Categorías
María Conchita Approves

Leer Teoría

Por María Conchita

Nunca en toda la carrera pude realmente disfrutar un texto completo de teoría. Hubo textos que encontre amenos, sí, otros que me interesaron e incluso textos que en efecto me gustaron, pero el acto de leerlos no fue disfrutable. Los leía por obligación, los leía con prisas, los leía pensando en los otros miles de textos que aún tenía pendientes de todas las materias que tenía que llevar a la vez, los leía o intentaba leer poco antes de las clases para las que tenía que. En muchas ocasiones, demasiadas -más de las que debería admitir- no llegué a terminar de leerlos y por tanto de realmente entenderlos. A muchos les leí sólo la introducción, escaneé el contenido y leí completa la conclusión, quedándome con una idea y panorama general del texto, lo suficiente para emitir una opinión no tan desatinada en clases cuando me viera inevitablemente obligada a hacerlo. 

Estoy segura que mucho tiene que ver con el hecho de que cuando recién empecé la carrera estos textos se me presentaban como casi imposibles de entender. Me era en extremo difícil leerlos, nunca antes me había topado con este tipo de lectura. No sé si era culpa del sistema educativo, de las escuelas en las que estudié la preparatoria, o mía por la especialidad en ciencias exactas que llevé por el temor de no pasar el examen de admisión para la universidad por haber olvidado el lenguaje matemático. O igual simplemente era mi responsabilidad, o más bien falta de ella, al no haber buscado este tipo de lecturas durante el año sabático que tuve que tomar por mudarme a destiempo y no haber estado en el estado para la fecha del examen de ingreso. Sea como sea llegue a la carrera sin haber leído nunca un texto teórico, y llegué a la carrera con el temor de no pertenecer, y llegué a la carrera a toparme con que estos manejaban un lenguaje que me era ajeno, con términos que los profesores daban por sentado que podíamos entender, y que secretamente creía que en efecto todos entendían y disfrutaban menos yo. Hasta que tuvimos que trabajar por primera vez en equipo y vi casi romperse a una compañera porque le era imposible entender a qué carajos se refería Eco con una metáfora sobre algún experimento físico para explicar algo relacionado con la semiótica y el lenguaje. No entendimos ni el experimento, ni la metáfora y mucho menos el concepto. En ese entonces le agarré una fobia a Eco que conservo hasta hoy en día y creo que me voy a ir a la tumba sin leer ni uno sólo de sus libros.

Una vez terminada oficialmente la carrera dejé de leer por un tiempo. No fue una decisión, simplemente pasó y me frustraba mucho, parecía que lo único que pensé que nunca me iba a abandonar lo había hecho. Había escogido dedicarle la vida a la literatura y esta me había dado la espalda. Lo asumí como mi culpa; era mi castigo por seguir sin entender y disfrutar la teoría, era mi castigo por ser incapaz de terminar la tesis, por ser incapaz de escribir. No era digna de seguir leyendo. Por aquella época estaba profundamente deprimida por cosas que estaban pasando en mi círculo cercano, cosas que le pasaban a la gente que amaba y cosas que me pasaban a mí, y ahora entiendo que fue eso lo que me alejó de la literatura, pero en aquel entonces no lo sabía y lo tomaba como un castigo que, evidentemente, me merecía. 

En vez de buscar ayuda o ser vocal al respecto elegí callar, eso me llevó a soportar en soledad cosas que pudieron ser menos pesadas si las hubiera compartido. Por suerte no fui abandonada, mis amigos me fueron ayudando, sin la gente que estuvo a mi lado en esas épocas, de los cuales algunos siguen aquí, no hubiera llegado a ningún lado. En ese recuperarme logré conseguir un trabajo en la librería en que estoy y resultó que tenía permitido leer los libros que vendíamos gratis. Así, la literatura volvió a mi. 

