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¡Es una niña!

Por Daniela Olivares Arteaga

«¡Es una niña!», exclamaron apenas la sostuvieron en brazos. Incluso antes de saber su nombre, era una ella, una niña. Por tener vagina.

Nadie nace sabiendo, es así que ella desconoce aquello que la sociedad dice que le hace una niña.

No ha salido del hospital y se ordena que sus orejitas tiernas sean horadadas para que luzcan unas joyas de oro y plata. Una niña es como un tesoro porque siempre lleva objetos de valor con ella. Convirtiéndose en el baúl que las transporta. Un objeto más.

Una niña es aquella muñequita preciosa quien su padre y sus hermanos celan, ¿por qué? Porque es bonita. ¿Es ser bonita una razón suficiente para que tus propios parientes te traten así? No puedes acercarte a ningún hombre porque, y cito: «Todos somos unos bestias, somos unos pendejos porque confundimos la amabilidad de las mujeres con interés». Fin de la cita. Todas las mujeres y niñas hemos escuchado al menos una vez este discurso.

Todo se reduce a ser bonita. ¿Y qué es ser bonita? Cumplir con estereotipos que te atan a ser infeliz porque nunca eres suficiente. Nunca eres lo suficientemente delgada, lo suficientemente linda, lista, sexy… Siempre te faltará algo y te sobrará otra cosa. 

Es una niña y no lo sabe. Pero ya nació y eso quiere decir que a pesar de su ignorancia tendrá que cumplir con ciertas expectativas. Las niñas son dulces, son coquetas y son femeninas. ¿Qué diablos significa ser femenina? Ser sumisa, callada y siempre estar dispuesta a servir y ayudar. Las niñas femeninas nunca dicen que no, no alzan la voz ni tampoco gritan. Las niñas bonitas no dicen groserías. Y jamás discuten. 

Siempre se comportan de la forma correcta, haciéndose pequeñas, casi invisibles, para no incomodar el ego masculino. Cierra las piernas, acepta el acoso callejero, sonríele a quien te incomoda, cúbrete el cuerpo, calla las violencias y miente si te preguntan. 

Una niña nunca es de ella misma, es de los hombres de su vida y su familia. La hija de su intimidante padre, la hermana del celoso hermano, la nieta del sobreprotector abuelo, la prima prohibida del caliente primo, la sobrina guapa del conservador tío. Las niñas pertenecen a los hombres de su casa, a su novio y después a su marido. Pero jamás a ella misma. 

¿Cómo esperan que sea libre si no se pertenece? ¿Cómo desarrollará una personalidad si no puede salirse del molde? ¿Cómo esperan que no desarrolle un trastorno alimenticio si a cada rato le repetirán que no se le permite engordar y que debe hacer ejercicio desde la niñez para mantenerse delgada? No por salud, sino por belleza. Se sentirá insuficiente y fea porque no tiene los labios anchos, ni los dientes rectos, porque le hace falta una talla más de busto, porque tiene demasiado o muy poco trasero, tiene estrías y celulitis. Porque cualquier cosa que presente su cuerpo, por más normal que sea, será blanco de críticas.

La niña no se pertenece pero le debe belleza al mundo. Y más que eso, debe perfección. Pero si nadie puede ser perfecto porque eso sería ser igual que una diosa, ¿entonces? Ah, pero es que no es cualquiera, es perfección superficial. Cómo se ve, camina, habla, come y hasta respira. Pero aún es una bebé y no lo sabe. 

Ella simplemente llora.

¿Vino a este mundo llorando por la nalgada de la vida o porque inconscientemente sabe lo que le espera?

Pobre. ¿Será que sabe que llorará muchas veces por el resto de su vida? Ya sea por decepción, por tristeza o frustración. ¿Llorará por el acoso, los abusos y hasta por los posibles intentos de violación que pasarán en su vida? ¿Los olvidará mientras va creciendo para que se alinee a lo establecido por la sociedad? Normalizar las violencias es cegarse a uno mismo para evitar sentir dolor. Ojos que no ven, corazón que no siente, dicen.

«¡Es una niña!», exclama la madre con el corazón pesado cuando se la entrega el doctor para acunarla entre sus brazos. Ella sabe lo que es ser niña, y luego ser mujer. Porque la transición entre una y otra no existe. No hay un período de juventud inmadura y descontrolada como el de los muchachos. Las niñas tienen que madurar antes, porque serán mujeres, porque tienen y tendrán que cuidarse de y cuidar a los niños, muchachos y hombres.

Sólo ella sabe cuántas veces ha escuchado la frase «date a respetar», porque no merece respeto simplemente por existir, ella tiene que exigirlo, sino nadie se lo dará. No vaya a ser que se exponga. Sobre todo ante los hombres. Únicamente ella sabe cuántas veces le gritaron obscenidades en la calle, le intentaron meter mano por debajo de la blusa o la siguieron hasta que se metió a una tienda a pedir ayuda. Todas esas violencias que pasan desapercibidas. 

Todas las ha vivido.

Y ahora las vivirá su hija.

Cuando su hija crezca, la madre no dormirá por la preocupación porque un día no regrese a casa, porque algún familiar abuse de ella o simplemente le falten al respeto en cualquier ámbito y espacio.

Porque es una niña. 

Y luego será mujer.

Aunque no sabría decir si las violencias son peores conforme una va creciendo. Pero definitivamente no se terminan.

Cuando los doctores se la llevan a pesar y limpiar, la exhausta madre la sigue hasta donde la vista la alcanza. Desconfiada. Qué estrés dejar a su hija en manos de extraños. Nunca sabes dónde podrás encontrarte a un pedófilo.

Es peor cuando salen del hospital porque eso significa que estarán aún más expuestas. Porque las violencias no se acaban cuando eres madre, pues, sigues siendo mujer.

«¡Es una niña!», exclaman de felicidad todos los hombres amigos y familiares, cuando se las presentan. 

Sin embargo, a las mujeres se les apachurra el corazón y derraman lágrimas entre tristeza y alegría por la misma razón. Ha nacido. Y es una niña.

Es una niña. 

Y ella aún no sabe lo que eso significa.


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Sobre la violencia de género en la UADY

Según la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia (LGAMVLV), la Violencia contra las Mujeres es “cualquier acción u omisión, basada en su género, que les cause daño o sufrimiento psicológico, físico, patrimonial, económico, sexual o la muerte tanto en el ámbito privado, como en el público”. Dentro de las modalidades de violencia que se definen en esta ley, se encuentra la violencia laboral y docente, descrita como la violencia que “se ejerce por las personas que tienen un vínculo laboral, docente o análogo con la víctima, independientemente de la relación jerárquica, consistente en un acto o una omisión en abuso de poder que daña la autoestima, salud, integridad, libertad y seguridad de la víctima, e impide su desarrollo y atenta contra la igualdad”. 

La LGAMVLV también tiene definiciones para estos dos términos: 

Hostigamiento sexual: Es el ejercicio del poder, en una relación de subordinación real de la víctima frente al agresor en los ámbitos laboral y/o escolar. Se expresa en conductas verbales, físicas o ambas, relacionadas con la sexualidad de connotación lasciva.

Acoso sexual: Es una forma de violencia en la que, si bien no existe la subordinación, hay un ejercicio abusivo de poder que conlleva a un estado de indefensión y de riesgo para la víctima, independientemente de que se realice en uno o varios eventos.

En las últimas semanas han salido a la luz varios casos de hostigamiento y acoso dentro de la máxima casa de estudios Yucatán. Dos de ellos han alcanzado particular atención pues no solo fueron denunciados dentro de la misma institución, sino también ante la Fiscalía General del Estado. En el primero, una estudiante de preparatoria, menor de edad, denunció que, al solicitar la rectificación de sus calificaciones, el profesor de la asignatura le tocó la pierna. En el segundo, una estudiante de licenciatura acusó a un ayudante de su profesora de haberla tocado sin su consentimiento durante un viaje de prácticas. Los casos denunciados involucran tanto acoso como hostigamiento. En ambas situaciones se utilizó la figura de autoridad del profesor (o ayudante) que conllevó a un estado de indefensión. Así mismo, en ambos casos existió abuso y conductas relacionadas con la sexualidad, de connotación lasciva. Afortunadamente, uno de los profesores involucrados ha sido despedido. 

Sin embargo, lamentablemente, no son los únicos casos. Predomina otro tipo de abuso aún más sutil que involucra el abuso de confianza, lo cual hace que sea mucho más difícil denunciarlo. De entre los casos que se han hecho públicos, impacta el de una estudiante de posgrado que ha tenido que lidiar durante mucho tiempo con el acoso y hostigamiento por parte de un profesor con el que trabajó años atrás y al que consideraba su amigo. Pero son precisamente esos años de trabajo y de amistad lo que ha complicado la resolución del conflicto. Me cuenta que trabajó con él desde antes de terminar su carrera y al titularse se fue a vivir a otra ciudad, pero mantuvo contacto con el académico como cualquier persona lo hace con sus amistades. Varios años después, ella decidió regresar para estudiar un posgrado y lo contactó para informarse. A base de mentiras él consiguió que ella trabajase con él hasta que ya no se pudo más, no por la carga de trabajo sino porque el profesor trató de aprovecharse, no solo de su amistad sino de su posición para beneficiarse con el trabajo que ella realizaba.

Quiso utilizar esa confianza para acercarse cada vez más a ella de manera física y poco a poco quiso manipular sus decisiones tanto personales como profesionales. Cuando ella se dio cuenta y protestó, el trato se volvió cada vez más hostil. Como cualquier persona normal, ella se alejó de un ambiente por demás desgastante y encontró una oportunidad en otro departamento del campus, pero fue ahí cuando el hostigamiento se hizo mayor. “Fue como por arte de magia”, comenta. “Después de darle las gracias al doctor por haber trabajado conmigo, me disculpé por no poder adaptarme a su cambio tan radical de actitud hacia mí y me despedí”. Pero fue a partir de esa última interacción que comenzó a enfrentar situaciones dentro de las instalaciones del campus. Comenzó con burlas y amenazas mediante mensajes anónimos en redes sociales y fue escalando hasta dañarle el auto, el material de trabajo, destrucción de su área experimental e incluso el mismo profesor se le emparejó cuando circulaba por la carretera de camino al campus. 

“Todo lo fui reportando conforme iba sucediendo. En el caso del daño al equipo que utilizaría en uno de mis experimentos, me dijeron que habían sido unos ladrones, pero la verdad es que solo fue el daño, porque no se llevaron nada. Cuando reporté lo del auto, me dijeron que a lo mejor había sido alguna «novia celosa» de este profesor y no se hizo nada al respecto”. Ella dice que por más que insistió, todo quedó como una simple anécdota para comentar en los pasillos. “Inclusive me recomendaron estacionarme cerca de las cámaras de seguridad porque era mi responsabilidad evitar que volviera a suceder, lo que me hizo entender que estaba totalmente sola en esto”. No conforme con todo lo anterior, y a pesar de que hacía tiempo no cruzaba palabra el profesor, éste utilizó su posición para tratar de imponerle la realización de otras actividades para su beneficio como académico, sin que nadie lo sancionara.

Si ya de por sí se trata de un asunto bastante grave, lo más alarmante es que el profesor se ha servido de otros estudiantes para realizar estas atrocidades. Además, todo ha ocurrido dentro del campus. También ha habido repercusiones en la salud de la denunciante. “Desde que comenzó todo esto, no me he sentido bien. Una trata de hacerse la fuerte y creer que está por encima de todo, pero el cuerpo lo resiente. Además, el ambiente no ayuda. Incluso comencé a evadir otras actividades que requerían que esté presente en la escuela, por miedo”. Relata que le tomó tiempo asimilar todo el daño psicológico que le impidió durante varias semanas simplemente salir de casa y realizar sus actividades diarias. Gracias a la ayuda médica, que recibió por fuera de la Universidad, se armó de valor para denunciar, pero solo se encontró con otro obstáculo mucho mayor. 

