me había topado con este tipo de lectura. No sé si era culpa del sistema educativo, de las escuelas en las que estudié la preparatoria, o mía por la especialidad en ciencias exactas que llevé por el temor de no pasar el examen de admisión para la universidad por haber olvidado el lenguaje matemático. O igual simplemente era mi responsabilidad, o más bien falta de ella, al no haber buscado este tipo de lecturas durante el año sabático que tuve que tomar por mudarme a destiempo y no haber estado en el estado para la fecha del examen de ingreso. Sea como sea llegue a la carrera sin haber leído nunca un texto teórico, y llegué a la carrera con el temor de no pertenecer, y llegué a la carrera a toparme con que estos manejaban un lenguaje que me era ajeno, con términos que los profesores daban por sentado que podíamos entender, y que secretamente creía que en efecto todos entendían y disfrutaban menos yo. Hasta que tuvimos que trabajar por primera vez en equipo y vi casi romperse a una compañera porque le era imposible entender a qué carajos se refería Eco con una metáfora sobre algún experimento físico para explicar algo relacionado con la semiótica y el lenguaje. No entendimos ni el experimento, ni la metáfora y mucho menos el concepto. En ese entonces le agarré una fobia a Eco que conservo hasta hoy en día y creo que me voy a ir a la tumba sin leer ni uno sólo de sus libros.

Una vez terminada oficialmente la carrera dejé de leer por un tiempo. No fue una decisión, simplemente pasó y me frustraba mucho, parecía que lo único que pensé que nunca me iba a abandonar lo había hecho. Había escogido dedicarle la vida a la literatura y esta me había dado la espalda. Lo asumí como mi culpa; era mi castigo por seguir sin entender y disfrutar la teoría, era mi castigo por ser incapaz de terminar la tesis, por ser incapaz de escribir. No era digna de seguir leyendo. Por aquella época estaba profundamente deprimida por cosas que estaban pasando en mi círculo cercano, cosas que le pasaban a la gente que amaba y cosas que me pasaban a mí, y ahora entiendo que fue eso lo que me alejó de la literatura, pero en aquel entonces no lo sabía y lo tomaba como un castigo que, evidentemente, me merecía. 

En vez de buscar ayuda o ser vocal al respecto elegí callar, eso me llevó a soportar en soledad cosas que pudieron ser menos pesadas si las hubiera compartido. Por suerte no fui abandonada, mis amigos me fueron ayudando, sin la gente que estuvo a mi lado en esas épocas, de los cuales algunos siguen aquí, no hubiera llegado a ningún lado. En ese recuperarme logré conseguir un trabajo en la librería en que estoy y resultó que tenía permitido leer los libros que vendíamos gratis. Así, la literatura volvió a mi. 

Sí bien parte de mi vida estaba mejorando, había un punto importante que no resolvía. Algo de lo que me negaba a hablar y daba por perdido: la carrera. En mi interior seguía convencida que nunca serví para ello, y que era el mejor error que había cometido, pues a pesar de mi inhabilidad para escribir, sabía que si nunca la hubiera estudiado habría muerto cada día por dentro pensando en que había perdido lo único que podría haberme hecho feliz. No me arrepentía del sueño que fue la carrera, ni de los años en los que me esforcé, ni de las lecturas que había hecho, ni de la gente que había conocido, ni de cómo había forjado mi forma de pensar y ser. Simplemente asumía que nunca me titularía y de que estaba bien porque no lo merecía.

Iba pasando el tiempo y el reloj corría en mi contra. Cada vez la fecha máxima para entregar una tesis estancada en el primer capítulo y que ya ni siquiera intentaba escribir pero que estaba completa en mi cabeza se acercaba. Y yo me iba sintiendo peor. En esas estaba cuando me enteré de un curso de titulación de la facultad. A decir verdad pensé no tomarlo, sabía que la facultad lo daba porque necesitaba titular gente por el bajo índice de titulación, que era una medida para que la gente «como yo», incapaz, se titulara. La voz en mi cabeza que siempre me hacía ver lo poco que valía me estaba convenciendo y yo me encerraba a llorar en silencio para que mi roomie no se diera cuenta mientras me sentía profundamente miserable. 

A eso hay que sumarle que en esa época había peleado con una chica que durante mucho tiempo -casi diez años- había sido mi mejor amiga. Por como se dieron las cosas no podía evitar desconfiar de todos, pero por sobre todo sentirme sola. No confiaba ni en los demás ni en mí y la voz era lo único que siempre estaba ahí, por encima de todo. Yo sabía que esa desconfianza no era sana y que nadie se la merecía, una parte de mi, muy en el fondo peleaba contra ella. Así que hable con algunas personas, amigos de internet más que nada, gente que no me conocía en persona y nunca lo haría, por lo que extrañamente me hacían sentir menos expuesta y ellos fueron los primeros que me convencieron de tomar el curso. Luego hable con mi novia, quien igual me apoyó con entusiasmo, porque para ella titularme de esa forma no era el motivo de vergüenza que yo no podía evitar sentir sobre mí. Y entonces me atreví a platicarlo, de a poco, con mi círculo cercano.

Durante todo el tiempo que tomé el curso e incluso el mismo día de mi titulación estuvo la lucha en mi interior. A veces «ganaba» y me daba cuenta que los motivos por los que no pude llevar a cabo la tesis no eran una incapacidad mía, sino una serie de factores entre personales y de mi estado de salud mental durante esos duros años que me hacían imposible concentrarme, y a veces «perdía» y la voz se imponía, haciendome sentir como alguien que se iba a titular solo por pura suerte y que en realidad no tenía ningún merito ni las capacidades para hacerlo. Después de mi titulación me ocupé de cosas realmente importantes relacionadas con mi salud mental. Me mudé, y empecé a lidiar con el duelo emocional de perder una amistad tan importante, empecé a ocuparme de nuevo de mí.

Poco a poco e ido ganando fuerza, poco a poco estoy creyendo de nuevo en mí y en este proceso me topé con un libro que compré hace años. Un libro de teoría que capturó en su momento mi atención y que simplemente no pude entender y abandoné frustrada. Y ahora no puedo llegar a expresar la felicidad que realmente me dio no sólo por entenderlo, sino que fui capaz de genuinamente disfrutarlo. 

Este texto estaba destinado en realidad a ser una reseña sobre el libro, pero por lo visto mi subconsciente tenía planes diferentes para él. Y me alegra, porque sé que necesitaba hacerlo. En unos días intentaré hacerle una reseña otra vez, a ver si la memoria no me lleva de nuevo por otros caminos. Aunque si lo hace planeo volver a dejarme llevar, porque es agradable  retomar/reclamar/volver al lenguaje escrito.

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María Conchita Approves

Violencia: uno de los estragos de la Temporada de huracanes (2017) en el personaje de Norma

Por Ana Laura Tut Noh

Es innegable la influencia de la sociedad en la Literatura, puesto que es posible  observar, al menos, en textos latinoamericanos, fragmentos con descripciones de espacios  reales, así como personajes o situaciones que recrean la vida cotidiana, desde diversas  ópticas. Ejemplos de lo anterior, serían el cuento de Elena Garro denominado: La culpa es  de los tlaxcaltecas (1964), cuyo personaje describe espacios como Chapultepec o el lago de  Cuitzeo; o bien, es posible conocer la ciudad de México o España, a través de la novela Casas  Vacías (2017) de Brenda Navarro. Asimismo, los personajes protagónicos descritos en  ambos textos, se develan como mujeres que sienten, se cuestionan su entorno, reflexionan y  actúan de acuerdo a un contexto que las coloca en situaciones complejamente humanas.  

Fernando Ainsa, menciona: “Gracias al esfuerzo de comprensión imaginativa que ha  propiciado la ficción, se ha podido sintetizar la esencia de una cultura y ha sido posible  proyectar una visión integral de la realidad que ningún estudio sociológico podía equiparar”  (2010, p. 394). Por tanto, la literatura para este autor, puede ser un documento sociológico  cuyo análisis nos permite conocer y reflexionar sobre el actuar humano y sus consecuencias.  Con base en la premisa anterior, este ensayo tiene por finalidad analizar la violencia sufrida  por el personaje de Norma en la novela Temporada de Huracanes (2017), de la escritora  Fernanda Melchor, como elementos que no sólo se limitan al texto, sino que son plausibles  a nivel extradiegético, puesto que suelen ser temas alejados del discurso hegemónico, pero que encuentran cabida en el discurso estético. Se analizará las causas, tipos, consecuencias y el espiral de violencia vivida por el personaje de Norma desde la óptica de Agustín Martínez  Pacheco y su texto La violencia. Conceptualización y elementos para su estudio (2015). 

