Por Black Sirenis

Podría decirte que un día te despiertas y ¡BOOM! ya no extrañas a tu ex. O que es un proceso doloroso donde tienes que quemar las cartas y llorar por las promesas incumplidas al ver cómo el futuro que habías planeado se hace trizas y se vuelve aún más incierto. Pero no. No te voy a decir cosas que a mí no me pasaron, eso no quiere decir que esos procesos no se apliquen a ti.

Lo que sí podría hacer es resumir mi reflexión: Cada quien tiene un proceso diferente. Mientras no sea autodestructivo, adelante, haz lo que tengas que hacer. Saca lo que tengas que sacar. Quema las cartas, llora, patalea, encuentra nuevos hobbies, viaja, estudia, sal de fiesta, contacta viejos amigos, haz nuevos… Lo único que realmente importa es que tú estés bien.

Extrañar a tu ex es parte del proceso de soltar, principalmente porque estás, palabra clave, acostumbrada a su presencia. Y es posible que no le extrañes precisamente a él o ella, sino a los momentos bonitos y cuando te sentías contenta. Es posible que te extrañes a ti, el cómo eras cuando estabas con tu pareja. El desapego es una parte importante en el rompimiento.

En mi caso, bueno, no fue exactamente así. Cuando rompimos, hacía casi un año que yo ya me lo había empezado a plantear. No me llevaba bien con su familia y, sinceramente, él tampoco. Lo trataban bastante mal y eran sumamente restrictivos con él, por no decir injustos. Tuve que tragarme muchas groserías por parte de su madre y su hermana porque le quería muchísimo; sin embargo, honestamente, mi amor propio le ganó al amor que sentía por él.

Un día de tantos, conocí a alguien. Una persona opuesta a él, con la vista fija en sus metas, libertades que se había ganado a pulso y una actitud ante la vida bastante interesante. Siempre me gustaron inteligentes, y ambos lo eran a su manera. Uno era más activo y el otro pasivo. Haber conocido a un hombre que me llamaba la atención no fue el problema, lo consideré un amigo más en su momento. El problema vino cuando murió un familiar mío y mi (ex)novio tuvo que viajar. Le llamé por teléfono casi llorando, pero subió al avión y se fue. Sentí que algo de mí se quebró al no estar él presente. Mientras el novio de mi hermana había salido del trabajo para acompañar a mi hermana en su dolor, yo no me sentí apoyada, sino terriblemente sola y traicionada. Puede que sea un pensamiento muy egoísta pero estaba muy dolida en su momento. Fue allí cuando este nuevo amigo apareció y me brindó un hombro donde llorar. Aunque dejé que me abrazara, no lo hice. Le dije que el único que podría verme quebrarme era mi (ex)novio. No lloré hasta el funeral. ¿Por qué? No quería crear un vínculo emocional con él cuando mi (ex)novio no estaba en la ciudad.

El tiempo de luto fue aún más difícil. En ese momento yo no trabajaba, estaba rodeada de fotografías familiares, mi (ex)novio seguía de viaje y yo tenía que hacerme cargo de la casa mientras mi madre se hacía cargo de mi abuela y otros detalles. Así que todo el día estaba sola. La mayoría de las veces, si quería llorar, tenía que llamar a mi (ex)novio, eran pocas veces cuando él se comunicaba. Decía que estaba ocupado ayudando a su familia a empacar, iban a mudarse aquí, pero a mí me parecía que abusaban de él ya que, según lo que me dijo, ellos salían sin decirle o con sus amigos y le dejaban a él trabajando. Eso me enfurecía y terminaba sintiéndome peor después de llamarle porque terminaba furiosa y triste. Para mi sorpresa, el amigo que conocí me buscaba para preguntarme cómo estaba y en algunas ocasiones, salimos a tomar algún café para hablar. Simplemente hablar y despejarme. Me hacía sentir muy bien.

Nunca pasó nada entre nosotros más que algunas charlas, compartimos un par de secretos y hasta nos apoyamos cuando surgieron ciertos problemas individuales. La fiereza con la cual yo atacaba los problemas le hizo decirme alguna vez que yo le daba miedo y al mismo tiempo me admiraba por mi pasión. Todo esto, como amigos. Porque, según, él respetaba que yo tuviera novio y yo, simplemente, buscaba compañía para no deprimirme. Quería escapar de la tristeza. Estar con él era divertido. La realidad es que no me di cuenta cuando comenzó a gustarme. Él sólo me gustaba, no lo amaba. No iba a dejar a mi novio por él.

El tiempo pasó. Mi amigo se fue a estudiar a otro estado y mi novio volvió. Su familia se mudó. Los problemas se duplicaron porque lo presionaban mucho y yo casi no lo veía. Obtuve un empleo, lo veía sólo los fines de semana. Su familia lo presionó el doble, lo veía cada domingo. Me sentía aún más sola, harta y frustrada. Cada intento de comunicación terminaba en pelea porque yo pensaba que su familia lo asfixiaba y él peleaba diciendo que si no fuera por él, no nos veríamos, eso me dolía muchísimo, y la conversación se acababa. Le propuse darnos un tiempo pero eso no funcionó. Quería dejarlo pero él estaba pasando por un momento difícil y no quería lastimarlo, sentía que no se lo merecía. Los problemas se triplicaron cuando involucraron dinero mío prestado. Entonces, no podía dejarlo porque temía que no me devolviera el dinero. En fin, se hizo un relajo.

