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Por Anita Joker

Hace dos meses me salió un granito en la vulva. Nunca había ido a la ginecóloga a pesar de que muchas amigas cercanas me habían hablado de lo necesario que era para mi salud. Ir a mis primeras revisiones estaba en mi lista de propósitos de año nuevo desde el 2018, pero como muchas de nosotras, también yo me dejo siempre para lo último. 

Para colmo fue un domingo. Estaba desesperada y la verdad no busqué recomendaciones ni nada, fui a una clínica muy cerca de mi casa. Llegué muy nerviosa y me puse la bata y las pantuflas para sentir el horror de que te introduzcan un espejo en la vagina por primera vez en 25 años.

***

Mi vulva es extranjera, una alienígena en mi propio cuerpo. Un terreno acordonado, prohibido. Nadie debe tocarte ahí. Tú tampoco. Pasé casi toda la vida sin nombrarla.

Tendría como seis cuando me agarró la curiosidad de por qué los niños hacían pipí parados. Quise intentarlo a escondidas, no entendía la razón pero ya sabía que hacer cosas de niño era algo que no le gustaba a mi mamá. 

Algo hice mal porque cuando me encerré en el baño con las piernas abiertas, ella ya sabía -o intuía- lo que iba a hacer. Me sacó del baño jalándome el pelo y no recuerdo qué sigue. Ella en realidad no sabía lo que estaba haciendo, sólo sabía que me toqué para orinar. 

Otro día mirábamos la tele y me picaba. Me rasqué y me dieron curiosidad los labios, la abertura todavía pequeña, mi cuerpo. Era como pasar los dedos por una textura. Ella estaba preocupada, dolida, algo dentro de ella se desesperó cuando me ordenó que sacara mi mano “de ahí”.

Nadie debe tocarte ahí.

Tú tampoco.  

***

La doctora me preguntó si tenía sangrado, flujo o mal olor. Contesté a todo que no. Cuando vi mi cuello uterino en la pantalla tuve una muy mala primera impresión: tenía un flujo amarillo, sangre y una mancha blanca. Me dio ñañaras, como si no fuera yo misma. La doctora dijo primero que tenía una bacteria, después que tenía una infección y remató con una lesión por Virus del Papiloma Humano.

—O sea que tengo todo.

—La higiene tampoco es suficiente, tienes que abrir esto y limpiarte así, hasta que no quede nada.

Había leído por ahí que se limpia sola.

Asustada comencé a hacer mil preguntas mientras tenía las piernas abiertas. Con un gesto de desesperación que en ese momento pasé por alto, la doctora me dijo que me esperara porque era muy difícil darme información en esa posición, como si la que estuviera abierta como un pollo fuera ella. 

—¿No que no tenías flujo?, casi casi me reclamó.

Yo estaba llorando por dentro y por fuera. Ella me pasó un kleenex mientras me decía que lo bueno es que no era cáncer, porque para haberme tardado tanto tiempo en ir al ginecólogo pudo ser peor.

—Y no creo que sólo hayas estado con una persona.

Para la infección me recomendó óvulos, para la bacteria medicamentos y para el VPH una biopsia que tenía que hacerme una vez que sanara de mi infección. Volví a hacerme la biopsia que me costó más de 2 mil pesos y ese mismo día recogí mis resultados de Papanicolau que resultaron negativos. La biopsia, sin embargo, dio positivo a una lesión por infección, cosa que yo no leí bien en el estudio y dejé que ella me explicara cómo dos exámenes de lo mismo dieron resultados diferentes. 

Me aseguró que tenía lesión de papiloma de primer grado y que era necesario hacerme una cirugía láser que costaba 8 mil pesos. Para mi bacteria, me había dicho que lo más probable era que mis medicamentos no funcionaran y tendría que hacerme un tratamiento de 6 mil pesos por sesión, de las cuales necesitaría tres. 

—Hay un porcentaje de mujeres que tienen una lesión de bajo grado de VPH y se les quita solo; pero en toda mi vida, en toda mi vida y llevo 40 años en esto, sólo he visto dos casos, me dijo la muy cabrona. 

Salí del consultorio con una deuda mental de 20 mil pesos y una culpa mucho más grande y pesada. Todo ese tiempo me llené de estrés, tristeza, inseguridad. Seguía teniendo dudas porque cada vez que tenía una pregunta, la doctora me hacía rolleyes y me interrumpía para intentar explicarme o regañarme como si fuera una tonta. 