La novela Temporada de huracanes (2017) es de la autoría de Fernanda Melchor.  Escritora mexicana que nació en el estado de Veracruz en el año 1982 y cuya producción  literaria está conformada por textos como: Mi Veracruz (2008), Aquí no es Miami (2013) y  Falsa liebre (2013). En el año 2019 Temporada de Huracanes, recibió el premio  Internacional de Literatura, en Berlín, Alemania. Según Sabine Pesquel (2019), la novela ha  sido considerada por la crítica como un retrato de la vida en el estado mexicano y permite  conocer los demonios que aquejan al país. 

Temporada de huracanes está ambientada en la Matosa un municipio del estado de  Veracruz y narra el asesinato de la bruja del pueblo, desde el momento del encuentro del  cadáver hasta los días que preceden y anteceden al suceso. Es un texto que presenta una  polifonía de voces, puesto que participan, en su narración, testigos y responsables de dicho  crimen. Para Pesquel (2019): «Los huracanes del título no solo aluden a las condiciones  de vida que prevalecen en el pueblo, sino que, gracias a la potencia del lenguaje de la  autora, parecen también descender sobre nosotros”, puesto que al leer la novela uno no  puede evitar reaccionar emocionalmente ante cada situación descrita. 

En una entrevista realizada por Pesquel a Fernanda Melchor ésta menciona  que el punto de inspiración de la novela fue cuando trabajaba para la oficina de  comunicación de su universidad; en este espacio, solía recibir periódicos locales en  donde la violencia era una constante. En una ocasión, leyó el caso del asesinato de una  bruja en un pueblo, a manos de un hombre que decía que aquélla lo estaba hechizando  para que no la dejara. Atisbamos, en este hecho, que la escritora funge como una especie de testigo que si bien no es presencial, tampoco es ajena a la violencia que ocurre en su  estado, prueba de ello es que Melchor, expone en esa misma entrevista que ella deseaba  ir al poblado para adquirir más información; sin embargo, debido a la inseguridad y el  narcotráfico en dicha área, se limitó a crear una ficción en torno a este hecho. Carlos  Pavón, menciona que después de la segunda mitad del siglo XX, hay una proliferación  de textos que narran la violencia desde la óptica del observador, esto debido a que  actualmente se vive la “era del testigo”, concepto de Annette Wieviorka que explica que  se prepondera el testimonio sobre el documento. (2015, p.11). Todo lo anterior, nos  permite entender que lo narrado en la novela no se limita a la invención y refleja una  realidad que toca nuestra puerta cada día y “nada mejor que la ficción para explicar la  realidad del Nuevo Mundo, donde lo real y lo imaginario han formado una indisoluble pareja”  (Ainsa, 2010, p.394). 

Dentro de la narración de la novela es posible observar distintos personajes que fungen  como testigos o como participantes en el asesinato de la bruja: Yessenia, Luismi, la abuela  de ambos, el Munra, Chabela y Norma detallan desde el yo, o a través del diálogo, no sólo el  asesinato, sino también la vida en la Matosa o incluso a las afueras de ella. Todos estos  personajes están expuestos a la violencia; sin embargo, es del interés de este texto centrarse  en el personaje de Norma, una adolescente, de escasos trece años, que llega a la Matosa  después de huir de su casa.  

La voz de Norma se hace presente en el capítulo número VII, el cual comienza en el  hospital de la Matosa en donde una mujer le cuenta a la joven que, después de múltiples  abortos espontáneos, por fin ha nacido su primer hijo; en contraste, Norma se encuentra ahí  porque acaba de abortar uno deliberadamente. El bebé que iba a tener la joven era de su 

padrastro, hecho que la obliga a huir de casa y, después de un largo trayecto, llegar a la  Matosa para encontrarse con Luismi quien le ofrece comida y su cuarto para vivir. En este  espacio conoce a la Chabela quien le propone llevarla con la bruja para abortar, ésta después  de múltiples dudas le da un brebaje que se toma. Un par de horas después la hemorragia es  tal que Luismi le pide al Munra que los lleve al hospital donde es abandonada a su suerte.  

La violencia según Agustín Martínez (2015) es un concepto cuya definición no tiene  un consenso, debido a que hay autores que la limitan a la agresión física; sin embargo, para  este autor, el concepto va más allá y la concibe como el tinte que pueden adquirir las  relaciones sociales. Desde esta perspectiva, el personaje de Norma está inmersa en la  violencia, desde el momento de su nacimiento, hasta el momento en el que acaba en el  hospital, y cada espasmo violento está propiciado por su relación con los otros. 

Agustín Martínez menciona que: “en cuanto a los niveles de causalidad, en términos  sintéticos se puede considerar que todo acto de violencia se presenta en un contexto social  específico, el cual tiene, a su vez, una historia que lo generó” (p.22). Por tanto en el caso de  Norma, el contexto que marca el inicio de la violencia es su madre; según se narra en el texto  que la primera hija fue Norma, pero luego, la señora tuvo otros hijos con la esperanza de que  algún hombre se quedara con ella:  

Norma debía tener siempre en cuenta los errores que su madre había cometido y no tratar de repetirlos,  aunque tuvo que pasar algún tiempo antes de que Norma finalmente comprendiera a qué se refería su  madre cuando hablaba de sus yerros: a ella y a sus hermanos, claro; pero sobre todo a ella, a la primera,  la primera de cinco críos, seis contando al pobrecito de Patricio que en paz descanse; seis errores que  su madre cometió, uno tras otro, en sendos intentos desesperados por retener a un hombre que en casi  todos los casos ni siquiera se había dignado en reconocer la paternidad de las criaturas; hombres que  para Norma eran simples sombras en las que su madre se envolvía cuando salía de noche a  emborracharse, con las piernas descubiertas bajo medias transparentes y zapatos de tacón que jamás  permitía que Norma se probara (Melchor, 2017, p.163).


Como se puede apreciar, la madre de Norma le prohíbe que se vista como ella para no  repetir su historia de sometimiento y abandono; sin embargo, el ciclo de violencia  difícilmente se rompe, no sólo porque el origen de la violencia es la exposición a la misma,  sino también porque la violencia tiene otros elementos que la hacen permanecer y  multiplicarse. A dicho fenómenos se le conoce como el espiral de violencia y puede ser de  tres tipos: acción-reacción, emulación y reforzamiento; el primero, se refiere a la violencia  ejercida sobre alguien, quién en consecuencia puede reaccionar aplicando violencia a su  victimario o hacia otras personas; el segundo, se desarrolla cuando la violencia es exitosa y  por ende sigue esparciéndose, por ejemplo el soborno para agilizar trámites, debido a que en  apariencia no son dañinos, se permite y se replican. El último, “consiste en que determinada  forma de manifestación de violencia puede producir ciertos resultados que refuerzan otros  tipos de manifestaciones violentas” (p.25). Esta espiral es visible cuando el Pepe el padrastro  de Norma comienza sus acercamientos hacia ella: 

Colocaba su mano con la palma hacia arriba en el sitio preciso en donde ella iba a sentarse y le  pinchaba la cola y luego fingía que no había sido él, y todo eso era divertido, o había sido divertido al  principio porque toda esa atención hacía que Norma se sintiera importante, porque Pepe siempre  insistía en sentarse junto a ella cuando veían las caricaturas, y le pasaba el brazo por encima de los  hombros y le acariciaba la espalda, los hombros, los cabellos, pero solo cuando la madre de Norma  estaba en la fábrica, solo cuando sus hermanos estaban en el patio de la vecindad (p.163 ). 


Sí bien, estos tocamientos no se presentan con exceso de fuerza física, recordemos que la  violencia puede ser sutil y clasificarse de distintas maneras, en el fragmento Norma  menciona, desde el tiempo verbal pretérito, que esas conductas habían sido divertidas al  principio; lo anterior, nos permite entender que posteriormente ya no lo fue, además  menciona que dichas acciones la hacían sentir importante. Sin embargo con el paso del  tiempo, los encuentros con su padrastro se vuelven más y más grotescos, es decir se van 

reforzando y permiten la escalada de la espiral de violencia como se ve en un fragmento del  texto, en el que ella está acostada con el Luismi y está esperando que él le cobrara el favor  de haberla llevado a su casa, pero el chico no le pide nada, entonces ella menciona: 

Él echado a su lado, la escucho y en ningún momento había tratado de tocarle otra cosa que no fuera  la cara o las manos, ni le había ordenado que se echara de espaldas y se abriera de piernas, o que se  arrodillara para mamarle la verga, como Pepe siempre le pedía cada vez que se metían juntos a la  cama. Mámame la verga, decía; mámame los huevos, mámale duro, chiquita, con ganas, así, hasta  adentro, no te hagas la que te da asco si bien que te gusta, aunque no era cierto, aunque a Norma no le  gustara en lo absoluto, pero él lo decía de todas maneras y ella nunca lo había sacado del error (p.  155). 