Envió una escrito a las autoridades del campus, pero, para su sorpresa, la respuesta fue que habían pasado 30 días desde el último hecho denunciado en su escrito, por lo que su queja no podía proceder de acuerdo con lo establecido por la cláusula 115 del Contrato Colectivo de Trabajo entre la Asociación de Personal Académico de la UADY y la UADY como tal. Es decir, las autoridades trataron su caso basándose en un reglamento que solo aplica para el personal contratado y que nada tiene que ver con los estudiantes. Además, es un procedimiento totalmente desconocido para quien no forma parte de ese personal. “Me han criticado por no haber acudido directamente a la Fiscalía a poner una denuncia formal, pero ahí me piden un tipo de evidencia con el que no cuento. En los otros casos denunciados tengo entendido que se tuvieron videos o testigos. En mi caso todo ha sido sutil e indirecto”. 

Mientras tanto, a partir de todas estas denuncias, la Universidad intensificó sus acciones y estrategias para garantizar la igualdad de género y disminuir la violencia dentro de sus instalaciones. Una prueba de ello es el recientemente aprobado Protocolo para la Prevención, Atención y Sanción de la Violencia de Género, Discriminación, Hostigamiento y Acoso Sexual, cuya propuesta y aprobación se prolongó de manera sorprendente. No obstante, su contenido es incierto para mayoría de las personas que se han visto en la necesidad de denunciar casos de esta naturaleza. También se han llevado a cabo cursos y talleres para los académicos, pero el camino por recorrer aún es largo. 

Desgraciadamente, nada de esto es nuevo para nuestra Universidad. Por años ha existido una sutil relación de poder que va más allá de la posición jerárquica profesor/alumno. Si bien es fundamental el respeto hacia las figuras de autoridad, debe garantizarse su reciprocidad por el simple hecho de que todos somos personas. El problema radica en que se quiere aplicar ese poder o esa autoridad en todos los ámbitos, en todo momento. Por un lado, está el profesor que evalúa subjetivamente el trabajo de una estudiante porque no puede aceptar que ella haya alcanzado el mismo nivel de conocimiento, y por el otro está el que se gana su confianza para después querer beneficiarse del trabajo ajeno. Otro tipo de abuso menos evidente es el de la eterna superioridad de los académicos. Superioridad que impide el desarrollo de la creatividad de los estudiantes, no solo mujeres, al verse obligados a seguir un patrón si quieren avanzar dentro de sus carreras. Cambios repentinos en reglamentos o en fechas de entrega de trabajos, sin ser notificados como corresponde, son situaciones a las que los alumnos se tienen que enfrentar todos los días, sin la posibilidad de protestar, porque de los académicos “depende” su futuro profesional, aunque todo el trabajo sea fruto del esfuerzo de los mismos estudiantes.

Existe una simbiosis particular entre profesor/alumno, que generalmente está conformada por un profesor (hombre) y una alumna, en la que se intercambia el trabajo de la estudiante por beneficios limitados por parte del docente, tales como apoyos económicos o en especie, o entrenamiento temporal. Un ejemplo clásico dentro del ambiente universitario son las llamadas “chinas”. En el argot académico, se trata de estudiantes que llegaron con algún profesor, ya sea porque éste les impartía alguna asignatura, por servicio social o simplemente por interés de ampliar sus habilidades en algún área en particular pero que, al concluir, se quedaron trabajando con dicho profesor para ayudar en cualquier otra actividad que necesite. Algo parecido a una asistente. Estos trabajos consisten en actividades secundarias como redacción de documentos, elaboración de materiales para las clases, trámites administrativos tediosos que el docente “no tiene tiempo” para realizar, y otros trabajos pequeños que para nada constituyen oportunidades de superación profesional para las estudiantes. Generalmente se les puede encontrar en un espacio improvisado dentro de los cubículos de los profesores y pasan todo el día con ellos.

Si bien esto no quiere decir que sea incorrecto aceptar este tipo trabajos, algunas veces estas actividades van más allá de lo profesional y las alumnas se ven presionadas a aceptarlas con tal de no perder el apoyo que han estado recibiendo. En muchos casos, estas actividades involucran favores sexuales aprovechando la relación de confianza que se puede llegar a generar dentro de esta simbiosis, pero que para nada los justifica. Lo preocupante es que las estudiantes llegan a desarrollar tal confianza, que pueden considerarlo como un acto de agradecimiento y, aunque no siempre están de acuerdo, no se atreven a protestar, manteniendo por años ese ciclo de control casi imperceptible para ellas. Tristemente, tienen tan normalizado el rol que se les ha impuesto que suelen juzgar de exageradas a las denunciantes, y defender a los agresores porque “él no es así”.

Es necesario hacer notar que, al ingresar a la Universidad, en la mayoría de los casos ya se es mayor de edad. La mayoría de edad siempre ha sido el argumento por excelencia cuando alguna se atreve a denunciar. Continuando con el relato de la estudiante de posgrado, nos comenta que, además de la amistad que tenía con el profesor, la edad ha sido un gran obstáculo desde que dio a conocer su situación. “Es frustrante porque todo lo minimizan y lo ven como algo normal, según porque ya soy adulta y sé lo que hago. En varias ocasiones me han dicho que debería separar mis asuntos personales de los laborales, puesto que este profesor era mi amigo. También me han insinuado que estoy armando un escándalo por celos o envidia hacia él, y que se trata de un asunto meramente personal, lo cual no es así”.

Nos cuenta como se percibe una empatía casi natural hacia el profesor, el cual ha sido citado de manera interna para dar su versión de los hechos, pero a ella jamás le han notificado algo de manera oficial. Ninguna autoridad le ha concedido el beneficio de la duda y ni siquiera se han acercado a ella para saber si se encuentra bien. “Eso sí, mucha gente me ha contactado desde que hablé sobre mi situación, pero no hay mucho que puedan hacer, porque temen arriesgar su puesto o sus calificaciones”. Por el otro lado, también comenta que muchas personas ya no quieren hablar con ella. “Algunos me han dicho, en tono de burla, que prefieren no hablar conmigo porque podría acusarlos de estarme acosando”. Al final, a la vista de todos, ella ha sido el problema.

“Decidí hablar porque comencé a notar a otras chicas mucho más jóvenes en las mismas circunstancias. Me vi reflejada en ellas y por eso estoy tratando de evitar que lleguen a sufrir lo que me ha tocado vivir. Nadie debería pasar por algo así”, concluye.

De todos estos casos se desprende una reflexión muy importante que tiene que ver con el consentimiento. Pérez (2016), en su trabajo titulado “Consentimiento sexual: un análisis con perspectiva de género”, aclara que el consentimiento “existe cuando dos (o más) personas están de acuerdo en realizar una práctica sexual de un modo determinado en un momento cualquiera”. Sin embargo, el término ha sido desvirtuado bajo el argumento de las “relaciones consensuadas”. Es decir, si una mujer decide, en un momento determinado, “conceder” una relación sexual con un hombre (se trate de un amigo, conocido o profesor), no significa que le esté dando derechos sobre las demás áreas de su vida. El consentimiento solo aplica para el momento específico de la relación sexual, nada más.

La mentalidad machista, tanto de los hombres como de las mujeres que se encuentran en alguna posición de autoridad, hace que estos términos sean confundidos, provocando la revictimización de la afectada y prolongando el calvario al que ya de por sí están expuestas. En otras palabras, se justifica cualquier abuso o violencia por el simple hecho de que la mujer, en un momento determinado, aceptó tener una relación con el agresor (obviamente, antes de saber que se convertiría en su agresor). 

Lamentablemente en las instituciones educativas, donde las jerarquías son muy marcadas, es común encontrar este tipo de violencia bastante normalizada. Si bien las estudiantes universitarias efectivamente “son adultas y saben lo que hacen”, es obligación de sus autoridades velar por su seguridad y procurarles el respeto que todo ser humano merece. Una mujer, independientemente de su ocupación o posición dentro de cualquier institución, debe ser libre para trabajar y lograr sus metas sin necesidad de rendirle cuentas a nadie por el simple hecho de ser mujer. De la misma manera, una mujer debe poder ser libre de vivir su sexualidad sin que sus superiores utilicen esas decisiones para controlar su existencia o condicionarle la seguridad que están obligados a proporcionarle.

Para terminar, esperamos que ahora que ya se cuenta con un protocolo diseñado específicamente para tratar estas situaciones, nuestra máxima casa de estudios le de seguimiento a todos los casos, tanto a los denunciados de manera formal como a los que no se les ha dado la debida atención por no cubrir con los requisitos del reglamento inadecuado en el que basaban sus procedimientos antes de aprobar el protocolo. La Universidad es una de las mejores del país. Debe utilizar todo ese poder para generar cambios, para bien de la misma Universidad y por el bien de sus estudiantes que, al final, son los que le dan ese prestigio tan preciado que siempre la ha caracterizado. Pero debe hacerlo sin olvidar que ese prestigio no debe lograrse a costa de la salud y seguridad de sus estudiantes. 

Fuentes:

Pérez, Y. (2016) Consentimiento sexual: un análisis con perspectiva de género. Revista Mexicana de Sociología, 78(4): 741-767.

Portal Vida Sin Violencia. URL: http://vidasinviolencia.inmujeres.gob.mx/?q=clasificacion#. Consultado 2 de julio 2019).

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Hablemos sobre el miedo

Con la aparición del hashtag #MeTooEscritoresMexicanos han salido una serie de éstos como #MeTooMúsicosMexicanos #MeTooPeriodistasMexicanos y #MeTooArtistasMexicanos que nos llenan la espina dorsal de escalofríos, el estómago de agruras y los ojos de lágrimas. Como consecuencia también vinieron olas de respuestas que incluían otros como #YoSíTeCreo y #YoSíTeCreoPeroConPruebas

Hay muchas razones por las cuales una mujer decide callar o no hacer una denuncia pública o legal. El miedo suele ser la primera razón. ¿Pero miedo a qué? Son varios factores:

  1. Revictimización: Cuando una víctima declara haber sido violentada, la sociedad se encarga de culparla y hacerle sentir todo el peso de la duda. Preguntas como: ¿Qué traías puesto? ¿Te resististe? ¿Segura que no querías, si estabas con él? Todo eso afecta y hace a la víctima dudar de sí misma, se siente culpable y violentada por las autoridades y la sociedad. Mejor callar.
  2. Falta de apoyo: La palabra del abusador suele tener más peso que la de la víctima, como dijimos, a la víctima se le cuestiona y se la pone en el centro de la discusión, dejando de lado al verdadero delincuente. Cuando nadie te cree y todos te señalan como la culpable, se siente esa falta de apoyo por parte de las personas quienes deberían protegerte. No confiamos en las autoridades porque no existe un apoyo real hacia las víctimas. Nuevamente, preferimos callar.
  3. Acoso y amenazas: Pueden ser en persona o en las redes sociales. Usualmente, cuando una mujer publica haber sido atacada o acosada, es motivo de burlas, de revictimización y hasta de amenazas. Muchas mujeres han tenido que cerrar sus cuentas en redes sociales por este tipo de sucesos. Quienes denuncian viven con miedo de que esas amenazas se cumplan y por eso, decidimos callar.
  4. Normalización: Sí, es posible que lo que nos pasó lo hayamos normalizado a tal punto que ya no nos parece importante. Es algo normal que le pasa a todo el mundo, por eso no debemos hacer tanto escándalo, no debemos denunciarlo porque es algo común. Y, pues, no, no es normal a pesar de ser común y debería ser un acto aberrante que debe ser denunciado. Pero la normalización es la manera en la cual la persona se protege del trauma para poder seguir con su vida. Internamente tiene miedo de aceptar que le pasó algo horrible y decide banalizarlo en su mente y callar.
  5. Amenaza directa del agresor: Este es diferente al punto 3. Porque esta víctima no denuncia porque su agresor directamente la tiene amenazada, no es un anónimo en redes sociales. La víctima vive en un constante temor a que el abuso se repita y verse envuelta en una serie de violencias si lo cuenta. Decide callar por miedo a su seguridad.
  6. Represalias: Quiere decir que tenemos miedo que el agresor tome acciones en contra de nosotras para lograr revictimizarnos, culparnos, dañar nuestra reputación o nuestra carrera. Invalidar nuestro testimonio y que la sociedad nos tache de histéricas, mentirosas y exageradas. Incluso temor a correr peligro de muerte o violencia física.