Sí bien parte de mi vida estaba mejorando, había un punto importante que no resolvía. Algo de lo que me negaba a hablar y daba por perdido: la carrera. En mi interior seguía convencida que nunca serví para ello, y que era el mejor error que había cometido, pues a pesar de mi inhabilidad para escribir, sabía que si nunca la hubiera estudiado habría muerto cada día por dentro pensando en que había perdido lo único que podría haberme hecho feliz. No me arrepentía del sueño que fue la carrera, ni de los años en los que me esforcé, ni de las lecturas que había hecho, ni de la gente que había conocido, ni de cómo había forjado mi forma de pensar y ser. Simplemente asumía que nunca me titularía y de que estaba bien porque no lo merecía.

Iba pasando el tiempo y el reloj corría en mi contra. Cada vez la fecha máxima para entregar una tesis estancada en el primer capítulo y que ya ni siquiera intentaba escribir pero que estaba completa en mi cabeza se acercaba. Y yo me iba sintiendo peor. En esas estaba cuando me enteré de un curso de titulación de la facultad. A decir verdad pensé no tomarlo, sabía que la facultad lo daba porque necesitaba titular gente por el bajo índice de titulación, que era una medida para que la gente «como yo», incapaz, se titulara. La voz en mi cabeza que siempre me hacía ver lo poco que valía me estaba convenciendo y yo me encerraba a llorar en silencio para que mi roomie no se diera cuenta mientras me sentía profundamente miserable. 

A eso hay que sumarle que en esa época había peleado con una chica que durante mucho tiempo -casi diez años- había sido mi mejor amiga. Por como se dieron las cosas no podía evitar desconfiar de todos, pero por sobre todo sentirme sola. No confiaba ni en los demás ni en mí y la voz era lo único que siempre estaba ahí, por encima de todo. Yo sabía que esa desconfianza no era sana y que nadie se la merecía, una parte de mi, muy en el fondo peleaba contra ella. Así que hable con algunas personas, amigos de internet más que nada, gente que no me conocía en persona y nunca lo haría, por lo que extrañamente me hacían sentir menos expuesta y ellos fueron los primeros que me convencieron de tomar el curso. Luego hable con mi novia, quien igual me apoyó con entusiasmo, porque para ella titularme de esa forma no era el motivo de vergüenza que yo no podía evitar sentir sobre mí. Y entonces me atreví a platicarlo, de a poco, con mi círculo cercano.

Durante todo el tiempo que tomé el curso e incluso el mismo día de mi titulación estuvo la lucha en mi interior. A veces «ganaba» y me daba cuenta que los motivos por los que no pude llevar a cabo la tesis no eran una incapacidad mía, sino una serie de factores entre personales y de mi estado de salud mental durante esos duros años que me hacían imposible concentrarme, y a veces «perdía» y la voz se imponía, haciendome sentir como alguien que se iba a titular solo por pura suerte y que en realidad no tenía ningún merito ni las capacidades para hacerlo. Después de mi titulación me ocupé de cosas realmente importantes relacionadas con mi salud mental. Me mudé, y empecé a lidiar con el duelo emocional de perder una amistad tan importante, empecé a ocuparme de nuevo de mí.

Poco a poco e ido ganando fuerza, poco a poco estoy creyendo de nuevo en mí y en este proceso me topé con un libro que compré hace años. Un libro de teoría que capturó en su momento mi atención y que simplemente no pude entender y abandoné frustrada. Y ahora no puedo llegar a expresar la felicidad que realmente me dio no sólo por entenderlo, sino que fui capaz de genuinamente disfrutarlo. 

Este texto estaba destinado en realidad a ser una reseña sobre el libro, pero por lo visto mi subconsciente tenía planes diferentes para él. Y me alegra, porque sé que necesitaba hacerlo. En unos días intentaré hacerle una reseña otra vez, a ver si la memoria no me lleva de nuevo por otros caminos. Aunque si lo hace planeo volver a dejarme llevar, porque es agradable  retomar/reclamar/volver al lenguaje escrito.

Por violetas

Feministas haciendo contenido. Escucha nuestro podcast: Lo que callamos las Violetas.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.