Como se presenta el fragmento los encuentros con el Pepe llegaron a su máxima expresión  violenta, debido a que un acto tras otro, lo llevaron a incrementar los vocablos o peticiones  en el sexo, sin detenerse a pensar que estaba transgrediendo a una niña. Este tipo de violencia  en la que el dominante (el pepe) desea someter psicológica y sexualmente al dominado  (Norma), se le conoce como activa puesto que: “los victimarios entonces recurrirán a  diferentes formas de violencia como medios para lograr la dominación y expropiación  simbólica y material de las víctimas” (Martínez Pacheco, 2015, p. 20). La máxima  dominación y expropiación de Pepe es apoderarse del cuerpo de Norma y someterla a cumplir  sus fantasías sexuales, haciéndole creer que era ella quien lo deseaba.

¨Para finalizar es importante señalar cuáles son las consecuencias de la presencia de la  violencia, ya que “entre estos daños están los que ya se mencionaban anteriormente, la  afectación a la integridad física de las personas, a su integridad emocional y psicológica y a  su integridad patrimonial” (Martínez, 2015, p.29). En el caso de Norma acaba huyendo de  casa por miedo a la reacción de su madre, su viaje pone en peligro su integridad, puesto que  le cuenta a Luismi que en Villa:

unos tipos la habían seguido en una camioneta mientras caminaba hacia el centro de Villa, y ella había  tenido que apartarse de la carretera para esconderse en unos carrizales porque los tipos que iban sobre  la batea la llamaban chasqueando los labios como si fuera una perra, y el hombre que conducía, un  sujeto rubio de gafas oscuras y sombrero vaquero, bajó el sonido de la música que tronaba, me haré  pasar por un hombre normal, y le ordenó a Norma que se subiera a la camioneta, que pueda estar sin  ti, que no se sienta mal, pero ella tuvo mucho miedo y corrió a internarse en una parcela (p.151). 

A miles de Kilómetros de casa Norma ya no está en riesgo de ser odiada, golpeada o  excluida por su madre, ni en riesgo de sostener encuentros con el Pepe, sino ahora está a  merced de la violencia de Villa y La Matosa. Los daños serán irreversibles. 

“En términos sociales las consecuencias de ciertas relaciones de violencia pueden llevar  a la desestructuración de los lazos sociales mediano y largo plazo, a la instauración del miedo  y la desconfianza social” (Martínez Pacheco, 2015, p.29). Lo anterior, es visible al final del  texto cuando Norma está en el hospital, amarrada, sola, con miedo y sin emitir palabra  alguna:  

Norma quisiera escapar corriendo de aquel sitio, romper sus vendajes y huir como fuera del  sanatorio, huir de su propio cuerpo adolorido, de esa masa de carne abotargada y henchida  de sangre, de pavor y de orina que la mantenía anclada a la maldita cama […] quería tirar y  tirar de aquellas vendas hasta romperlas, escapar de aquel lugar donde todos la miraban con  odio, donde todos parecían saber lo que había hecho; estrangularse las manos, degollarse a  sí misma en un grito elemental que, al igual que la orina, ya no pudo contener por más tiempo:  mamá, mamita, gritó a coro con los recién nacidos. Quiero irme a casa, mamita, perdóname  todo lo que te hice (p.196). 

Este cierre de capítulo permite ver las fracturas sociales sufridas por el personaje de  Norma como consecuencia de la violencia, lejos de casa, de su madre, de Luismi y de todo  aquello pudiera brindarle aparente seguridad, en este punto, las consecuencias de la violencia  son evidentes.

En conclusión, la posibilidad de entrar en contacto con el texto y analizarlo nos permite,  a través de la experiencia estética, formular reflexiones sobre la violencia perfectamente  aplicables a nuestra realidad inmediata. Las notas periodísticas narran con frecuencia  historias como las de Norma y nosotros detrás de los textos, fungimos únicamente como  lectores/observadores; sin embargo, esto no nos exime de ser partícipes, puesto que la  violencia: “cuenta con por lo menos tres tipos de actores que la delimitan (el agresor, la  víctima y los observadores)” (Martínez Pacheco, 2015, p.25). Frente a esta postura, los  observadores tenemos participación en el origen, causas, consecuencias y la permanencia del  espiral de violencia; ¿estamos haciendo algo para reproducirla o frenarla? 

Bibliografía 

Aisa, Fernando. (Octubre 2010). Una literatura que hace sociología el ejemplo de la  narrativa latinoamericana. Revista del Cesla, 2 (13), 393-408. Recuperado el 30-09-20  disponible en: https://www.redalyc.org/pdf/2433/243316493002.pdf 

Anguiano Molina, Ana María, Calvo Vargas, Leticia y Enrique Jiménez, Salvador.  (2009). Violencia, marginalidad y exclusión; asunto de todos complejo, holístico y sistémico.  Disponible en: https://www.margen.org/suscri/margen56/violenangui.pdf 

Martínez Pacheco, Agustín. (Agosto 2016). La violencia Conceptualización y  elementos para su estudio. Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Xochimilco. Núm.  46, pp. 7-31. Recuperado el 03-10-20 de:  https://www.redalyc.org/pdf/267/26748302002.pdf 

Pabón, Carlos. (2015). “De la memoria: ética, estética y autoridad” en Coord. Teresa  Basile. Literatura y violencia en la narrativa latinoamericana reciente [en línea]. (pp. 11- 34). La Plata [AR] : Universidad Nacional de La Plata. Facultad de Humanidades y Ciencias  de la Educación. Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales (UNLP CONICET). Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria. (Colectivo crítico ; 2) En  Memoria Académica. Recuperado el 30-09-20 de:  http://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/libros/pm.378/pm.378.pdfPesquel, Sabine. (2019). “Temporada de huracanes, de Fernanda Melcor: realismo y  pesadilla de México”. Recuperado el 01-10-20 de: https://www.dw.com/es/temporada-de huracanes-de-fernanda-melchor-realismo-y-pesadilla-en-m%C3%A9xico/a-49267872

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María Conchita Approves

Maternidades, violencia y vida en Casas Vacías

Por Jimena De los Santos Alamilla

«Pero a través de siglos de haber dado de mamar emocionalmente a los 
hombres con nuestros pechos, también se nos dijo que estábamos 
contaminadas, que éramos devoradoras, dominantes, masoquistas, arpías, 
brujas, lesbianas y prostitutas. Aprendemos lentamente a desacreditar 
estos discursos, incluso el que comienza diciendo: «Las madres son más 
auténticas que las demás mujeres” 
Adrienne Rich 

Voy tejiendo estas palabras en medio de una pandemia y ante la inminente llegada de una tormenta. La maternidad es un ¿Deseo? ¿Imposición? ¿Ideal? con el que tengo múltiples conflictos e incomodidades. Leer Casas vacías de Brenda Navarro me ha confrontado con los temores y ansiedades que me despierta lo materno. En estas páginas comparto algunos fragmentos de mi lectura (porque en realidad hay mucho más que podría decirse sobre la novela), que se vio nutrida con las voces de algunas teóricas literarias feministas que se han sumergido en el pedregoso terreno de la maternidad. 

La casa abandonada: un vientre vacío 

En, Yo, tú, nosotras, Luce Irigaray explora los dolores de parto como un sufrimiento que se ha constituido a manera de norma para que una mujer se convierta en tal. La aceptación de este dolor como una regla se traduce en la normalización del sufrimiento para todas las mujeres: “Si este sufrimiento se convierte en la norma exclusiva para hacerse mujer, acaba por justificar el sufrimiento en las relaciones amorosas, el sufrimiento moral femenino, etc. Todo ello con el beneplácito de su «masoquismo» y de su capacidad de aguante” (Irigaray, 1991, p. 98). Es decir, que este dolor se expresa como una experiencia voluntaria y placentera; un rito de paso necesario para convertirse en mujer. De lo contrario, viene la culpa. Como describe la primera voz narrativa de Casas vacías, la experiencia del embarazo no es en absoluto placentera y más de una vez se menciona que en el fondo, ella no deseaba la maternidad. Sin embargo, es claro que hay una serie de expectativas que la presionan a continuarlo. Una vez que Daniel nace, la experiencia tampoco es agradable, pero la guarda para sí misma: 

Con la cintura quebrada, los coágulos arañando las paredes de mi útero y los ojos arenosos de no dormir, los primeros días con Daniel en mi vida, más que una dicha, eran un suplicio ahogado. Cállate, le decía en un silencio amordazado entre los ojos, por miedo a que alguien escuchara el escozor que me causaba oírlo llorar por ese no saber sobrevivir solo en el mundo. Si en el embarazo, triste, pedregoso y mohoso que había pasado ya sentía un arrepentimiento de tener útero y hormonas e instinto maternal, en la maternidad misma cada llanto de Daniel me rechinaba en el oído para constatarlo. (Navarro, 2017, p. 52)

Hay cierta circularidad en las madres que aparecen en la primera historia, principalmente entre la voz narrativa y la suegra. La línea de vida de ambas mujeres está contorneada por el mandato de la maternidad. En la primera parte de la novela, la voz narrativa describe a su suegra como una mujer devastada emocional y físicamente tras el feminicidio cometido contra su hija, Amara. La voz explica que este hecho violento posiblemente ocasionó que la mujer se diera cuenta que nunca fue feliz, y que sus esperanzas estaban depositadas en la crianza de sus hijes, expectativa que suele tenerse de las madres: “¿Alguna vez fue feliz o es acaso que apenas ahora que Amara ha muerto es que sabe que ha desperdiciado su vida?”(Navarro, 2017, p. 49) . Sin embargo, a lo largo de la novela, quienes leemos atestiguamos la propia devastación de la voz narrativa, quien naufraga en el dolor y la tristeza luego del secuestro de su hijo, Daniel. Es por medio de la introspección que entendemos, en algún punto de la vida, su felicidad pendió del pequeño, o bien, de la carga infinita que para ella es la maternidad: “No parir, porque después que nacen, la maternidad es para siempre” (Navarro, 2017, p.17). Ya sin el hijo, comienza un proceso de reflexión, constantemente destructiva, de donde pareciera que no hay salida. 