Me puse a pensar que en algún momento yo quise hablar pero no lo hice por miedo. Es decir, puedo gritar a los cuatro vientos que me acosó un hombre que no conozco en la calle, hacer un escándalo si un hombre en una red social me manda un DM guarro no solicitado y hasta puedo contar en voz alta las veces en las cuales fui acosada o me sentí en peligro pero me doy cuenta que hay UNA anécdota que, si la cuento, no puedo decir su nombre por miedo. Me quedé en un limbo, reflexionando sobre aquello durante varios días y fue cuando decidí sacar lo que tanto me pica por dentro.

Tengo miedo de decir su nombre porque mi acosador está en las altas esferas de poder del Departamento de Cultura de la UADY. Incluso dudo en escribir esto por el miedo mismo, tengo miedo a las represalias que pueda tomar contra mí si se llega a enterar que por fin dejé de callarme. Pero aquí va.

Nunca pensé que esto fuera a pasarme a mí, al menos no con esta persona, ya que siempre lo vi como un tío o una figura paterna. Lo conocí cuando hice mi servicio social, me dedicaba a gestionar eventos. Mi supervisor, mis compañeras y yo hacíamos un buen equipo. Mi experiencia fue muy buena, al punto de querer trabajar con ellos en el futuro. El hombre a quien llamaremos Pepe, por decir un nombre cualquiera, era nuestro jefe y lo veía en la oficina todo el tiempo y se fue ganando mi confianza poco a poco. En ese entonces, yo tenía un pequeño negocio, de tal manera que a veces llevaba a vender en la oficina. Me interesaba darme a conocer, quería poner un negocio real más adelante, de tal manera que a veces le regalaba a Pepe alguna que otra cosa, incluso llegó a encargarme un par, las cuales le cobré. Y hasta ahí, todo bien. Realmente yo pensaba que esta persona quería ayudarme y me apreciaba, sentía que valoraba mi trabajo.

El servicio social terminó. Cuando entré a trabajar allí nos veíamos más y la verdad es que nos llevábamos bastante bien. Solíamos tener los mismos puntos de vista en las reuniones y trataba de apoyarlo porque realmente me parecía que tenía sentido lo que planteaba. Quería trabajar bien y buscar a alguien que pensara como yo que también me apoyara para que mis puntos no fueran ignorados o desechados. Pensé haber encontrado en Pepe un aliado para ello, además, quería ser más que una empleada más, quería tener un puesto allí y si Pepe podía ayudarme a lograr eso, no veía por qué no llevarme bien con él y que viera lo buena que soy en mi área. Mi intención nunca fue que me contratara, simplemente, que me recomendara o que me tuvieran en cuenta porque podía hacer bien las cosas y esforzarme mucho.

Lamentablemente, aunque me gustaba este trabajo, me mantenían con la promesa de que me iban a pagar así que busqué otro. Aunque malabareaba para mantener ambos, no lo conseguí y terminé renunciando al primero por falta de pago, al final, me dieron menos de la mitad de lo que trabajé. Pepe se me acercó durante ese tiempo y nos volvimos amigos, o eso creí yo.

Un día me invitó a una reunión con sus amigos en un bar. En ese entonces yo tenía novio, le pedí que fuera conmigo y acepté la invitación. Pensé que estaba haciendo avances y que me presentaría a gente importante para que yo encontrara un mejor empleo. La reunión fue divertida e interesante y no pasó nada en particular hasta que algo me llamó la atención. Mi novio fue al baño y yo me quedé sola con el grupo, Pepe se me acercó y me preguntó si estaba usando perfume, le contesté que sí y él dijo que le gustaba mucho su aroma. Yo sólo le di las gracias y no lo vi como algo malintencionado aunque algo dentro de mí lo sintió como que extraño. Pero como las cosas habían ido muy bien, lo dejé pasar. No había nada fuera de lo común en una salida de amigos. Cantamos, reímos, bebimos y todo muy bien. La noche terminó y yo volví con mi novio a casa.

No volvimos a vernos hasta uno de tantos días, me dijo que habría otra salida con amigos. Mi novio no podía ir y yo tenía dudas sobre aceptar. Me sentía rara, nerviosa, ansiosa. Como si algo no estuviera bien pero no había indicios de que algo fuera mal. Pero dentro de mí me comían las ansias como si algo muy malo fuera a pasar. Mi novio me alentó a ir a la reunión porque capaz y conseguía un trabajo o me proponían algún proyecto. Así que acepté ir. Pepe dijo que podía pasar por mí porque iríamos a un lugar que estaba cerca de mi casa, tampoco estaba segura pero no tenía auto ese día y terminé aceptando. En el auto platicamos sobre que en mi trabajo actual yo no trataba nada de mi área a pesar de que me pagaran medianamente bien y que estaba buscando otro trabajo. Él me comentó que podría hablar con alguien para preguntar si tenían vacantes en el Departamento de Idiomas y proponerme como una excelente referencia. Por fin, pensé, mis esfuerzos habían dado frutos y el trabajo que realicé durante mi servicio me respaldaba. Fuimos a un bar donde sólo nos esperaba UN amigo. Me sacó de onda pero pensé que no habrían llegado los demás, en la reunión anterior asistió mucha gente. Pero nadie más llegó. Me medí y bebí sólo un vaso de alcohol y me mantuve lo más abierta posible. Después de todo en la reunión anterior él me había presentado como la «pupila bajo su ala». Sus palabras. Y yo confiada, dejé pasar las horas sin darle mucha importancia a la ansiedad que todavía me seguía molestando. Sobre todo porque Pepe había estado bebiendo un poco más de la cuenta.

En una de esas, su amigo se paró al baño y yo me quedé con Pepe sola en la mesa. Recuerdo que de pronto me puse muy tensa. No sé si fue la pose que él adoptó o si hizo algún movimiento porque de pronto sentí el ambiente pesado pero no se me ocurrió una razón para levantarme de la mesa. Y ocurrió esta conversación:

– Bueno, sólo quiero decirte que lo que pase a partir de ahora será lo que tú quieras.

– ¿Perdón? ¿Cómo que lo que pase a partir de ahora?

– Pues, mira, tú eres una mujer hermosa, inteligente, con un cuerpazo y muy divertida y, pues, no creo haber malinterpretado las señales.

– No entiendo de qué señales estás hablando – para este momento, cuando enumeró mis cualidades, en vez de sentirme halagada, sentí asco de mí misma -.

– Es que me apoyas en las reuniones, siempre eres muy agradable, me has regalado cositas, eres siempre atenta y considerada…

– No sabía que ser amable era dar señales, pero puedo dejar de serlo si quieres.

– Woo, tal vez lo malinterpreté.

– Sí, totalmente. Pero creo que lo dices porque estás borracho, mañana en la mañana ni te vas a acordar – y lo dije porque de verdad quería que le echara la culpa al alcohol ya que no quería bajarlo del pedestal, cual pendeja, porque me dolía un chingo que estuviera pasando algo como aquello.

– No, no. Llevo pensando eso desde hace mucho tiempo – juro que sentí que se me cayó el alma a los pies cuando escuché esto -. Desde que te vi entrar a la oficina cuando comenzaste tu servicio social me gustaste pero, ajá, hubiera sido raro que te saltara encima desde el primer momento. Te hubieras asustado.

– Estás borracho. Déjalo ya.

– Aparte dijiste que estabas molesta con tu novio y aún así viniste hoy conmigo, eso significa que quieres algo más.

– Estaba molesta con mi novio porque no vino a pesar de que le insistí mucho y tampoco sabía que salir con amigos y con la persona que consideras te puede proponer un buen trabajo significa que quiero acostarme contigo. Yo realmente te consideraba mi jefe –  cambió de postura, donde me miró entre la admiración y la burla, y no sé de dónde saqué las fuerzas para seguir hablando -. Tienes esposa y tres hijas, yo tengo novio, y aunque ninguno de los dos tuviera pareja o hijas, no me pondría en una situación así. Yo quise ser amable y realmente te consideraba mi amigo. Además, respeto a mi novio y sobre todo RESPETO a tu esposa y a tus hijas, a tu familia, para intentar algo así.

– Yo respeto a mi esposa, ella y yo… Lo que tenemos es muy abierto, yo viajo mucho. Además, yo me hice la vasectomía, así que no hay peligro de embarazo.

– No me importa si tú tienes una manera de respetar a tu esposa, no es la mía y no es el tipo de respeto que le tengo a mi novio. Sigue siendo NO.

– Está bien. Y, mira, seguro esto te va a pasar en TOOOODOS los trabajos que tengas en el futuro porque eres guapa, inteligente, eres atenta, tienes un cuerpazo, cantas hermoso, eres divertida… Seguro tus jefes en algún momento se interesarán en ti. Y también seguro que no es la primera ni será la última vez.

– No, no ha sido la primera vez que alguien se me acerca sólo por sexo. Y tampoco será la última, pero me aseguraré de estar lista cuando pase.

Y así lo rechacé. Cuando su  regresó del baño, aparenté estar lo más calmada que pude y salí con la excusa de recibir una llamada, cuando era yo quien llamé a mi novio. Estaba histérica y le reclamaba por no haberme acompañado cuando se lo pedí. Lamentaba no haberle hecho caso a mis instintos, que fui una idiota por no haberlo visto venir. Me preguntó si quería que fuera por mí. Le dije que no. Que no iba a dejarle ver cuánto me había afectado, que si venía, me vería como una persona débil. No, que yo vería cómo irme y le avisaría. Le colgué. Estaba furiosa e histérica. Quería llorar de rabia pero no podía. Volví a la mesa y nos quedamos un poco más. Cuando Pepe se distrajo, le pedí a su amigo que me llevar a casa, por alguna razón fue lo que mi instinto me dijo que hiciera, porque ya con los sentidos alerta me di cuenta que no estaba interesado en mí ni una pizca y que no me haría nada. No podía estar segura pero me arriesgué. Cuando nos levantamos para irnos, Pepe se sacó de onda que me fuera con su amigo y no con él. La excusa que había dado era que Pepe estaba demasiado borracho y no quería irme con él a casa por eso. Su amigo también había tomado y no lo conocía tanto, también le pareció extraño pero no comentó nada frente a nosotros. De tal manera que, ya en el auto y en camino de vuelta, su amigo me preguntó si Pepe me había dicho algo, abrí la boca para afirmarlo pero me quedé pensando. En un segundo cambié de parecer, se me fue la rabia y me inundó el miedo.

¿Qué ganaría diciendo que sí? Se armaría un escándalo, podría meterme en problemas, estaba recién graduada y podría no volver a encontrar trabajo nunca porque Pepe tiene conexiones por todos lados, conoce a todo el mundo. La mayoría, sino es que todos, los altos mandos en el Departamento de Cultura de la UADY son hombres, se solaparían entre ellos y dañarían mi reputación para protegerlo, nadie volvería a valorar mi trabajo; en el mejor de los casos sólo me verían como una puta que intentó ligárselo para obtener un puesto. Y empecé a dudar sobre mi propio trabajo, tal vez no era tan buena como me creía, tal vez me sobrevaloré demasiado y en realidad sólo sentí que conseguí mis méritos porque tenía la aprobación de Pepe porque yo le gustaba y pensó que así conseguiría acostarse conmigo.

