Categorías
María Conchita Approves

Maternidades, violencia y vida en Casas Vacías

Por Jimena De los Santos Alamilla

«Pero a través de siglos de haber dado de mamar emocionalmente a los 
hombres con nuestros pechos, también se nos dijo que estábamos 
contaminadas, que éramos devoradoras, dominantes, masoquistas, arpías, 
brujas, lesbianas y prostitutas. Aprendemos lentamente a desacreditar 
estos discursos, incluso el que comienza diciendo: «Las madres son más 
auténticas que las demás mujeres” 
Adrienne Rich 

Voy tejiendo estas palabras en medio de una pandemia y ante la inminente llegada de una tormenta. La maternidad es un ¿Deseo? ¿Imposición? ¿Ideal? con el que tengo múltiples conflictos e incomodidades. Leer Casas vacías de Brenda Navarro me ha confrontado con los temores y ansiedades que me despierta lo materno. En estas páginas comparto algunos fragmentos de mi lectura (porque en realidad hay mucho más que podría decirse sobre la novela), que se vio nutrida con las voces de algunas teóricas literarias feministas que se han sumergido en el pedregoso terreno de la maternidad. 

La casa abandonada: un vientre vacío 

En, Yo, tú, nosotras, Luce Irigaray explora los dolores de parto como un sufrimiento que se ha constituido a manera de norma para que una mujer se convierta en tal. La aceptación de este dolor como una regla se traduce en la normalización del sufrimiento para todas las mujeres: “Si este sufrimiento se convierte en la norma exclusiva para hacerse mujer, acaba por justificar el sufrimiento en las relaciones amorosas, el sufrimiento moral femenino, etc. Todo ello con el beneplácito de su «masoquismo» y de su capacidad de aguante” (Irigaray, 1991, p. 98). Es decir, que este dolor se expresa como una experiencia voluntaria y placentera; un rito de paso necesario para convertirse en mujer. De lo contrario, viene la culpa. Como describe la primera voz narrativa de Casas vacías, la experiencia del embarazo no es en absoluto placentera y más de una vez se menciona que en el fondo, ella no deseaba la maternidad. Sin embargo, es claro que hay una serie de expectativas que la presionan a continuarlo. Una vez que Daniel nace, la experiencia tampoco es agradable, pero la guarda para sí misma: 

Con la cintura quebrada, los coágulos arañando las paredes de mi útero y los ojos arenosos de no dormir, los primeros días con Daniel en mi vida, más que una dicha, eran un suplicio ahogado. Cállate, le decía en un silencio amordazado entre los ojos, por miedo a que alguien escuchara el escozor que me causaba oírlo llorar por ese no saber sobrevivir solo en el mundo. Si en el embarazo, triste, pedregoso y mohoso que había pasado ya sentía un arrepentimiento de tener útero y hormonas e instinto maternal, en la maternidad misma cada llanto de Daniel me rechinaba en el oído para constatarlo. (Navarro, 2017, p. 52)

Hay cierta circularidad en las madres que aparecen en la primera historia, principalmente entre la voz narrativa y la suegra. La línea de vida de ambas mujeres está contorneada por el mandato de la maternidad. En la primera parte de la novela, la voz narrativa describe a su suegra como una mujer devastada emocional y físicamente tras el feminicidio cometido contra su hija, Amara. La voz explica que este hecho violento posiblemente ocasionó que la mujer se diera cuenta que nunca fue feliz, y que sus esperanzas estaban depositadas en la crianza de sus hijes, expectativa que suele tenerse de las madres: “¿Alguna vez fue feliz o es acaso que apenas ahora que Amara ha muerto es que sabe que ha desperdiciado su vida?”(Navarro, 2017, p. 49) . Sin embargo, a lo largo de la novela, quienes leemos atestiguamos la propia devastación de la voz narrativa, quien naufraga en el dolor y la tristeza luego del secuestro de su hijo, Daniel. Es por medio de la introspección que entendemos, en algún punto de la vida, su felicidad pendió del pequeño, o bien, de la carga infinita que para ella es la maternidad: “No parir, porque después que nacen, la maternidad es para siempre” (Navarro, 2017, p.17). Ya sin el hijo, comienza un proceso de reflexión, constantemente destructiva, de donde pareciera que no hay salida. 