Otro punto de encuentro entre la voz narrativa y la suegra es en el paralelismo con la casa. Por un lado, la suegra teme quedarse en la solitaria grandeza del hogar en Utrera, ante el vacío de una hija asesinada, y un marido sin responsabilidad emocional: “Convence a Fran, convéncelo, yo te ayudo a cuidar a los niños, no voy a estorbar, voy a ayudarte, convence a Fran de quedarse, pero yo decía que no, aunque quería decir que sí, y ella me decía que no la dejara sola en esa casa grande, blanca y hueca de Utrera, que no podría con tanta soledad y sin su hija y con todos los días sin su hija y sin su nieta, que no me fuera […]. (Navarro, 2017, p.81). Lo segundo, el marido, constituye un elemento que estuvo en su vida desde su matrimonio, pero que la pérdida de Amara llegó a poner en perspectiva. 

Tal vez, como la voz narrativa sugirió con anterioridad, fue la presencia de los hijos lo que difuminó la ausencia del esposo. En contraste, la voz narrativa se enuncia como una casa vacía: “[…]porque eso era lo que había que hacer: ser las casas vacías para albergar la vida o la muerte, pero al fin y al cabo, vacías”. (Navarro, 2017, p. 53). 

El vacío y el dolor son representados de manera constante en las experiencias maternas de la novela, aunque se manifiesta de manera desigual entre mujeres y hombres. En el recuerdo del velorio de Amara, mientras las madres expresan su dolor con llantos ahogados, discretos, que contienen la pérdida de la mujer, los hombres dominan el espacio con ruidos violentos que no guardan relación con el feminicidio, sino con la imposición de una fuerza que busca silenciar: 

En cambio, los hombres de la familia poco a poco las ignoraron porque sus manotazos, sus aventones, sus gritos en el estacionamiento y sus pisadas apresuradas para arrancar motores e irse después del desmán que habían dejado a su paso hicieron más ruido que las lágrimas. Todos los hombres juntos son más ruidosos y estruendosos que todas las mujeres y sus lágrimas. Xavi y sus manos asesinas, Fran y su seguir estando bien porque hay que estar bien aunque estuviera ahí la hermana muerta y el padre que se sentía demasiado viejo para pelear pero demasiado fuerte para jalar a Nagore a su lado y no dejar que la abuela paterna se despidiera de ella. (Navarro, 2017, p. 53) 

Las expresiones agresivas e indiferentes en reflejo reverso al dolor contenido de las mujeres podría responder a una idea reproducida una y otra vez sobre la locura de las mujeres, como señala Luce Irigaray: “El deseo de ella, su deseo (de ella), esto es, lo que viene” a prohibir la ley del padre, de todos los padres. Padres de familia, padres de naciones, padres-médicos, padres-curas, padres-profesores. Morales o inmorales. Siempre intervienen para censurar, rechazar, con todo el buen sentido y la buena salud, el deseo de la madre. (Irigaray, 1994 p. 34). Esta locura aparente también se presenta en las comparaciones entre la voz narrativa y Fran, la manera tan distinta en que ambos, madre y padre, procesan la pérdida de Daniel: una con llanto, depresión y furia y el otro con tranquilidad, pulcritud y mesura.

Pertinentemente viva: Nagore en sus propios términos

En el contexto de la novela, rodeada de una creciente violencia de la que pareciera no hay puerta de salida, Nagore se enuncia como la sobreviviente; es también su vida una metáfora de la esperanza para las mujeres de su linaje, consanguíneo o no, de un camino diferente, el propio. Por la voz narrativa sabemos que Nagore atestigua el asesinato a su madre, y la violencia brutal de su padre. Desde pequeña está expuesta a una realidad cotidiana para la mayoría de las mujeres en el mundo. Luce Irigaray, en El cuerpo a cuerpo con la madre, explora, entre otros temas, la irrupción del orden paterno en la relación materna: “El orden social, nuestra cultura, el mismo psicoanálisis, así lo quieren: la madre debe permanecer prohibida. El padre prohíbe el cuerpo a cuerpo con la madre” (Irigaray, 1994 p. 38). Este impedimento de la relación cuerpo a cuerpo con la madre se traza en la vida de Nagore; el vínculo con su primera mamá es destruido a manos de Xavi, su padre, quien tras varios años de violentar a Amara, ejerce en ella la forma de violencia más extrema: el feminicidio. Tener una familia en la voz narrativa y Fran supone un alivio para la niña, o bien, la oportunidad de una relación madre/hija; sin embargo, estas expectativas son cortadas por el mismo Fran, ya que es él quien, forzando la relación entre ambas, irrumpe en el cuerpo a cuerpo con la madre: “La hermana murió a manos de su marido, por eso Fran nos impuso el cuidado de Nagore. Yo me volví madre de una niña de seis años mientras engendraba a Daniel en mi vientre. Luego no fui madre y ése fue el problema. El problema es que seguí viva por mucho tiempo.” (Navarro, 2017, p. 16). 

Pese al rechazo que la voz narrativa manifiesta frente a Nagore, la niña tiene una conexión profunda con ella, que se revela en su lenguaje. Si la primera lengua materna de la niña es el castellano y la paterna el catalán, poco después de incorporarse a su segunda familia, Nagore adopta la lengua de su segunda madre: “Nagore perdió el acento español apenas llegó a México. Se mimetizó conmigo. Era una especie de insecto que hibernaba para salir con las alas puestas para que la miráramos volar. Estalló en colores, como si el capullo tejido en las manos de sus padres solo la hubiera preparado para la vida” (Navarro, 2017, p. 16). Si bien pareciera que la voz, al compararla con un insecto, lo hace con desdén, más adelante, en su introspección, ella misma se dará cuenta que siempre admiró la fuerza de la niña. Diversos momentos en la historia le sirven a la voz para reconocer la firmeza de Nagore al momento de expresar sus ideas y emociones; la niña no lo piensa dos veces antes de pedir a su mamá durante el velorio, mientras las fuerzas ahogadas maternas y la violencia paterna están luchando por posicionarse; ya sea para defender a su abuela o reclamarle a la voz, Nagore no guarda el silencio que las otras mujeres en el texto. Frente a la voz, que lamenta seguir con vida por tanto tiempo, la niña está dispuesta a vivir: “Tienes que aprender a cuidarte, le dije. Sí, yo no voy a ser como mi mamá, yo voy a vivir. Se llenaron sus delgados labios de verdad. Nagore y Daniel en ese momento eran la promesa de que se puede sobrevivir a los entuertos maternos”. (Navarro, 2017, p. 54). Lo cierto es que no sobrevive a “los entuertos maternos”, sino a la orden del padre que desde temprana edad destruyó toda posible relación con su madre.

Pese a ello, hay un conocimiento compartido entre todas las mujeres de la historia que, aunque silenciado, se transmite en Nagore, quien es la primera de su linaje en hablar: “Las madres y las hijas siempre han intercambiado —además del saber transmitido oralmente de la supervivencia femenina— un conocimiento subliminal, subversivo, anterior al lenguaje: el conocimiento que flota entre dos cuerpos iguales, uno de los cuales ha pasado nueve meses dentro del otro” (Rich, 2019, p. 293). Salvo por Amara, todas las mujeres de la novela sobreviven, aunque con el dolor ahogado. La existencia de Nagore supone la esperanza de una vida distinta; y la voz narrativa es capaz de verlo, admirarla y quererla, pese a que no lo exprese como tradicionalmente se espera de una madre. Aunque no sabremos qué sigue para ella, se anuncia que confrontará a su padre, sin miedo, ya que es el feminicida quien debe temerle a la hija, única testigo de su crimen. 