Como por dos semanas, me la pasé pensando en cómo conseguir el dinero o qué opciones más podría haber. Creo que nunca en la vida me he sentido tan sola y estresada, y ése es mi estado natural. 

Lo primero que hice, obvio, fue buscar en internet. Leí desde blogs, hasta un artículo de Malvestida y ensayos médicos-académicos. En uno me topé con la primera señal de alarma: la bacteria que tenía era una lesión superficial muy común que se quitaba sin tratamiento. 

¿Por qué alguien en su sano juicio ofrecería una cura de 12 mil pesos para algo que se quita solo?

Agarré mi examen clínico y tecleé las palabras exactas (había pagado para la interpretación de los resultados pero no me dijeron mucho al respecto). Lo primero que me apareció fue que las lesiones de bajo grado se vigilan pero no se recomienda tratamiento porque en la mayoría de los casos es reversible. También leí que un gran porcentaje, alrededor del 80 por ciento, de mujeres y hombres llegamos a tener algún tipo de VPH en la vida. Con esta información, comencé a dudar del profesionalismo de mi ginecóloga y decidí ir a una segunda opinión.

Afortunadamente, para esas épocas en mi trabajo comenzaron a dar Seguro Social y tramité el mío con urgencia. Semanas después acudí con un ginecólogo del IMSS que me dijo que no tenía absolutamente nada. Otra vez vi mi cuello uterino, esta vez muy rosado y limpio. 

—¿No se te hizo raro que en un estudio diga que sí tienes VPH y en el otro no? me preguntó.

Le dije lo que me habían explicado y puso cara de que nunca había oído semejante cosa. Me dijo que la biopsia me había ayudado a que la lesión desapareciera y me mostró el examen que me había hecho la doctora donde decía que mi lesión era por infección y no por VPH. O sea, que me habían visto la cara.

De todas formas me hizo otro Papanicolau y colposcopia para descartar que siguieran mis tres diagnósticos. Salí del Juárez entre aliviada y enfurecida, le conté a todas las personas que me habían visto triste lo que me había pasado y no hubo una que no me dijera: conozco a alguien que le pasó lo mismo.

Entendí varias cosas preguntando entre conocidas y amigas:

a) Algunas mujeres estamos desconectadas de nuestro cuerpo, normalizamos señales de alarma y no acudimos a nuestras revisiones periódicas.

b)   Nuestra educación sexual, aún teniendo escolaridad universitaria y viviendo en la zona urbana es insuficiente. Muchas mujeres que conozco no sabían ni siquiera el significado de las siglas VPH.

c)    Esa desinformación permite que haya gente como la doctora que me atendió que ofrezca tratamientos innecesarios y dé diagnósticos alarmantes cuando pueden no serlo (si alguien quiere saber qué clínica es para que no vaya me puede contactar). Supongo que lo mejor es ir con una persona recomendada  y si no te resuelven las dudas, pedir una segunda opinión.    

Todo esto desembocó en un reportaje sobre la educación sexual femenina en la que estoy trabajando, y en una mayor conciencia de mi salud. Después de dos meses de tratamiento y mucha culpa, me siento bien y mi salud ha mejorado en todos los aspectos. Entendí la importancia de re-conocer nuestros cuerpos y los cambios, las señales que nos dicen que algo está raro. 

A un amigo le escribí en ese momento que me sentía como otra persona “ni siquiera triste como cuando me pongo triste”. Y una de las cosas que me hizo sentir mejor fue leer en Malvestida un artículo de una chica con VPH. Así que me trago la vergüenza de hablar de mi vagina para que piensen en las suyas, con la esperanza de que le demos la misma importancia a nuestro cuerpo como se la damos a las relaciones personales con otrxs, y a nuestros proyectos. Para que podamos exigir servicios de salud profesionales y éticos, más humanos y empáticos, así como una educación sexual integral.  

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Uriel o por qué los hombres necesitan a las feministas

No hay respuesta unánime entre las feministas a la pregunta de qué lugar ocupan los hombres en la lucha. Para las y los heterosexuales es todavía más necesario trabajar en la convivencia para entablar relaciones equitativas y sanas, con toda la complejidad de las emociones.