Finalmente, cerré la boca, y sólo la volví a abrir para pronunciar un pausado «No». Me aferré a la excusa ya dada y el resto del camino me la pasé callada. Cuando llegamos a mi casa, el amigo me preguntó si de verdad estaba bien, le dije que sí y entré. Tal vez las cosas hubieran sido diferentes si le contaba pero también le tuve miedo porque pensé que si le decía le iría a contar y las cosas se saldrían de control. Más de lo que ya se habían salido.

Al día siguiente, me sentía asqueada, triste y sucia. Me llegó un mensaje, era de Pepe, preguntándome cómo estaba que volverían a salir. Le dije que enferma, que no iría, y me contestó que fue por no haberme ido con él. No le contesté más. Nunca más. Él tampoco volvió a enviarme mensaje ni a invitarme a salir con sus amigos y, obviamente, la propuesta de trabajo se esfumó.

Estuve triste muchos días, a veces lloraba porque me sentía tan infravalorada, débil y tonta. Sentía que era mi culpa, que debí darme cuenta que ningún hombre vería mi trabajo y se enfocarían en mi cuerpo y en que querrían acostarse conmigo. Mi novio en ese entonces, me acompañó cuando decidí contarle todo y le pedí que no dijera nada, que podría poner en peligro mi carrera. Le dije que tenía miedo. Y esa impotencia, ese miedo, era lo que me ponía tan triste. Me sentía inútil, mal, tan pequeñita que a veces no soportaba verme al espejo por el simple hecho de sentirme tan, tan pero tan estúpida.

Ha pasado aproximadamente un año y hoy me animo a contarlo. Por mucho tiempo me sentí dolida, desilusionada y culpable. Pero entendí que no fue mi culpa. Yo quería un amigo, quería un jefe con el cual llevarme bien, quería un trabajo, quería conexiones para poder hacerlo bien pero no así, nunca así. Yo jamás le dije, ni siquiera insinué de manera sutil, que quería acostarme con él porque NO, JAMÁS SE ME PASÓ POR LA CABEZA. No me atrevo a acercarme al Departamento de Cultura por miedo a encontrármelo. Porque no sé cómo yo reaccionaría. Si me echaría a llorar, si me pondría furiosa, si le insultaría o le gritaría, si lo expondría frente a todos y terminaría armando un escándalo que podría arruinar mi carrera y dañar mi reputación.

Y seguro habrá gente que me exija el nombre y yo me negaré a dárselos, hasta que yo me sienta lista lo voy a hacer, no cuando a esos se les dé la gana. Tampoco voy a pedir que me crean a pie juntillas, no voy a rogar porque me apoyen ni mucho menos voy a suplicar comprensión, yo no soy ese tipo de persona. Yo cuento esto porque ya no quiero seguir callando, para sacármelo del pecho, para que deje de doler, para hacerme entender que lo que él dijo no es verdad. No me va a pasar con TOOODOS mis jefes, no tengo porqué aguantar acosos. Y retractarme porque NO TENGO POR QUÉ ESTAR LISTA PARA CUANDO PASE PORQUE NO DEBE PASAR. Y si en algún momento sí sucede, no pienso aguantarlo ni intentar justificarlo o echarme la culpa. Nunca más. Lo único que sí haré es invitar a las víctimas a no quedarse calladas. Juntas somos más, en la sororidad nos apoyamos. Yo sí nos creo.

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Soy Violeta

Mi decreto final

Por Miranda Campos

Hay que escucharse con mayor frecuencia. Mi cuerpo me dio varias señales, todas las ignoré pensando que no era grave. No lo imaginé, tenía 21 años.

Aunque no queramos prestar atención, el cuerpo nos obliga.

Hace 5 años mi cuerpo se hizo escuchar de la única forma que pudo, quebrándose. Trastabillé y al intentar detener mi caída, el paso firme rompió mi pierna. ¿Por qué se rompió tan fácil? Por un tumor. Me lleva la chingada. Tumor. Lo operan, prometen que caminaré pronto. Un mes después de esa cirugía llegaron mis resultados de patología: tumor maligno.

Me lleva la chingada x2.

Recuerdo el vacío que me absorbió, lo agredida que me sentí con semejante noticia. Apenas veía cómo mi vida despegaba y de repente mi propio cuerpo me cerraba las puertas, me traicionaba. Colapsé golpeándome la cabeza una y otra vez contra el sillón en donde me recuperaba de mi primera cirugía, llorando, pensando que sólo a golpes podría aceptar el diagnóstico.

Me llevó la chingada x3: cuando mi oncólogo designado sugiere que tomara una radioterapia que acepté de buena fe y resultó ser innecesaria, complicó todo y me secó la rodilla por un año. Me llevó la chingada x4 cuando en estudios de rutina me encuentran metástasis pulmonar, 19 tumorcitos en mis pulmones.

Quienes me conocen saben que cuento mi historia con humor y serenidad. Lo hago así porque estoy convencida que si hablo con miedo, esa sensación me terminará dominando. Vi claro esto cuando un día intentando calmar la preocupación de mi madre, respecto a si me deprimiría o no por mi metástasis, le dije:

“…quiero que sepas que te quede claro, yo la llevo a ella, yo llevo la enfermedad, ella no me lleva a mí. Yo la tengo, está dentro y yo voy a decidir qué hacer y a dónde ir con ella”.

En ánimos de calmar a mi madre, encontré las palabras que me indicaron cómo viviría esto. Constantemente mi realidad me golpea y escucharme decirlo en voz alta fue mi decreto final. Ya no sería arrastrada, mis palabras me levantaban hacia la batalla que sería, hacia la batalla que sigue siendo, me investí con la mejor armadura que encontré: mis ganas de vivir. Aprendí que es cuestión de escucharse, porque puedes encontrar en ti las respuestas y la mejor manera de enfrentar las batallas que te tocan.

Me he dedicado a abrazar todo lo que venga, bueno o malo. Después de la metástasis me dijeron que sólo viviría 5 años más, han pasado dos y me mantengo positiva en sobrepasar esa fecha. He tenido mis pequeñas victorias, me ha llevado la chingada, pero le da por soltarme para que respire.

Estuve sin caminar 3 años y medio, llegué al punto de estar segura que amputarme la pierna sería mi camino hacia una vida más libre. Llegué a manos de un doctor que me dijo en términos médicos “alto ahí loca”. Con el esfuerzo y generosidad de muchas personas pude conseguir la prótesis de titanio que me permitió caminar de nuevo. Trabajo en una agencia de marketing con jefes y compañeros que no han sido más que respetuosos con mi camino. Tengo un grupo de apoyo bastante sólido y mi familia ha estado incondicionalmente a mi lado.

Me han insistido que si todo sale bien no tienen por qué matarme mis tumores (no han crecido así que ya es ganancia), se podrían quedar conmigo por siempre decorando mis pulmones. Si no, pues ya tengo ideas de mis epitafios “patrona de los tumores óseos” siempre ha sido un buen candidato.

Es frustrante, extraño mucho bailar, correr y salir con libertad. El cáncer quebró todo en mi vida e intento abrazar esto antes de que me abrace a mí.  En el camino he tenido que redescubrir mis relaciones con personas cercanas, con mi cuerpo, mi sexualidad, lo que me gustaría hacer de la vida y lo que es ser mujer.

Durante ese proceso he apreciado lo que el feminismo tiene que aportar a la lucha de miles de mujeres contra el cáncer. Sobre todo en lo que respecta a cómo pensamos sobre nuestro cuerpo y nuestras relaciones con los demás. A mí me ha ayudado a cambiar pensamientos, a ser empática con otras experiencias. Sobre esa línea un día prometí platicarle a las violetas de las peripecias que he escuchado, vivido o me he topado por ser una mujer joven con cáncer. El machismo e ideas patriarcales transgreden la vivencia de enfermedades y considero que dificultan esto que ya es muy duro.

Pero hoy, en el Día Internacional De La Lucha Contra el Cáncer, vengo a invitarte a que si conoces a otra mujer (u hombre) que esté atravesando por esto, familiar o amiga, por favor no dudes en extender la mano, tener compañía siempre es positivo y hace la diferencia. No pienses que no sabes qué decir o hacer, con sólo estar ya haces maravillas, si tienes dudas pregunta qué puedes hacer. Yo te recomiendo que si puedes ofrécete para acompañar a citas y a diagnósticos, hazlo, son momentos muy tensos.

De mujer a mujer te digo, no te descuides, quiérete, cuídate, revísate, tócate. Sin ánimos de asustarte te digo que esto cae cuando menos lo esperas y te recuerdo que la detección temprana es muy importante.

Si estás viviendo tu batalla como yo, vamos bien. No olvides pedir ayuda si la necesitas, yo he aprendido a hacerlo. He tenido días horribles y los dejo fluir, pero cuando considero que ya tuve suficiente sintiéndome miserable, he logrado salir de mis baches insistiéndome lo siguiente: si dejo que mis dolores, incertidumbres, miedos y ansiedades me controlen, me perderé la vida. Dejaré de disfrutar de quienes me rodean y de mí misma.

Después de tanto dolor, decepción y frustración no puedo permitirme eso. Me lo debo. Sean 5 años los que me queden, 10, 16 o 2 no me importa, quiero disfrutar conforme mi cuerpo me permita de la existencia.

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Soy Violeta

Me enamoré de un narcisista.

“Quien tiene magia, no necesita trucos”

 

Es muy difícil relatar una historia sobre un tema poco abordado, pero el Trastorno de la Personalidad Narcisista (TPN) existe y es necesario hacer consciencia para protegernos entre nosotras. Dos palabras me vienen a la mente al tratar de externar todo lo que viví con una persona con TPN. La primera es “truculento”, que el diccionario define como lo “que sobrecoge o asusta por su morbosidad, exagerada crueldad o dramatismo”, porque así es la vida de un narcisista, truculenta. La otra palabra es “prestigio”, que entre sus significados se encuentra el “engaño, ilusión o apariencia con que los prestigiadores emboban y embaucan al pueblo”. La principal estrategia del narcisista.

Mi historia sucedió así:

A principios de 2016, yo regresaba a Mérida después de vivir un tiempo en otra ciudad por mis estudios de posgrado. Tenía la intención de aplicar lo aprendido, por lo que estaba muy entusiasmada y llena de energía. Para esto, contacté a un profesor con el que previamente había trabajado, preguntando por oportunidades para desarrollar proyectos de colaboración en la universidad. Fue muy accesible. Lo contacté porque conocía su manera de ser y de trabajar. Todo fue sencillo. Acordamos reuniones para diseñar el proyecto. Yo ya tenía algo escrito y se lo presenté. Le pareció buena idea y comenzó a organizar las salidas de campo, los presupuestos y la mano de obra.

Ahí empezó todo. Al finalizar uno de los primeros viajes me envió un mensaje agradeciendo mi “grata compañía”. No me pareció extraño puesto que siempre había sido muy cortés, así que le devolví el cumplido. Los viajes se hicieron más frecuentes y las pláticas durante las horas en carretera comenzaron a ser más personales. Así supe sobre su divorcio y las consecuencias que repercutieron en su estado de salud, sus hijos, sus problemas familiares y financieros, la educación rígida por parte de su padre, sus planes y sueños. Y yo me sentía muy halagada por contar con su confianza y “amistad”.

En ese momento no me encontraba trabajando oficialmente, vivía de mis ahorros mientras colaboraba en los proyectos y buscaba un ingreso estable. Incluso recibí una propuesta de trabajo en un evento organizado en otro estado, pero no me alcanzaba para ir, por lo que este profesor muy amablemente se ofreció a apoyarme con los gastos. Ese gesto terminó por convencerme de que estaba tratando con una persona muy valiosa.