La otra anónima 

Regresó brevemente a la escritura en primera persona, con la intención de salir, aunque sea por unos párrafos, de “la yo académica”. En mi lectura personal, he decidido interpretar a la segunda voz narrativa como un reflejo reverso de Nagore. Esta voz, a diferencia de la primera, vive en un contexto aún más desolador. Ambas tienen como punto de partida la violencia extrema que sus padres (en el caso de la voz, además su tío), ejercieron en sus madres: la primera feminicidio, la segunda violación. Si bien en Nagore se fluye la posibilidad de una vida diferente, para la segunda voz narrativa, aunque en varios momentos de la novela exprese su deseo de otra vida más vivible, le resulta cada vez menos alcanzable:

Muchas veces pensaba en la niña de ojos azules y su hermanito, como que me dieron ganas de ser ella: ser niña, ser bonita, tener una mamá y un hermanito. Como que pensé a lo mejor sí había otras vidas, otras formas, otros novios, otros hombres que me quisieran embarazar, como el Neto, ¿por qué nunca volteé a ver al Neto? (Navarro, 2018, p. 71) 
Me dio lástima. Tampoco él saldría de aquí, ni iría a ningún lado nunca, ni sería feliz como todos nosotros. Como que él me confirmaba que todos nosotros habíamos nacido a lo pendejo. (Navarro, 2017, p. 103) 

Aunque las dos tienen ciertas experiencias en común, es notable que la segunda voz narrativa no vive en las mismas condiciones socioeconómicas privilegiadas que Nagore, lo que limita el aprendizaje de herramientas que le ayuden a salir de los círculos de violencia en los que se ve inmersa. Si en Nagore hay una voluntad por sobrevivir, la segunda voz lo que más desea es una familia, determinada por los valores heteronormativos de su contexto; Nagore ha tenido dos ocasiones fallidas de formar parte de una familia y en su futuro busca alejarse de ese idea. Al carecer de los recursos para cuestionar enteramente lo que vive la segunda voz, hace que normalice la violencia ejercida por los hombres; en ese sentido, se parece más a la madre de Daniel, que en cierto modo acepta su destino: “Yo no sé si es cierto que sea la tele o lo que sea que nos dice cómo nos tienen que gustar los hombres pero a mí sí me gustaba ver cómo en la calle muy envalentonados y peleoneros y con nosotras como perritos con la lengua afuera, eso me hacía sentir poder” (Navarro, 2017, p. 32). Pero también, tiene un deseo particular por engendrar a una niña, para que fuera distinta a ella y a las mujeres de su familia; es decir, que si en el fondo creía que su vida no podía ser distinta, sabía que tenía la capacidad de darle a su hija una oportunidad diferente a la que ella tuvo. 

Sin embargo, en la situación en que vive, tiene mayor peso el mandato de la masculinidad, lo que también identifica la primera voz. En este ideal masculino, el poder se transmite de padres a hijos: “Los padres exigen hijos varones como herederos, manos para el campo, carne de cañón, alimentadores de máquinas, imágenes y prolongaciones de sí mismos; su inmortalidad, en suma” (Rich, 2019, p.265). Ambas reconocen que, aunque Daniel/Leonel es un varón, al encontrarse en el espectro autista, para Fran y Rafael se imposibilita la conexión masculina entre padre e hijo; además los dos se deslindan de formar parte de los trabajos de cuidado que el niño requiere. Ambas asocian la posibilidad de la paternidad con los deportes, los juegos físicos, rasgos masculinos; pero, los dos hombres ven en Daniel/Leonel a un sujeto feminizado, lo que les supone una barrera. 

El anonimato de las dos voces narrativas constituye una metáfora del silenciamiento materno: “No es menor el silencio que pesa sobre el sufrimiento, corporal y psíquico, del parto y sobre todo de esta abnegación que consiste en hacerse anónima para transmitir la norma social que personalmente se puede desaprobar, pero en la que se debe incluir al niño para educarlo en la sucesión de generaciones” (Kristeva, 1987 p. 229). Es así que nunca conocemos los nombres de las voces narrativas, ambas se encuentran en el papel de madres de Daniel/Leonel, anteponen sus deseos y vidas a la del niño, pero también a lo que este y la maternidad simbolizan en sus contextos particulares. 

Finalmente, la novela va cerrando con el descubrimiento de la relación entre la segunda voz narrativa y su madre. Si bien para Nagore el feminicidio a su mamá quiebra cualquier tipo de relación con su origen, la segunda voz narrativa cargará con las culpas de la madre, impuestas por una sociedad que no es capaz de sentir empatía hacia una sobreviviente de violación; confrontarse a la complicidad de la abuela genera en la voz resentimientos hacia las mujeres de su familia: 

La miré con odio. Siempre la odié. No debió de haberse embarazado de mi madre, ni de su hijo. No debió de haber dejado que mi mamá tuviera a sus bebés, especialmente a mí. Le iba a insistir que me dejara pasar, pero a lo mejor en el fondo no quería encontrar a mi mamá. Y ya me empecé a alejar. —Si sé que aquí estaba y usted me la negó, voy a venir a partirle su madre a usted y a su pinche hijo de mierda, el puto cabrón. 
—Las hijas siempre pagan mal, siempre se lo dije a tu mamá (Navarro, 2017, p. 100).

Hay un linaje de rencores: de la abuela a la hija y nieta, de la madre a la hija y de la hija a la madre y a la abuela. Anteriormente mencioné que Luce Irigaray explora en su ensayo la irrupción del orden paterno en la relación del cuerpo a cuerpo con la madre. En estos casos de violencia en el ámbito familiar, las agresiones se fueron diseminando entre abuela, madre y nieta, lo que origina un constante ir y venir de violencias entre las tres mujeres. Lo que la voz narrativa entiende sobre ser mujer y tener una familia, es lo que aprendió de la suya propia, de ahí que sienta odio a su madre y abuela por aceptar la violencia, actitud que ella misma va a reproducir; y a su vez, la creencia de la abuela sobre que las hijas “pagan mal”, aunque en su caso, es el hijo quien ejerció violencia en primer lugar: “Muchas hijas guardan rencor hacia sus madres por haber aceptado con demasiada pasividad «lo que sea». La conversión de la madre en víctima no solo la humilla a ella, sino que mutila a la hija que la observa en busca de claves para saber qué significa ser mujer”. (Rich, 2019, p. 318). Sin embargo, en este círculo de agresiones, los hombres, iniciadores de esta potencia agresiva, quedan fuera, completamente ajenos de lo que debería ser su responsabilidad. En el contexto particular de la segunda voz, la maternidad es un ideal rodeado de violencia.

Apuntes para una conclusión 

En esta lectura he intentado desentrañar algunos discursos sobre la maternidad que operan en Casas vacías. Sin duda, la novela es una propuesta para enfrentarnos con nuestros propios mitos e ideales sobre la maternidad, pero también de la violencia que forma parte de nuestra vida cotidiana. Aunque el silencio es frecuente en el texto, lo cierto es que las dos voces narrativas toman la palabra y dan voz a sus experiencias de dolor, violencia y duda. En ese sentido, es importante leer Casas vacías como parte de un proyecto literario perteneciente a una generación de escritoras que se muestran más abiertas a narrar de manera directa los contextos de vida de las mujeres en México y Latinoamérica. 

Referencias 

– Navaro, Brenda, Casas vacías. México, 2017. 

– Irigaray, Luce, Yo, tú, nosotras. Cátedra, Madrid, 1991. México, 2017. – Irigaray, Luce, “El cuerpo a cuerpo con la madre”, en Debate Feminista, No. 10, 1994, pp. 32-44. 

– Kristeva, Julia “Stabat Mater”, en Historias de amor. Siglo XXI, Madrid, 1987. – Rich, Adrienne, Nacemos de mujer. La maternidad como experiencia e institución. Traficantes de sueños, Madrid, 2019. 

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María Conchita Approves

Más niñas Ajolote por favor.

México es uno de los países con un mayor índice de pedofilia, claro que los titulares nunca lo dicen así, lo que leemos en el periódico es que México es uno de los países con mayor índice en embarazos de adolescentes/niñas. Tristemente en este y en muchos países una niña poseedora de un cuerpo lo suficientemente desarrollado para menstruar y por tanto «para procrear» es percibido por muchos enfermos como el de una mujer. 

Claro, no es sólo eso lo que me lleva a afirmar que somos un país con un problema de pedofilia; también está el no tan lejano ejercicio que surgió en Twitter y luego llegó a Facebook bajo el hashtag #MiPrimerAcoso. Este vino a evidenciar el alarmante problema, y es que la gran mayoría de los testimonios se encontraban en el rango de edades de los 6 a los 10 años. Aún me duele recordar las anécdotas que leí, y no me quiero imaginar las de las mujeres que pertenecen a un estrato socioeconómico menor, porque lo que leímos fue de aquellas con acceso a internet y a un celular –entre otros privilegios– que les permitieron ser capaces de hablar de lo que les pasó.