Algunos hombres que conozco han cambiado radicalmente sus opiniones sobre la violencia de género y el feminismo, gracias a la intervención oportuna de una feminista de confianza. Esa amiga, compañera de trabajo o familiar que con un argumento le pidió bajar dos rayitas a su macho interiorizado. Son casos de éxito— y hay que apreciarlos como tales— esos hombres que ahora vigilan sus comportamientos e intentan corregirlos, o se atreven a decirle a su amigo “oye, hermano, eso es machista”, e incluso leen y comparten información sobre el tema.

En el mejor de los casos, estos hombres no van por ahí poniéndose a debatir sobre el tema con una mujer, ni se cuelgan la medalla de voceros del feminismo (thank you, next), sino que se vuelcan al interior de su propio comportamiento, para entenderse.

***

Conocí a Uriel a finales del año pasado cuando estaba a 12 mil kilómetros de la seguridad de mi casa. Eran las nueve de la noche y buscaba dónde cargar mi celular en el Parque Rojo de Guadalajara. Él salió de un bar frente al parque y me preguntó si estaba bien —ahora que lo pienso me da ternura su pregunta, porque yo estaba de maravillas y él tenía cara de perro atropellado.

Pensé que me iba a asaltar o que estaba borracho, y se lo dije. Él se rió y me contestó que sólo quería hablar con alguien porque necesitaba un consejo. Así que acabé escuchando de su relación tóxica con una mujer veinte años mayor que él que lo golpeaba, chantajeaba emocionalmente y a la que mantenía. Su historia estaba llena de violencia no sólo por parte de ella sino de sus hijos que tenían la misma edad que él.

Me contó cómo su novia lo había golpeado porque sintió celos de la prima de él, una vez que se abrazaron entre todos los primos durante un paseo. De cómo golpeó a su amigo, también por celos. Él tenía esta idea machista de que era el responsable de cuidarla, y que ella no podía arreglárselas sin un hombre, pasando encima de su propia seguridad y felicidad.

Al final bromeamos, le dí un abrazo, un consejo inútil (nada que él no supiera ya) y le regalé en una hoja de papel El manto y la corona I, un poema de Rubén Bonifaz Nuño.

***
Entiendo, y admiro, a las feministas que deciden no volver a discutir con un hombre sobre el feminismo. Se lo tienen ganado por neeecios. Sin embargo, admito que después de largos años sufriendo mansplaining sin saberlo siquiera, ahora disfruto culposamente dejar sin argumentos a un wey que cree saber más de un tema, aunque de entrada no sepa un carajo.

Me parece incluso revolucionario el hecho de que las mujeres les expliquemos a los hombres sobre estos temas —y sobre otros también. Históricamente les llevamos años de ventaja en la introspección y deconstrucción de género. El falso masculino neutro ha sido contraproducente porque no hay muchos estudios que se centren en la construcción del “hombre” como género; sólo como humanidad, y humanidad somos todxs.

Hay feministas que dicen cosas como “las nuevas masculinidades no existen porque todas las masculinidades son tóxicas”. Esto me parece un desaliento a la voluntad de los hombres a deconstruirse y darse el chance de ser felices en un sistema que les exige demasiado, y que termina por jodernos a todas las personas. A menos que haya realmente un plan de exterminio feminiazista (jaja), necesitamos trabajar en relaciones sociales equitativas y no violentas con los hombres; y la creación de espacios y mensajes entre ellos con perspectiva de género (gracias, Gillette), es indispensable.

También se vale tirar la toalla con personas que tienen muy interiorizado el ego y el machismo. No tenemos porqué soportar al wey que en un debate te manda a hacerle un sándwich, o al intelectualoso que compara la muerte de una niña empalada a la “muerte en vida” de un ser que camina con el corazón roto.

***
El día que conocí a Uriel, él había intentado hablar con un grupo de chavos que estaban en el bar. Les preguntó si se podía sentar con ellos y le contestaron que no. Trataba de contenerse pero mientras platicaba su historia me daba la impresión de que quería llorar. Opiné que —aunque no conocía la otra historia, la de su novia—si lo que decía era verdad, tenía que terminar la relación, por los dos.

El poema de Rubén Bonifaz Nuño tenía un verso que dice: Porque soy hombre aguanto sin quejarme que la vida me pese. Porque soy hombre puedo, he conseguido que ni tú misma sepas, que estoy quebrado en dos, que disimulo. Que no soy yo quien habla con las gentes, que mis dientes se ríen por su cuenta mientras estoy aquí, detrás, llorando.

