¿Te han dado un cumplido por “no ser como las otras chicas”? o te has sentido orgullosa de llevarte sólo con hombres porque las mujeres son puro drama, Anita Joker nos habla de En Busca de Respeto y la misoginia internalizada que vivimos las mujeres.

Por Anita Joker

A las amigas, a las que no son amigas, a las que no conozco, a las que conoceré, a las que hice daño, a las que me perdonaron, a las que admiro, a las que no me caen bien, a las grandes, a las pequeñas, a las que no han nacido, a las que sufrieron hoy, a las que tuvieron un gran día, a todas.

Uno de los mejores libros que leí este año fue En busca de respeto de Philippe Bourgois, que habla sobre East Harlem y la sociedad puertorriqueña narcotraficante. En este libro, el etnógrafo hace un análisis de todos los problemas sociales que conllevan la marginación y los espacios de violencia. Por supuesto, el machismo está entre ellos. Y relata el caso de una mujer, Candy, que se “empodera” después de sufrir años de maltrato físico y adulterio por parte de su esposo y un día le dispara en el estómago.

Candy se vuelve una de las vendedoras de crack más respetadas en el barrio y en aquello que era su marido: violenta, posesiva, celosa, obligaba a sus parejas a tener sexo cuando ella quería y compartía sus ‘proezas’ sexuales en público mientras humillaba a su novio.

Los del barrio solían decir que se había vuelto “uno de ellos”. Había entrado al mundo del poder masculino con todo y el machismo. Se había vuelto sujeto, en vez de objeto, de lo mismo. El caso de Candy —que es cien porciento real no fake— me hizo reflexionar sobre una serie de cosas acerca del poder. La forma en la que entendemos el poder es netamente masculina incluso si es una mujer quien lo ejerce.

Me explico: el patriarcado es una red a la que se entra fácilmente sólo siendo araña. Para entrar al mundo hecho por y para los hombres se tiene que renunciar a ciertas cosas consideradas “femeninas” como la maternidad, la sensibilidad, la dulzura, amabilidad, tranquilidad, y cambiarlas por actitudes consideradas “masculinas” como la practicidad, frialdad, o la agresividad.

Candy detestaba a las otras mujeres, las menospreciaba y culpaba porque no salían adelante como ella. Las mujeres estamos acostumbradas a ser la excepción en los grupos dominantes porque siempre son de hombres. Posiblemente por eso seamos competitivas entre nosotras, inconscientemente sabemos que no hay lugar para más de una.

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Quienes hemos pertenecido a un “grupo de chicos” (he tenido más mejores amigos que mejores amigas a lo largo de mi vida) sabemos que de alguna forma ponemos una barrera entre las otras mujeres y nosotras. Nos hemos sentido halagadas cuando los amigos hablan sobre las cosas que les “molestan” sobre las mujeres y nos dicen “pero tú no eres así”.

Se me ocurre que muchas mujeres nos damos cuenta en algún punto de la vida que el mundo no es de nosotras. Que el destino que nos fue conferido por nacer con una vagina es visto —erróneamente— como algo aburrido, inútil y ornamental. Nos peleamos con nuestro género, y por supuesto, con las mujeres.

Alguna vez escribí que sólo las mujeres sabemos la desobediencia civil que significa admirar a las otras. Amar a las otras. Después de cagarla mil veces en pensamiento, palabra y omisión entendí que no sólo el patriarcado tiene que caer, sino toda forma de poder ejercido de forma irresponsable.

El patriarcado es una red a la que se entra fácilmente sólo siendo araña

En un artículo escrito por Luisa Posada Kubissa titulado Pactos entre mujeres, la autora explica cómo la inserción de las mujeres en esferas de dominación masculina no debe limitarse a “entrar simple y llanamente” sino hacerlo desde la perspectiva feminista. Algo así como: hermana, entré y te guardé un lugar para que tú también entres.

Cuando era niña le sacaba la lengua a las otras niñas de mi edad en el súper. Todo cuanto me rodeaba hacía énfasis en que “hacer las cosas como niña” es hacerlas mal y pretendía marcar mi distancia con las otras. Tener hermanas y convivir con tres mujeres en mis primeros veinte años de vida no fue suficiente para sacarme de la entraña el gusano del machismo. El feminismo lo ha hecho just fine y siento que todos los días aprendo a quererme y a querer a las otras.

En los últimos meses he visto cómo el hecho de que una mujer feminista esté en determinado lugar estratégico o de poder, nos abre la puerta a todas. No acabaría nunca de contar las veces que la sororidad me ha dado cosas que me costarían el doble si quien estuviera detrás de una decisión fuera un hombre. Como dice Luisa Posada: reconocer que las mujeres han sido negadas en la historia es ya una práctica política contractual y “exige la genericidad reconstruida por un pacto entre mujeres y construir desde adentro, desde las propias mujeres, un nosotras sujeto con identidad propia”.

Hace dos semanas fui a una rueda de prensa y en el presidium había una sola mujer. Cuando llegó su turno, ella habló con fuerza, haciendo énfasis en el “todas” y en el “niñas”, antes del “todos” y del “niños”. Para mis notas cargo una libretita que es la portada de La Liga Feminista de Rita Cetina. La panelista vio la libreta y me sonrió. Yo saqué mi lengua apenada entre una sonrisa de cómplice y entendí que ella está ahí como yo estoy acá, ambas en búsqueda de respeto.

Lectora, periodista cultural y feminista. Dirige Memorias de nómada y reportera en La Jornada Maya.

 

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