Por Kelly R.

Quizá para contar mi historia deba remontarme a cuando él me propuso matrimonio y yo estaba aterrada. Tenía miedo porque no era lo planeado, miedo porque aún no teníamos el trabajo de nuestros sueños, ni la estabilidad económica necesaria, ni nada de lo que “debía tenerse”. Aunque lo único que no nos faltaba era amor, al menos hasta ese momento.

Al día siguiente pronuncié las temidas palabras tenemos-que-hablar y así lo hicimos, dijimos muchas cosas que no recuerdo pero las que sí tengo frescas en mi memoria, como si las hubiese pronunciado ayer, eran “no te estoy diciendo que no quiera casarme contigo” y “esto no significa que no te amo”. A pesar de lo dicho nuestra conversación terminó con un anillo devuelto y una relación fracturada.

Algunas veces cuando soy sincera conmigo misma me doy cuenta que desde aquel suceso nuestra relación terminó, aunque nos llevó más de un año ponerle fin. Continuamos juntos pero nunca superamos la fallida propuesta, nunca tuve el valor ¿o confianza? de preguntar qué había sucedido con aquel anillo y toda nueva noticia de algún conocido comprometido fue suprimida de nuestras conversaciones.

¿Cómo superar algo así?, admito que por mucho tiempo estuve molesta con él, por haberme puesto en la encrucijada de lo que representa todo o nada. Por supuesto, él también estuvo molesto durante más tiempo y los reclamos por el anillo devuelto salieron en varias discusiones. Alguna vez mi mamá me dijo que si lo nuestro era en verdad amor podríamos superarlo, quizá nos faltó o tal vez fue demasiado.

Después de año y medio de aquella propuesta, de sanar nuestras heridas, de momentos muy buenos y momentos muy malos, nos dijimos adiós. Recapitulando en mi memoria sigo convencida, que aquella, encabeza el top de mis decisiones más difíciles. Pero sucede que habíamos llegado al punto en que nuestras vidas ya no parecían compartir el mismo camino y aunque fuera doloroso había que aceptarlo.

Lo hicimos como terminan las grandes historias de amor ¡sin verse a la cara!, en nuestro caso fue por llamada, porque ya la pura decisión era difícil. Nos dijimos todo, desde el agradecimiento cliché por los años compartidos hasta las profundas reflexiones de que, a veces, el amor no se acaba, simplemente cambia.

A pesar de que vivimos en un lugar donde todos conocen a todos, hasta el día de hoy no nos hemos vuelto a ver, ni siquiera nos hemos topado en el super o en algún bar. Nos esfumamos de nuestros radares. Porque como buenos millennials, cuando terminamos nos eliminamos de cualquier contacto virtual que pudiésemos tener.  

Por eso cuando me llegó la noticia de que mi ex se había comprometido, al principio no lo creí. Fue hasta que, por azares del destino (y de los llamados amigos en común de facebook), empezaron a invadir mi sección de noticias las fotos de su boda que comprendí que aquel “rumor” era una realidad. ¡Se había casado! y fue justo en el mes que se cumplía UN AÑO de nuestra ruptura.

No voy a mentirles, no puedo decir que no fue una noticia que llegó a muchas partes de mí. Mi lado ególatra pensaba que le bastó menos de 12 meses para olvidarme, y es que seamos sinceros, todos los seres humanos tenemos conflicto en sentirnos reemplazados. Mi lado sentimental sufrió en pensar que mi perra (que por cierto, se quedó con él) tendría una nueva dueña y yo nunca podría explicarle porque me dejó de ver.

Pero mi lado maduro, esa parte de mí que creció durante tanto tiempo a su lado, estaba feliz. Me sentí feliz de que todo había valido la pena, tantas lágrimas que tanto él como yo derramamos meses atrás tuvieron un propósito, porque ambos estábamos avanzando en el camino que decidimos tomar.

Él ahora ha iniciado una familia con una mujer valiente que decidió apostar por el amor y deseo que sean muy felices juntos, no podría ser de otra forma. ¿Cómo desearle algo malo a alguien que formó parte de tu vida durante 5 años? No se puede.

¿Y yo?, yo me siento plena en este punto de mi vida. Después de nuestra separación viaje a muchos lugares nuevos compartiendo el tiempo conmigo misma y redescubriendo la persona que soy. Me enamoré de otros paisajes, sabores e idiomas. Alcancé mis objetivos a corto plazo y disfruto mucho el trabajo que ahora tengo.

Así que si se están preguntando qué pueden aprender de mi historia, la respuesta es sencilla: debemos aceptar cuando una relación se termina, incluso antes de que termine. Claro, sé que se lee más fácil de lo que resulta tomar la decisión, pero les aseguro que al final, todo sucede por algo. Todas las lágrimas que quizá ahora estás derramando por una relación que terminó tendrán su recompensa. Aunque a veces la recompensa es solo saber que cada quien obtuvo lo que estaba buscando.

Quizá este San Valentín será diferente, quizá no recordabas cómo era un cumpleaños sin él o incluso, extrañes sus chistes tontos, pero está permitido sentirse triste a veces. Así que salte, haz algo diferente, crea una nueva rutina para ti y disfruta lo más que puedas de este tiempo contigo, porque creeme, cuando menos lo esperes estarás apostando de nuevo por el amor, conociendo a nuevas personas, con la confianza de que sabes lo que quieres en este momento de tu vida.

Se sincera contigo, ve las cosas en retrospectiva y te aseguro que entenderás que todo, por más que duela, valdrá la pena. Hoy a 3 meses de su boda puedo decir con toda tranquilidad: Si, ¡mi ex se casó! Y yo me siento muy feliz.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.