La última vez que hablé con Uriel, aparecía sólo él en su foto de Whatsapp, estaba de vacaciones en Puerto Vallarta con su familia por Año Nuevo, se sentía feliz. Y yo me sentí feliz también, porque todos merecemos serlo.

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La mujer que no soy

Por Anita Joker

Acabo de cumplir 25 años de todo lo que no soy. Cuando era niña tenía la impresión de que no había realmente mucho que elegir, que las cosas se iban dando sin tantas intervenciones. Coetzee describe la infancia no como una edad de felicidad y ternura, sino como el momento en el que pasan cosas, y a una sólo le queda apretar los dientes y aceptar.

Hoy que me despierto sola de madrugada, atendiendo el llanto de mi gata que quiere entrar a la casa y no puede; que se me ha ido el sueño al abrir la puerta, y que no hay nadie para decirle “oye, no puedo dormir”, pienso en todo lo que no soy. A esta edad mi madre tenía una hija con la que no sabía qué hacer, una caja de cigarros escondida en la cocina y tiempo de sobra que gastaba en la angustia.  Yo solo tenía mi llanto y una serie de indicaciones de todo lo que tenía que ser: callada, buena, respetuosa, estudiosa, juguetona pero sin hacer ruido, sin alzar la voz. Todas las cosas que no soy, aunque algunas las fui por un tiempo, y entonces lloraba.

Mi madre solía tomar la siesta para matar horas de la tarde y yo prefería subirme a los sillones, despertar a mi hermana menor, encender la tele, como cualquier niña. Muchas veces me quedé llorando en el patio, porque no podía obedecer, y tenía que esperar a papá para que me abriera la puerta. Y quería muchas cosas que no podía tener: la habilidad de seguir la lectura de un audiolibro, mientras intentaba leer más rápido de lo posible, o sábanas más largas que cubrieran todo mi castillo hecho con la mesa del comedor. Ojalá hubiera conocido en ese tiempo a Coetzee, para saber que lo que se hacía en ese momento no era llorar de desesperación, sino apretar los dientes y aguantar. 

Yo imaginaba que a esta edad tendría un esposo, mi primer hijo o hija, que podría tener una carrera que se compaginara con la crianza o las labores del hogar. Que en verano iría a la playa y en Navidad estaría compartiendo amor y regalos, compraría cosas por catálogo y tendría un mantel de encaje. 

Pero acá estoy: escribiendo a deshoras sobre un peluche de dinosaurio, con mis tres gatos que son mi única compañía, desvelada por trabajar en un reportaje, feliz. Pero antes de saber que había una opción de sobrevivir a pesar de mí, hubiera preferido ser lo que no soy. Por eso lo que hago, lo que pienso, lo que digo, está casi siempre pasado sobre la resignación, envuelto en un forro de vanidad y autosuficiencia. Aunque por dentro, a veces, todavía crea que soy una anomalía congénita, una descarriada egoísta, que no supe ser lo que querían los otros de mí. 

Tampoco logré ser lo que quise ser un día. Más temprano leí en el libro Oficio de tinieblas de Rosario Castellanos sobre Marcela: “Y así es, siempre. Si la mandas a traer leña trae leña verde. Si la mandas a tortear deja que las tortillas se tuesten en el comal. Pierde las ovejas del rebaño”. Ser pésima en todo menos en unas cuantas cosas hizo fácil el camino. Me reconforta un poco saber que soy buena siendo yo, a pesar siempre de mí. 

Entonces tengo 25 años con unos días, y un trabajo que siempre soñé tener. Que me permite conocer personas, lugares, ideas, y escribir como estoy hoy sobre mi cama, o en un café de Paseo Montejo, o en una casa, o en la oficina. Y amigos, y gente que quiero ver feliz, comida en el refri, un colchón nuevo, una gata que llora de desesperación porque quiere entrar y no puede, pero le abro la puerta porque la quiero, antes de que apriete sus pequeños dientecitos y se vaya a resguardar a algún sitio, resignada. 

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Pacto entre mujeres en busca de respeto

Por Anita Joker

A las amigas, a las que no son amigas, a las que no conozco, a las que conoceré, a las que hice daño, a las que me perdonaron, a las que admiro, a las que no me caen bien, a las grandes, a las pequeñas, a las que no han nacido, a las que sufrieron hoy, a las que tuvieron un gran día, a todas.

