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Podcast Sin categoría

Educación Sexual con Karina Correa 2x04

¡Hagamos ruido! TEDxMérida https://www.youtube.com/watch?v=P6IuNB5wKG0

Psicología y Feminismo http://www.somosvioletas.com/psicologia-y-feminismo-entrevista-con-karina-correa/

Padres de familia exigen que maestros no hablen de educación sexual en Yucatán https://www.eluniversal.com.mx/estados/padres-de-familia-exigen-que-maestros-no-hablen-de-educacion-sexual-en-yucatan

No hay educación sexual integral en México: expertos https://www.lajornadamaya.mx/2019-07-22/No-hay-educacion-sexual-integral-en-Mexico–expertos

Abuso sexual infantil rebasa la media nacional https://www.lajornadamaya.mx/2019-04-30/Abuso-sexual-infantil-en-Yucatan-rebasa-la-media-nacional

Yucatán, segundo lugar nacional en acusaciones de abuso infantil https://www.lajornadamaya.mx/2019-03-08/Yucatan–segundo-lugar-nacional-en-acusaciones-de-abuso-sexual-infantil

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Girl Power

Nosotras también amamos el fútbol

Antes de comenzar escribir este texto, por casualidad veía en la tele el caso de la “chica de azul”, una mujer iraní que se inmoló después de recibir una condena de 6 meses por entrar a escondidas a un estadio a apoyar a su equipo favorito. Cabe mencionar que las mujeres, desde la Revolución Islámica, tienen prohibido entrar en los estadios de fútbol a ver partidos de equipos masculinos, lo cual las alejó de disfrutar este hermoso deporte, como si hacerlo fuera un crimen. 

Ante las “presiones” de la FIFA y las posibles consecuencias de una desafiliación, Irán “permitió” que las mujeres asistan a un partido (Irán-Camboya rumbo a Qatar 2022) y por “permitió”, me refiero a que cedió 4,000 de 78,000 entradas disponibles para las mujeres, en una sección separada de los hombres y rodeadas de 150 mujeres policías. Y ojo: estos 4,000 boletos se vendieron en menos de una hora.

Esta historia me permite introducirme a un tema que sigue siendo polémico, ¿por qué en nuestros días e incluso en occidente, no es socialmente aceptado que una mujer disfrute de este deporte sin ser juzgada?

En la historia de mi vida, nunca fui buena para los deportes porque me considero una persona torpe con las extremidades. Sin embargo, disfrutaba de ver fútbol con mi papá (aunque el no se diera cuenta que lo estaba viendo) y perfectamente podíamos y podemos comentarlo como hasta ahora. Quizás es un tema padre-hija y el poder conectar con algún tema, ¿quién sabe? No es momento del psicoanálisis.

Actualmente estoy casada con una persona adicta al fútbol, que decidió (decidimos, la verdad) disfrutáramos nuestra luna de miel recorriendo todos los estadios de España. Tuve la fortuna de conocer el Vicente Calderón, el Santiago Bernabéu, el estadio de Anoeta y por supuesto: el Camp Nou en Barcelona.

El deporte, sea cual sea el que te apasione, te regala emociones que no podrías sentir de otra manera. Un aficionado o hincha sabe la alegría de un gol o la tristeza de ver a tu equipo descalificado, sabe de pertenencia. Pero también, disfruta del analizar cada planteamiento táctico, y spoiler alert: este no es un sentimiento exclusivo de los hombres.

La pasión, el compromiso, la fidelidad y lealtad no son sentimientos que tengan género.

Debemos normalizar que a las mujeres nos apasiona el fútbol (y no, no nos hace menos o mejores mujeres ni tampoco altera nuestra sexualidad) como también se debe respetar quien no le agrade, sin embargo, debemos impulsar a todas las niñas desde chiquitas a probar el deporte que deseen sin temor a ser criticadas. Actualmente, encuentro difícil poder platicar con otras mujeres de fútbol, quizás estamos escondidas entre las rocas y solo necesitamos un empujón para salir. 

Basta de “El deporte es para los niños, y el baile para las niñas”. Dejémoslos elegir y que elijan los dos si así quieren. Y sobre todo, dejemos de juzgar.

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Nostalgia Noventera 2x03

Compilación novelas https://www.facebook.com/AlegrijesyRebujosTV/videos/1323076824529056/

Yalitza Aparicio https://elle.mx/celebs-y-realeza/2019/10/18/yalitza-aparicio-lista-mujeres-influyentes/

Martí Batres https://www.animalpolitico.com/2019/10/marti-batres-comision-igualdad-genero/

Barbie: la imposición de sus valores en nuestra cultura y su reflejo en las publicidades televisivas http://imgbiblio.vaneduc.edu.ar/fulltext/files/TC072143.pdf

La sabiduría de ¿Dónde están los ladrones? veinte años después http://blogs.eltiempo.com/bloguero-invitado/2018/02/02/la-sabiduria-donde-estan-los-ladrones-veinte-anos-despues/

Mujeres y revistas femeninas http://catarina.udlap.mx/u_dl_a/tales/documentos/lco/sandoval_l_ma/capitulo2.pdf

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F.R.I.E.N.D.S 2x02 con Gina Güemes

En este episodio de Lo que callamos las Violetas, Gina Güemes, conductora del podcast Kinécarus y de So Geeks, se une a Jess y a Carol para hablar de la relación tóxica entre Ross y Rachel y los comportamientos machistas de cada uno de los personajes.

