Por Anita Joker

 

He vivido en reparación desde que tengo memoria. Saberme defectuosa ha sido uno de los golpes más duros y difíciles de remover en mi autoestima. La carta del amor propio me la han cantado amigos y mi propia mamá: soy una persona insegura y así me voy a morir. Este artículo es para decir que sí, puede ser, pero hay cosas como la autoconfianza que pueden mitigar cualquier cosa.

 

Un día, cuando tenía ocho años, amanecí con un cachete inflado. Encontraron que tenía un tumor que pasaba por mi nariz, cerca del ojo, y terminaba junto a mi boca del lado izquierdo. De ese proceso recuerdo poco: al otorrinolaringólogo y la palabra larga en la puerta de su consultorio, decirle que estaba leyendo Harry Potter y que me contestara que su hijo también leía la saga; y a mi mamá con la cara de muerta el día que fuimos para saber si el tumor era malo o bueno. Recuerdo que yo casi deseaba -sin saber lo que implicaba- que mi tumor fuera maligno. Luchar contra un tumor maligno me hacía casi casi una heroína. Pero como todo me sale mal, fue benigno.

 

Me sacaron el tumor. Me quedó, sin embargo, un defecto con el que tuve que vivir tres o cuatro años de mi vida: la mitad de mis dientes eran de leche, y la otra mitad permanentes. El tumor había hecho que mis dientes de leche no se cayeran y eso implicaba otro procedimiento para el que tenía que esperar la madurez de mi quijada, o algo así.

 

Creo que ése fue el inicio de mi inseguridad, aunado a otra serie de situaciones que igual y en otra entrada comparto, ya entrados en el drama. Recuerdo pensar, mientras exponía en clase, que si no tuviera la sonrisa de un monstruo, seguramente hablaría con más fluidez.

 

Va a sonar mamón pero lo que me salvó la vida fue la literatura. Y no porque “los libros sean la puerta de la imaginación” ni estupideces de la mercadotecnia, sino porque buscarse en el espejo es una de las formas más rápidas de perderse. Nosotros, nosotras, no somos aquello que vemos o conocemos desde siempre, sino lo que estamos dispuestas a descubrir. Los lugares que están ahí afuera, ajenos en apariencia, pero donde nos reconocemos como si estuviéramos en casa. Reconocerme en otra parte que no fuera mi propia naturaleza deficiente, fue el inicio de otra serie de reparaciones ya no para mi salud física, sino espiritual.

 

Mis padrinos fueron Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir. El primero me dijo que somos lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros, y la segunda que no se nace mujer, sino se llega a serlo. Con este cheque en blanco he recorrido mis años más recientes consciente de mis limitaciones pero siempre en búsqueda de nuevas virtudes, de cosas que puedo reparar de mí.

 

Este proceso también lleva a aceptar con humor, si se puede, los defectotes que han echado raíces en una. En mi caso tengo un temperamento de volcán y una torpeza que me hace pasar ridiculeces un día sí y otro también. Para lo primero me ha servido poner la empatía como barrera a la ira. En ésa todavía hay obreros trabajando. Para lo segundo no tengo tanto problema porque sé reírme de mí misma, además que son un material de anécdotas inacabable.

 

Pero lo más, más importante han sido las decisiones difíciles. Mi Yo y mi Súper Yo hemos pasado momentos bien duros económicos, familiares, personales, de todo tipo, y las decisiones que he tomado han sido pensando en qué será mejor para mí en el futuro. La autoconfianza la he construido con una serie de decisiones difíciles que al final han resultado buenas para mí.

 

Pocas veces siento la satisfacción de lo que soy y la seguridad para salir a la calle en perra. Pero confío lo suficientemente en mí para saber por ejemplo, que daré todo en un trabajo o proyecto, y que al final saldrá lo mejor que pude hacerlo. O para transitar en un momento difícil de mi vida, porque me conozco y sé que al final de cuentas encontraré los medios para salir de ésta.

 

Para mí la independencia financiera, por decir algo, es una de las cosas más importantes de mi vida, porque no confío en nadie más que en mí. Sé que yo no dejaré de pagar mis deudas ni de alimentarme, o procurarme un techo. Así que si tengo que renunciar a una seguridad que me lleve a proyectar una imagen de María Félix, que así sea. Mis reparaciones ahora las hago desde adentro y desde afuera, no frente al espejo.

 

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