Otro punto de encuentro entre la voz narrativa y la suegra es en el paralelismo con la casa. Por un lado, la suegra teme quedarse en la solitaria grandeza del hogar en Utrera, ante el vacío de una hija asesinada, y un marido sin responsabilidad emocional: “Convence a Fran, convéncelo, yo te ayudo a cuidar a los niños, no voy a estorbar, voy a ayudarte, convence a Fran de quedarse, pero yo decía que no, aunque quería decir que sí, y ella me decía que no la dejara sola en esa casa grande, blanca y hueca de Utrera, que no podría con tanta soledad y sin su hija y con todos los días sin su hija y sin su nieta, que no me fuera […]. (Navarro, 2017, p.81). Lo segundo, el marido, constituye un elemento que estuvo en su vida desde su matrimonio, pero que la pérdida de Amara llegó a poner en perspectiva. 

Tal vez, como la voz narrativa sugirió con anterioridad, fue la presencia de los hijos lo que difuminó la ausencia del esposo. En contraste, la voz narrativa se enuncia como una casa vacía: “[…]porque eso era lo que había que hacer: ser las casas vacías para albergar la vida o la muerte, pero al fin y al cabo, vacías”. (Navarro, 2017, p. 53). 

El vacío y el dolor son representados de manera constante en las experiencias maternas de la novela, aunque se manifiesta de manera desigual entre mujeres y hombres. En el recuerdo del velorio de Amara, mientras las madres expresan su dolor con llantos ahogados, discretos, que contienen la pérdida de la mujer, los hombres dominan el espacio con ruidos violentos que no guardan relación con el feminicidio, sino con la imposición de una fuerza que busca silenciar: 

En cambio, los hombres de la familia poco a poco las ignoraron porque sus manotazos, sus aventones, sus gritos en el estacionamiento y sus pisadas apresuradas para arrancar motores e irse después del desmán que habían dejado a su paso hicieron más ruido que las lágrimas. Todos los hombres juntos son más ruidosos y estruendosos que todas las mujeres y sus lágrimas. Xavi y sus manos asesinas, Fran y su seguir estando bien porque hay que estar bien aunque estuviera ahí la hermana muerta y el padre que se sentía demasiado viejo para pelear pero demasiado fuerte para jalar a Nagore a su lado y no dejar que la abuela paterna se despidiera de ella. (Navarro, 2017, p. 53) 

Las expresiones agresivas e indiferentes en reflejo reverso al dolor contenido de las mujeres podría responder a una idea reproducida una y otra vez sobre la locura de las mujeres, como señala Luce Irigaray: “El deseo de ella, su deseo (de ella), esto es, lo que viene” a prohibir la ley del padre, de todos los padres. Padres de familia, padres de naciones, padres-médicos, padres-curas, padres-profesores. Morales o inmorales. Siempre intervienen para censurar, rechazar, con todo el buen sentido y la buena salud, el deseo de la madre. (Irigaray, 1994 p. 34). Esta locura aparente también se presenta en las comparaciones entre la voz narrativa y Fran, la manera tan distinta en que ambos, madre y padre, procesan la pérdida de Daniel: una con llanto, depresión y furia y el otro con tranquilidad, pulcritud y mesura.