Links de las cosas de las que hablamos:

Las series que Gina Recomienda: Avatar, The Last Airbender. Crazy Ex Girlfriend. Sherlock. Disponibles en Netflix.

Las series que Jess recomienda: BoJack Horseman. Parks and Recreation.

Las series que Carol recomienda: Happy Endings. Selfie. Unbelievable. Brooklyn 99. Pushing Daises. Fleabag.

Late Night, la película de Mindy Kaling y Emma Thompson se estrena en México la próxima semana.

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El recuento de los daños 2x01

El error de pensar que éramos cuatro por Carlos Escoffié https://www.animalpolitico.com/hojas-en-el-cenicero/el-error-de-pensar-que-eramos-cuatro/

Las cosas que no vieron los medios de comunicación en el 28s o ¿Por qué defender a una mujer de piedra y no de carne y hueso? por Katia Rejón https://www.memoriasdenomada.com/las-cosas-que-no-vieron-los-medios-de-comunicacion-en-el-28s-o-por-que-defender-a-una-mujer-de-piedra-y-no-de-carne-y-hueso/?fbclid=IwAR3z2x3JfFYdkEwLXnLPW97Tbsfjf3MadZ6fgls2G5XfaL1eifVwgQrGqFc

Despedir a Regina Carrillo del Cecuny, un lamentable error http://www.hazruido.mx/opiniones/despedir-a-regina-carrillo-del-cecuny-un-lamentable-error/

¡Sigan a Haz Ruido! https://www.facebook.com/Haz-Ruido-333131230571692/

¡Sigan a Memorias de Nómada! https://www.facebook.com/Haz-Ruido-333131230571692/

Infórmense sobre el Aborto en Yucatán, investigación por Katia Rejón y Lilia Balam http://www.abortoyucatan.com/

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Soy Violeta

¡Es una niña!

Por Daniela Olivares Arteaga

«¡Es una niña!», exclamaron apenas la sostuvieron en brazos. Incluso antes de saber su nombre, era una ella, una niña. Por tener vagina.

Nadie nace sabiendo, es así que ella desconoce aquello que la sociedad dice que le hace una niña.

No ha salido del hospital y se ordena que sus orejitas tiernas sean horadadas para que luzcan unas joyas de oro y plata. Una niña es como un tesoro porque siempre lleva objetos de valor con ella. Convirtiéndose en el baúl que las transporta. Un objeto más.

Una niña es aquella muñequita preciosa quien su padre y sus hermanos celan, ¿por qué? Porque es bonita. ¿Es ser bonita una razón suficiente para que tus propios parientes te traten así? No puedes acercarte a ningún hombre porque, y cito: «Todos somos unos bestias, somos unos pendejos porque confundimos la amabilidad de las mujeres con interés». Fin de la cita. Todas las mujeres y niñas hemos escuchado al menos una vez este discurso.

Todo se reduce a ser bonita. ¿Y qué es ser bonita? Cumplir con estereotipos que te atan a ser infeliz porque nunca eres suficiente. Nunca eres lo suficientemente delgada, lo suficientemente linda, lista, sexy… Siempre te faltará algo y te sobrará otra cosa. 

Es una niña y no lo sabe. Pero ya nació y eso quiere decir que a pesar de su ignorancia tendrá que cumplir con ciertas expectativas. Las niñas son dulces, son coquetas y son femeninas. ¿Qué diablos significa ser femenina? Ser sumisa, callada y siempre estar dispuesta a servir y ayudar. Las niñas femeninas nunca dicen que no, no alzan la voz ni tampoco gritan. Las niñas bonitas no dicen groserías. Y jamás discuten. 

Siempre se comportan de la forma correcta, haciéndose pequeñas, casi invisibles, para no incomodar el ego masculino. Cierra las piernas, acepta el acoso callejero, sonríele a quien te incomoda, cúbrete el cuerpo, calla las violencias y miente si te preguntan. 

Una niña nunca es de ella misma, es de los hombres de su vida y su familia. La hija de su intimidante padre, la hermana del celoso hermano, la nieta del sobreprotector abuelo, la prima prohibida del caliente primo, la sobrina guapa del conservador tío. Las niñas pertenecen a los hombres de su casa, a su novio y después a su marido. Pero jamás a ella misma. 

¿Cómo esperan que sea libre si no se pertenece? ¿Cómo desarrollará una personalidad si no puede salirse del molde? ¿Cómo esperan que no desarrolle un trastorno alimenticio si a cada rato le repetirán que no se le permite engordar y que debe hacer ejercicio desde la niñez para mantenerse delgada? No por salud, sino por belleza. Se sentirá insuficiente y fea porque no tiene los labios anchos, ni los dientes rectos, porque le hace falta una talla más de busto, porque tiene demasiado o muy poco trasero, tiene estrías y celulitis. Porque cualquier cosa que presente su cuerpo, por más normal que sea, será blanco de críticas.