Poco a poco los viajes se fueron espaciando. Sin embargo, se acercaba la fecha para una convocatoria importante para mi futuro profesional, contaba con su apoyo con la finalidad de gestionar los trámites correspondientes. Llegó el día y necesitaba su firma en varios documentos. No lo encontré. Fui a su oficina, le envié mensajes, hice llamadas y nada. Le envié un mensaje por correo electrónico. Varios días después obtuve respuesta. Se había ido a otro país para terminar los estudios que había dejado pendientes. Nunca me había mencionado nada sobre eso y el tiempo corría.

Transcurrieron semanas hasta que me volvió a contactar. Fue cuando me dijo que estaría varios meses fuera del país y que, para no entorpecer mis planes, mejor buscara otras opciones dentro de la universidad. Así lo hice. Platiqué con otros profesores con proyectos similares y me uní a uno de ellos que, además, ofrecía una beca como apoyo mientras se me comenzaba a pagar formalmente. Dentro de mi ingenuidad, yo pensaba que había conseguido una oportunidad en la que él también se vería beneficiado a su regreso. Mientras tanto, los mensajes y llamadas entre él y yo, fueron aumentando. Me enviaba fotos de los lugares que visitaba, me contaba sobre sus actividades del día o de cómo se sentía y yo hacía lo mismo.

Al fin se cumplió el plazo, él regresó. Después de tanta comunicación durante su ausencia, lo único que queríamos era vernos. Ese día él estaba muy sonriente. Yo tenía una actividad en mi nuevo trabajo e hice una pausa para visitarlo en su oficina. El saludo fue un abrazo efusivo que duró varios minutos. Ese abrazo le dio un giro completo a la historia.

Comencé a visitarlo con más frecuencia y retomamos los viajes por carretera. Ya no trabajábamos juntos, pero disfrutamos de la compañía mutua tanto como los abrazos (o al menos yo lo hacía). Un buen día, esos abrazos se convirtieron en besos en el cuello, en los labios, en caricias. Al principio, él se disculpó pensando en que yo me había ofendido y me preguntó si me importaba la diferencia de edades. A pesar de que es varios años mayor que yo, para mí no había inconveniente alguno. Él me agradaba y ambos éramos (somos) mayores de edad, así que le di mi consentimiento (o al menos pensé que yo era la que había decidido permitirlo).

Así, lo que comenzó como una colaboración académica, se convirtió en una relación de pareja. Sin títulos, sin compromiso, únicamente disfrutando en cada oportunidad que teníamos. Me considero una persona de mente abierta, por lo que acepté las condiciones de la relación. Sin embargo, él comenzó a dirigirse a mi de manera cada vez más cariñosa, a buscarme con más frecuencia, a darme regalos, a bombardearme de amor, completando de esta manera lo que los expertos denominan “fase de idealización” del abuso narcisista.

Ya me tenía en sus manos. La ventaja de trabajar en el mismo lugar, pero en áreas distintas, hacía nuestros encuentros más emocionantes. Los planes continuaron. Yo le ayudaba en sus tareas, mientras continuaba avanzando en mis proyectos profesionales. Conseguí ascender en mi área de trabajo. Fue ahí donde la pesadilla comenzó. De un día para otro, dejó de buscarme y de enviarme mensajes. Si yo lo buscaba, hacía muy difícil que lo encontrara y, si lo encontraba, me rechazaba de la manera más sutil que pudiera existir. Siempre tenía prisa o estaba en espera de llamadas importantes o simplemente estaba muy ocupado. Lo confuso era que pasaban los días y otra vez volvía a ser la persona más encantadora y cariñosa que yo conocía.

Así estuvimos varios meses, hasta que, como cualquier persona sana, me cansé. Quise hablar con él de esta situación y otra vez dejó de estar disponible. Yo no aguantaba más y expresé todo lo que sentía mediante un correo electrónico, el cual me contestó días después diciendo que estaba muy arrepentido y que le diera otra oportunidad. Así lo hice, pero para entonces los altibajos eran cada vez más frecuentes. Pasaba días sin comunicarse y cuando lograba contactarlo, era la persona más fría sobre la tierra. Después regresaba a mi con abrazos, invitaciones a comer y otras muestras de afecto.

Comenzó a criticar mi trabajo, a discriminarme y ofrecerme nuevas oportunidades para trabajar con él. Oportunidades que nunca se concretaron y que me hicieron perder tiempo y energía pero la estrategia de manipulación estaba funcionando. En ese entonces yo no tenía idea de lo que era un “narcisista encubierto” y comencé a pensar que el problema era yo. Por lo tanto, empecé a tolerar cada vez más sus groserías porque, si protestaba, me aplicaba lo que se conoce como “cold shoulder”, una agresión pasiva en la que simplemente dejaba de dirigirme la palabra o de hacer las cosas que sabía que me agradaban.

Pero el abuso no paró ahí. Como sus técnicas ya no estaban funcionando del todo conmigo, comenzó a dejarse ver con otras mujeres o a hacer comentarios sobre ellas cuando ni siquiera estábamos hablando de temas relacionados. Todavía recuerdo su sonrisa de satisfacción, el escarnio y todas sus frases retándome o buscando hacerme enojar, para después decirme que era broma y que yo era muy sensible. Yo me mantenía firme a la idea de que no teníamos compromiso alguno, que lo que hiciera no debía afectarme y, aunque me doliera cada vez más, no lo demostraba. Eso era frustrante para él. En varias ocasiones pude observar su lado más oscuro, cuando la ira se apoderaba de él, pero jamás me puso una mano encima.

Nuevamente salió del país. Durante su ausencia casi no hubo comunicación. Para ese momento, mi confusión se había tornado en inquietud. Su comportamiento no era normal. Se había vuelto demasiado inestable. Un día yo era lo máximo para él y, al siguiente, no era nadie. Incluso, había comenzado a intentar confundirme mezclando hechos reales con mentiras y mentía tanto que ya no le importaba que yo lo descubriera. Todo se quedaba en una simple broma y, de nuevo, yo era “muy sensible”.

Comencé a experimentar lo que se conoce como “disonancia cognitiva”, que en otras palabras se refiere al hecho de saber que no se debe realizar alguna acción, pero se desea hacerlo. En mi caso, racionalmente sabía que no debía seguir con él, pero emocionalmente lo extrañaba tanto, que estaba dispuesta a continuar soportando el abuso. El grado de manipulación mental y emocional era exponencial. Él ya ni siquiera tenía que hacer o decir algo. Yo sola comencé a participar en ese bucle y no encontraba salida.

Por azares del destino, curioseando por internet encontré un video en el que hablaban del narcisismo. Todavía no sé por qué me llamó tanto la atención el título. Al verlo, parecía que estaban describiendo a la persona que me estaba haciendo daño. Todo lo que exponían seguía el mismo patrón de comportamiento. En ese momento comencé a entenderlo todo. Sin embargo, aunque racionalmente yo estaba convencida de que tenía que hacer algo para dejarlo ir, sentía tanto miedo a perderlo, que no hacía nada.

Según la terminología utilizada por expertos, había atravesado ya la “fase de devaluación” y se aproximaba la “fase del descarte”. Con todo el dolor de mi corazón, decidí adelantarme. Cuando regresó a México, me buscó como si nada hubiese pasado. Se comportó de la manera más encantadora y cariñosa posible. Aproveché ese momento para decirle de frente todo lo que me había lastimado y solo respondió diciendo que yo tenía razón y merecía “algo mejor” (nunca supe a quién se refería con esta frase, si a él o a mi). Todavía recuerdo que más tarde, ese mismo día, me buscó, pero lo rechacé, así que se limitó a desearme buena suerte.

Aunque sentía que me estaba muriendo, había logrado descartarlo primero. Experimenté estrés post traumático. No tenía fuerzas para levantarme e ir al trabajo. No me interesaba nada. Bajé mucho de peso. Lloraba todo el tiempo y me sentía terriblemente sola a pesar de que no era así. Lo más difícil fue buscar apoyo entre mis amigos y conocidos. Al contarles la historia, inmediatamente lo relacionaban con cualquier ruptura y daban los típicos consejos. Pero no, esta no era una ruptura. Era algo inconcluso por la facilidad con la que me había dejado ir.

Lo extrañaba terriblemente. Es normal que una separación sea dolorosa, pero el grado de dolor que yo experimenté era extraordinario. No solo era la tristeza o la nostalgia, era esa sensación de estar incompleta y no ser dueña de mi voluntad. No podía concentrarme en nada y no había día en el que no despertara pensando en él. Sabía que había tomado la decisión correcta, pero el tiempo pasaba y no encontraba la paz que trae consigo este tipo de decisiones. Era un ciclo interrumpido.

Así que decidí tener mi propio cierre. Intenté seguir con mi vida. Hice un esfuerzo sobrehumano para concentrarme en mis labores, incrementé la intensidad del ejercicio físico que ya de por sí realizaba, comencé a leer más sobre el tema, a salir con mis amigos, a viajar, cualquier cosa para despejar la mente y el alma. Pero ahí seguía, a pesar de no estar presente físicamente, seguía en mis pensamientos, seguía extrañándolo y seguía doliéndome como el primer día. Había periodos en los que me sentía perfectamente bien, y otros en los que no tenía fuerzas para continuar. Comencé a padecer ansiedad con episodios de depresión. No logré cerrar el ciclo.

A pesar de trabajar en el mismo lugar, las ocasiones en las que lo veía de lejos eran mínimas, pero cada vez que sucedía, el dolor incrementaba. De acuerdo con la literatura sobre el tema, existía la posibilidad de que volviera a aparecer para contactar conmigo, lo que se conoce como “hoovering”, para así tener el “gran final”, en el que, por supuesto, él saldría ganando.

Y el día llegó, casi ocho meses después de haberlo descartado, me envió un mensaje que no respondí. Se las ingenió para aparecerse en los lugares que yo frecuentaba y me veía obligada a saludarlo por cortesía y por estar ante la presencia de otras personas. Yo quería tener un final para esta historia inconclusa, así que decidí responder a uno de tantos mensajes que me enviaba. En pocas palabras, decidí experimentar voluntariamente el “hoovering”.

Nuevamente fue la persona más amable del mundo. Cuando lo visité después de ocho meses de contacto cero, me abrazó y besó como si nada hubiese pasado. Era como continuar la historia sin las partes desagradables. Me invitó a comer, lo acompañé a los viajes por carretera, todo era maravilloso como al principio. Para ese entonces, yo ya estaba prevenida. Así que fui observando conscientemente cada comportamiento que parecía sacado de un libro sobre narcisistas. Esto era muy arriesgado para mí, porque la herida seguía abierta y yo tenía que fingir que no pasaba nada, con tal de seguir documentando su forma de actuar.

No pasó mucho tiempo para que volviera a mostrar todas las características ya descritas. La intermitencia en sus atenciones, la triangulación, las mentiras sin control. Algo que me ha dejado sin palabras es la manera tan evidente de demostrar su carencia de empatía. Cualquier persona sana, cuando se le cuestiona sobre alguna situación incómoda, se enoja, cambia el tema o hace bromas al respecto. Pero él no. Él no reacciona cuando se habla de algo así. Ante tantas evasivas decidí tener mi propio final. Como no quiso hablar conmigo en persona, le envié un mensaje que contestó de manera muy general (nuevamente dejando la plática inconclusa). Para los narcisistas no existe el final, pero para mi fue la despedida.

Finalmente, el tiempo me ha dado la razón y he entendido que él buscaba ascender profesionalmente a costa de mi trabajo. Por eso al principio me adulaba y al final, cuando no logró su objetivo, me devaluó. Hasta ahora no ha logrado nada relevante que no sea gracias a favores personales o trampas. Es muy sensible aparentar un estatus que no tiene y a hacer lo que sea necesario para conseguirlo.

