“Quien tiene magia, no necesita trucos”

 

Es muy difícil relatar una historia sobre un tema poco abordado, pero el Trastorno de la Personalidad Narcisista (TPN) existe y es necesario hacer consciencia para protegernos entre nosotras. Dos palabras me vienen a la mente al tratar de externar todo lo que viví con una persona con TPN. La primera es “truculento”, que el diccionario define como lo “que sobrecoge o asusta por su morbosidad, exagerada crueldad o dramatismo”, porque así es la vida de un narcisista, truculenta. La otra palabra es “prestigio”, que entre sus significados se encuentra el “engaño, ilusión o apariencia con que los prestigiadores emboban y embaucan al pueblo”. La principal estrategia del narcisista.

Mi historia sucedió así:

A principios de 2016, yo regresaba a Mérida después de vivir un tiempo en otra ciudad por mis estudios de posgrado. Tenía la intención de aplicar lo aprendido, por lo que estaba muy entusiasmada y llena de energía. Para esto, contacté a un profesor con el que previamente había trabajado, preguntando por oportunidades para desarrollar proyectos de colaboración en la universidad. Fue muy accesible. Lo contacté porque conocía su manera de ser y de trabajar. Todo fue sencillo. Acordamos reuniones para diseñar el proyecto. Yo ya tenía algo escrito y se lo presenté. Le pareció buena idea y comenzó a organizar las salidas de campo, los presupuestos y la mano de obra.

Ahí empezó todo. Al finalizar uno de los primeros viajes me envió un mensaje agradeciendo mi “grata compañía”. No me pareció extraño puesto que siempre había sido muy cortés, así que le devolví el cumplido. Los viajes se hicieron más frecuentes y las pláticas durante las horas en carretera comenzaron a ser más personales. Así supe sobre su divorcio y las consecuencias que repercutieron en su estado de salud, sus hijos, sus problemas familiares y financieros, la educación rígida por parte de su padre, sus planes y sueños. Y yo me sentía muy halagada por contar con su confianza y “amistad”.

En ese momento no me encontraba trabajando oficialmente, vivía de mis ahorros mientras colaboraba en los proyectos y buscaba un ingreso estable. Incluso recibí una propuesta de trabajo en un evento organizado en otro estado, pero no me alcanzaba para ir, por lo que este profesor muy amablemente se ofreció a apoyarme con los gastos. Ese gesto terminó por convencerme de que estaba tratando con una persona muy valiosa.

Poco a poco los viajes se fueron espaciando. Sin embargo, se acercaba la fecha para una convocatoria importante para mi futuro profesional, contaba con su apoyo con la finalidad de gestionar los trámites correspondientes. Llegó el día y necesitaba su firma en varios documentos. No lo encontré. Fui a su oficina, le envié mensajes, hice llamadas y nada. Le envié un mensaje por correo electrónico. Varios días después obtuve respuesta. Se había ido a otro país para terminar los estudios que había dejado pendientes. Nunca me había mencionado nada sobre eso y el tiempo corría.

Transcurrieron semanas hasta que me volvió a contactar. Fue cuando me dijo que estaría varios meses fuera del país y que, para no entorpecer mis planes, mejor buscara otras opciones dentro de la universidad. Así lo hice. Platiqué con otros profesores con proyectos similares y me uní a uno de ellos que, además, ofrecía una beca como apoyo mientras se me comenzaba a pagar formalmente. Dentro de mi ingenuidad, yo pensaba que había conseguido una oportunidad en la que él también se vería beneficiado a su regreso. Mientras tanto, los mensajes y llamadas entre él y yo, fueron aumentando. Me enviaba fotos de los lugares que visitaba, me contaba sobre sus actividades del día o de cómo se sentía y yo hacía lo mismo.

Al fin se cumplió el plazo, él regresó. Después de tanta comunicación durante su ausencia, lo único que queríamos era vernos. Ese día él estaba muy sonriente. Yo tenía una actividad en mi nuevo trabajo e hice una pausa para visitarlo en su oficina. El saludo fue un abrazo efusivo que duró varios minutos. Ese abrazo le dio un giro completo a la historia.

Comencé a visitarlo con más frecuencia y retomamos los viajes por carretera. Ya no trabajábamos juntos, pero disfrutamos de la compañía mutua tanto como los abrazos (o al menos yo lo hacía). Un buen día, esos abrazos se convirtieron en besos en el cuello, en los labios, en caricias. Al principio, él se disculpó pensando en que yo me había ofendido y me preguntó si me importaba la diferencia de edades. A pesar de que es varios años mayor que yo, para mí no había inconveniente alguno. Él me agradaba y ambos éramos (somos) mayores de edad, así que le di mi consentimiento (o al menos pensé que yo era la que había decidido permitirlo).