La niña no se pertenece pero le debe belleza al mundo. Y más que eso, debe perfección. Pero si nadie puede ser perfecto porque eso sería ser igual que una diosa, ¿entonces? Ah, pero es que no es cualquiera, es perfección superficial. Cómo se ve, camina, habla, come y hasta respira. Pero aún es una bebé y no lo sabe. 

Ella simplemente llora.

¿Vino a este mundo llorando por la nalgada de la vida o porque inconscientemente sabe lo que le espera?

Pobre. ¿Será que sabe que llorará muchas veces por el resto de su vida? Ya sea por decepción, por tristeza o frustración. ¿Llorará por el acoso, los abusos y hasta por los posibles intentos de violación que pasarán en su vida? ¿Los olvidará mientras va creciendo para que se alinee a lo establecido por la sociedad? Normalizar las violencias es cegarse a uno mismo para evitar sentir dolor. Ojos que no ven, corazón que no siente, dicen.

«¡Es una niña!», exclama la madre con el corazón pesado cuando se la entrega el doctor para acunarla entre sus brazos. Ella sabe lo que es ser niña, y luego ser mujer. Porque la transición entre una y otra no existe. No hay un período de juventud inmadura y descontrolada como el de los muchachos. Las niñas tienen que madurar antes, porque serán mujeres, porque tienen y tendrán que cuidarse de y cuidar a los niños, muchachos y hombres.

Sólo ella sabe cuántas veces ha escuchado la frase «date a respetar», porque no merece respeto simplemente por existir, ella tiene que exigirlo, sino nadie se lo dará. No vaya a ser que se exponga. Sobre todo ante los hombres. Únicamente ella sabe cuántas veces le gritaron obscenidades en la calle, le intentaron meter mano por debajo de la blusa o la siguieron hasta que se metió a una tienda a pedir ayuda. Todas esas violencias que pasan desapercibidas. 

Todas las ha vivido.

Y ahora las vivirá su hija.

Cuando su hija crezca, la madre no dormirá por la preocupación porque un día no regrese a casa, porque algún familiar abuse de ella o simplemente le falten al respeto en cualquier ámbito y espacio.

Porque es una niña. 

Y luego será mujer.

Aunque no sabría decir si las violencias son peores conforme una va creciendo. Pero definitivamente no se terminan.

Cuando los doctores se la llevan a pesar y limpiar, la exhausta madre la sigue hasta donde la vista la alcanza. Desconfiada. Qué estrés dejar a su hija en manos de extraños. Nunca sabes dónde podrás encontrarte a un pedófilo.

Es peor cuando salen del hospital porque eso significa que estarán aún más expuestas. Porque las violencias no se acaban cuando eres madre, pues, sigues siendo mujer.

«¡Es una niña!», exclaman de felicidad todos los hombres amigos y familiares, cuando se las presentan. 

Sin embargo, a las mujeres se les apachurra el corazón y derraman lágrimas entre tristeza y alegría por la misma razón. Ha nacido. Y es una niña.

Es una niña. 

Y ella aún no sabe lo que eso significa.


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Retratos de un Erizo

Borrador automático

Por Anita Joker

Hace dos meses me salió un granito en la vulva. Nunca había ido a la ginecóloga a pesar de que muchas amigas cercanas me habían hablado de lo necesario que era para mi salud. Ir a mis primeras revisiones estaba en mi lista de propósitos de año nuevo desde el 2018, pero como muchas de nosotras, también yo me dejo siempre para lo último. 

Para colmo fue un domingo. Estaba desesperada y la verdad no busqué recomendaciones ni nada, fui a una clínica muy cerca de mi casa. Llegué muy nerviosa y me puse la bata y las pantuflas para sentir el horror de que te introduzcan un espejo en la vagina por primera vez en 25 años.

***

Mi vulva es extranjera, una alienígena en mi propio cuerpo. Un terreno acordonado, prohibido. Nadie debe tocarte ahí. Tú tampoco. Pasé casi toda la vida sin nombrarla.

Tendría como seis cuando me agarró la curiosidad de por qué los niños hacían pipí parados. Quise intentarlo a escondidas, no entendía la razón pero ya sabía que hacer cosas de niño era algo que no le gustaba a mi mamá. 

Algo hice mal porque cuando me encerré en el baño con las piernas abiertas, ella ya sabía -o intuía- lo que iba a hacer. Me sacó del baño jalándome el pelo y no recuerdo qué sigue. Ella en realidad no sabía lo que estaba haciendo, sólo sabía que me toqué para orinar. 

Otro día mirábamos la tele y me picaba. Me rasqué y me dieron curiosidad los labios, la abertura todavía pequeña, mi cuerpo. Era como pasar los dedos por una textura. Ella estaba preocupada, dolida, algo dentro de ella se desesperó cuando me ordenó que sacara mi mano “de ahí”.

Nadie debe tocarte ahí.

Tú tampoco.  

