Dejar ir a alguien a quién amamos profundamente es de lo más doloroso, Karla nos cuenta cómo descubrió que el amor que sentía hacia ella era más fuerte.

Por Karla Ucán

Y de pronto lo encuentras, ese chico que cumple tus expectativas; divertido, generoso, inteligente, con metas, trabajador, y lo mejor de todo, te apoya siempre, en tus decisiones, sueños y en cualquier cosa que te propongas. Todo es perfecto. Te dejas llevar e incluso te arriesgas a pensar que podría ser la persona con la que compartirás el resto de tus años; te miras a futuro y lo ves ahí, celebrando junto a ti cuando te titules o encuentres ese trabajo que tanto deseas. Lo incluyes en tus planes a corto y largo plazo, porque ¿qué puede salir mal cuando estás con tu “chico ideal”? Hasta que un día todo llega a su fin.

Ésta fue mi historia. Hace unos años conocí al “amor de mi vida”. Noches de charlas interminables, llamadas de largas horas, las bromas, la música que compartimos, y el apoyo incondicional que nos brindamos. Cuando nos conocimos, yo tenía esa idea de “ni una relación más”, porque tuve tantas malas experiencias que preferí dejarlo por la paz. Pero poco a poco se fue ganando mi confianza, con palabras bonitas, dedicando y escribiéndome canciones, haciéndome reír, estando para mí cuando necesitaba, y por supuesto, con su carta infalible de “yo no seré igual que aquellos que no te supieron valorar”.

Lo cierto es que me convenció hasta tal punto que llegué a considerarlo el amor de mi vida y comencé a incluirlo en mis planes y meterlo en mis sueños; todos esos viajes, conciertos, vacaciones, esas experiencias que había planeado hacer, ahora las haría con él. Y otras tantas: empecé a pensar en casarme y tener hijos (no a corto plazo, pero sí abrí la posibilidad que antes ni había considerado).

Fue más de un año de un amor “perfecto”, una relación aparentemente estable y sana, no habían celos tóxicos, ni aprehensión o infidelidades, y el apoyo era mutuo. Hasta que un día, repentinamente ese amor eterno se fue acabando. ¿Qué pasó? Él era ( me di cuenta muy tarde) de esas personas que, como diría mi mamá “andan tirando el anzuelo a ver qué pescan”, porque no saben estar solos y están buscando constantemente alguien que los ame.

Ese alguien fui yo. Y así como entré en su vida, me sacó de ella: perdió el interés en mí y comenzó a interesarse en alguien más. Seguía conmigo solamente porque yo era algo seguro. Sin embargo, no cedí, intenté resolver el problema, recordarle todos los planes que habíamos hecho; me insistía a mí misma que lo que tenía con él era real, que quizás solo estábamos pasando por una mala racha, porque “todas las parejas pasan por problemas, lo importante es resolverlos” (sí, ajá).

Hablé con él y le conté cómo me sentía y lo diferente que veía lo nuestro en las últimas semanas, pero su única respuesta fue que yo tenía la decisión si continuaba con la relación o no, que si no me gustaba, podía irme, porque total él era así y no iba a cambiar. Ahí fue cuando lo acepté, la única que seguía luchando por los dos era yo, la única enamorada seguía siendo yo. Y estaba gastando mi energía tratando de salvar algo que ya se había terminado (o, mejor dicho, algo que nunca empezó).

Terminar la relación fue una de las decisiones más difíciles que he tenido que tomar. ¿Cómo dejar ir al amor de tu vida? A pesar de que yo era una persona temporal en su vida, él se había convertido en una de las cosas más importante en la mía. Después de pensarlo tanto, me convencí, me armé de valor y le dije que lo mejor era que siguiéramos cada quien nuestro propio camino. Aunque todavía no me rendía, esperaba que se diera cuenta, que me pidiera quedarme, que me prometiera que íbamos a solucionarlo juntos, y dispuesta a darle otra oportunidad, pero su aceptación inmediata y la conformidad con la que lo tomó me hizo darme cuenta (ya me había tardado) que había tomado la mejor decisión y aunque doliera fue lo más sano para mí, porque nadie merece que le hagan sentir desechable y que pueden perderle el interés como si fuera una canción que pasa de moda.

Lloré por varias noches. Me pregunté una y otra vez qué es lo que había pasado, ¿por qué el que un día fue el amor de mi vida ahora ya no estaba en ella? Es que no es fácil olvidar a quien entregaste lo mejor de ti, dejar atrás todos los sueños que construyeron juntos, no es nada fácil superar a esa persona con la que estabas dispuesta a compartir tu vida.

Pero decidí que ya era suficiente. Debía seguir mi camino. Otra vez me encontraba sola. Tuve que replantearme todo de nuevo, volver a hacer mis planes, esta vez sin él, esta vez sin nadie. Me propuse a terminar la tesis, a conseguir un trabajo, viajé y me fui a un par de fiestas, asistí a esos conciertos de las bandas que todavía no había tenido oportunidad de ver, e hice un par de amigos nuevos. Fue un proceso largo pero conforme más me enfocaba en mí, menos pensaba en él. Ahora han pasado algunos años del rompimiento y llevo mi vida mejor, me he titulado y tengo un trabajo, disponibilidad para salir con amigos y ganas de conocer más gente. He pasado este tiempo aprendiendo a estar sola, comprendí que a veces el amor de tu vida tienes que ser tú misma.  

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