Así, lo que comenzó como una colaboración académica, se convirtió en una relación de pareja. Sin títulos, sin compromiso, únicamente disfrutando en cada oportunidad que teníamos. Me considero una persona de mente abierta, por lo que acepté las condiciones de la relación. Sin embargo, él comenzó a dirigirse a mi de manera cada vez más cariñosa, a buscarme con más frecuencia, a darme regalos, a bombardearme de amor, completando de esta manera lo que los expertos denominan “fase de idealización” del abuso narcisista.

Ya me tenía en sus manos. La ventaja de trabajar en el mismo lugar, pero en áreas distintas, hacía nuestros encuentros más emocionantes. Los planes continuaron. Yo le ayudaba en sus tareas, mientras continuaba avanzando en mis proyectos profesionales. Conseguí ascender en mi área de trabajo. Fue ahí donde la pesadilla comenzó. De un día para otro, dejó de buscarme y de enviarme mensajes. Si yo lo buscaba, hacía muy difícil que lo encontrara y, si lo encontraba, me rechazaba de la manera más sutil que pudiera existir. Siempre tenía prisa o estaba en espera de llamadas importantes o simplemente estaba muy ocupado. Lo confuso era que pasaban los días y otra vez volvía a ser la persona más encantadora y cariñosa que yo conocía.

Así estuvimos varios meses, hasta que, como cualquier persona sana, me cansé. Quise hablar con él de esta situación y otra vez dejó de estar disponible. Yo no aguantaba más y expresé todo lo que sentía mediante un correo electrónico, el cual me contestó días después diciendo que estaba muy arrepentido y que le diera otra oportunidad. Así lo hice, pero para entonces los altibajos eran cada vez más frecuentes. Pasaba días sin comunicarse y cuando lograba contactarlo, era la persona más fría sobre la tierra. Después regresaba a mi con abrazos, invitaciones a comer y otras muestras de afecto.

Comenzó a criticar mi trabajo, a discriminarme y ofrecerme nuevas oportunidades para trabajar con él. Oportunidades que nunca se concretaron y que me hicieron perder tiempo y energía pero la estrategia de manipulación estaba funcionando. En ese entonces yo no tenía idea de lo que era un “narcisista encubierto” y comencé a pensar que el problema era yo. Por lo tanto, empecé a tolerar cada vez más sus groserías porque, si protestaba, me aplicaba lo que se conoce como “cold shoulder”, una agresión pasiva en la que simplemente dejaba de dirigirme la palabra o de hacer las cosas que sabía que me agradaban.

Pero el abuso no paró ahí. Como sus técnicas ya no estaban funcionando del todo conmigo, comenzó a dejarse ver con otras mujeres o a hacer comentarios sobre ellas cuando ni siquiera estábamos hablando de temas relacionados. Todavía recuerdo su sonrisa de satisfacción, el escarnio y todas sus frases retándome o buscando hacerme enojar, para después decirme que era broma y que yo era muy sensible. Yo me mantenía firme a la idea de que no teníamos compromiso alguno, que lo que hiciera no debía afectarme y, aunque me doliera cada vez más, no lo demostraba. Eso era frustrante para él. En varias ocasiones pude observar su lado más oscuro, cuando la ira se apoderaba de él, pero jamás me puso una mano encima.

Nuevamente salió del país. Durante su ausencia casi no hubo comunicación. Para ese momento, mi confusión se había tornado en inquietud. Su comportamiento no era normal. Se había vuelto demasiado inestable. Un día yo era lo máximo para él y, al siguiente, no era nadie. Incluso, había comenzado a intentar confundirme mezclando hechos reales con mentiras y mentía tanto que ya no le importaba que yo lo descubriera. Todo se quedaba en una simple broma y, de nuevo, yo era “muy sensible”.

Comencé a experimentar lo que se conoce como “disonancia cognitiva”, que en otras palabras se refiere al hecho de saber que no se debe realizar alguna acción, pero se desea hacerlo. En mi caso, racionalmente sabía que no debía seguir con él, pero emocionalmente lo extrañaba tanto, que estaba dispuesta a continuar soportando el abuso. El grado de manipulación mental y emocional era exponencial. Él ya ni siquiera tenía que hacer o decir algo. Yo sola comencé a participar en ese bucle y no encontraba salida.