***

La doctora me preguntó si tenía sangrado, flujo o mal olor. Contesté a todo que no. Cuando vi mi cuello uterino en la pantalla tuve una muy mala primera impresión: tenía un flujo amarillo, sangre y una mancha blanca. Me dio ñañaras, como si no fuera yo misma. La doctora dijo primero que tenía una bacteria, después que tenía una infección y remató con una lesión por Virus del Papiloma Humano.

—O sea que tengo todo.

—La higiene tampoco es suficiente, tienes que abrir esto y limpiarte así, hasta que no quede nada.

Había leído por ahí que se limpia sola.

Asustada comencé a hacer mil preguntas mientras tenía las piernas abiertas. Con un gesto de desesperación que en ese momento pasé por alto, la doctora me dijo que me esperara porque era muy difícil darme información en esa posición, como si la que estuviera abierta como un pollo fuera ella. 

—¿No que no tenías flujo?, casi casi me reclamó.

Yo estaba llorando por dentro y por fuera. Ella me pasó un kleenex mientras me decía que lo bueno es que no era cáncer, porque para haberme tardado tanto tiempo en ir al ginecólogo pudo ser peor.

—Y no creo que sólo hayas estado con una persona.

Para la infección me recomendó óvulos, para la bacteria medicamentos y para el VPH una biopsia que tenía que hacerme una vez que sanara de mi infección. Volví a hacerme la biopsia que me costó más de 2 mil pesos y ese mismo día recogí mis resultados de Papanicolau que resultaron negativos. La biopsia, sin embargo, dio positivo a una lesión por infección, cosa que yo no leí bien en el estudio y dejé que ella me explicara cómo dos exámenes de lo mismo dieron resultados diferentes. 

Me aseguró que tenía lesión de papiloma de primer grado y que era necesario hacerme una cirugía láser que costaba 8 mil pesos. Para mi bacteria, me había dicho que lo más probable era que mis medicamentos no funcionaran y tendría que hacerme un tratamiento de 6 mil pesos por sesión, de las cuales necesitaría tres. 

—Hay un porcentaje de mujeres que tienen una lesión de bajo grado de VPH y se les quita solo; pero en toda mi vida, en toda mi vida y llevo 40 años en esto, sólo he visto dos casos, me dijo la muy cabrona. 

Salí del consultorio con una deuda mental de 20 mil pesos y una culpa mucho más grande y pesada. Todo ese tiempo me llené de estrés, tristeza, inseguridad. Seguía teniendo dudas porque cada vez que tenía una pregunta, la doctora me hacía rolleyes y me interrumpía para intentar explicarme o regañarme como si fuera una tonta. 

Como por dos semanas, me la pasé pensando en cómo conseguir el dinero o qué opciones más podría haber. Creo que nunca en la vida me he sentido tan sola y estresada, y ése es mi estado natural. 

Lo primero que hice, obvio, fue buscar en internet. Leí desde blogs, hasta un artículo de Malvestida y ensayos médicos-académicos. En uno me topé con la primera señal de alarma: la bacteria que tenía era una lesión superficial muy común que se quitaba sin tratamiento. 

¿Por qué alguien en su sano juicio ofrecería una cura de 12 mil pesos para algo que se quita solo?

Agarré mi examen clínico y tecleé las palabras exactas (había pagado para la interpretación de los resultados pero no me dijeron mucho al respecto). Lo primero que me apareció fue que las lesiones de bajo grado se vigilan pero no se recomienda tratamiento porque en la mayoría de los casos es reversible. También leí que un gran porcentaje, alrededor del 80 por ciento, de mujeres y hombres llegamos a tener algún tipo de VPH en la vida. Con esta información, comencé a dudar del profesionalismo de mi ginecóloga y decidí ir a una segunda opinión.

Afortunadamente, para esas épocas en mi trabajo comenzaron a dar Seguro Social y tramité el mío con urgencia. Semanas después acudí con un ginecólogo del IMSS que me dijo que no tenía absolutamente nada. Otra vez vi mi cuello uterino, esta vez muy rosado y limpio. 

—¿No se te hizo raro que en un estudio diga que sí tienes VPH y en el otro no? me preguntó.

Le dije lo que me habían explicado y puso cara de que nunca había oído semejante cosa. Me dijo que la biopsia me había ayudado a que la lesión desapareciera y me mostró el examen que me había hecho la doctora donde decía que mi lesión era por infección y no por VPH. O sea, que me habían visto la cara.

De todas formas me hizo otro Papanicolau y colposcopia para descartar que siguieran mis tres diagnósticos. Salí del Juárez entre aliviada y enfurecida, le conté a todas las personas que me habían visto triste lo que me había pasado y no hubo una que no me dijera: conozco a alguien que le pasó lo mismo.

Entendí varias cosas preguntando entre conocidas y amigas:

a) Algunas mujeres estamos desconectadas de nuestro cuerpo, normalizamos señales de alarma y no acudimos a nuestras revisiones periódicas.

b)   Nuestra educación sexual, aún teniendo escolaridad universitaria y viviendo en la zona urbana es insuficiente. Muchas mujeres que conozco no sabían ni siquiera el significado de las siglas VPH.

c)    Esa desinformación permite que haya gente como la doctora que me atendió que ofrezca tratamientos innecesarios y dé diagnósticos alarmantes cuando pueden no serlo (si alguien quiere saber qué clínica es para que no vaya me puede contactar). Supongo que lo mejor es ir con una persona recomendada  y si no te resuelven las dudas, pedir una segunda opinión.    