Todos sabemos que existen más casos allá fuera, más terribles y tristemente aún muy normalizados en ciertos sectores. Ser mujer en un país con un alto índice de feminicidios y uno aún mayor de violencia de género es difícil y peligroso, pero ser niña lo es más. 

Es por estas razones que ya no podemos seguir educando a los y las niñas como lo hemos venido haciendo. Ya basta de hacerles creer que es su culpa, de enseñarles que así son los hombres y que se tienen que cuidar, de enseñarles a callar y también basta de enseñarles a los niños a agredir, porque al justificar al agresor es eso lo que les estamos diciendo: que hay algo en ellos que se activa de forma natural por culpa de ellas. Aunque en el nivel en el que estamos hay que ir un paso más adelante, tenemos que enseñarles a los niños qué es el acoso. 

Y para eso está el maravilloso libro «La breve pero significativa lucha de la niña ajolote» escrito por Carolina Castañeda. Es una novela gráfica muy divertida, en la que seguimos a Ajo, quién está pasando por la pubertad y es por lo mismo una adolescente con muchos cambios de humor, que se desespera por lo mismo y que en definitiva no quiere pasar por nada de lo que está pasando. Y todo es risas y diversión hasta que un hombre acosa en el transporte público a Ajo, quien por suerte es defendida por otros pasajeros. 

La novela es muy sencilla de leer, la forma en la que tocan el tema es accesible para los niños y por la forma en la que Ajo junto con su familia pasan por esto da esperanza. Es un libro que toda niña debería poder leer, y yo cada que puedo lo recomiendo en la librería como lectura conjunta entre padres e hijos, y cada vez que me han hecho caso siento que he contribuido un poco, así sea solo en la vida de esa niña en particular.

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María Conchita Approves

Seamos ese Tsunami

Tsunami hace honor a su nombre y arrasa con uno, es imposible leerlo y quedar indiferente. Gabriela Jauregui se merece una ovación de pie por haber reunido tan buenas voces que ponen en el panorama algunas de las realidades a las que se enfrentan las mujeres aquí en México, y estoy segura estas realidades se replican en América latina. 

Jauregui explica en el prólogo que ya no podemos seguir hablando de olas feministas, y tiene razón. Esas divisiones implican que cada generación u ola está dividida completamente, y tal vez en principio fue así, pero ya no lo es. Las olas se mezclan, las de las generaciones antiguas, las de nosotras y las que vienen tenemos que dejar de dividirnos, no avanzaremos así, tenemos que ser como el tsunami que armó Jauregui en un libro: una gran comunidad que escucha, comprende y actúa activamente para lograr erradicar el machismo que nos hiere a todos por igual.  

Y para empezar, este libro es una muy buena opción. Porque nos da un atisbo de lo que hay allá afuera. Uno de los textos que más me impresionó del libro fue el de Yasnaya Elena, quién pertenece a la comunidad mixe y es por tanto indígena. En su texto habla de la difícil relación de las mujeres indígenas ante el feminismo: ellas ya están atravesadas por una cuestión aún mayor, su identidad está marcada por la de ser indígenas y lo que eso implica a nivel estado e individuo. Es un texto fuerte, que provoca preguntas, que en definitiva te hace notar un privilegio que no sabías que tenías, solo por no pertenecer a una comunidad indígena. 

Otro texto que me impresionó fuertemente fue el de Daniela Rea; su contribución son los fragmentos de un diario que abarca su proceso de maternidad. Ella quería ser madre, pero querer serlo no significa que el proceso sea fácil o incluso que todo el tiempo sea bonito y así lo vemos en su diario. Es para mí uno de los textos más íntimos del libro, e igual de los más difíciles de digerir. Rea tiene dos hijas y las ama pero la maternidad la rompe, la hace cuestionarse, la hace no entender. Y le agradezco, porque siento que lo que hizo fue darnos permiso de atisbar un lado de la maternidad que no cualquier mujer permite ni aceptar para si, ni que nadie más vea.

Si el de Rea es un texto íntimo, el de Sara Uribe es casi una invasión a su vida privada. Nos permite llegar a más profundo de ella; habla del maltrato de su padre, de la violencia que vivió su madre y de cómo terminan ella y su hermana sin tutor ante el estado. Sara logró salir de ahí, logró salir viva y sabe que pudo no ser así y hacia el final del texto se rompe con los recuerdos, ni ella misma sabe cómo pudo escribirlo, y uno no sabe qué hacer con lo que lee. 

Y es que eso es lo que pasa con el feminismo: en algún punto uno ya no sabe qué hacer. Porque parece que el mundo se te viene encima, ver y entender la violencia que siempre ha estado allí velada y encubierta de normalidad genera angustia y parece que nunca va a acabar. Es por eso que no podemos seguir dividiéndonos por olas, por generaciones ni por nada más. Es por eso que necesitamos aprender a escucharnos y acompañarnos, porque enfrentarlo solas nos acaba, la fuerza está en el tsunami: tenemos que ser esa fuerza que lo sacuda todo, que elimine aquello que ya debe desaparecer.

Hay más textos en el libro, algunos menos difíciles de digerir, lo que me parece una elección acertada por parte de Jauregui: el libro hiere por las realidades pero también sana, igual que el feminismo.

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María Conchita Approves

Adoctrinamiento

Me encanta la gente que cree que la comunidad LGBTTTIQ busca convertir a los demás, o aquellos que se quejan de que estamos exigiendo demasiado al pedir mayor representación en las obras de ficción populares (películas taquilleras, series infantiles, series en general), y digo que me encantan porque son los mismos que ven normal y hasta bromean con niños chiquitos preguntando si tal o cual compañerita es su novia y viceversa.

Vivimos en una sociedad que sexualiza a los niños incluso antes de nacer dependiendo de sus genitales. Un bebé que aún es incapaz de sostenerse en pie, de hablar e incluso de razonar lleva ropita de un color u otro y se le asigna un género. Cuando van creciendo se les va guiando para que sus respuestas sean acordes con la idea de lo que es «ser hombre» o «ser mujer» y los ejemplos que ven en las caricaturas/series corresponden a estos mismos constructos sociales. Así es como los niños empiezan a hacerse una idea de lo que es o no «normal». El quién te atrae forma parte de esta educación: a los niños se les enseña desde pequeños que lo que es normal y está bien es que te atraiga alguien del género contrario, y nada más. De esta forma son adoctrinados desde pequeños, no son criados para ser quien pueden llegar a ser independientemente de su género: son criados para responder a lo que la sociedad espera de ellos con base en el mismo.

Por eso es que los miembros de la comunidad buscamos, queremos y exigimos más representación en los medios. Siempre hemos estado aquí, y siempre hemos sido así, porque por más golpes de pecho que se den: es natural. Lo que queremos lograr con la representación es que además de natural sea normal, es decir, que todo niño crezca sabiendo que está bien y sea capaz de alcanzar su potencial sin llenarse de prejuicios por la persona a quién ama o por su identidad de género.

Así que esta ocasión les traigo unas cuantas recomendaciones especiales para el mes.

But I’m a cheerleader

Esta es un de mis favoritas porque es una comedia romántica, es decir es una historia de éxito. Existe mucho cine queer que tiende a ser doloroso, es un cine muy importante, representa todo lo que la comunidad ha sufrido y sigue sufriendo, así que es bueno que esté ahí. Nos ayuda a abrirle los ojos a los demás, pero nos hace falta igual más material esperanzador y «But I’m a cheerleader» es una de esas joyas.

La protagonista es enviada a un centro de conversión por sus familiares, quienes son los que la sacan del clóset. Ella al principio niega su homosexualidad incluso para sí misma, y el hecho de que se de cuenta y se acepte estando en el campamento es verdaderamente genial. El humor de la película es muy bueno y realmente vale mucho la pena.

Tales from the closet

Tristemente para esta recomendación deben saber inglés *sighs*, es un podcast/vodcast llevado por Ally Beardsley, que surge del canal de Youtube College Humor –un canal de comedia altamente feminista y LGBTTTIQ–.

Ally, quién está haciendo el proceso de transición, invita a personas del medio artístico en el que se desenvuelve y que son parte de la comunidad, como el nombre lo menciona, hablan del periodo de tiempo en el que estuvieron en el clóset y cuentan anécdotas al respecto. También cuentan cómo fue su proceso de salida y sobre cuestiones de género. Cada capítulo tiene una palabra o término clave que es un estereotipo y es un tema que discuten ampliamente y al final responden preguntas. Es un show ameno, en el que como oyente te identificas y muchas veces terminas entendiendo o viendo cosas que no habías notado desde la letra a la que perteneces en el espectro.

Fun home

Este es un cómic maravilloso de Alison Bechdel (creadora de una tira llamada «dos lesbianas de cuidado que tristemente aún no leo y del test Bechdel). Es de tinte autobiográfico y en el habla de su relación con su padre y de sus memorias de infancia. Bechdel crece en un pueblo pequeño de Estados Unidos, el negocio familiar es una funeraria y vive en una casa antigua que su padre restaura. Al mirar su pasado analiza cosas que no había tenido en cuenta y por eso todo comienza a encajar, y es que cuando era niña no sabía que su padre también era homosexual. Es una obra muy íntima y a la vez impresionante.