Por azares del destino, curioseando por internet encontré un video en el que hablaban del narcisismo. Todavía no sé por qué me llamó tanto la atención el título. Al verlo, parecía que estaban describiendo a la persona que me estaba haciendo daño. Todo lo que exponían seguía el mismo patrón de comportamiento. En ese momento comencé a entenderlo todo. Sin embargo, aunque racionalmente yo estaba convencida de que tenía que hacer algo para dejarlo ir, sentía tanto miedo a perderlo, que no hacía nada.

Según la terminología utilizada por expertos, había atravesado ya la “fase de devaluación” y se aproximaba la “fase del descarte”. Con todo el dolor de mi corazón, decidí adelantarme. Cuando regresó a México, me buscó como si nada hubiese pasado. Se comportó de la manera más encantadora y cariñosa posible. Aproveché ese momento para decirle de frente todo lo que me había lastimado y solo respondió diciendo que yo tenía razón y merecía “algo mejor” (nunca supe a quién se refería con esta frase, si a él o a mi). Todavía recuerdo que más tarde, ese mismo día, me buscó, pero lo rechacé, así que se limitó a desearme buena suerte.

Aunque sentía que me estaba muriendo, había logrado descartarlo primero. Experimenté estrés post traumático. No tenía fuerzas para levantarme e ir al trabajo. No me interesaba nada. Bajé mucho de peso. Lloraba todo el tiempo y me sentía terriblemente sola a pesar de que no era así. Lo más difícil fue buscar apoyo entre mis amigos y conocidos. Al contarles la historia, inmediatamente lo relacionaban con cualquier ruptura y daban los típicos consejos. Pero no, esta no era una ruptura. Era algo inconcluso por la facilidad con la que me había dejado ir.

Lo extrañaba terriblemente. Es normal que una separación sea dolorosa, pero el grado de dolor que yo experimenté era extraordinario. No solo era la tristeza o la nostalgia, era esa sensación de estar incompleta y no ser dueña de mi voluntad. No podía concentrarme en nada y no había día en el que no despertara pensando en él. Sabía que había tomado la decisión correcta, pero el tiempo pasaba y no encontraba la paz que trae consigo este tipo de decisiones. Era un ciclo interrumpido.

Así que decidí tener mi propio cierre. Intenté seguir con mi vida. Hice un esfuerzo sobrehumano para concentrarme en mis labores, incrementé la intensidad del ejercicio físico que ya de por sí realizaba, comencé a leer más sobre el tema, a salir con mis amigos, a viajar, cualquier cosa para despejar la mente y el alma. Pero ahí seguía, a pesar de no estar presente físicamente, seguía en mis pensamientos, seguía extrañándolo y seguía doliéndome como el primer día. Había periodos en los que me sentía perfectamente bien, y otros en los que no tenía fuerzas para continuar. Comencé a padecer ansiedad con episodios de depresión. No logré cerrar el ciclo.

A pesar de trabajar en el mismo lugar, las ocasiones en las que lo veía de lejos eran mínimas, pero cada vez que sucedía, el dolor incrementaba. De acuerdo con la literatura sobre el tema, existía la posibilidad de que volviera a aparecer para contactar conmigo, lo que se conoce como “hoovering”, para así tener el “gran final”, en el que, por supuesto, él saldría ganando.

Y el día llegó, casi ocho meses después de haberlo descartado, me envió un mensaje que no respondí. Se las ingenió para aparecerse en los lugares que yo frecuentaba y me veía obligada a saludarlo por cortesía y por estar ante la presencia de otras personas. Yo quería tener un final para esta historia inconclusa, así que decidí responder a uno de tantos mensajes que me enviaba. En pocas palabras, decidí experimentar voluntariamente el “hoovering”.

Nuevamente fue la persona más amable del mundo. Cuando lo visité después de ocho meses de contacto cero, me abrazó y besó como si nada hubiese pasado. Era como continuar la historia sin las partes desagradables. Me invitó a comer, lo acompañé a los viajes por carretera, todo era maravilloso como al principio. Para ese entonces, yo ya estaba prevenida. Así que fui observando conscientemente cada comportamiento que parecía sacado de un libro sobre narcisistas. Esto era muy arriesgado para mí, porque la herida seguía abierta y yo tenía que fingir que no pasaba nada, con tal de seguir documentando su forma de actuar.