Todo esto desembocó en un reportaje sobre la educación sexual femenina en la que estoy trabajando, y en una mayor conciencia de mi salud. Después de dos meses de tratamiento y mucha culpa, me siento bien y mi salud ha mejorado en todos los aspectos. Entendí la importancia de re-conocer nuestros cuerpos y los cambios, las señales que nos dicen que algo está raro. 

A un amigo le escribí en ese momento que me sentía como otra persona “ni siquiera triste como cuando me pongo triste”. Y una de las cosas que me hizo sentir mejor fue leer en Malvestida un artículo de una chica con VPH. Así que me trago la vergüenza de hablar de mi vagina para que piensen en las suyas, con la esperanza de que le demos la misma importancia a nuestro cuerpo como se la damos a las relaciones personales con otrxs, y a nuestros proyectos. Para que podamos exigir servicios de salud profesionales y éticos, más humanos y empáticos, así como una educación sexual integral.  

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Lo que callamos las Violetas Podcast

¿Por qué es difícil ser feminista? - Podcast 01

¡Hola! Bienvenidos a nuestro podcast Lo que Callamos las Violetas, un espacio donde hablamos de todo con perspectiva de género.

En este primer episodio abordamos lo difícil de ser feminista y lo que representa para nosotras las Violetas: Jess Ayala y Carol Santana.

Lo que Callamos las Violetas es un podcast dedicado a comentar noticias, cultura pop, experiencias de la vida real y todo lo que se nos ocurra -y nos pase- desde una perspectiva de género, obvi.

Puedes escucharnos a través de Spotify:

La plataforma Anchor:

https://anchor.fm/somos-violetas/episodes/Por-qu-es-difcil-ser-feminista-e3ub4b

Así como en iTunes:

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María Conchita Approves

Más niñas Ajolote por favor.

México es uno de los países con un mayor índice de pedofilia, claro que los titulares nunca lo dicen así, lo que leemos en el periódico es que México es uno de los países con mayor índice en embarazos de adolescentes/niñas. Tristemente en este y en muchos países una niña poseedora de un cuerpo lo suficientemente desarrollado para menstruar y por tanto «para procrear» es percibido por muchos enfermos como el de una mujer. 

Claro, no es sólo eso lo que me lleva a afirmar que somos un país con un problema de pedofilia; también está el no tan lejano ejercicio que surgió en Twitter y luego llegó a Facebook bajo el hashtag #MiPrimerAcoso. Este vino a evidenciar el alarmante problema, y es que la gran mayoría de los testimonios se encontraban en el rango de edades de los 6 a los 10 años. Aún me duele recordar las anécdotas que leí, y no me quiero imaginar las de las mujeres que pertenecen a un estrato socioeconómico menor, porque lo que leímos fue de aquellas con acceso a internet y a un celular –entre otros privilegios– que les permitieron ser capaces de hablar de lo que les pasó.

Todos sabemos que existen más casos allá fuera, más terribles y tristemente aún muy normalizados en ciertos sectores. Ser mujer en un país con un alto índice de feminicidios y uno aún mayor de violencia de género es difícil y peligroso, pero ser niña lo es más. 

Es por estas razones que ya no podemos seguir educando a los y las niñas como lo hemos venido haciendo. Ya basta de hacerles creer que es su culpa, de enseñarles que así son los hombres y que se tienen que cuidar, de enseñarles a callar y también basta de enseñarles a los niños a agredir, porque al justificar al agresor es eso lo que les estamos diciendo: que hay algo en ellos que se activa de forma natural por culpa de ellas. Aunque en el nivel en el que estamos hay que ir un paso más adelante, tenemos que enseñarles a los niños qué es el acoso. 

Y para eso está el maravilloso libro «La breve pero significativa lucha de la niña ajolote» escrito por Carolina Castañeda. Es una novela gráfica muy divertida, en la que seguimos a Ajo, quién está pasando por la pubertad y es por lo mismo una adolescente con muchos cambios de humor, que se desespera por lo mismo y que en definitiva no quiere pasar por nada de lo que está pasando. Y todo es risas y diversión hasta que un hombre acosa en el transporte público a Ajo, quien por suerte es defendida por otros pasajeros. 

La novela es muy sencilla de leer, la forma en la que tocan el tema es accesible para los niños y por la forma en la que Ajo junto con su familia pasan por esto da esperanza. Es un libro que toda niña debería poder leer, y yo cada que puedo lo recomiendo en la librería como lectura conjunta entre padres e hijos, y cada vez que me han hecho caso siento que he contribuido un poco, así sea solo en la vida de esa niña en particular.

