libertad

Padre me dijo que no podía salir de la casa sola, sólo tenía quince años. Me regañó cuando intenté tomar camión en la esquina de la casa y concluyó que prefería llevarme él a que me subiera a ese “transporte sucio”. Cuando le pregunté por qué no respondió al momento. Meditó la respuesta un momento y sentenció, nunca lo olvidaré: “porque eres una muchacha muy guapa y le llamas la atención a los hombres. Te podría pasar algo.”

Han pasado seis años y no hubo una sola vez que saliera sola y mucho menos me he subido a un “transporte sucio”. Vivo aterrada dentro de mi casa, dentro de mi auto y salir a la tienda de la esquina sola hacía que me temblaran las piernas. Porque me puede pasar algo. Porque alguien podría violarme solo porque soy una muchacha guapa.

A veces, cuando saco a pasear al perro por las tardes, los albañiles que trabajan a cinco casas de la nuestra me chiflan y me gritan “piropos”, que a veces no comprendo porque se pierden entre alaridos que ellos mismos producen. Me llaman, me invitan a que me acerque y yo hago oídos sordos; me dan ganas de llorar por el pánico que se esparce desde la aorta, pasando por las venas, hasta fundirse conmigo en una temblorina que casi me nubla la vista. Lo terrible es cuando tengo que volver por ese mismo camino, mi padre me tiene prohibido cambiar mis rutas, y ellos se están yendo en una camioneta, es peor porque ahora podrían bajarse y hacerme algo malo; mi perro les ladra y ellos se ríen porque es un chihuahua y con una simple patada podrían librarse de su molesta barrera de sonido y cuerpo diminuto.

Libertas se llama mi chihuahua. Es una perrita muy confiada de sí misma, cariñosa, abierta con los extraños y sumamente valiente. Padre la considera más una molestia porque le incomoda que le ladre cuando llega tarde a casa y oliendo a alcohol. La patea cuando la encuentra entre los muebles en la oscuridad y su vista mareada no le falla. Su cuerpecito no pudo resistirlo esta noche y el azote que le propinó contra la pared ha terminado por matarla. Quiero llorar cuando abrazo su pobre cuerpecito que se derrama entre mis brazos pero Padre la toma del pellejo y la tira a la basura, intento detenerlo pero recibo una bofetada tan fuerte que voy a parar al suelo; Madre baja corriendo y comienza a pelear con él, me dice que corra y me encierre en mi cuarto, que no salga sin importar nada.

libertad2

Escucho un escándalo relleno de gritos, llanto, golpes y súplicas. Me abrazo las rodillas y me tapo los oídos con mis manos mientras lloro descontrolada, desesperada porque termine aquella escena, me mezo en la cama, como si regresara a la cuna y eso pudiera calmarme.

“¡DETENTE!… ¡Ya basta!…no…n” las palabras se van apagando y apagando. Se vuelven susurros, sollozos y, luego, silencio. Nada.

El pánico se repliega por mis venas nuevamente, mi corazón palpita en mi garganta y mi cerebro me grita “¡huye!”, y eso hice. Abro el armario, saco una pequeña maleta de mano, empaco lo que puedo y salgo por la ventana, ya sin importarme si hago ruido.

Mientras corro escucho sus gritos desde la misma ventana por la que salí: “¡Hija de puta, regresa, te voy a dar tu merecido! ¡Estúpida, métete a la casa, no puedes salir si yo no te doy permiso! ¡Niña cobarde, ven a enfrentarme! ¡Te voy a encontrar, zorra!”

libertad3

No miro atrás. Sí, soy una niña cobarde y es posible que me encuentre algún día pero hoy estoy salvada.

Pido asilo en la casa de un amigo, es la más cercana, pero él vive solo con su padre.  No puedo pensarlo demasiado, no tengo a dónde ir, es muy tarde y podría pasarme algo. Me deja pasar la noche en su sofá, me da sábanas, una almohada, me da las buenas noches y los dos nos vamos a dormir, él en su cuarto.

Me despierto porque siento algo pesado sobre mí que no me deja moverme y algo que me lastima en la parte de abajo de mi cuerpo. Es el padre de mi amigo que me está tocando de la misma forma que Padre me advertía desde pequeña. Quiero gritar, me tapa la boca y continúa con su frenesí sin importarle que llore y balbuceo entre sus mugrosas manos que pare, que no quiero. Cuando termina de saciarse, me acaricia la cabeza como si fuera una niña pequeña y me susurra al oído:

“Eres una buena niña, una linda niña, y no le vas a decir esto a nadie, ¿Si?” Asiento con la cabeza, no puedo hablar del asco que siento de mí misma.“Eres una buena puta”. Me besa los labios y se va; me deja llorando amargamente y sintiéndome la mayor basura del mundo.

Me levanto lentamente, me duele ahí abajo y las piernas, tomo mis cosas, abro la puerta e inicio el trayecto de regreso a casa. Cada paso es un martirio, siento algo que se escurre entre mis piernas, lo toco, es sangre. Llego a casa cubierta en sufrimiento, olvidando lo pasado entro por la puerta principal. Padre está tirado en el sofá, dormido entre su vómito de borrachera.  Madre se encuentra en la cocina, inconsciente, con un ojo morado y el labio sangrante.

libertad4

Padre me dijo que no podía salir de la casa sola, solo tengo  veintiún años, porque podía pasarme algo malo. Lo que no pudo prever en ese tiempo fue que él mismo me haría salir de casa sola, dejándome a la merced de los muchachos que me encontraban guapa y que me harían algo solo por ser así.

Padre siempre guarda una pistola, por seguridad, bajo el colchón de su cama. La tomo y, con la mano temblorosa, la apunto a mi cabeza, mi mente está en blanco, siento resbalar el llanto, la sangre entre mis piernas y la dignidad se me escapa en los sollozos.

Disparo.

Mi perrita era Libertas y yo me llamaba Libertad.

Categories: Ficción

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.