Para no excederme tanto y quedarme sin recomendaciones aquí pararé. Espero alguna sea de su agrado y espero que cada vez exista más contenido realista: porque los miembros de la comunidad somos una realidad, estamos aquí y aquí seguiremos.

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María Conchita Approves

Yo no quería ser feminista

Por María Conchita

Un día, hace unos cuantos años, me di cuenta que era feminista. Yo venía del «ni machismo, ni feminismo, igualitarismo», así que cuando me di cuenta que era feminista sentí en primer lugar una vergüenza enorme; ¿Cómo me había atrevido a usar ese tipo de expresiones? ¿Cómo osaba hablar de un movimiento que no conocía y juzgarlo por lo que me habían enseñado los medios del mismo? ¿Cómo era capaz de ir por ahí pensando que el feminismo estaba bien antes pero que ahora eran todas radicales? Realmente tenía ganas de poder hablarle a la yo del pasado para decirle: no tienes idea de lo que hablas, infórmate antes de seguir regándola. A veces me gustaría poder negar esa etapa, y más porque incluso en ese entonces –y desde antes– había en mi algo del feminismo.

Esas bases me venían de libros que habían caído en mis manos, de series e incluso de un par de caricaturas: mi «Orgullo y prejuicio» releído hasta el cansancio; «Naná» que leí a una edad tal vez algo inadecuada; «Kim possible» que veía cuando era niña; «Xena la princesa guerrera» personaje al que aún admiro e incluso «Bones», serie de la tomé como modelo a seguir a la doctora Brennan cuando era adolescente. En fin, también fui seguidora de muchas otras en donde habían personajes femeninos fuertes, que contrario a lo que me querían enseñar en casa, no tenían como meta en la vida casarse –aunque un par de esos personajes lo hicieran–, no tenían que aprender a hacer los quehaceres de la casa para que su esposo no les fuera a maltratar, no tenían porqué estar siempre preocupadas por ser delgadas y bonitas y no tenían que seguir los estándares que se esperaban de una buena mujer. Ese tipo de contenido me hizo combativa en primer lugar y me llevaba a cuestionar cosas en casa.

Yo estaba más que lista para ser feminista, solo me faltaban lecturas un poco más afines para auto nombrarme como una, o tal vez conocer a alguna otra, era el paso natural. Pero hubo algo que se interpuso en esa transición: los medios de comunicación. Llegaron a mí presentándome una idea deforme del feminismo que me hizo verlo como algo que no iba con mis principios. Me recuerdo en la preparatoria, hace un aproximado de 10 años, viendo en la televisión una cápsula del feminismo en el que se supone era un programa serio. Hablaban del movimiento sufragista y cómo logró que la mujer pudiera votar así como los primeros logros del feminismo, que de acuerdo al programa eran los necesarios, seguían la historia hasta la radicalización de los añops 70 y entonces tergiversaron la historia, dándole un peso mayor del que tuvo a una mujer, (cuyo nombre no recuerdo) quien quería la desaparición de los hombres, no explicaban que era en realidad el movimiento radical de los 60/70, y tomaban ese ejemplo aislado como el camino que tomó el feminismo.

Después hice una búsqueda superficial en internet y lo que encontré tampoco favorecía al movimiento, se trataban de páginas desinformadas en donde se les tildaba de mujeres llenas de odio que eran extremistas. Con esa idea viví varios años y me negaba al feminismo por lo mismo. Lo que provoca la comodidad de la ignorancia.

Rememoro todo esto después de terminar de leer: «Mamá, quiero ser feminista» de Carmen G. De la Cueva, libro que es una especie de autobiografía del feminismo personal. Carmen nos invita a dar un recorrido por su vida y como en ella todo estuvo dispuesto por azares del destino para convertirla en feminista. Vamos leyendo que mujeres tanto ficticias como reales la fueron tomando de la mano en distintos momentos del camino para poder llegar al feminismo. Nos revela sus experiencias y como el ansia de saber que lleva dentro desde chica le impulsó a investigar y ahondar cada vez más.

El ritmo de la lectura es sumamente ameno y Carmen no tiene problema con realmente dejarnos conocer sucesos privados, pues como ella misma dice nos falta eso, poder contar las cosas para hacerle saber a las demás que no están solas, que todas pasamos por aquí y tenemos las mismas dudas y nos ahorramos en los mismos baches, pero lo más importante es que salimos de ellos.

Leer este libro es hermoso, mi vida ha sido radicalmente diferente a la de Carmen, pero sus experiencias no me son ajenas; como mujer he pasado por cosas similares y sus dudas han sido las mías, han sido las de miles. Me he agobiado por mi cuerpo; su forma, su peso, su sexo y en efecto no he podido en momentos hablar de ello, me he sentido sola por no encajar en un rol que en teoría de forma natural debería estar en mi, me he sentido mal por seguir preocupándome por cosas que en teoría como feminista «no debería», en fin el texto de Carmen ha resonado en mi.

Agradezco encontrar este libro ahora, pero no dejo de pensar en lo hermoso que hubiera sido encontrarlo antes, tal vez hace unos 10 años, un par de días antes de ver ese programa, así Carmen me habría ayudado a entender qué era una feminista y la gran soledad que cargué por muchos años se habría visto reducida.

Les recomiendo mucho este libro; sí son ya feministas les hará recordar sus propios procesos y les llevará, como a mí, a querer hacer esa autobiografía feminista personal. Y si están averiguando si lo son: acérquense a Carmen y cuando terminen les estaremos esperando con los brazos abiertos en el movimiento.

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María Conchita Approves

Viene de familia

It runs in the family

febrero 28, 2018

All day I’ve been wondering

What is inside of me

Who can I blame for it?

Termina la canción y suelto aire, no sabía que estaba lo conteniendo sino hasta ese momento, cuando me doy cuenta de la tensión que fui acumulando mientras veía y escuchaba a Amanda, mi cuerpo está en shock como mi mente, estoy agitada, estoy nerviosa, estoy maravillada; la canción y el vídeo me golpearon como hace mucho nada lo hacía, tengo que volver a escucharla, tengo que volver a verla:

Me? Well I’m well

Well, I mean I’m in hell

Well I still have my health

At least that’s what they tell me

If wellness is this

What in hell’s name is sickness?

La reproduzco tres, cuatro, ya no sé cuantas veces más, el golpe emocional es tremendo cada vez, la canción me recorre entera, me hace suya, no entiendo, no logro entender cómo lo hace, cómo pudo hacer algo como eso, tan perfecto, tan triste, me rompe, me rompo, no creía poder romperme más en esta vida y ahora aquí estoy, deshecha, por una canción que dura dos minutos con cuarenta y siete segundos.

Mary have mercy

Now look what I’ve done 

But don’t blame me because I can’t help where I come from 

And running is something that we’ve always done 

Well and mostly I can’t even tell what I’m running from 

Necesito escucharla otra vez, y otra vez y otra vez, no puedo parar, lo necesito, necesito saber de memoria cada palabra, necesito conocer las inflexiones de su voz en cada una, necesito la tensión que provoca en mí, el dolor que me hace revivir, necesito eso, que me hiere y me libera, quiero escucharla a un volumen tan alto que no pueda escuchar nada más, necesito volverme una con la canción, quiero cantarla, quiero gritarla, quiero desaparecer con ella una vez termine, quiero durar solo dos minutos con cuarenta y siete segundos y después desaparecer con ella, pero no es así, por lo que la tengo que reiniciar, una y otra y otra y otra vez.

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Ha pasado más de un año de mi encuentro con «It runs in the family», un año de que tuve que redactar lo anterior, porque no quería olvidar el impacto inicial. No era necesario, me sigue pasando lo mismo, me sigue vaciando de todo, me sigo volviendo una con la canción. Pero si hay una diferencia entre esa persona y yo: durante todo este tiempo transcurrido he cambiado, no soy ya la misma, no me encuentro en el estado emocional que estaba, he trabajado tanto en mi y aunque aún tengo demasiado camino que recorrer en esta construcción constante de mi persona, estoy satisfecha al darme cuenta de lo mucho que he avanzado.

Comparto la experiencia inicial que esta canción tuvo en mi después de escuchar el podcast sobre salud mental de Somos Violetas. Cuando Jess me dijo que este sería el tema pensé en retomar y ampliar este texto pero no sabía en qué dirección, al menos no hasta que escuché el podcast. Y es que en algún punto mencionan lo caro que puede ser ir a terapia, y entienden que con los salarios de muchos llega a ser imposible. Para mí lo es.