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Soy Violeta

Sobre la violencia de género en la UADY

Según la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia (LGAMVLV), la Violencia contra las Mujeres es “cualquier acción u omisión, basada en su género, que les cause daño o sufrimiento psicológico, físico, patrimonial, económico, sexual o la muerte tanto en el ámbito privado, como en el público”. Dentro de las modalidades de violencia que se definen en esta ley, se encuentra la violencia laboral y docente, descrita como la violencia que “se ejerce por las personas que tienen un vínculo laboral, docente o análogo con la víctima, independientemente de la relación jerárquica, consistente en un acto o una omisión en abuso de poder que daña la autoestima, salud, integridad, libertad y seguridad de la víctima, e impide su desarrollo y atenta contra la igualdad”. 

La LGAMVLV también tiene definiciones para estos dos términos: 

Hostigamiento sexual: Es el ejercicio del poder, en una relación de subordinación real de la víctima frente al agresor en los ámbitos laboral y/o escolar. Se expresa en conductas verbales, físicas o ambas, relacionadas con la sexualidad de connotación lasciva.

Acoso sexual: Es una forma de violencia en la que, si bien no existe la subordinación, hay un ejercicio abusivo de poder que conlleva a un estado de indefensión y de riesgo para la víctima, independientemente de que se realice en uno o varios eventos.

En las últimas semanas han salido a la luz varios casos de hostigamiento y acoso dentro de la máxima casa de estudios Yucatán. Dos de ellos han alcanzado particular atención pues no solo fueron denunciados dentro de la misma institución, sino también ante la Fiscalía General del Estado. En el primero, una estudiante de preparatoria, menor de edad, denunció que, al solicitar la rectificación de sus calificaciones, el profesor de la asignatura le tocó la pierna. En el segundo, una estudiante de licenciatura acusó a un ayudante de su profesora de haberla tocado sin su consentimiento durante un viaje de prácticas. Los casos denunciados involucran tanto acoso como hostigamiento. En ambas situaciones se utilizó la figura de autoridad del profesor (o ayudante) que conllevó a un estado de indefensión. Así mismo, en ambos casos existió abuso y conductas relacionadas con la sexualidad, de connotación lasciva. Afortunadamente, uno de los profesores involucrados ha sido despedido. 

Sin embargo, lamentablemente, no son los únicos casos. Predomina otro tipo de abuso aún más sutil que involucra el abuso de confianza, lo cual hace que sea mucho más difícil denunciarlo. De entre los casos que se han hecho públicos, impacta el de una estudiante de posgrado que ha tenido que lidiar durante mucho tiempo con el acoso y hostigamiento por parte de un profesor con el que trabajó años atrás y al que consideraba su amigo. Pero son precisamente esos años de trabajo y de amistad lo que ha complicado la resolución del conflicto. Me cuenta que trabajó con él desde antes de terminar su carrera y al titularse se fue a vivir a otra ciudad, pero mantuvo contacto con el académico como cualquier persona lo hace con sus amistades. Varios años después, ella decidió regresar para estudiar un posgrado y lo contactó para informarse. A base de mentiras él consiguió que ella trabajase con él hasta que ya no se pudo más, no por la carga de trabajo sino porque el profesor trató de aprovecharse, no solo de su amistad sino de su posición para beneficiarse con el trabajo que ella realizaba.

Quiso utilizar esa confianza para acercarse cada vez más a ella de manera física y poco a poco quiso manipular sus decisiones tanto personales como profesionales. Cuando ella se dio cuenta y protestó, el trato se volvió cada vez más hostil. Como cualquier persona normal, ella se alejó de un ambiente por demás desgastante y encontró una oportunidad en otro departamento del campus, pero fue ahí cuando el hostigamiento se hizo mayor. “Fue como por arte de magia”, comenta. “Después de darle las gracias al doctor por haber trabajado conmigo, me disculpé por no poder adaptarme a su cambio tan radical de actitud hacia mí y me despedí”. Pero fue a partir de esa última interacción que comenzó a enfrentar situaciones dentro de las instalaciones del campus. Comenzó con burlas y amenazas mediante mensajes anónimos en redes sociales y fue escalando hasta dañarle el auto, el material de trabajo, destrucción de su área experimental e incluso el mismo profesor se le emparejó cuando circulaba por la carretera de camino al campus. 

“Todo lo fui reportando conforme iba sucediendo. En el caso del daño al equipo que utilizaría en uno de mis experimentos, me dijeron que habían sido unos ladrones, pero la verdad es que solo fue el daño, porque no se llevaron nada. Cuando reporté lo del auto, me dijeron que a lo mejor había sido alguna «novia celosa» de este profesor y no se hizo nada al respecto”. Ella dice que por más que insistió, todo quedó como una simple anécdota para comentar en los pasillos. “Inclusive me recomendaron estacionarme cerca de las cámaras de seguridad porque era mi responsabilidad evitar que volviera a suceder, lo que me hizo entender que estaba totalmente sola en esto”. No conforme con todo lo anterior, y a pesar de que hacía tiempo no cruzaba palabra el profesor, éste utilizó su posición para tratar de imponerle la realización de otras actividades para su beneficio como académico, sin que nadie lo sancionara.