Cuando las aguas se hubieron calmado, un día me armé de valor, lo cité para vernos y le planteé la situación. Le enumeré las cosas que ya no aguantaba, que lo sentía en el alma pero me había cansado de pelear, que no le deseaba mal, que el problema eran más sus familiares que él, que ya no me sentía tan feliz a su lado y lo mejor era terminar por la paz. Le recordé que antes de ser novios, fuimos amigos. Es decir, que yo nunca haría algo para herirlo y esperaba que él tampoco. Él lo aceptó. Y así terminó una relación de cuatro años.

¿Por qué planteo esto? Porque para este punto habrá dos tipos de opiniones. La primera: «Qué hueva tu relación. Qué bueno que se terminó»; la segunda: «Qué horrible forma de terminar una relación tan larga, debiste sentirte destrozada». Y sí. Ambas son correctas pero los tiempos fueron distintos. ¿Recuerdan que les comenté que nos dimos un tiempo? En ese tiempo lloré lo que necesité y pude replantearme muchísimas cosas de la relación y de mi vida. De esta manera, cuando llegó la ruptura, yo ya no sentía una profunda tristeza. Me dolió, obvio, pero ya no era un dolor sordo, sino porque veía sus ojos llorosos y su corazón rompiéndose; sin embargo, una ola de alivio lo sustituyó conforme pasaban los días. Me sentía libre.

Puedo decir, entonces, que mi proceso de sanar comenzó desde hacía un año pero no terminó cuando mi relación lo hizo; aunque ya estaba bastante avanzado y no extrañaba a mi ex como pareja, sino como amigo. Pero fue mejor mantener una prudente distancia y un trato cordial. Conseguí otro empleo que me consumía más tiempo. Me di a la tarea de escribir más. Me llené de libros. Me reconecté con amigas y amigos. Me metí de lleno en el feminismo. La masturbación volvió a hacerse costumbre. Volví a muchos hobbies que había dejado por estar en mi relación. Me reconecté conmigo misma.

Quise salir con alguien, pero no resultó como yo esperaba; me esforzaba demasiado por encajar en su mundo, me cansé y decidí dejarlo por la paz. Me di cuenta que no estaba lista para salir con esa persona porque me esforzaba demasiado. Incluso cuando quería estar sola, si él me invitaba, salía con él.

Mis sentimientos usualmente afloran después de conocer bien a una persona que de por sí me llama la atención. Sin embargo, esta vez fue diferente. Me enamoré poco a poco de una persona paciente, con un trato gentil, un apoyo incondicional, una mente brillante y ociosa y un gran corazón; como un niño muy maduro atrapado en el cuerpo de un adulto. Le había advertido que necesitaba tiempo y esperó. Le dije que quería mejorarme a mí misma antes de volver a pensar en salir con alguien y me apoyó. Le enumeré mil defectos míos, incluso intenté alejarlo, él adoró cada imperfección y no me dejó sola ni en los momentos más difíciles.

Cuando, por fin, le pregunté si yo era merecedora de tanto esfuerzo, él dijo que lo valía y que iba a esforzarse aún más. Entendí que esta persona conocía mi valor. No, no quiero decir que él definió cuánto valía y yo me lo creí. Sino que, por primera vez en mucho tiempo, alguien estaba dispuesto a esforzarse por mí sin esperar que el amor fuera recíproco. Él simplemente quería demostrarme cuánto me quería y ya.

Fueron sus detalles, su paciencia y su comprensión los que hicieron que me fuera acercando a él de una forma más romántica. Y ahí fue cuando me di cuenta que estaba lista para darle una oportunidad a esta persona. Hubo un tiempo donde no sabía si estaba lista para una relación per se, me daba miedo que las cosas no funcionaran y yo volviera a abandonarme como en mi primera relación; sin embargo, él me alentó para que siguiera con mis hobbies, no abandonara la escritura y me apoyó a abrazar mi feminismo y amor propio. Ha pasado un año. Han pasado muchas cosas, he disfrutado de mi soltería y he reflexionado hasta el cansancio. Estoy lista para una nueva relación.

Mis procesos de sanación son emocionales. Se basan en momentos de soledad, reflexión, reencuentro conmigo misma y con amigos, buscar nuevas experiencias y retomar viejos pasatiempos que disfrutaba. Al sentirme plena, cómoda en mi soledad, feliz conmigo misma y con ganas de compartir experiencias, es cuando sé que estoy lista para salir con otra persona.

Si todavía dudas, temes que te lastimen, no confías en la otra persona, te da miedo comprometerte en una relación o aún sientes algo por tu ex, no estás lista. Así que, aunque veas parejas y creas que todas las personas a tu alrededor están enamoradas, no debes sentir envidia ni desesperarte. Estar lista no significa buscar una pareja porque te sientes sola, debes sentirte cómoda en tu soltería. Tiene que ver con sentirte bien en tu piel y en la confianza en ti misma. Recuerda que lo más importante es el amor propio. Estar lista es también una decisión personal, nadie debe forzarte ni presionarte. No dejes que nadie tome esa decisión por ti, ni aunque te digan que conocen a un fulano que es perfecto para ti. Si tú no quieres, no quieres. Si no te sientes lista, no lo estás. Sigue tus procesos, sana y ámate.

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