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Los muslos de Fátima iban aminorando el ritmo del trote; por ellos resbalaba un sudor que atravesaba su licra y llegaba hasta las pantorrillas formando un hilito refrescante. Las mañanas de lunes a viernes Fátima aprovechaba para mantenerse saludable, conservar su figura y desarrollar más resistencia; desde temprano salía a correr una hora, desayunaba manzana, melón, fruta de temporada, cereal con leche, malteadas energéticas y se bañaba antes de ir a sus clases.

Cuando decidió meterse de lleno a la literatura, buscó las opciones que tenía a su alcance. Empezó a frecuentar círculos literarios, cafés donde se compartían lecturas en voz alta, asistía a presentaciones de libros para conocer lo más reciente en la producción literaria, se inscribió a escuelas para aspirantes de escritores y a cuanto curso y taller se ofrecía. Desde la secundaria se había convertido en lectora voraz. Leyó a Homero, Esquilo; a Virgilio, Ovidio; leyó la Biblia, el Corán, el Gilgamesh, así como las obras de oriente tanto poéticas como narrativas e históricas. Todo cuanto caía en sus manos, Fátima lo leía con avidez y lo disfrutaba con placer enervante.

Los lunes, miércoles y viernes iba a tomar clases de nueve de la mañana a una de la tarde. Le enseñaban a analizar textos, identificar un cuento, un poema, las cualidades básicas de debe llevar un texto para ser literario. En clases le marcaban escribir relatos, poemas e incluso ensayos, sobre diversos temas explorando distintas técnicas y conociendo nuevas corrientes estilísticas. A veces se sentía abrumada porque debía hacer hasta dos relatos por clase o tres poemas con demasiada métrica o forma, y a pesar de que en verdad amaba la literatura y de sentirse comprometida con el aprendizaje, la elaboración de sus textos le resultaba difícil y bastante complicada. Una cosa era leer y disfrutar los libros, pero exigirse crear un texto propio suponía un esfuerzo de total concentración imaginativa y Fátima quería ser capaz de lograrlo.

Quería llegar a sentirse como una verdadera escritora que aportara grandes obras al mundo literario; que sus escritos fueran leídos por todo el mundo, ganando con ellos distinciones y galardones; o si no, al menos tener un considerable número de lectores al que haya sido capaz de tocar y conmover en lo más hondo de su vida. Sin embargo, sentía desmoronarse sus anhelos e ideales cuando los tutores opinaban sobre sus escritos y expresaban sus críticas: “Esta anécdota no convence”, le decían, “tu cuento no llega a ser contundente”, “no hay sentido de transformación en este texto”, le arrojaban en la cara a Fátima y, cuando simplemente era un escrito malo, soltaban “esto no es un cuento, no sirve”. No eran más suaves las críticas en sus poemas: “este poema no conmueve”, casi le gritaban, “no hay imágenes sensoriales”, “el ritmo falla, la fluidez se atora”, “falta musicalidad en los versos”.

Fátima empleaba toda su voluntad para no desbaratarse en lágrimas cuando le criticaban sus textos. Sentía deshacerse sus sueños y sus esperanzas se venían abajo; frustrada, pensaba que no valía la pena haber leído tanto, haberse dedicado a conocer nuevas literaturas; para nada le había servido perseguir las tendencias actuales en la estética, pues no se veía capaz de aplicarlas a su obra.

Por las tardes se dedicaba a corregir sus escritos, tratar de mejorarlos, o escribir otros diferentes; no podía evitar llorar un poco por sentirse bombardeada. Se levantaba el ánimo diciéndose que todo eso era para aprender, para mejor y tener experiencia. Se aferraba a su voluntad y a su obstinación para no renunciar y seguir adelante.

Los martes y jueves, Fátima asistía a talleres que le ayudaban a tener herramientas alternativas que pudiese aplicar en sus escritos. En los talleres no eran menos exigentes. También tenía que hacer ejercicios, y éstos debían hacerse en cuestión de minutos, pues se exponían al momento de ser terminados y las críticas caían con similar intensidad. Fátima notaba que la mayoría de sus tutores pertenecían a la generación de escritores formados a golpe y porrazo, a base de críticas más destructivas que objetivas, de caídas y levantadas, y ahora a ella le tocaba enfrentar esos obstáculos.

Sabía que para ser una gran escritora debía superar incluso a sus maestros y llegar a ser mejor que ellos. Por las tardes de esos mismos días, tomaba clases particulares de gramática y ortografía, pues tenía claro que para poder escribir bien, debía dominar lo mejor posible su herramienta: el lenguaje. Una vez dominado, podría jugar y experimentar con él para crear nuevas formas literarias. Antes del anochecer, ya estaba en casa para repasar sus ejercicios, terminar tareas y prepararse para el ajetreo del siguiente día.

Los viernes eran su alivio. Después de las clases por la mañana, tragar críticas que digería todo el fin de semana y recibir más tareas, comenzaba a serenarse su rutina. Prefería no tocar ningún quehacer hasta sobreponerse la fatiga semanal; dejaba para el día siguiente la revisión de sus trabajos y la elaboración de nuevos textos, a veces era tanto hastío que dejaba para el domingo sus labores. Cuando llegaba el viernes a casa, simplemente se dejaba caer en la cama y dormía hasta el atardecer. Al despertar, cenaba ligero y tomaba un baño. Enjabonaba sus piernas, dejaba que el agua limpiara su piel desde los hombros hasta los pies, quitaba la presión de su cabeza con la espuma en su cabello, sus pechos y vientre quedaban frescos y perfumados por el jabón. Se ponía un vestido sin ropa interior y de una sola pieza, que apenas lograba cubrirle la redondez de sus nalgas.

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Se dejaba el pelo suelto y caído sobre los hombros, librándose de la coleta que llevaba toda la semana; usaba un rubor brillante y labial carmesí húmedo, para aumentar la sensualidad en su boca; en sus ojos pintaba sombras claras para llamar la atención. Se armaba de una cartera lo suficientemente grande para su celular y el dinero, y sobre unos zapatos de quince centímetros de tacón salía a la calle. Con suerte, a las once atraparía al primer urgido, y si la noche iba bien conseguiría cuatro y hasta cinco clientes, bastante buenos para iniciar el fin de semana, y eso era en noche viernes; los sábados tenía más asiduos a su servicio. Nada como un par de noches laborales ganándose el sustento económico para despejar su mente de frustraciones y cansancio, además podía recuperar energías y levantarse el ánimo para iniciar una semana más de intenso trabajo en el oficio literario.

Categories: Ficción

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