Pertinentemente viva: Nagore en sus propios términos

En el contexto de la novela, rodeada de una creciente violencia de la que pareciera no hay puerta de salida, Nagore se enuncia como la sobreviviente; es también su vida una metáfora de la esperanza para las mujeres de su linaje, consanguíneo o no, de un camino diferente, el propio. Por la voz narrativa sabemos que Nagore atestigua el asesinato a su madre, y la violencia brutal de su padre. Desde pequeña está expuesta a una realidad cotidiana para la mayoría de las mujeres en el mundo. Luce Irigaray, en El cuerpo a cuerpo con la madre, explora, entre otros temas, la irrupción del orden paterno en la relación materna: “El orden social, nuestra cultura, el mismo psicoanálisis, así lo quieren: la madre debe permanecer prohibida. El padre prohíbe el cuerpo a cuerpo con la madre” (Irigaray, 1994 p. 38). Este impedimento de la relación cuerpo a cuerpo con la madre se traza en la vida de Nagore; el vínculo con su primera mamá es destruido a manos de Xavi, su padre, quien tras varios años de violentar a Amara, ejerce en ella la forma de violencia más extrema: el feminicidio. Tener una familia en la voz narrativa y Fran supone un alivio para la niña, o bien, la oportunidad de una relación madre/hija; sin embargo, estas expectativas son cortadas por el mismo Fran, ya que es él quien, forzando la relación entre ambas, irrumpe en el cuerpo a cuerpo con la madre: “La hermana murió a manos de su marido, por eso Fran nos impuso el cuidado de Nagore. Yo me volví madre de una niña de seis años mientras engendraba a Daniel en mi vientre. Luego no fui madre y ése fue el problema. El problema es que seguí viva por mucho tiempo.” (Navarro, 2017, p. 16). 

Pese al rechazo que la voz narrativa manifiesta frente a Nagore, la niña tiene una conexión profunda con ella, que se revela en su lenguaje. Si la primera lengua materna de la niña es el castellano y la paterna el catalán, poco después de incorporarse a su segunda familia, Nagore adopta la lengua de su segunda madre: “Nagore perdió el acento español apenas llegó a México. Se mimetizó conmigo. Era una especie de insecto que hibernaba para salir con las alas puestas para que la miráramos volar. Estalló en colores, como si el capullo tejido en las manos de sus padres solo la hubiera preparado para la vida” (Navarro, 2017, p. 16). Si bien pareciera que la voz, al compararla con un insecto, lo hace con desdén, más adelante, en su introspección, ella misma se dará cuenta que siempre admiró la fuerza de la niña. Diversos momentos en la historia le sirven a la voz para reconocer la firmeza de Nagore al momento de expresar sus ideas y emociones; la niña no lo piensa dos veces antes de pedir a su mamá durante el velorio, mientras las fuerzas ahogadas maternas y la violencia paterna están luchando por posicionarse; ya sea para defender a su abuela o reclamarle a la voz, Nagore no guarda el silencio que las otras mujeres en el texto. Frente a la voz, que lamenta seguir con vida por tanto tiempo, la niña está dispuesta a vivir: “Tienes que aprender a cuidarte, le dije. Sí, yo no voy a ser como mi mamá, yo voy a vivir. Se llenaron sus delgados labios de verdad. Nagore y Daniel en ese momento eran la promesa de que se puede sobrevivir a los entuertos maternos”. (Navarro, 2017, p. 54). Lo cierto es que no sobrevive a “los entuertos maternos”, sino a la orden del padre que desde temprana edad destruyó toda posible relación con su madre.

Pese a ello, hay un conocimiento compartido entre todas las mujeres de la historia que, aunque silenciado, se transmite en Nagore, quien es la primera de su linaje en hablar: “Las madres y las hijas siempre han intercambiado —además del saber transmitido oralmente de la supervivencia femenina— un conocimiento subliminal, subversivo, anterior al lenguaje: el conocimiento que flota entre dos cuerpos iguales, uno de los cuales ha pasado nueve meses dentro del otro” (Rich, 2019, p. 293). Salvo por Amara, todas las mujeres de la novela sobreviven, aunque con el dolor ahogado. La existencia de Nagore supone la esperanza de una vida distinta; y la voz narrativa es capaz de verlo, admirarla y quererla, pese a que no lo exprese como tradicionalmente se espera de una madre. Aunque no sabremos qué sigue para ella, se anuncia que confrontará a su padre, sin miedo, ya que es el feminicida quien debe temerle a la hija, única testigo de su crimen. 

