Por Anita Joker

Hace dos meses me salió un granito en la vulva. Nunca había ido a la ginecóloga a pesar de que muchas amigas cercanas me habían hablado de lo necesario que era para mi salud. Ir a mis primeras revisiones estaba en mi lista de propósitos de año nuevo desde el 2018, pero como muchas de nosotras, también yo me dejo siempre para lo último. 

Para colmo fue un domingo. Estaba desesperada y la verdad no busqué recomendaciones ni nada, fui a una clínica muy cerca de mi casa. Llegué muy nerviosa y me puse la bata y las pantuflas para sentir el horror de que te introduzcan un espejo en la vagina por primera vez en 25 años.

***

Mi vulva es extranjera, una alienígena en mi propio cuerpo. Un terreno acordonado, prohibido. Nadie debe tocarte ahí. Tú tampoco. Pasé casi toda la vida sin nombrarla.

Tendría como seis cuando me agarró la curiosidad de por qué los niños hacían pipí parados. Quise intentarlo a escondidas, no entendía la razón pero ya sabía que hacer cosas de niño era algo que no le gustaba a mi mamá. 

Algo hice mal porque cuando me encerré en el baño con las piernas abiertas, ella ya sabía -o intuía- lo que iba a hacer. Me sacó del baño jalándome el pelo y no recuerdo qué sigue. Ella en realidad no sabía lo que estaba haciendo, sólo sabía que me toqué para orinar. 

Otro día mirábamos la tele y me picaba. Me rasqué y me dieron curiosidad los labios, la abertura todavía pequeña, mi cuerpo. Era como pasar los dedos por una textura. Ella estaba preocupada, dolida, algo dentro de ella se desesperó cuando me ordenó que sacara mi mano “de ahí”.

Nadie debe tocarte ahí.

Tú tampoco.  

***

La doctora me preguntó si tenía sangrado, flujo o mal olor. Contesté a todo que no. Cuando vi mi cuello uterino en la pantalla tuve una muy mala primera impresión: tenía un flujo amarillo, sangre y una mancha blanca. Me dio ñañaras, como si no fuera yo misma. La doctora dijo primero que tenía una bacteria, después que tenía una infección y remató con una lesión por Virus del Papiloma Humano.

—O sea que tengo todo.

—La higiene tampoco es suficiente, tienes que abrir esto y limpiarte así, hasta que no quede nada.

Había leído por ahí que se limpia sola.

Asustada comencé a hacer mil preguntas mientras tenía las piernas abiertas. Con un gesto de desesperación que en ese momento pasé por alto, la doctora me dijo que me esperara porque era muy difícil darme información en esa posición, como si la que estuviera abierta como un pollo fuera ella. 

—¿No que no tenías flujo?, casi casi me reclamó.

Yo estaba llorando por dentro y por fuera. Ella me pasó un kleenex mientras me decía que lo bueno es que no era cáncer, porque para haberme tardado tanto tiempo en ir al ginecólogo pudo ser peor.

—Y no creo que sólo hayas estado con una persona.

Para la infección me recomendó óvulos, para la bacteria medicamentos y para el VPH una biopsia que tenía que hacerme una vez que sanara de mi infección. Volví a hacerme la biopsia que me costó más de 2 mil pesos y ese mismo día recogí mis resultados de Papanicolau que resultaron negativos. La biopsia, sin embargo, dio positivo a una lesión por infección, cosa que yo no leí bien en el estudio y dejé que ella me explicara cómo dos exámenes de lo mismo dieron resultados diferentes. 

Me aseguró que tenía lesión de papiloma de primer grado y que era necesario hacerme una cirugía láser que costaba 8 mil pesos. Para mi bacteria, me había dicho que lo más probable era que mis medicamentos no funcionaran y tendría que hacerme un tratamiento de 6 mil pesos por sesión, de las cuales necesitaría tres. 

—Hay un porcentaje de mujeres que tienen una lesión de bajo grado de VPH y se les quita solo; pero en toda mi vida, en toda mi vida y llevo 40 años en esto, sólo he visto dos casos, me dijo la muy cabrona. 