Uno de los mejores libros que leí este año fue En busca de respeto de Philippe Bourgois, que habla sobre East Harlem y la sociedad puertorriqueña narcotraficante. En este libro, el etnógrafo hace un análisis de todos los problemas sociales que conllevan la marginación y los espacios de violencia. Por supuesto, el machismo está entre ellos. Y relata el caso de una mujer, Candy, que se “empodera” después de sufrir años de maltrato físico y adulterio por parte de su esposo y un día le dispara en el estómago.

Candy se vuelve una de las vendedoras de crack más respetadas en el barrio y en aquello que era su marido: violenta, posesiva, celosa, obligaba a sus parejas a tener sexo cuando ella quería y compartía sus ‘proezas’ sexuales en público mientras humillaba a su novio.

Los del barrio solían decir que se había vuelto “uno de ellos”. Había entrado al mundo del poder masculino con todo y el machismo. Se había vuelto sujeto, en vez de objeto, de lo mismo. El caso de Candy —que es cien porciento real no fake— me hizo reflexionar sobre una serie de cosas acerca del poder. La forma en la que entendemos el poder es netamente masculina incluso si es una mujer quien lo ejerce.

Me explico: el patriarcado es una red a la que se entra fácilmente sólo siendo araña. Para entrar al mundo hecho por y para los hombres se tiene que renunciar a ciertas cosas consideradas “femeninas” como la maternidad, la sensibilidad, la dulzura, amabilidad, tranquilidad, y cambiarlas por actitudes consideradas “masculinas” como la practicidad, frialdad, o la agresividad.

Candy detestaba a las otras mujeres, las menospreciaba y culpaba porque no salían adelante como ella. Las mujeres estamos acostumbradas a ser la excepción en los grupos dominantes porque siempre son de hombres. Posiblemente por eso seamos competitivas entre nosotras, inconscientemente sabemos que no hay lugar para más de una.

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Quienes hemos pertenecido a un “grupo de chicos” (he tenido más mejores amigos que mejores amigas a lo largo de mi vida) sabemos que de alguna forma ponemos una barrera entre las otras mujeres y nosotras. Nos hemos sentido halagadas cuando los amigos hablan sobre las cosas que les “molestan” sobre las mujeres y nos dicen “pero tú no eres así”.

Se me ocurre que muchas mujeres nos damos cuenta en algún punto de la vida que el mundo no es de nosotras. Que el destino que nos fue conferido por nacer con una vagina es visto —erróneamente— como algo aburrido, inútil y ornamental. Nos peleamos con nuestro género, y por supuesto, con las mujeres.

Alguna vez escribí que sólo las mujeres sabemos la desobediencia civil que significa admirar a las otras. Amar a las otras. Después de cagarla mil veces en pensamiento, palabra y omisión entendí que no sólo el patriarcado tiene que caer, sino toda forma de poder ejercido de forma irresponsable.

El patriarcado es una red a la que se entra fácilmente sólo siendo araña

En un artículo escrito por Luisa Posada Kubissa titulado Pactos entre mujeres, la autora explica cómo la inserción de las mujeres en esferas de dominación masculina no debe limitarse a “entrar simple y llanamente” sino hacerlo desde la perspectiva feminista. Algo así como: hermana, entré y te guardé un lugar para que tú también entres.

Cuando era niña le sacaba la lengua a las otras niñas de mi edad en el súper. Todo cuanto me rodeaba hacía énfasis en que “hacer las cosas como niña” es hacerlas mal y pretendía marcar mi distancia con las otras. Tener hermanas y convivir con tres mujeres en mis primeros veinte años de vida no fue suficiente para sacarme de la entraña el gusano del machismo. El feminismo lo ha hecho just fine y siento que todos los días aprendo a quererme y a querer a las otras.

En los últimos meses he visto cómo el hecho de que una mujer feminista esté en determinado lugar estratégico o de poder, nos abre la puerta a todas. No acabaría nunca de contar las veces que la sororidad me ha dado cosas que me costarían el doble si quien estuviera detrás de una decisión fuera un hombre. Como dice Luisa Posada: reconocer que las mujeres han sido negadas en la historia es ya una práctica política contractual y “exige la genericidad reconstruida por un pacto entre mujeres y construir desde adentro, desde las propias mujeres, un nosotras sujeto con identidad propia”.