Si ya de por sí se trata de un asunto bastante grave, lo más alarmante es que el profesor se ha servido de otros estudiantes para realizar estas atrocidades. Además, todo ha ocurrido dentro del campus. También ha habido repercusiones en la salud de la denunciante. “Desde que comenzó todo esto, no me he sentido bien. Una trata de hacerse la fuerte y creer que está por encima de todo, pero el cuerpo lo resiente. Además, el ambiente no ayuda. Incluso comencé a evadir otras actividades que requerían que esté presente en la escuela, por miedo”. Relata que le tomó tiempo asimilar todo el daño psicológico que le impidió durante varias semanas simplemente salir de casa y realizar sus actividades diarias. Gracias a la ayuda médica, que recibió por fuera de la Universidad, se armó de valor para denunciar, pero solo se encontró con otro obstáculo mucho mayor. 

Envió una escrito a las autoridades del campus, pero, para su sorpresa, la respuesta fue que habían pasado 30 días desde el último hecho denunciado en su escrito, por lo que su queja no podía proceder de acuerdo con lo establecido por la cláusula 115 del Contrato Colectivo de Trabajo entre la Asociación de Personal Académico de la UADY y la UADY como tal. Es decir, las autoridades trataron su caso basándose en un reglamento que solo aplica para el personal contratado y que nada tiene que ver con los estudiantes. Además, es un procedimiento totalmente desconocido para quien no forma parte de ese personal. “Me han criticado por no haber acudido directamente a la Fiscalía a poner una denuncia formal, pero ahí me piden un tipo de evidencia con el que no cuento. En los otros casos denunciados tengo entendido que se tuvieron videos o testigos. En mi caso todo ha sido sutil e indirecto”. 

Mientras tanto, a partir de todas estas denuncias, la Universidad intensificó sus acciones y estrategias para garantizar la igualdad de género y disminuir la violencia dentro de sus instalaciones. Una prueba de ello es el recientemente aprobado Protocolo para la Prevención, Atención y Sanción de la Violencia de Género, Discriminación, Hostigamiento y Acoso Sexual, cuya propuesta y aprobación se prolongó de manera sorprendente. No obstante, su contenido es incierto para mayoría de las personas que se han visto en la necesidad de denunciar casos de esta naturaleza. También se han llevado a cabo cursos y talleres para los académicos, pero el camino por recorrer aún es largo. 

Desgraciadamente, nada de esto es nuevo para nuestra Universidad. Por años ha existido una sutil relación de poder que va más allá de la posición jerárquica profesor/alumno. Si bien es fundamental el respeto hacia las figuras de autoridad, debe garantizarse su reciprocidad por el simple hecho de que todos somos personas. El problema radica en que se quiere aplicar ese poder o esa autoridad en todos los ámbitos, en todo momento. Por un lado, está el profesor que evalúa subjetivamente el trabajo de una estudiante porque no puede aceptar que ella haya alcanzado el mismo nivel de conocimiento, y por el otro está el que se gana su confianza para después querer beneficiarse del trabajo ajeno. Otro tipo de abuso menos evidente es el de la eterna superioridad de los académicos. Superioridad que impide el desarrollo de la creatividad de los estudiantes, no solo mujeres, al verse obligados a seguir un patrón si quieren avanzar dentro de sus carreras. Cambios repentinos en reglamentos o en fechas de entrega de trabajos, sin ser notificados como corresponde, son situaciones a las que los alumnos se tienen que enfrentar todos los días, sin la posibilidad de protestar, porque de los académicos “depende” su futuro profesional, aunque todo el trabajo sea fruto del esfuerzo de los mismos estudiantes.

Existe una simbiosis particular entre profesor/alumno, que generalmente está conformada por un profesor (hombre) y una alumna, en la que se intercambia el trabajo de la estudiante por beneficios limitados por parte del docente, tales como apoyos económicos o en especie, o entrenamiento temporal. Un ejemplo clásico dentro del ambiente universitario son las llamadas “chinas”. En el argot académico, se trata de estudiantes que llegaron con algún profesor, ya sea porque éste les impartía alguna asignatura, por servicio social o simplemente por interés de ampliar sus habilidades en algún área en particular pero que, al concluir, se quedaron trabajando con dicho profesor para ayudar en cualquier otra actividad que necesite. Algo parecido a una asistente. Estos trabajos consisten en actividades secundarias como redacción de documentos, elaboración de materiales para las clases, trámites administrativos tediosos que el docente “no tiene tiempo” para realizar, y otros trabajos pequeños que para nada constituyen oportunidades de superación profesional para las estudiantes. Generalmente se les puede encontrar en un espacio improvisado dentro de los cubículos de los profesores y pasan todo el día con ellos.

Si bien esto no quiere decir que sea incorrecto aceptar este tipo trabajos, algunas veces estas actividades van más allá de lo profesional y las alumnas se ven presionadas a aceptarlas con tal de no perder el apoyo que han estado recibiendo. En muchos casos, estas actividades involucran favores sexuales aprovechando la relación de confianza que se puede llegar a generar dentro de esta simbiosis, pero que para nada los justifica. Lo preocupante es que las estudiantes llegan a desarrollar tal confianza, que pueden considerarlo como un acto de agradecimiento y, aunque no siempre están de acuerdo, no se atreven a protestar, manteniendo por años ese ciclo de control casi imperceptible para ellas. Tristemente, tienen tan normalizado el rol que se les ha impuesto que suelen juzgar de exageradas a las denunciantes, y defender a los agresores porque “él no es así”.