En cuanto a mí, todavía estoy trabajando para cerrar la herida. Todavía paso días sin fuerzas y con unas ganas terribles de verlo. Me considero una mujer lo suficientemente madura e inteligente para saber cuándo poner fin a situaciones que me causan daño y, sin embargo, fue tanto el poder de sus estrategias de manipulación, que todavía me cuesta aceptarlo. Todavía deseo despertar una mañana para darme cuenta de que fue un mal sueño y pensar que podré verlo y abrazarlo. No lo busco, no lo hago, pero lo deseo con todas mis fuerzas. Me falta mucho por sanar.

Y es que así funciona el abuso narcisista. Eligen a su víctima de acuerdo con las cualidades que ellos no pueden tener y las imitan creando la falsa ilusión de la empatía. Les drenan la energía. Tienen la capacidad de meterse en lo más profundo de los pensamientos y emociones de las personas. Tienen un poder increíble para manipular y maltratar a través de acciones y palabras que pasan desapercibidas por las demás personas alrededor, porque están dirigidas exclusivamente a la víctima y solo tienen efecto sobre ella. Por lo que, al pedir ayuda, nadie nos cree o se interpreta de otra manera. En mi caso, mis amigas llegaron a decirme que no debía quejarme porque todo fue consensuado, pero después de tanto trabajar en mí, pude ver que no siempre fue así.

Decidí contar esta historia después de intentar apoyarme en amigos y familiares y ver con tristeza que es un tema poco conocido y complejo. Para ellos, soy solo una mujer despechada, dolida porque no me supieron valorar. Pero no es así. A estas alturas mi dolor reside en pensar que allá afuera hay otras mujeres experimentando esto sin saberlo, sufriendo, pensando que son ellas las que están mal o les falta algo para ser amadas. Y no es así. Ellas no son el problema, es el narcisista el que nunca estará satisfecho. Ellos solo pueden sentir rabia y envidia, pero no amor, y nos odian por ser capaces de amarlos y darles algo que no pueden disfrutar. Lo único que pueden disfrutar es la manera en que se sienten ellos mismos cuando están con nosotras, pero no significa que nos amen por eso.

Lo que redacto aquí, cuenta a grandes rasgos lo que viví con esta persona. Necesitaría escribir un libro completo para contar con detalle cada situación en la que me vi envuelta, cada palabra, cada expresión sutil de violencia verbal, así como cada estrategia que no solo me afectó emocionalmente, sino que tuvo consecuencias también a nivel social. Los narcisistas nos aíslan de los demás.

Quisiera que mi experiencia sirva para abrir los ojos de la sociedad ante un problema tan común pero no muy explorado. A mi me sucedió a nivel personal y profesional, pero puede suceder en el trabajo, en la familia y en cualquier lugar donde haya convivencia. Quisiera poder decir el nombre de la persona que me trató tan mal para prevenir a otras mujeres mucho más jóvenes, sus nuevas víctimas, en mi centro de trabajo, pero hasta ahora me siento atada de manos sabiendo que a la vez me van a señalar como culpable o mentirosa, ya que la persona involucrada tiene un rango “superior” al mío.

Me duele en el alma que una persona tan valiosa como él, tenga que padecer algo así, pero no me corresponde hacer algo al respecto. Solo me resta compartir estas palabras para que las mujeres estén prevenidas y desarrollen las herramientas necesarias para identificar a personas con este trastorno.

La violencia no siempre es física.

No están solas.

 

 

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Soy Violeta

Recuento de los daños

Por Gretty Alcocer Resultado de imagen para WORDPRESS PNG LOGO

 

Cada vez que sucede me digo que la próxima será diferente. Me prometo que la próxima voy a protestar, voy a confrontarlo, voy a defenderme, pero cada vez que sucede me ocurre lo mismo. La situación me abruma, me aterra y me paralizo. Así que me diga lo que me diga, nunca he podido evitar que abusen de mí.

Esta vez ni siquiera le vi la cara. Yo reaccioné demasiado lento y él demasiado rápido. Antes de que yo pudiera hacer algo, él ya se había logrado mezclar entre el gentío. En un camión atestado de hombres, ¿cómo reconocer al culpable? Pudo haber sido cualquiera y todos están aquí encerrados conmigo. De repente, algo tan trivial como un viaje en transporte público se convierte en una situación amenazadora e inquietante. De repente, llegar al trabajo y estar rodeada de caras conocidas me brinda una sensación de alivio. No pRecuento de los dañosasó nada me repito una y otra vez, engañándome.

Si pasó.

Pasó algo.

Pasó todo.  

A pesar de querer olvidarlos, el recuerdo y las sensaciones regresarán a mí a lo largo del día y estoy segura que lo harán por semanas. Y sí, después de un tiempo se irán, pero no del todo. Nunca del todo. Se refugiarán en algún rincón de mi mente, siempre al acecho. Inconscientemente, guiarán mis pasos, regirán mis decisiones y dictaminarán mi vida. Cual parásito, se alimentarán de mis aspiraciones, de mis pasiones y de mis miedos; afectarán mi vida sexual, mi sueño, mi paz, el de mi madre, el de mi hermana, el de mis amigas, mis vecinas. No, no se irán. Nunca se irán.

Basta como ejemplo, que con la proliferación de parásitos, algunos cuidados que tenía al arreglarme para salir, se han convertido en verdaderas obsesiones para mí. Antes de salir de casa, debo asegurarme una y otra vez que llevo los audífonos conmigo, debo checar que el escote no esté tan bajo, que el tatuaje no llame tanto la atención, que la blusa no sea demasiado transparente, ¡Ay! debí bajarle al maquillaje, mejor me cambio el brasier, ¡Coño! ¿Por qué sigo comprando blusas entalladas?

Y lo sé. Sé que no es mi culpa, sé que no debería sentirme y actuar así, sé que no debería dejar que la ansiedad me consuma de esta manera. Sé que no necesito blusas sueltas, sé que me encanta como me maquillo, sé que no debería lastimar mis oídos con la música tan alta. Pero lo que sé no logra vencer a lo que siento o más bien, a lo que no quiero sentir. Así que le subo todo el volumen a la música y bajo la mirada, esperando en vano que esta vez el ritual de resultado.

Ya hay demasiados parásitos en mi sistema, me están enfermando, me están matando. No soportaría uno más.

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Especial Acoso Laboral Soy Violeta

Una anécdota más de las muchas que suceden diario.

Por Anónimo

Es evidente que el simple hecho de ser mujer en Mérida, en México, es un obstáculo en muchos ámbitos y es aún más notorio en el área laboral. Y no quiero hablar acerca de las tristes pero reales estadísticas que demuestran lo poco que valoran nuestro esfuerzo, quiero tocar una vertiente de las situaciones que sufrimos mientras trabajamos: el acoso laboral.

Soy  egresada de la carrera de Derecho por la Universidad Autónoma de Yucatán, jamás me he auto proclamado feminista, sin embargo, me animé a compartir mis vivencias laborales porque para mí son verdaderamente frustrantes y entristecedoras. Siendo conocedora (parcial) de derecho y leyes puedo platicarles que el Código Penal del Estado en el apartado de delitos sexuales artículo 308 contempla el delito de hostigamiento sexual definiéndolo de la siguiente manera: “a quien con fines lascivos asedie reiteradamente a persona de cualquier sexo, valiéndose de su posición jerárquica derivada de relaciones laborales, docentes, domésticas o cualquiera otra que implique subordinación”. A pesar de conocer dicho artículo, no me ha permitido evitar que sea víctima del mismo en repetidas ocasiones.

El primer hostigamiento sexual que sufrí fue durante mi servicio social, cabe mencionar que recibía una contraprestación económica. En esa oficina todos acostumbrábamos a saludarnos de beso por las mañanas; siempre era de las primeras en llegar y jamás me incomodó tener que saludar de esta manera a nadie, hasta que cierto día un abogado encargado del área penal comenzó a hacer ese “saludo” de manera pausada mientras me tomaba la cintura. Fue sumamente extraño la primera vez y se convirtió en un comportamiento repetitivo. Por cuestiones laborales también tenían mi teléfono personal y el abogado (casado por cierto) no dudó en enviarme mensajes para salir a “tomar dos” después de la oficina. Nunca acepté y en algún momento le pregunté por su esposa embarazada para hacerlo sentir incómodo y eso me funcionó un poco. Mi estancia en ese lugar fue de seis meses, motivo por el cual lo dejé pasar.

Posteriormente comencé a trabajar en una oficina en la cual el titular era una persona muy seria con la que no traté directamente pero no fue así con su hijo, quien aunque no era abogado, era como mi jefe. Me encargaba de realizar trabajos jurídicos para su empresa, es decir, recibía indicaciones y órdenes de su parte. El Licenciado era conocido por ser un chico fresa, un pesado que no hablaba con nadie, no saludaba ni por educación pero conmigo fue diferente: siempre me saludaba inclusive de beso. Esta situación en un principio no me pareció anormal, hasta que una compañera que llevaba 5 años trabajando ahí me hizo el comentario, fue entonces cuando comencé a notar que efectivamente sólo a mí me saludaba y sólo conmigo se detenía a platicar.

El horario de salida era a las cinco de tarde, sin embargo, el Licenciado salía a las dos y casi nunca regresaba. En una ocasión salí como de costumbre a las cinco, caminé una cuadra y el pegó su auto a mi lado, me dijo que podía llevarme al centro porque era su paso ya que tenía que ir a ver un hotel de su propiedad y era su deseo que yo lo conociera para que le diera mi opinión puesto que aún estaba en construcción. Me negué a la invitación recibiendo como respuesta una mala cara del sujeto a la par que arrancó de manera abrupta su auto. Los siguientes días estaba enojado conmigo y no me saludó como de costumbre. Así se comportó durante varias semanas.

La siguiente propuesta inadecuada que recibí de su parte fue en el mes de diciembre, en el cual como agradecimiento me regaló unas botellas de vino. Me las entregó acompañadas de un fuerte abrazo y con un comentario al que no supe responder. A continuación lo cito literal ya que lo recuerdo a la perfección: “si no tienes con quien tomar los vinos puedes decirme y los tomamos juntos” a dicha frase solo sonreí amablemente y le dije que probablemente los bebería con mi novio.

En esta oficina tenían como regla general no cerrar las puertas, regla que por supuesto el hijo del jefe incumplía cada que me solicitaba acudir a su oficina ya que él y yo teníamos posibles proyectos juntos. El objeto de éstos se encontraba ubicado en Periférico y recibí múltiples invitaciones para que él y yo fuéramos a “dar la vuelta para juntos ubicar bien la zona” frase que recitaba mientras sonreía e intentaba tener algún contacto físico conmigo, bien sea tomándome los hombros, la mano o incluso la pierna, situación que enfrentaba con una sonrisa nerviosa mientras emprendía la huida de su oficina. La situación fue empeorando porque no pude poner un alto desde el principio. Cierto día ocurrió un acercamiento físico, me atrevo a decir que fue con fines sexuales, hecho con el cual me armé de valor y amablemente le expliqué que probablemente había confundido mi amabilidad con interés y aunque era un chico muy guapo no eran mi tipo los hombres casados y menos porque yo tenía novio.

Le pedí que por favor evitara esas conductas; se disculpó muy apenado y me dijo que yo había confundido todo. Salí de su oficina y me sentía muy bien, fuerte, empoderada y valiente porque al fin le había expresado mi incomodidad. Esa felicidad fue efímera ya que en los siguientes días fui despedida. No tomé ninguna represalia jurídica al respecto, en mis planes no estaba continuar en ese lugar por mucho tiempo, por el contrario, lo tomé como un favor.

Siempre he pensado que no hay mal que por bien no venga, encontré un mejor trabajo en casi todos los aspectos y me siento más feliz y tranquila que en cualquier otro lugar- Estoy un poco arrepentida por no haber detenido ninguna de esas situaciones en su momento, sin embargo, creo que son grandes lecciones de vida de las cuales debemos de aprender lo más que podamos y lo aquí narrado sólo son unas cuantas experiencias que les comparto porque escribir alivia el alma. Y quiero aclarar que soy una chica ordinaria, delgada, que nunca ha acudido a trabajar en vestidos, (por si acaso).