Cuando estuve en la facultad acudí brevemente al servicio que allí ofrecen, es económico y si eres estudiante de la universidad sale más barato, pero aun así por esa época me era casi imposible costear las sesiones. Además el psicólogo que me tocó no me llegó a inspirar realmente confianza, me hacía sentir como en «Viernes de locos», solo se sentaba y me dejaba hablar y me preguntaba cómo me sentía, nunca apuntaba nada y yo seriamente dudaba que le interesara siquiera, pero no me atreví a cuestionarle. No estoy diciendo que sea un mal servicio, tampoco que ese método sea malo, tengo entendido que existen métodos diferentes y que dependen tanto del terapeuta como del paciente, además sé que muchas veces es cuestión de buscar con quién estés más cómodo, sólo qué… para eso se necesita dinero.

¿Qué pasa con nosotros? Los que ganamos lo suficiente para poner un techo sobre nuestras cabezas, comida en la mesa, para pagar pasajes, y nos sobra lo mínimo, para tal vez ir al cine una vez al mes, pero no para pagar una sesión de una hora de no sé, ¿400 pesos aprox? Hay quien te puede decir, desde una clase social distinta que vale más eso, que juntes el dinero, que te prives de cualquier gasto extra y vivas lo más austero posible para pagarte la sesión, porque te beneficiara más, y lo dicen tan campantes.

No entienden nada.

El estrés del saberse sin nada más que lo mínimo aunado a la privación de las escasas libertades solo genera más frustración que no se ve compensada con una hora de sesión cada que te alcance. Pero entonces, se estarán preguntando, ¿Cómo le hago? ¿Cómo se lidia con todo eso sin la posibilidad de acceder a un psicólogo? ¿Cómo vivir así? ¿Se puede hacer algo? ¿Se puede salir?

La respuesta es sí. Es posible ayudarse un poco, cada quien tiene sus maneras de lograrlo, pero diría que las dos más importantes –desde mi experiencia personal– son conseguirse una red de apoyo, gente con la cual poder hablar. Lo ideal serían los amigos, en mi caso tengo la fortuna de tener gente maravillosa a mi alrededor con una formación humanista que tienen la capacidad de analizar y notar aquello que yo, desde dentro soy incapaz de ver, pero para quienes no tienen esa fortuna: existe el internet. Sé que podría ser peligroso, no les estoy invitando a hablar con cualquier desconocido y soltar los detalles de su vida, pero si a buscar, existen foros y grupos de apoyo en línea, y el simple hecho de poner en palabras el dolor ayuda más de lo que parece, porque le quita esa sensación de que es solo cosa nuestra o de que estamos exagerando: nombrar ayuda a empezar a sanar.

La segunda manera de ayudarse es consumir y/o crear el material que necesites. Conozco personas que evitan a toda costa cosas que les recuerden eventos traumáticos para evitar revivirlos y lo comprendo. Si te ves forzado a ello más que ayudarte a sanar te estás hiriendo más, pero eso no quiere decir que no haya nada allá afuera que de a poco te ayude a ir acercándote a lo que te genera dolor sin hacerte revivir el trauma en sí. Y si no lo existe te toca crearlo, sacarlo de ti de una forma u otra, pero el trabajo ahí apenas comienza, no se trata solo de limpiar la herida, se trata de sanarla. Muchas veces nos quedamos con la limpieza; sacamos lo que nos hiere y le dejamos la puerta abierta para volver, extendemos el dolor pero no lo analizamos, no nos preguntamos porqué nos duele, no trabajamos en ello y si no lo hacemos: NOS VA A VOLVER A DOLER IGUAL.

El problema es que muchas veces no queremos trabajar en nosotros porque implica un esfuerzo enorme. Le tenemos miedo al dolor de enfrentarnos, de darnos cuenta que la responsabilidad está en nosotros y en nadie más, pero a lo que más miedo le tenemos, es a saber que nunca será un trabajo concluido. Las cosas seguirán pasando y afectándonos en mayor o menor medida, porque así funciona la vida, y tendremos que seguir trabajando para que en vez de ser un sujeto pasivo que sufre y soporta seamos un sujeto activo que lidia y crece.

El año pasado, Amanda Palmer me sacudió: yo estaba pasando por un momento emocional difícil, ya había asumido que así funcionaba mi vida, periodos largos de estabilidad, o más bien de un stand by, en los que ignoraba alegremente las cosas que me dañaron, seguidos de periodos intensos de un dolor que sentía erróneo, pues mis problemas eran mínimos comparados con los de otra gente. Y de repente llegó Amanda con una canción tan breve e intensa como mi dolor, que lo atacaba justo en el núcleo. Me obligó a darme cuenta que no podía ya quedarme ahí, que me tocaba avanzar.

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María Conchita Approves

#AmigaDateCuenta de Plaqueta y Antonella

Por María Conchita

Una de las mejores formas de entender el mundo es leyendo. No lo digo por ser literata, sino porque un libro nos presenta un mundo distinto, ya sea de ficción o una representación de nuestra realidad a través de los ojos de alguien más. Mientras más leemos, más panoramas acumulamos, formamos los propios y nos cuestionamos la visión del mundo que tenemos, es ahí donde radica la grandeza de la lectura.

Para que esto suceda es claro que nuestro consumo de libros debe ser variado, probar de todo nos permite tener perspectiva y formarnos. Es normal que en el camino nos inclinemos por cierto género o historias que tengan un eco en nuestra narrativa personal y también es normal que en algún punto abandonemos esas lecturas por otras más ad hoc a la persona que se encuentra en plena transformación. Y es que los libros que leemos son en gran parte responsables de quién somos y también un poco en quién dejamos de ser.

En la última década, por una serie de factores bastante afortunados, la cultura popular ha cambiado la visión que tenía sobre el acto de leer y eso ha dado lugar a que la industria editorial se haya volcado al público joven dando resultado a un vasto material creado especialmente para ellos. Dentro de este boom han surgido libros que buscan orientar a los jóvenes, uno de esos ejemplos son los ya tristemente clásicos “Quiuboles”.

Una cosa que no suelo admitir, —porque como es de imaginarse me provoca vergüenza— es que estoy familiarizada con dos de las versiones del Quiúbole, para ser más precisa con la edición tanto femenina como masculina. En mi adolescencia cometí el error de pedir ese libro que me ofrecía respuestas a cosas que en definitiva no quería preguntarle a mi madre, y, aunque en efecto traía un par de respuestas, también estaba cargado de clichés y estereotipos que solo lograron aumentar la brecha entre quién era y quién «debía ser».

Por suerte para mi, el consumo posterior que habría de tener (tanto en literatura como en otros medios narrativos), me encaminó hacia un sendero que aminoró las distancias lo suficiente para aceptarme y quererme tal cual soy hoy en día.

Es por ello que cuando llegó a mis manos el «Amiga date cuenta» con su portada llena de glitter e ilustraciones que siguiendo estereotipos podríamos considerar femeninas, pensé en primera instancia que sería una versión millenial del Quiúbole para chavas. Pero aunque ambos ofrezcan en teoría lo mismo, existe una enorme diferencia: uno es feminista y el otro no. Y creo que sin tener que decir nada ya saben cuál es cuál.

Recuerdo vivamente como en el Quiúbole existía un sub capítulo completo dedicado a los colores y su significado en la vida cotidiana; también recuerdo que abordaban el tema de cómo ligar, de todos los tipos de chicos que existían y en ella había un fragmento en el que decía que si un chavo te molestaba era porque le gustabas *inserte rolleye*.

En especial recuerdo una sección en donde abordaban la autoestima, el “objetivo” era hacerte sentir bien y con esa supuesta intención describían los distintos tipos de personas y como no por tus características físicas iba a medrar el cómo te sintieras por ti mismo. Entre los ejemplos había uno que decía: «Gordita pero buena onda» y ese «pero» me persiguió un tiempo.

El amiga date cuenta es feminista.

El amiga date cuenta busca empoderar. Habla del cuerpo; te informa que es tuyo y puedes hacer con él lo que quieras, desde compartirlo hasta explorarlo y darle placer tu misma. Por ello mismo habla del clítoris, del mito de la virginidad, de los métodos anticonceptivos, de la copa menstrual y del aborto. También habla de ser tú misma, quien quiera que eso sea y como sea que te identifiques, así es: habla de género, de la comunidad LGBT con todas sus siglas. Pero lo más importante es sin duda el último punto del libro: el feminismo. Y es que existe toda una sección dedicada al movimiento, es claro desde un principio que esta es la postura de las autoras, pero ya en este punto se ponen las cartas sobre la mesa. Se habla del feminismo desde dentro, se desmitifica, se habla de su lucha, sus logros y lo que aún le falta.

Este libro es una joya, su lenguaje claro y su narrativa sencilla y amena lo hace perfecto para guiar nuevas mujeres, libres y dueñas del conocimiento. Este libro es un amigo, un compañero y sobre todo un puente: es un libro que invita a investigar, a preguntar a platicar y a crecer.