La otra anónima 

Regresó brevemente a la escritura en primera persona, con la intención de salir, aunque sea por unos párrafos, de “la yo académica”. En mi lectura personal, he decidido interpretar a la segunda voz narrativa como un reflejo reverso de Nagore. Esta voz, a diferencia de la primera, vive en un contexto aún más desolador. Ambas tienen como punto de partida la violencia extrema que sus padres (en el caso de la voz, además su tío), ejercieron en sus madres: la primera feminicidio, la segunda violación. Si bien en Nagore se fluye la posibilidad de una vida diferente, para la segunda voz narrativa, aunque en varios momentos de la novela exprese su deseo de otra vida más vivible, le resulta cada vez menos alcanzable:

Muchas veces pensaba en la niña de ojos azules y su hermanito, como que me dieron ganas de ser ella: ser niña, ser bonita, tener una mamá y un hermanito. Como que pensé a lo mejor sí había otras vidas, otras formas, otros novios, otros hombres que me quisieran embarazar, como el Neto, ¿por qué nunca volteé a ver al Neto? (Navarro, 2018, p. 71) 
Me dio lástima. Tampoco él saldría de aquí, ni iría a ningún lado nunca, ni sería feliz como todos nosotros. Como que él me confirmaba que todos nosotros habíamos nacido a lo pendejo. (Navarro, 2017, p. 103) 

Aunque las dos tienen ciertas experiencias en común, es notable que la segunda voz narrativa no vive en las mismas condiciones socioeconómicas privilegiadas que Nagore, lo que limita el aprendizaje de herramientas que le ayuden a salir de los círculos de violencia en los que se ve inmersa. Si en Nagore hay una voluntad por sobrevivir, la segunda voz lo que más desea es una familia, determinada por los valores heteronormativos de su contexto; Nagore ha tenido dos ocasiones fallidas de formar parte de una familia y en su futuro busca alejarse de ese idea. Al carecer de los recursos para cuestionar enteramente lo que vive la segunda voz, hace que normalice la violencia ejercida por los hombres; en ese sentido, se parece más a la madre de Daniel, que en cierto modo acepta su destino: “Yo no sé si es cierto que sea la tele o lo que sea que nos dice cómo nos tienen que gustar los hombres pero a mí sí me gustaba ver cómo en la calle muy envalentonados y peleoneros y con nosotras como perritos con la lengua afuera, eso me hacía sentir poder” (Navarro, 2017, p. 32). Pero también, tiene un deseo particular por engendrar a una niña, para que fuera distinta a ella y a las mujeres de su familia; es decir, que si en el fondo creía que su vida no podía ser distinta, sabía que tenía la capacidad de darle a su hija una oportunidad diferente a la que ella tuvo. 

Sin embargo, en la situación en que vive, tiene mayor peso el mandato de la masculinidad, lo que también identifica la primera voz. En este ideal masculino, el poder se transmite de padres a hijos: “Los padres exigen hijos varones como herederos, manos para el campo, carne de cañón, alimentadores de máquinas, imágenes y prolongaciones de sí mismos; su inmortalidad, en suma” (Rich, 2019, p.265). Ambas reconocen que, aunque Daniel/Leonel es un varón, al encontrarse en el espectro autista, para Fran y Rafael se imposibilita la conexión masculina entre padre e hijo; además los dos se deslindan de formar parte de los trabajos de cuidado que el niño requiere. Ambas asocian la posibilidad de la paternidad con los deportes, los juegos físicos, rasgos masculinos; pero, los dos hombres ven en Daniel/Leonel a un sujeto feminizado, lo que les supone una barrera. 

El anonimato de las dos voces narrativas constituye una metáfora del silenciamiento materno: “No es menor el silencio que pesa sobre el sufrimiento, corporal y psíquico, del parto y sobre todo de esta abnegación que consiste en hacerse anónima para transmitir la norma social que personalmente se puede desaprobar, pero en la que se debe incluir al niño para educarlo en la sucesión de generaciones” (Kristeva, 1987 p. 229). Es así que nunca conocemos los nombres de las voces narrativas, ambas se encuentran en el papel de madres de Daniel/Leonel, anteponen sus deseos y vidas a la del niño, pero también a lo que este y la maternidad simbolizan en sus contextos particulares. 