Hace dos semanas fui a una rueda de prensa y en el presidium había una sola mujer. Cuando llegó su turno, ella habló con fuerza, haciendo énfasis en el “todas” y en el “niñas”, antes del “todos” y del “niños”. Para mis notas cargo una libretita que es la portada de La Liga Feminista de Rita Cetina. La panelista vio la libreta y me sonrió. Yo saqué mi lengua apenada entre una sonrisa de cómplice y entendí que ella está ahí como yo estoy acá, ambas en búsqueda de respeto.

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No hay que buscarse en el espejo: consejos para reparar la autoconfianza

Por Anita Joker

 

He vivido en reparación desde que tengo memoria. Saberme defectuosa ha sido uno de los golpes más duros y difíciles de remover en mi autoestima. La carta del amor propio me la han cantado amigos y mi propia mamá: soy una persona insegura y así me voy a morir. Este artículo es para decir que sí, puede ser, pero hay cosas como la autoconfianza que pueden mitigar cualquier cosa.

 

Un día, cuando tenía ocho años, amanecí con un cachete inflado. Encontraron que tenía un tumor que pasaba por mi nariz, cerca del ojo, y terminaba junto a mi boca del lado izquierdo. De ese proceso recuerdo poco: al otorrinolaringólogo y la palabra larga en la puerta de su consultorio, decirle que estaba leyendo Harry Potter y que me contestara que su hijo también leía la saga; y a mi mamá con la cara de muerta el día que fuimos para saber si el tumor era malo o bueno. Recuerdo que yo casi deseaba -sin saber lo que implicaba- que mi tumor fuera maligno. Luchar contra un tumor maligno me hacía casi casi una heroína. Pero como todo me sale mal, fue benigno.

 

Me sacaron el tumor. Me quedó, sin embargo, un defecto con el que tuve que vivir tres o cuatro años de mi vida: la mitad de mis dientes eran de leche, y la otra mitad permanentes. El tumor había hecho que mis dientes de leche no se cayeran y eso implicaba otro procedimiento para el que tenía que esperar la madurez de mi quijada, o algo así.

 

Creo que ése fue el inicio de mi inseguridad, aunado a otra serie de situaciones que igual y en otra entrada comparto, ya entrados en el drama. Recuerdo pensar, mientras exponía en clase, que si no tuviera la sonrisa de un monstruo, seguramente hablaría con más fluidez.

 

Va a sonar mamón pero lo que me salvó la vida fue la literatura. Y no porque “los libros sean la puerta de la imaginación” ni estupideces de la mercadotecnia, sino porque buscarse en el espejo es una de las formas más rápidas de perderse. Nosotros, nosotras, no somos aquello que vemos o conocemos desde siempre, sino lo que estamos dispuestas a descubrir. Los lugares que están ahí afuera, ajenos en apariencia, pero donde nos reconocemos como si estuviéramos en casa. Reconocerme en otra parte que no fuera mi propia naturaleza deficiente, fue el inicio de otra serie de reparaciones ya no para mi salud física, sino espiritual.

 

Mis padrinos fueron Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir. El primero me dijo que somos lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros, y la segunda que no se nace mujer, sino se llega a serlo. Con este cheque en blanco he recorrido mis años más recientes consciente de mis limitaciones pero siempre en búsqueda de nuevas virtudes, de cosas que puedo reparar de mí.

 

Este proceso también lleva a aceptar con humor, si se puede, los defectotes que han echado raíces en una. En mi caso tengo un temperamento de volcán y una torpeza que me hace pasar ridiculeces un día sí y otro también. Para lo primero me ha servido poner la empatía como barrera a la ira. En ésa todavía hay obreros trabajando. Para lo segundo no tengo tanto problema porque sé reírme de mí misma, además que son un material de anécdotas inacabable.

 

Pero lo más, más importante han sido las decisiones difíciles. Mi Yo y mi Súper Yo hemos pasado momentos bien duros económicos, familiares, personales, de todo tipo, y las decisiones que he tomado han sido pensando en qué será mejor para mí en el futuro. La autoconfianza la he construido con una serie de decisiones difíciles que al final han resultado buenas para mí.

 

Pocas veces siento la satisfacción de lo que soy y la seguridad para salir a la calle en perra. Pero confío lo suficientemente en mí para saber por ejemplo, que daré todo en un trabajo o proyecto, y que al final saldrá lo mejor que pude hacerlo. O para transitar en un momento difícil de mi vida, porque me conozco y sé que al final de cuentas encontraré los medios para salir de ésta.