Salí del consultorio con una deuda mental de 20 mil pesos y una culpa mucho más grande y pesada. Todo ese tiempo me llené de estrés, tristeza, inseguridad. Seguía teniendo dudas porque cada vez que tenía una pregunta, la doctora me hacía rolleyes y me interrumpía para intentar explicarme o regañarme como si fuera una tonta. 

Como por dos semanas, me la pasé pensando en cómo conseguir el dinero o qué opciones más podría haber. Creo que nunca en la vida me he sentido tan sola y estresada, y ése es mi estado natural. 

Lo primero que hice, obvio, fue buscar en internet. Leí desde blogs, hasta un artículo de Malvestida y ensayos médicos-académicos. En uno me topé con la primera señal de alarma: la bacteria que tenía era una lesión superficial muy común que se quitaba sin tratamiento. 

¿Por qué alguien en su sano juicio ofrecería una cura de 12 mil pesos para algo que se quita solo?

Agarré mi examen clínico y tecleé las palabras exactas (había pagado para la interpretación de los resultados pero no me dijeron mucho al respecto). Lo primero que me apareció fue que las lesiones de bajo grado se vigilan pero no se recomienda tratamiento porque en la mayoría de los casos es reversible. También leí que un gran porcentaje, alrededor del 80 por ciento, de mujeres y hombres llegamos a tener algún tipo de VPH en la vida. Con esta información, comencé a dudar del profesionalismo de mi ginecóloga y decidí ir a una segunda opinión.

Afortunadamente, para esas épocas en mi trabajo comenzaron a dar Seguro Social y tramité el mío con urgencia. Semanas después acudí con un ginecólogo del IMSS que me dijo que no tenía absolutamente nada. Otra vez vi mi cuello uterino, esta vez muy rosado y limpio. 

—¿No se te hizo raro que en un estudio diga que sí tienes VPH y en el otro no? me preguntó.

Le dije lo que me habían explicado y puso cara de que nunca había oído semejante cosa. Me dijo que la biopsia me había ayudado a que la lesión desapareciera y me mostró el examen que me había hecho la doctora donde decía que mi lesión era por infección y no por VPH. O sea, que me habían visto la cara.

De todas formas me hizo otro Papanicolau y colposcopia para descartar que siguieran mis tres diagnósticos. Salí del Juárez entre aliviada y enfurecida, le conté a todas las personas que me habían visto triste lo que me había pasado y no hubo una que no me dijera: conozco a alguien que le pasó lo mismo.

Entendí varias cosas preguntando entre conocidas y amigas:

a) Algunas mujeres estamos desconectadas de nuestro cuerpo, normalizamos señales de alarma y no acudimos a nuestras revisiones periódicas.

b)   Nuestra educación sexual, aún teniendo escolaridad universitaria y viviendo en la zona urbana es insuficiente. Muchas mujeres que conozco no sabían ni siquiera el significado de las siglas VPH.

c)    Esa desinformación permite que haya gente como la doctora que me atendió que ofrezca tratamientos innecesarios y dé diagnósticos alarmantes cuando pueden no serlo (si alguien quiere saber qué clínica es para que no vaya me puede contactar). Supongo que lo mejor es ir con una persona recomendada  y si no te resuelven las dudas, pedir una segunda opinión.    

Todo esto desembocó en un reportaje sobre la educación sexual femenina en la que estoy trabajando, y en una mayor conciencia de mi salud. Después de dos meses de tratamiento y mucha culpa, me siento bien y mi salud ha mejorado en todos los aspectos. Entendí la importancia de re-conocer nuestros cuerpos y los cambios, las señales que nos dicen que algo está raro. 

A un amigo le escribí en ese momento que me sentía como otra persona “ni siquiera triste como cuando me pongo triste”. Y una de las cosas que me hizo sentir mejor fue leer en Malvestida un artículo de una chica con VPH. Así que me trago la vergüenza de hablar de mi vagina para que piensen en las suyas, con la esperanza de que le demos la misma importancia a nuestro cuerpo como se la damos a las relaciones personales con otrxs, y a nuestros proyectos. Para que podamos exigir servicios de salud profesionales y éticos, más humanos y empáticos, así como una educación sexual integral.  

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