Finalmente, la novela va cerrando con el descubrimiento de la relación entre la segunda voz narrativa y su madre. Si bien para Nagore el feminicidio a su mamá quiebra cualquier tipo de relación con su origen, la segunda voz narrativa cargará con las culpas de la madre, impuestas por una sociedad que no es capaz de sentir empatía hacia una sobreviviente de violación; confrontarse a la complicidad de la abuela genera en la voz resentimientos hacia las mujeres de su familia: 

La miré con odio. Siempre la odié. No debió de haberse embarazado de mi madre, ni de su hijo. No debió de haber dejado que mi mamá tuviera a sus bebés, especialmente a mí. Le iba a insistir que me dejara pasar, pero a lo mejor en el fondo no quería encontrar a mi mamá. Y ya me empecé a alejar. —Si sé que aquí estaba y usted me la negó, voy a venir a partirle su madre a usted y a su pinche hijo de mierda, el puto cabrón. 
—Las hijas siempre pagan mal, siempre se lo dije a tu mamá (Navarro, 2017, p. 100).

Hay un linaje de rencores: de la abuela a la hija y nieta, de la madre a la hija y de la hija a la madre y a la abuela. Anteriormente mencioné que Luce Irigaray explora en su ensayo la irrupción del orden paterno en la relación del cuerpo a cuerpo con la madre. En estos casos de violencia en el ámbito familiar, las agresiones se fueron diseminando entre abuela, madre y nieta, lo que origina un constante ir y venir de violencias entre las tres mujeres. Lo que la voz narrativa entiende sobre ser mujer y tener una familia, es lo que aprendió de la suya propia, de ahí que sienta odio a su madre y abuela por aceptar la violencia, actitud que ella misma va a reproducir; y a su vez, la creencia de la abuela sobre que las hijas “pagan mal”, aunque en su caso, es el hijo quien ejerció violencia en primer lugar: “Muchas hijas guardan rencor hacia sus madres por haber aceptado con demasiada pasividad «lo que sea». La conversión de la madre en víctima no solo la humilla a ella, sino que mutila a la hija que la observa en busca de claves para saber qué significa ser mujer”. (Rich, 2019, p. 318). Sin embargo, en este círculo de agresiones, los hombres, iniciadores de esta potencia agresiva, quedan fuera, completamente ajenos de lo que debería ser su responsabilidad. En el contexto particular de la segunda voz, la maternidad es un ideal rodeado de violencia.

Apuntes para una conclusión 

En esta lectura he intentado desentrañar algunos discursos sobre la maternidad que operan en Casas vacías. Sin duda, la novela es una propuesta para enfrentarnos con nuestros propios mitos e ideales sobre la maternidad, pero también de la violencia que forma parte de nuestra vida cotidiana. Aunque el silencio es frecuente en el texto, lo cierto es que las dos voces narrativas toman la palabra y dan voz a sus experiencias de dolor, violencia y duda. En ese sentido, es importante leer Casas vacías como parte de un proyecto literario perteneciente a una generación de escritoras que se muestran más abiertas a narrar de manera directa los contextos de vida de las mujeres en México y Latinoamérica. 

Referencias 

– Navaro, Brenda, Casas vacías. México, 2017. 

– Irigaray, Luce, Yo, tú, nosotras. Cátedra, Madrid, 1991. México, 2017. – Irigaray, Luce, “El cuerpo a cuerpo con la madre”, en Debate Feminista, No. 10, 1994, pp. 32-44. 

– Kristeva, Julia “Stabat Mater”, en Historias de amor. Siglo XXI, Madrid, 1987. – Rich, Adrienne, Nacemos de mujer. La maternidad como experiencia e institución. Traficantes de sueños, Madrid, 2019. 

Por violetas

Feministas haciendo contenido. Escucha nuestro podcast: Lo que callamos las Violetas.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.