Tocar su pene erecto fue desagradable, el asco contrastaba con mi sonrisa de placer, de niña traviesa que promete un goce inusual. Tuve que tragarme el vómito varias veces y sonreír, pues mi único deseo era regresar a casa.

Tenía dieciséis años y era mi primera salida, por esa razón mamá estaba nerviosa y fue difícil convencerla del permiso. Para que aceptara le dije que primero haríamos nuestras investigaciones en la biblioteca y luego iríamos a la heladería, llegaría a más tardar a las nueve de la noche.

El tiempo mostró su hora gris. Eran las seis de la tarde y decidimos ir al cine después de la heladería. Emocionadas elegimos sin analizar la función que terminaba a las doce de la noche. La película era muy divertida y se volvía más agradable con la compañía de amigas intentando ser adultas y comportarnos como si todo estuviera bajo control. Decidimos dejar la película y abandonar la sala corriendo cuando la lucidez nos hizo recordar que el último autobús salía a las 11:00 pm. Aún faltaba cuarto de hora. Mis amigas alcanzaron el suyo y yo corrí para alcanzar el mío que se encontraba a dos cuadras de su paradero.

Cuando lo abordé puse a funcionar mi discman a todo el volumen, pues la música de los Hombres G lograba relajarme. Incluso pensé que quizá mamá calmaría su enojo con el dulce tradicional de alegría, pues el amaranto es su favorito y lo compré especialmente para ella. Seguro estará angustiada y pensará muy seriamente en darme permiso de nuevo para salir con las chicas, me repetía una y otra vez.

La gente fue bajando poco a poco, yo nerviosamente tarareaba la canción de polvos pica, pica, que lograba mantenerme animada mientras me quedaba sola en el autobús.

El camionero dejó de manejar, cerró las puertas del autobús y apagó las luces. Pude darme cuenta que estábamos lejos de la ruta que normalmente transitaba: estábamos en un paraje solitario cercano a la aguada donde asistía con las chicas cuando teníamos horas libres en el colegio, antes de retirarnos a casa. Me dio pavor cuando ese señor acarició mis cabellos y retiró mis audífonos.

―Eres muy linda, las niñas a estas horas deben estar en casa durmiendo― dijo mientras me apretaba las piernas y rozaba con su dedo índice mi vagina.

―Mi madre me espera en casa, sus hijos no le esperan. ¿Por qué razón estamos fuera de la ruta?― le dije mientras retiraba bruscamente sus manos de mis piernas.

―No te pongas densa― me respondió y sacó una navaja de su pantalón. Cuando sentí la frialdad del metal en el cuello, sólo pude pensar en el gran dolor que le daría a mamá si este sujeto me asesinaba.

Sonreí, intentando que las lágrimas no se desbordaran de mis ojos.

―No te pongas denso tú, guapo, ¿acaso necesitas de navajas para tener a una chica y cogértela? ¿Tomando por la fuerza a las chicas funcionas?―. Alejé la navaja de mi cuello y desconcertado, guardó silencio.

Tomé sus manos y las llevé dentro de mis pantalones. ―Esto será tuyo, pero sólo con la condición que me lleves a casa, mis papás no están, en realidad nunca están y yo me siento muy sola―le dije sin siquiera creer que esas palabras salieran de mi boca, lo único que quería era regresar a casa y besar los pies de mi madre que seguramente se encontraba muy preocupada por mi ausencia.

Toqué su pene sobre su pantalón y noté que estaba erecto. ―¿Dónde vives?― preguntó mientras me tomaba de la cintura y me dirigía hacía el volante, me sentó en sus piernas y yo le acaricié los cabellos y lo besé en el cuello.

―Niña, estás que ardes―dijo mientras le indicaba la forma de llegar a casa, no estábamos muy lejos y en vehículo probablemente llegaríamos en quince minutos, pensé.

Mientras tocaba su pene erecto, sentí nauseas, pero tampoco quería ser la niña violada y muerta que se encontró misteriosamente flotando en la superficie de la aguada. Me rehúse a darle ese dolor a mi madre. ¡No, me niego a morir, este cerdo no tomará mi vida en sus manos!

Esas palabras pasaban en mi mente mientras acariciaba su pene y besaba su cuello.

―Dobla a la izquierda y en esa casa donde está mi madre esperando es donde vivo ¡cerdo asqueroso!― Le grité y comencé a gritar con más fuerza: ¡mamá, mamita! Comencé a patear la puerta y él sólo abrió y se fue con un rechinar de llantas.

―¿Por qué llegaste tan tarde niña? ¿Te hizo algo ese señor, por qué gritabas?―Dijo mi mamá a bordo de la histeria. Le expliqué que era el último camión y que ese señor amablemente me había traído a casa, aun cuando su horario ya había terminado y le era prohibido hacer ese servicio.

Mamá me abrazó y yo contuve mis lágrimas, quería besarla, llorar y decirle la verdad, pero ingenuamente pensé que no debería mortificarla demás. Me sentía sucia por todo lo que tuve que hacer para estar con vida. Nunca le dije a nadie lo que viví quizá por el miedo a ser juzgada de niña puta, después de 20 años decidí compartirles esta anécdota que en su momento fue vergonzosa y ahora entiendo que si no hubiera actuado de esa manera no tendría la dicha de narrarlo.

 

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