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El último bus.

Tocar su pene erecto fue desagradable, el asco contrastaba con mi sonrisa de placer, de niña traviesa que promete un goce inusual. Tuve que tragarme el vómito varias veces y sonreír, pues mi único deseo era regresar a casa.

Tenía dieciséis años y era mi primera salida, por esa razón mamá estaba nerviosa y fue difícil convencerla del permiso. Para que aceptara le dije que primero haríamos nuestras investigaciones en la biblioteca y luego iríamos a la heladería, llegaría a más tardar a las nueve de la noche.

El tiempo mostró su hora gris. Eran las seis de la tarde y decidimos ir al cine después de la heladería. Emocionadas elegimos sin analizar la función que terminaba a las doce de la noche. La película era muy divertida y se volvía más agradable con la compañía de amigas intentando ser adultas y comportarnos como si todo estuviera bajo control. Decidimos dejar la película y abandonar la sala corriendo cuando la lucidez nos hizo recordar que el último autobús salía a las 11:00 pm. Aún faltaba cuarto de hora. Mis amigas alcanzaron el suyo y yo corrí para alcanzar el mío que se encontraba a dos cuadras de su paradero.

Cuando lo abordé puse a funcionar mi discman a todo el volumen, pues la música de los Hombres G lograba relajarme. Incluso pensé que quizá mamá calmaría su enojo con el dulce tradicional de alegría, pues el amaranto es su favorito y lo compré especialmente para ella. Seguro estará angustiada y pensará muy seriamente en darme permiso de nuevo para salir con las chicas, me repetía una y otra vez.

La gente fue bajando poco a poco, yo nerviosamente tarareaba la canción de polvos pica, pica, que lograba mantenerme animada mientras me quedaba sola en el autobús.

El camionero dejó de manejar, cerró las puertas del autobús y apagó las luces. Pude darme cuenta que estábamos lejos de la ruta que normalmente transitaba: estábamos en un paraje solitario cercano a la aguada donde asistía con las chicas cuando teníamos horas libres en el colegio, antes de retirarnos a casa. Me dio pavor cuando ese señor acarició mis cabellos y retiró mis audífonos.

―Eres muy linda, las niñas a estas horas deben estar en casa durmiendo― dijo mientras me apretaba las piernas y rozaba con su dedo índice mi vagina.

―Mi madre me espera en casa, sus hijos no le esperan. ¿Por qué razón estamos fuera de la ruta?― le dije mientras retiraba bruscamente sus manos de mis piernas.

―No te pongas densa― me respondió y sacó una navaja de su pantalón. Cuando sentí la frialdad del metal en el cuello, sólo pude pensar en el gran dolor que le daría a mamá si este sujeto me asesinaba.

Sonreí, intentando que las lágrimas no se desbordaran de mis ojos.

―No te pongas denso tú, guapo, ¿acaso necesitas de navajas para tener a una chica y cogértela? ¿Tomando por la fuerza a las chicas funcionas?―. Alejé la navaja de mi cuello y desconcertado, guardó silencio.

Tomé sus manos y las llevé dentro de mis pantalones. ―Esto será tuyo, pero sólo con la condición que me lleves a casa, mis papás no están, en realidad nunca están y yo me siento muy sola―le dije sin siquiera creer que esas palabras salieran de mi boca, lo único que quería era regresar a casa y besar los pies de mi madre que seguramente se encontraba muy preocupada por mi ausencia.

Toqué su pene sobre su pantalón y noté que estaba erecto. ―¿Dónde vives?― preguntó mientras me tomaba de la cintura y me dirigía hacía el volante, me sentó en sus piernas y yo le acaricié los cabellos y lo besé en el cuello.

―Niña, estás que ardes―dijo mientras le indicaba la forma de llegar a casa, no estábamos muy lejos y en vehículo probablemente llegaríamos en quince minutos, pensé.

Mientras tocaba su pene erecto, sentí nauseas, pero tampoco quería ser la niña violada y muerta que se encontró misteriosamente flotando en la superficie de la aguada. Me rehúse a darle ese dolor a mi madre. ¡No, me niego a morir, este cerdo no tomará mi vida en sus manos!

Esas palabras pasaban en mi mente mientras acariciaba su pene y besaba su cuello.

―Dobla a la izquierda y en esa casa donde está mi madre esperando es donde vivo ¡cerdo asqueroso!― Le grité y comencé a gritar con más fuerza: ¡mamá, mamita! Comencé a patear la puerta y él sólo abrió y se fue con un rechinar de llantas.

―¿Por qué llegaste tan tarde niña? ¿Te hizo algo ese señor, por qué gritabas?―Dijo mi mamá a bordo de la histeria. Le expliqué que era el último camión y que ese señor amablemente me había traído a casa, aun cuando su horario ya había terminado y le era prohibido hacer ese servicio.

Mamá me abrazó y yo contuve mis lágrimas, quería besarla, llorar y decirle la verdad, pero ingenuamente pensé que no debería mortificarla demás. Me sentía sucia por todo lo que tuve que hacer para estar con vida. Nunca le dije a nadie lo que viví quizá por el miedo a ser juzgada de niña puta, después de 20 años decidí compartirles esta anécdota que en su momento fue vergonzosa y ahora entiendo que si no hubiera actuado de esa manera no tendría la dicha de narrarlo.

 

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Soy Violeta

Nadie ha pedido tu opinión o mirada sobre mi cuerpo.

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Llevo prácticamente 8 meses en Campeche. Me mudé en febrero. Viví casi 8 años en Mérida, así que tiendo a comparar muchas cosas en las dos ciudades. No me juzguen por favor. Amo las dos ciudades, pero debo admitir que en Campeche he recibido más acoso del que recibí en Mérida. En Mérida vestía de pantalón, tenis y playeras, evitaba las faldas, vestidos o blusas que mostraran mis hombros pues usaba el transporte público; además, era otra etapa de mi vida, era universitaria. En Campeche, visto de pantalón, blusas típicas, vestidos, faldas y blusas formales. Soy oficinista, trabajo para una dependencia de gobierno y la vida universitaria es ahora una parte de mi pasado.

Para trasladarme a mi trabajo camino por una de las avenidas más importantes de la ciudad y atravieso uno de los circuitos más concurridos, para luego adentrarme al centro histórico a través de la Puerta de Tierra y camino sobre la calle 59. ¿A qué quiero llegar con esto? La distancia entre la oficina donde trabajo y mi departamento es muy corta. Pero no libre de acoso.

Comencemos por el acoso que se vive dentro de la oficina, ese acoso silencioso y de miradas. Primero, cuando uno llega al área administrativa para dejar los documentos personales, se enfrenta a las miradas de todos los que ocupan esa área. Sin embargo, dos miradas provocaron incomodidad, provenían de dos hombres. Con el paso del tiempo y el trato vas conociendo a los individuos. No son malas personas, sin embargo, una parte de su educación les lleva a comportarse de manera irrespetuosa e irreverente hacia el sexo femenino: muchas veces he visto cómo, ante mi presencia, se expresan de las mujeres que miran al pasar, cómo hablan de ellas o cómo las miradas prácticamente desnudan a la fémina. Sí, todo ello ante mi incomodidad y ante el recuerdo de aquel día. No ha servido de mucho expresar dicha incomodidad, sin embargo, ahora es poco común que ellos se expresen de manera vulgar de una mujer ante mi presencia.

Segundo, el acoso que uno vive mientras camina. Es quizás el más común que vive una mujer. Siempre está en mi pensamiento: es mi cuerpo, soy libre de vestirme como desee, de sentarme con las piernas abiertas, de doblar las piernas. Pero parece que afuera no es así. Justo antes de llegar al circuito que atravieso para entrar al centro histórico de la ciudad, hay un puesto de periódicos de mi lado izquierdo; del lado derecho se encuentra el edificio del que fuera el hospital general, ahora convertido en las oficinas de Servicios Amigables para adolescentes. Justamente ahí, entre el edificio del hospital y el puesto de periódico, he sido acosada con las frases: “qué hermosa estás”, “qué chula te ves”, “dame un besito con tus labios rojos”, “estás rebuena”. Y si me va bien, hay un silencio que clava sus miradas en mis caderas. Y es que no hay un respeto: vaya con vestido, pantalón, falda o que porte el uniforme institucional con los logos del gobierno visibles en espalda y pecho. No, ni así me salvo de ser acosada. ¿Qué acciones he tomado? Ninguna, ¿por qué? Porque el campechano está “acostumbrado” a “chulear” a la mujer. ¿Chulear? Pues eso no funciona así, pues nadie ha pedido una opinión o mirada sobre mi cuerpo. No soy de las que voltean y recriminan, soy de las que caminan con la mirada fija en mi camino, pero advierto quién es el que me acosa. No quiero pensar que el acoso tiene que ver con la manera en la que uno viste, sino que es una cuestión cultural. Es ahí donde creo que podemos hacer un cambio. Educar para no acosar.

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Tercero, el acoso que uno vive mientras realiza su trabajo. Quizás este es el menos común. Debido a mi trabajo tengo que relacionarme con muchas personas desconocidas. Sí, por una u otra cosa, uno tiene que ser amable y proporcionar su número privado de celular, pero esa amabilidad, muchos hombres lo toman a coqueteo. Me he encontrado con frases, al momento de proporcionar mi número de móvil: “su número es como sus medidas” ¿Qué le sucede a la gente? ¿Qué tiene que ver mi número de celular con mis medidas? ¿Acaso ha mirado mi cuerpo? ¿Quién le dio permiso de escudriñarlo? A veces, me apeno de ser amable con las personas, pues tiendo a ser objeto de coqueteo por personas mucho mayores que yo. Son sensaciones que mis pobres letras no pueden describir. Es una combinación de rabia, impotencia o enojo, porque no tengo la confianza de expresar mis pensamientos sin ser catalogada como una pesada o pedante, y en el mundo laboral hay que ser sobre todo “educados”.

Son tres situaciones que he experimentado en carne propia en una etapa de mi vida, donde las faldas, los vestidos y la ropa formal juegan un papel importante. Por eso tú, hombre que lees esto, “chulear” a una mujer sin su permiso no es un cumplido, es un acoso, las mujeres somos dueñas de nuestros cuerpos, de nuestras decisiones, y si te sonrío es por cortesía, no porque quiera entablar una amistad contigo. Para ti que estas fuera y miras el cuerpo de cada mujer con lujuria déjame decirte: seguiremos alzando la voz y educando para vivir en un lugar libre de acoso callejero.

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Soy Violeta

Chale con los pechos

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-Lore te veooooo y me prendooooo
-Wuuut? Jajajaja
-Es que las tienes enorrrmessss
-Seee, lo sé
-(  .  )(  .  )
-Thefuck?
-jajajajajajajajaja qué opinas al respecto
-Que eso que acabas de hacer se llama acoso.

Esa fue una conversación en Facebook que tuve hace poco con un chavo que estudió conmigo la primaria y la secundaria, quien apenas unas semanas antes  dijo que quería “tener una cita romántica conmigo” y yo lo bateé con la excusa más rápida, quizás no tan eficaz, aunque verdadera de que tengo novio. ¿Por qué saco a la luz esta tontería dicha por inbox? Para empezar, se me hizo de muy mal gusto, me incomodó e incluso arruinó mi noche. En un principio intenté darle por su lado, pensé que estaba borracho y por eso escribía esas cosas, ya que no había tenido ese tipo de conversaciones con él, y llámenme exagerada pero que venga y me diga de la nada “me prendes porque las tienes enormes” se me hace algo muy vulgar y totalmente irrespetuoso.

