Mariana llegó hasta Egipto gracias a su pasión por viajar y la equidad de género. Descubre como venció sus miedos y mitos sobre lo que significa viajar sola cuando eres mujer en un país que no habla tu idioma.

 

Por Mariana Ivonne Ruiz Villagómez

“Viajar sola” es una frase que implica prejuicios y la evocación de mil y un expresiones en la cara de las personas al escucharlo. Primero, cuando hablamos de un “sola” implica imaginarnos a una mujer con su maleta y su boleto de avión entrando a un aeropuerto. Segundo, viajar es un término lleno de expectativas peligrosas pero a la vez satisfactorias y tercero, pensar en qué irá a encontrar en dicho destino aquella mujer valiente y con maleta en mano. Existe un sinfín de sentimientos, pensamientos y recuerdos de historias que hemos conocido a través de los años que han ocurrido con chicas que desean salir a conocer nuevos horizontes, chicas que se apasionan por probar otras comidas, escuchar y hablar otros idiomas, conocer gente pero sobre todo escapar de lo cotidiano para lograr encontrarse con ellas mismas y con momentos que las llenarán de sabiduría.

Esta es mi historia, la historia de Mariana Ivonne. Mi libro de aventuras lo comencé a escribir desde el 2015, cuando por primera vez me aventuré con mi maleta y mis boletos, el aeropuerto y yo jamás volví a soltar esa pasión que corre por mi cuerpo y que me da escalofríos al evocarlo, pues el desenfreno de contar la historia que he escrito por el simple hecho de tomar mi maleta y un avión se apodera de mí. Siempre me gustó compartir un cachito de viaje con las personas que me rodean y digo cachito porque nunca me han alcanzado las palabras para expresar todas las maravillas que me encontré haciendo lo que me encanta. Sin embargo, esto también implicó toparme con la sorpresa, angustia, tristeza y alegría de familia, amigos y conocidos cada vez que salía de mi boca un “quiero irme de viaje” pues estas palabras significaban mi partida en completa soledad.

He tenido la dicha de recorrer el globo terráqueo: América, Europa, Asia y el último y más impactante en el libro de aventuras de mi vida, fue aquel destino que si tomamos un mapa lo encontramos en África. Un país de desiertos, pirámides, falafel, tumbas, momias, historia, mezquitas, camellos y el idioma árabe por todas partes, Egipto.

Decidí irme a Cairo en Egipto gracias a una plataforma de jóvenes que tiene proyectos para desarrollar el liderazgo a través de programas que apoyan causas sociales, yo encontré un proyecto sobre equidad de género, lo cual me interesó mucho porque iba de acuerdo a los pensamientos feministas con los que comulgo. Y fue así como decidí tomar mi maleta y viajar hacia un país que si bien su reputación en América no es del todo buena (mucho menos cuando se trata de mujeres solas andando por allá), decidí arriesgarme. Debo confesar que al principio fue muy sencillo pensar que me iría a tierras árabes, pero una vez que llegó el momento de subirme al avión el miedo se apoderó de mi a tal grado de que una opción era echar todo por la borda y quedarme en mi amado México. Gracias a mis ganas de querer salir de mi zona de confort logré superar ese miedo que parecía invencible, así pasó el tiempo, hice mis escalas y cuando escuché en los altavoces del avión que estábamos llegando a la capital egipcia comenzaron a invadirme las dudas de si había hecho lo correcto, estaba incierta de lo que me depararía ese viaje y hasta el cómo me comunicaría con la gente era un pensamiento que daba mil vueltas por mi cabeza.  

Cuando llegué al aeropuerto y me dirigí a recoger mi maleta me comunicaron que la habían perdido. En ese momento sólo pude pensar que era una señal más que obvia de que no debí haber llegado hasta ahí, sin embargo, mis esperanzas volvieron cuando me dijeron que no me preocupara porque la recuperaría al día siguiente. Salí un poco decepcionada de la vida a encontrarme con un egipcio que me llevaría al hostal donde me alojaría por ese mes y medio en el que me quedaría en su país. Para mi fue una gran sorpresa ver que a la salida del aeropuerto no había ni una alma, estaba todo completamente vacío hasta que voltee a los grandes cristales que daban a las afueras y encontré una multitud de señoras, niños y jóvenes esperando a la gente que llegaba tras unas barras de acero, me espanté muchísimo porque no sabía cómo encontraría a aquel joven que me llevaría a mi destino. Fue hasta después de unos 15 o 20 minutos cuando di con él. Me invadían preguntas, mis ojos se querían comer todas aquellas calles por donde transitamos y mi cerebro recién se estaba acostumbrando a hablar todo el tiempo en inglés. Por fin llegamos al hostal y yo estaba muy asustada pero a la vez con un semblante de tranquilidad y una voz en mi interior que me decía que todo saldría bien. El viaje fue bastante pesado por las diversas escalas pero al final llegué.