No pasó mucho tiempo para que volviera a mostrar todas las características ya descritas. La intermitencia en sus atenciones, la triangulación, las mentiras sin control. Algo que me ha dejado sin palabras es la manera tan evidente de demostrar su carencia de empatía. Cualquier persona sana, cuando se le cuestiona sobre alguna situación incómoda, se enoja, cambia el tema o hace bromas al respecto. Pero él no. Él no reacciona cuando se habla de algo así. Ante tantas evasivas decidí tener mi propio final. Como no quiso hablar conmigo en persona, le envié un mensaje que contestó de manera muy general (nuevamente dejando la plática inconclusa). Para los narcisistas no existe el final, pero para mi fue la despedida.

Finalmente, el tiempo me ha dado la razón y he entendido que él buscaba ascender profesionalmente a costa de mi trabajo. Por eso al principio me adulaba y al final, cuando no logró su objetivo, me devaluó. Hasta ahora no ha logrado nada relevante que no sea gracias a favores personales o trampas. Es muy sensible aparentar un estatus que no tiene y a hacer lo que sea necesario para conseguirlo.

En cuanto a mí, todavía estoy trabajando para cerrar la herida. Todavía paso días sin fuerzas y con unas ganas terribles de verlo. Me considero una mujer lo suficientemente madura e inteligente para saber cuándo poner fin a situaciones que me causan daño y, sin embargo, fue tanto el poder de sus estrategias de manipulación, que todavía me cuesta aceptarlo. Todavía deseo despertar una mañana para darme cuenta de que fue un mal sueño y pensar que podré verlo y abrazarlo. No lo busco, no lo hago, pero lo deseo con todas mis fuerzas. Me falta mucho por sanar.

Y es que así funciona el abuso narcisista. Eligen a su víctima de acuerdo con las cualidades que ellos no pueden tener y las imitan creando la falsa ilusión de la empatía. Les drenan la energía. Tienen la capacidad de meterse en lo más profundo de los pensamientos y emociones de las personas. Tienen un poder increíble para manipular y maltratar a través de acciones y palabras que pasan desapercibidas por las demás personas alrededor, porque están dirigidas exclusivamente a la víctima y solo tienen efecto sobre ella. Por lo que, al pedir ayuda, nadie nos cree o se interpreta de otra manera. En mi caso, mis amigas llegaron a decirme que no debía quejarme porque todo fue consensuado, pero después de tanto trabajar en mí, pude ver que no siempre fue así.

Decidí contar esta historia después de intentar apoyarme en amigos y familiares y ver con tristeza que es un tema poco conocido y complejo. Para ellos, soy solo una mujer despechada, dolida porque no me supieron valorar. Pero no es así. A estas alturas mi dolor reside en pensar que allá afuera hay otras mujeres experimentando esto sin saberlo, sufriendo, pensando que son ellas las que están mal o les falta algo para ser amadas. Y no es así. Ellas no son el problema, es el narcisista el que nunca estará satisfecho. Ellos solo pueden sentir rabia y envidia, pero no amor, y nos odian por ser capaces de amarlos y darles algo que no pueden disfrutar. Lo único que pueden disfrutar es la manera en que se sienten ellos mismos cuando están con nosotras, pero no significa que nos amen por eso.

Lo que redacto aquí, cuenta a grandes rasgos lo que viví con esta persona. Necesitaría escribir un libro completo para contar con detalle cada situación en la que me vi envuelta, cada palabra, cada expresión sutil de violencia verbal, así como cada estrategia que no solo me afectó emocionalmente, sino que tuvo consecuencias también a nivel social. Los narcisistas nos aíslan de los demás.

Quisiera que mi experiencia sirva para abrir los ojos de la sociedad ante un problema tan común pero no muy explorado. A mi me sucedió a nivel personal y profesional, pero puede suceder en el trabajo, en la familia y en cualquier lugar donde haya convivencia. Quisiera poder decir el nombre de la persona que me trató tan mal para prevenir a otras mujeres mucho más jóvenes, sus nuevas víctimas, en mi centro de trabajo, pero hasta ahora me siento atada de manos sabiendo que a la vez me van a señalar como culpable o mentirosa, ya que la persona involucrada tiene un rango “superior” al mío.

Me duele en el alma que una persona tan valiosa como él, tenga que padecer algo así, pero no me corresponde hacer algo al respecto. Solo me resta compartir estas palabras para que las mujeres estén prevenidas y desarrollen las herramientas necesarias para identificar a personas con este trastorno.

La violencia no siempre es física.

No están solas.

 

 

Categories: Soy Violeta

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