No iba a decir nada al respecto, no le iba a decir “¿DUDE QUÉ TE PASA?”, así con mayúsculas para que sepa que le estoy gritando, pero un simple símbolo, emoticón o como se diga, los paréntesis y los puntos haciendo alusión a mis enormes pechos me hicieron encabronar, porque al parecer es todo lo que importaba de mí, todo lo que veía en mí, y me lo decía como si yo no supiera que tengo un gran par de melones pegados a mi cuerpo que rebotan con cada paso que doy, que son víctimas de miradas lascivas y de comentarios “chuscos” y “no malintencionados”.

¡MAMADAS! Le respondí que eso era acoso porque en efecto, me sentí acosada, me sentí un objeto por mis pechos, claro, no es algo que no sienta a diario, pero ¡dude! En la comodidad de mi hogar, justo a punto de dormir, viene este cabrón que cree puede decir cosas de mi cuerpo sólo porque entre sus piernas le cuelgan un pene con dos testículos y porque le da la gana, ¡no me chingues!

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Este suceso me hizo querer escribir sobre lo que vivo diariamente al ser una mujer de senos grandes, enormes como dijo el fulano, y no me refiero sólo a la parte del acoso, que eso lo vivimos todas las mujeres tengamos la talla que tengamos, sino que parece que en México el ser copa 34 C, bueno admitámoslo soy D, le da derecho a las personas de hablar de mis pechos en todo momento, bajo cualquier circunstancia, sin detenerse a pensar si quiera en cómo me siento, si el comentario me incomoda o me molesta.

Actualmente tengo 23 años, he tenido pechos desde los 12 o 13 años más o menos, y han crecido durante todo ese tiempo hasta lograr el tamaño “monumental” que tienen ahora. Desde que mis compañeros de la secundaria se dieron cuenta que yo estaba más desarrollada en esa área, no pararon los comentarios, lo curioso fue que provenían más de las chicas que de los chicos, ellas que decían que “les pasara un poco”, que “intimidaba a sus niñas”. Esa última frase la he escuchado más veces de las que se imaginan.

Sé obviamente que mis compañeros con las hormonas a flor de piel deseaban una probada de tan enormes y suculentos ejemplares, pero nunca me lo hicieron saber tan directamente como el fulano del principio, ni mucho menos lo hicieron mis amigos de la prepa, quiero creer que fue por nuestra entrañable amistad y porque me consideraban uno más de ellos (de los varones). No vivo en un mundo mágico y color de rosa, sé que me morboseaban, que lo siguen haciendo, que se los comen con la mirada, que quieren hundir su cara en ellos, pero prefiero ignorarlo, ya me da hueva sinceramente tan sólo pensar en ello.

A mi novio le digo que no hay día en que no reciba por lo menos un comentario sobre mis pechos. Hombres y mujeres, homosexuales y heterosexuales, familia, amigos, amigas, compañeros de trabajo, incluso personas que me acaban de conocer me han dicho algo como “las tienes muy grandes”, “¿no te duele la espalda?”, “¿qué copa eres?”, “pechugona ven pa’ acá”, “¿cómo se llaman las niñas?”, como si no supiera que los tengo.

Mi verdadera pregunta es ¿por qué se empeñan en decirlo o en recordármelo? ¿Por qué se sienten con la libertad de hablar de ellos como si fuera noticia de último minuto? ¿Todo porque no es algo “común” en el contexto en que vivimos? ¿A poco le dicen a una persona con alguna malformación o discapacidad sobre su condición? “mira tienes un ojo de vidrio” “mira tienes síndrome de Down”. No estoy comparando el tener senos grandes con tener una discapacidad, no es mi punto en absoluto, pero si se van a basar en que es algo que no se ve mucho en nuestro país, en nuestra sociedad, porque la copa media de senos en México es B ¡no me chinguen! Una persona con un ojo de vidrio no es algo muy común que digamos, y no escucho que le recuerden eso a alguien con dicha condición y que tienen dos o tres días de conocerlo.

Como dije, ya me da hueva el asunto. En la secundaria me daba pena que hablaran sobre ello, estaba pasando de ser niña a ser cosificada por dos cosas cuyo control de crecimiento no poseía, ni poseo ahora. Pero después de diez años de comentarios y miradas, ya es fastidioso, extenuante, aburrido, monótono, estúpidamente parte de mi rutina. Hoy en día soy un adulto semi responsable, que trabaja diario para comer decentemente tres veces al día. Hay un par de compañeros que siempre hablan sobre mis senos, uno de ellos es gay y supongo que eso le da la “confianza” de llamarme pechugona en lugar de Lorena cuando se refiere a mí. Los otros dos son heterosexuales, señores casados, con hijos, cuarentones que no pierden oportunidad de mirármelas y saboreárselas.

Mientras que uno me dice “las tienes hermosas”, el otro me abraza y me dice “úntamelas”, y yo ¿qué hago? Me río nada más, digo algo para zafarme en favor de mis pechos como “lo sé, son hermosos” o “jamás serás merecedor de ellos”, pongo mis brazos entre el fulano que me abraza y yo para no “untárselas”  y ese tipo de cosas.

¿Por qué lo hago? Quizás no me atrevo a mentarles la madre, ya que me tacharán de mamona, de “feminazi”, de exagerada, aunque pensándolo bien en un principio sí me importaba, pero ahora ya me vale.  Sigo la corriente porque permití que fuese parte de nuestro trato cotidiano, sé que está mal, sé que no debí permitirlo, pero ya me acostumbré, no me molesta ni me incomoda, y fuera de eso, ninguno de ellos ha hecho o dicho algo más al respecto, y quiero creer que en el momento en que se pasen de la línea que ya hemos trazado, es decir, sólo esos comentarios, me voy a defender como lo hice con el güey que me acosó por inbox.

Supongo que también lo dicen porque lo ven como “broma”, “no pasa nada”, “es normal”, cosas que también me dijo el otro fulano después de darle mis razones del porqué me sentí acosada. En ese momento le dije lo que está mal de esa situación, y de cualquier ocasión en que él se haya aproximado así a una chava, es que uno o  ambos lados piensen que es broma, que es normal, porque se permite el acoso y la cosificación del cuerpo de las mujeres, y todos sabemos que en casos más cañones deriva en cosas peores, violencia, violación, feminicidio, temas en los que no pretendo meterme, no ahora.

Yo también tengo culpa de esos tratos que recibo, hablando específicamente del caso de mis compañeros de trabajo, pero como dije, ya lo permití. Otra cosa es que mis roomies, mis amigos más cercanos, mi novio incluso me digan algo sobre mis pechos, porque hay confianza, porque así nos llevamos, porque yo también llego y les digo alguna tontería equivalente, pero ciertamente me incomoda que alguien que apenas puede llamarse mi conocido hable al respecto, o bien si se dicen amigos, que sólo piensen que soy atractiva por eso.

Hubo una ocasión en que un tipo de la Cruz Roja coqueteó o bueno, intentó coquetear conmigo en un concierto. Esa noche, mis amigos y yo nos sentamos en lugares separados, por la numeración de los boletos, y la chica que me acompañaba, llamémosle María, presenció el intento de ligue del muchacho. Al terminar la noche, María fue con el chisme a los demás, y lo primero que dijo fue que mengano se acercó a “pecho Lorena” ¿qué pedo? ¿cómo que pecho Lorena? ¡ese no es mi fucking nombre!, ¿no le pudo haber agradado al tipo mi sonrisa, mi cabello, mis ojos o todo mi ser? ¡noooo a huevo fue sólo por los pechos! Y chance sí fue así, no me sorprendería, pero que mi “amiga” piense que esa es la única razón por la que un güey se acercó a mí es insultante.

Pareciera que mis senos son protagonistas de mi vida, ellos no sólo guían las miradas, sino las conversaciones, los chistes, incluso el trato que me podrían dar. A muchos, quizás a todos les valga madres. Los hombres ¿qué van a saber de esto si su pecho no es objeto de estos actos? Y hablo tanto de heterosexuales como de homosexuales, ellos sólo hacen, dicen, miran, actúan sin pensar en todo esto que acabo de escribir, sin saber, como no lo sabía mi novio, en que todos los días escucho comentarios sobre mis tetas, palabra que encuentro en extremo vulgar y por lo mismo, es primera y única vez que la uso en este texto, ¡y ni hablar de las miradas y los pensamientos sucios que conllevan!

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Sí, está cabrón ser mujer en México, está cabrón ser mujer en una sociedad heteropatriarcal, que lo único que hace es cosificar el cuerpo femenino, al grado que es de dominio público: críticas, palabras, consejos, chistes, blablablá. Ahora pónganse a pensar en las particularidades, ser una mujer caderona, ser una mujer chichona, ser una mujer culona, ser una mujer piernona, parece que si no hablas al respecto, esos atributos van a desaparecer, el cuerpo de esa mujer dejará de ser un objeto y ¡dios no lo permita! Si las mujeres estamos en este mundo para que nos digan cómo satisfacer, a la vista, al olfato, al gusto, al oído, al tacto, al sexo, a la cultura, a la sociedad entera, y es algo que hay que recordárselos constantemente ¡TONTERÍAS!

No debería ser normal hablar del cuerpo de una mujer como si fuese una cosa, ni mucho menos hacerlo valer por un atributo en específico. Muchos no tienen idea lo frustrante que es el no poderse poner cierta ropa, ciertas blusas, ciertos vestidos, trajes de baño, porque está muy escotado, ando media chichi de fuera, me van a morbosear, me pueden hacer algo en la calle, me van a estar chiflando, me voy a ver fácil, zorra, ¿qué van a pensar de mí? ¡Por favor! Tengo senos grandes, resaltan aunque me ponga un suéter de cuello de tortuga, cualquier blusa o playera que me ponga se ve escotada, aunque en realidad no lo sea, todo lo demás son excusas para hablar de ellos.

Toda mi vida me he restringido, más bien, me han restringido de usar cierto tipo de ropa. A la fecha, siendo una mujer independiente, mi madre ha querido controlar uno que otro escote de mi vestimenta.

No está chido, pero ¿qué le vamos a hacer? La gente no parece entender que sus comentarios son absurdos y fuera de lugar, incluso estúpidos e ignorantes, como esas publicaciones que luego veo en Facebook, que la ventaja de ser “equipo pocaschichis” es que sí puedes dormir boca abajo. ¿Y quién dice que sólo ellas pueden? Yo he dormido boca abajo desde que tengo uso de razón, de hecho no duermo de otro modo, ¡NO HABLEN POR UN CUERPO QUE NO ES SUYO!

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Hace falta que antes de abrir la boca nos pongamos a pensar si es necesario el comentario, si no está fuera de lugar, y dejar de mencionar lo obvio “tienes senos grandes, eres moreno, eres alta, eres gorda” ¡YA LO SÉ ME VEO TODOS LOS DÍAS EN EL ESPEJO!

A quienes les he dicho esto, ni se imaginaban que eso pasa de manera cotidiana, ni mucho menos la flojera que me da, de tan acostumbrada que ya estoy. Y puedo asegurar que la mayoría de quienes lean esto, me conozcan o no, tampoco tenían idea de qué tantas veces al día una mujer puede ser notada, valorada y cosificada por su cuerpo.

No sé si el texto haga la diferencia, si alguien se ponga a reflexionar al respecto, pero lo quería decir, el suceso que relaté al principio me molestó mucho y me hizo querer compartir estas experiencias que callé por mucho tiempo, para mí, para mis seres queridos y que apenas hace un par de años empecé a develar a personas de confianza. Pero ¡ya basta! Quiero que quien lea esto sepa que estas no sólo son cosas que dicen y hacen los hombres, sino la sociedad en general, que ya me harté de ello, y que como yo hay muchas mujeres pasando por lo mismo y no lo dicen, sea por la razón que sea, miedo, vergüenza o porque ya se acostumbraron a algo que no debería ser visto como normal, ni mucho menos cotidiano.