Por Anita Joker

Acabo de cumplir 25 años de todo lo que no soy. Cuando era niña tenía la impresión de que no había realmente mucho que elegir, que las cosas se iban dando sin tantas intervenciones. Coetzee describe la infancia no como una edad de felicidad y ternura, sino como el momento en el que pasan cosas, y a una sólo le queda apretar los dientes y aceptar.

Hoy que me despierto sola de madrugada, atendiendo el llanto de mi gata que quiere entrar a la casa y no puede; que se me ha ido el sueño al abrir la puerta, y que no hay nadie para decirle “oye, no puedo dormir”, pienso en todo lo que no soy. A esta edad mi madre tenía una hija con la que no sabía qué hacer, una caja de cigarros escondida en la cocina y tiempo de sobra que gastaba en la angustia.  Yo solo tenía mi llanto y una serie de indicaciones de todo lo que tenía que ser: callada, buena, respetuosa, estudiosa, juguetona pero sin hacer ruido, sin alzar la voz. Todas las cosas que no soy, aunque algunas las fui por un tiempo, y entonces lloraba.

Mi madre solía tomar la siesta para matar horas de la tarde y yo prefería subirme a los sillones, despertar a mi hermana menor, encender la tele, como cualquier niña. Muchas veces me quedé llorando en el patio, porque no podía obedecer, y tenía que esperar a papá para que me abriera la puerta. Y quería muchas cosas que no podía tener: la habilidad de seguir la lectura de un audiolibro, mientras intentaba leer más rápido de lo posible, o sábanas más largas que cubrieran todo mi castillo hecho con la mesa del comedor. Ojalá hubiera conocido en ese tiempo a Coetzee, para saber que lo que se hacía en ese momento no era llorar de desesperación, sino apretar los dientes y aguantar. 

Yo imaginaba que a esta edad tendría un esposo, mi primer hijo o hija, que podría tener una carrera que se compaginara con la crianza o las labores del hogar. Que en verano iría a la playa y en Navidad estaría compartiendo amor y regalos, compraría cosas por catálogo y tendría un mantel de encaje. 

Pero acá estoy: escribiendo a deshoras sobre un peluche de dinosaurio, con mis tres gatos que son mi única compañía, desvelada por trabajar en un reportaje, feliz. Pero antes de saber que había una opción de sobrevivir a pesar de mí, hubiera preferido ser lo que no soy. Por eso lo que hago, lo que pienso, lo que digo, está casi siempre pasado sobre la resignación, envuelto en un forro de vanidad y autosuficiencia. Aunque por dentro, a veces, todavía crea que soy una anomalía congénita, una descarriada egoísta, que no supe ser lo que querían los otros de mí. 

Tampoco logré ser lo que quise ser un día. Más temprano leí en el libro Oficio de tinieblas de Rosario Castellanos sobre Marcela: “Y así es, siempre. Si la mandas a traer leña trae leña verde. Si la mandas a tortear deja que las tortillas se tuesten en el comal. Pierde las ovejas del rebaño”. Ser pésima en todo menos en unas cuantas cosas hizo fácil el camino. Me reconforta un poco saber que soy buena siendo yo, a pesar siempre de mí. 

Entonces tengo 25 años con unos días, y un trabajo que siempre soñé tener. Que me permite conocer personas, lugares, ideas, y escribir como estoy hoy sobre mi cama, o en un café de Paseo Montejo, o en una casa, o en la oficina. Y amigos, y gente que quiero ver feliz, comida en el refri, un colchón nuevo, una gata que llora de desesperación porque quiere entrar y no puede, pero le abro la puerta porque la quiero, antes de que apriete sus pequeños dientecitos y se vaya a resguardar a algún sitio, resignada. 

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