 

Para mí la independencia financiera, por decir algo, es una de las cosas más importantes de mi vida, porque no confío en nadie más que en mí. Sé que yo no dejaré de pagar mis deudas ni de alimentarme, o procurarme un techo. Así que si tengo que renunciar a una seguridad que me lleve a proyectar una imagen de María Félix, que así sea. Mis reparaciones ahora las hago desde adentro y desde afuera, no frente al espejo.

 

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Cómo vivimos la carcayúes o sobre el volver a empezar

Por Anita Joker

Odio la frase “empezar desde cero” porque lleva implícito que nada valió la pena, si fuera así empezaríamos desde el dos o desde el uno. Comencé a vivir sola hace casi un año, antes de eso viví cuatro años con un chico. Me quedé en la casa y con los gatos, digamos, entonces, que empecé desde el dos.

Me deslicé de una relación muy bella y duradera a principios de año, aunque como todas las relaciones, teníamos problemas. ¿Y si era tan buena por qué se murió? Creo que por acá he de empezar:

Hay una fiera estirpe de personas que no saben estar con otros. Que devoran y gobiernan. Que recargan sus energías en las vértices más solitarias de un salón lleno de gente. Una estirpe que no evolucionó del mono sino del carcayú.

Los carcayúes, o glotones, son conocidos por su ferocidad desproporcionada a su tamaño. Son capaces de atacar a presas más grandes que ellos. Obviamanta, como los glotones, yo también soy afectiva en períodos de reproducción.

Quién sabe por qué siempre estaba sola cuando me imaginaba feliz. A lo mejor porque crecí en una familia escandalosa cuando me gustaba más bien el silencio.  No es una tragedia estar sola, pero tampoco es tan romántico como cuando estaba en una relación, y fantaseaba con la idea de cómo adornaría mi recámara si no tuviera que compartirla con un geek freak. Spoiler alert: mi recámara está prácticamente igual, excepto porque no tengo televisión.

Cuando por fin estuve sola, me pregunté ¿por dónde empiezo? Primero tenía que lidiar con las horas muertas. Al principio me quejaba de no tener tiempo para mí y de pronto tuve demasiado. Comencé a salir a caminar, me metí de lleno a proyectos de trabajo pero aún así, me sobraba vida. Es muy extraño pero tardé bastante tiempo en darme cuenta que no me había hecho cargo de mí, del todo.

Pagaba mis cuentas, me hacía la comida, compraba todas las mascarillas coreanas en oferta para consentirme, pero no prestaba atención realmente en mí. No puedo decir que ya lo hago pero ahora pienso más en cosas como mi salud física y mental. Saqué de mi vida un viejo sofá, una amistad agria, me inscribí al gimnasio y me afilié al Seguro Popular. No se rían, con la salud no se juega. Ahora decido empezar también esta columna para compartir los momentos, reflexiones y referencias felices; así como los fracasos, dudas, caídas y errores.

Por lo pronto puedo decir que soy mejor persona que antes, porque ahora me escucho. El primer grito fue: quiero estar sola. Y este mantra ha sido para mí un refugio y una sentencia. No soy ni más ni menos feliz, pero ahora siento paz.

Existimos carcayúes que necesitamos primero entendernos y vivirnos, antes de aventarnos a la convivencia. El científico Manuel Jiménez de la revista de divulgación zoológica Galeón se hace una pregunta pertinente: ¿Cómo puede un animal que raramente sobrepasa los 20 kilos de peso y un metro de longitud ser considerado una gran fiera? Sí, podemos, Manuelito, sí podemos.

En realidad, odio la idea de ser una fiera. Me gusta sin embargo ser lenta, solitaria, adaptable y desgarbada como los glotones. Ser obstinada, hasta cierto punto, y roncar. Pero sobre todo, me gusta pensar que los carcayúes, mis ancestros, criados en cautiverio se comportan como encantadores animales domésticos y tratan a los que los quieren con “devoción perruna”, como dice Gerald Durrell en La guía del naturalista.

Por eso veo la soledad más como una necesidad que como una decisión. Como si de verdad fuera parte de mi naturaleza dormir y despertar sola, al menos la mayoría de las mañanas. Aunque casi nunca sepa cómo comenzar el día, sé que si me equivoco, sólo me importa a mí. Y con suerte, a alguno de los que leen esto.