Al día siguiente desperté con un sonido inusual, era el aviso de las mezquitas recordando a los fieles sobre sus rezos pero no fue sólo eso, me encontraba en un lugar donde no había tenido internet para comunicar sobre mi llegada y no tenía ni que comer. En ese instante dejé mi vida en manos de la humanidad y me dispuse a preguntar sobre lugares, sobre el tipo de cambio y las personas que estaban en el hostal hasta que el mismo chico de la noche anterior me llevó a surtirme de lo necesario para sobrevivir en Cairo. No pasó mucho tiempo cuando comencé a conocer personas que tenían las mismas ganas de cambiar el mundo, sí, chicos que también iban de voluntarios y que no perdieron ni el más mínimo de los segundos para presentarse y comenzar a hacer una familia de extranjeros viviendo en aquella ciudad llena de smog, olor a té negro, azafrán y con el sonido ininterrumpido de los claxons por doquier. Así pasaron semanas enteras llenas de viajes, aprendizajes, risas, amores y llantos mientras me empapaba día a día de cómo es ser una mujer en Egipto y cómo era el salir a las calles con tanta violencia que se vive allá por cuestiones de género.

Fui voluntaria en una ONG dedicada a dar asesoría jurídica a mujeres de un barrio musulmán extremadamente pobre en Giza, era un lugar que por fuera parecía muerto pero que en las oficinas estaba lleno de esperanza para todas aquellas mujeres que buscaban un cambio en su vida. Fui profesora de inglés de nivel básico y cada vez que una mujer lograba aprenderse el alfabeto me llenaba de orgullo ver su cara de esperanza al saber que estaba haciendo algo por ella y que ese algo la ayudaría a salir adelante así como luchar para conseguir que sus derechos fueran reconocidos ante un gobierno tan opresor que también alcanza a los hombres.

Mi experiencia de voluntariado fue lo que le dio sentido a este viaje, porque si bien yo también era propensa a todas las cosas que les suceden día a día a las mujeres en Egipto, estaba aportando con mis ideales, mi historia de vida, lo que sabía de inglés y mis ganas de demostrarles con mi presencia a todas esas mujeres que asistían que si yo estaba ahí parada frente a ellas después ellas también podrían estar paradas frente a otras mujeres y con el simple hecho de estar ahí podrán cambiar su mundo que estaba cerrado a muchas posibilidades. Siguieron pasando las semanas y yo cada vez me empapaba más de la vida egipcia y de todas las incongruencias que día a día podía palpar mientras caminaba en las calles. Ya mencioné anteriormente que durante este viaje moría de miedo, incluso antes de llegar al destino, pero con el transcurso de las semanas me daba cuenta de lo valientes que podemos ser al viajar solas, así como pude observar y palpar que todas las mujeres estamos hechas de un material sacado de yo no sé dónde, pero que nos ayuda a hacer cosas inimaginables, que nos hace fuertes, apasionadas, que nos hace luchar por lo que queremos, que nos hace empáticas, que nos ayuda a entender de qué va un equipo. Es por eso que aunque el miedo nos invada somos capaces de seguir a nuestro corazón y ser positivas ante la vida. Muchas veces el mundo se muestra cerrado para nosotras pero no significa que debamos sucumbir ante esto.

Cuando viajamos solas debemos poner el mundo en nuestras propias manos y tenerle fe a la humanidad, ir conscientes de las maravillas que podemos encontrar y de los miedos que deberemos de afrontar. Esa maleta que llenamos con ropa también debemos llenarla de esperanza y de pensamientos positivos que nos llevarán al aeropuerto de donde partimos con el objetivo de que en el camino de regreso a casa lo único que podamos decir sea: “¡Esta experiencia fue una maravilla, ahora mismo pensaré cual será el siguiente destino!”.

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