Es necesario hacer notar que, al ingresar a la Universidad, en la mayoría de los casos ya se es mayor de edad. La mayoría de edad siempre ha sido el argumento por excelencia cuando alguna se atreve a denunciar. Continuando con el relato de la estudiante de posgrado, nos comenta que, además de la amistad que tenía con el profesor, la edad ha sido un gran obstáculo desde que dio a conocer su situación. “Es frustrante porque todo lo minimizan y lo ven como algo normal, según porque ya soy adulta y sé lo que hago. En varias ocasiones me han dicho que debería separar mis asuntos personales de los laborales, puesto que este profesor era mi amigo. También me han insinuado que estoy armando un escándalo por celos o envidia hacia él, y que se trata de un asunto meramente personal, lo cual no es así”.

Nos cuenta como se percibe una empatía casi natural hacia el profesor, el cual ha sido citado de manera interna para dar su versión de los hechos, pero a ella jamás le han notificado algo de manera oficial. Ninguna autoridad le ha concedido el beneficio de la duda y ni siquiera se han acercado a ella para saber si se encuentra bien. “Eso sí, mucha gente me ha contactado desde que hablé sobre mi situación, pero no hay mucho que puedan hacer, porque temen arriesgar su puesto o sus calificaciones”. Por el otro lado, también comenta que muchas personas ya no quieren hablar con ella. “Algunos me han dicho, en tono de burla, que prefieren no hablar conmigo porque podría acusarlos de estarme acosando”. Al final, a la vista de todos, ella ha sido el problema.

“Decidí hablar porque comencé a notar a otras chicas mucho más jóvenes en las mismas circunstancias. Me vi reflejada en ellas y por eso estoy tratando de evitar que lleguen a sufrir lo que me ha tocado vivir. Nadie debería pasar por algo así”, concluye.

De todos estos casos se desprende una reflexión muy importante que tiene que ver con el consentimiento. Pérez (2016), en su trabajo titulado “Consentimiento sexual: un análisis con perspectiva de género”, aclara que el consentimiento “existe cuando dos (o más) personas están de acuerdo en realizar una práctica sexual de un modo determinado en un momento cualquiera”. Sin embargo, el término ha sido desvirtuado bajo el argumento de las “relaciones consensuadas”. Es decir, si una mujer decide, en un momento determinado, “conceder” una relación sexual con un hombre (se trate de un amigo, conocido o profesor), no significa que le esté dando derechos sobre las demás áreas de su vida. El consentimiento solo aplica para el momento específico de la relación sexual, nada más.

La mentalidad machista, tanto de los hombres como de las mujeres que se encuentran en alguna posición de autoridad, hace que estos términos sean confundidos, provocando la revictimización de la afectada y prolongando el calvario al que ya de por sí están expuestas. En otras palabras, se justifica cualquier abuso o violencia por el simple hecho de que la mujer, en un momento determinado, aceptó tener una relación con el agresor (obviamente, antes de saber que se convertiría en su agresor). 

Lamentablemente en las instituciones educativas, donde las jerarquías son muy marcadas, es común encontrar este tipo de violencia bastante normalizada. Si bien las estudiantes universitarias efectivamente “son adultas y saben lo que hacen”, es obligación de sus autoridades velar por su seguridad y procurarles el respeto que todo ser humano merece. Una mujer, independientemente de su ocupación o posición dentro de cualquier institución, debe ser libre para trabajar y lograr sus metas sin necesidad de rendirle cuentas a nadie por el simple hecho de ser mujer. De la misma manera, una mujer debe poder ser libre de vivir su sexualidad sin que sus superiores utilicen esas decisiones para controlar su existencia o condicionarle la seguridad que están obligados a proporcionarle.

Para terminar, esperamos que ahora que ya se cuenta con un protocolo diseñado específicamente para tratar estas situaciones, nuestra máxima casa de estudios le de seguimiento a todos los casos, tanto a los denunciados de manera formal como a los que no se les ha dado la debida atención por no cubrir con los requisitos del reglamento inadecuado en el que basaban sus procedimientos antes de aprobar el protocolo. La Universidad es una de las mejores del país. Debe utilizar todo ese poder para generar cambios, para bien de la misma Universidad y por el bien de sus estudiantes que, al final, son los que le dan ese prestigio tan preciado que siempre la ha caracterizado. Pero debe hacerlo sin olvidar que ese prestigio no debe lograrse a costa de la salud y seguridad de sus estudiantes. 

Fuentes:

Pérez, Y. (2016) Consentimiento sexual: un análisis con perspectiva de género. Revista Mexicana de Sociología, 78(4): 741-767.

Portal Vida Sin Violencia. URL: http://vidasinviolencia.inmujeres.gob.mx/?q=clasificacion#. Consultado 2 de julio 2019).