Según la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia (LGAMVLV), la Violencia contra las Mujeres es “cualquier acción u omisión, basada en su género, que les cause daño o sufrimiento psicológico, físico, patrimonial, económico, sexual o la muerte tanto en el ámbito privado, como en el público”. Dentro de las modalidades de violencia que se definen en esta ley, se encuentra la violencia laboral y docente, descrita como la violencia que “se ejerce por las personas que tienen un vínculo laboral, docente o análogo con la víctima, independientemente de la relación jerárquica, consistente en un acto o una omisión en abuso de poder que daña la autoestima, salud, integridad, libertad y seguridad de la víctima, e impide su desarrollo y atenta contra la igualdad”. 

La LGAMVLV también tiene definiciones para estos dos términos: 

Hostigamiento sexual: Es el ejercicio del poder, en una relación de subordinación real de la víctima frente al agresor en los ámbitos laboral y/o escolar. Se expresa en conductas verbales, físicas o ambas, relacionadas con la sexualidad de connotación lasciva.

Acoso sexual: Es una forma de violencia en la que, si bien no existe la subordinación, hay un ejercicio abusivo de poder que conlleva a un estado de indefensión y de riesgo para la víctima, independientemente de que se realice en uno o varios eventos.

En las últimas semanas han salido a la luz varios casos de hostigamiento y acoso dentro de la máxima casa de estudios Yucatán. Dos de ellos han alcanzado particular atención pues no solo fueron denunciados dentro de la misma institución, sino también ante la Fiscalía General del Estado. En el primero, una estudiante de preparatoria, menor de edad, denunció que, al solicitar la rectificación de sus calificaciones, el profesor de la asignatura le tocó la pierna. En el segundo, una estudiante de licenciatura acusó a un ayudante de su profesora de haberla tocado sin su consentimiento durante un viaje de prácticas. Los casos denunciados involucran tanto acoso como hostigamiento. En ambas situaciones se utilizó la figura de autoridad del profesor (o ayudante) que conllevó a un estado de indefensión. Así mismo, en ambos casos existió abuso y conductas relacionadas con la sexualidad, de connotación lasciva. Afortunadamente, uno de los profesores involucrados ha sido despedido. 

Sin embargo, lamentablemente, no son los únicos casos. Predomina otro tipo de abuso aún más sutil que involucra el abuso de confianza, lo cual hace que sea mucho más difícil denunciarlo. De entre los casos que se han hecho públicos, impacta el de una estudiante de posgrado que ha tenido que lidiar durante mucho tiempo con el acoso y hostigamiento por parte de un profesor con el que trabajó años atrás y al que consideraba su amigo. Pero son precisamente esos años de trabajo y de amistad lo que ha complicado la resolución del conflicto. Me cuenta que trabajó con él desde antes de terminar su carrera y al titularse se fue a vivir a otra ciudad, pero mantuvo contacto con el académico como cualquier persona lo hace con sus amistades. Varios años después, ella decidió regresar para estudiar un posgrado y lo contactó para informarse. A base de mentiras él consiguió que ella trabajase con él hasta que ya no se pudo más, no por la carga de trabajo sino porque el profesor trató de aprovecharse, no solo de su amistad sino de su posición para beneficiarse con el trabajo que ella realizaba.

Quiso utilizar esa confianza para acercarse cada vez más a ella de manera física y poco a poco quiso manipular sus decisiones tanto personales como profesionales. Cuando ella se dio cuenta y protestó, el trato se volvió cada vez más hostil. Como cualquier persona normal, ella se alejó de un ambiente por demás desgastante y encontró una oportunidad en otro departamento del campus, pero fue ahí cuando el hostigamiento se hizo mayor. “Fue como por arte de magia”, comenta. “Después de darle las gracias al doctor por haber trabajado conmigo, me disculpé por no poder adaptarme a su cambio tan radical de actitud hacia mí y me despedí”. Pero fue a partir de esa última interacción que comenzó a enfrentar situaciones dentro de las instalaciones del campus. Comenzó con burlas y amenazas mediante mensajes anónimos en redes sociales y fue escalando hasta dañarle el auto, el material de trabajo, destrucción de su área experimental e incluso el mismo profesor se le emparejó cuando circulaba por la carretera de camino al campus. 

“Todo lo fui reportando conforme iba sucediendo. En el caso del daño al equipo que utilizaría en uno de mis experimentos, me dijeron que habían sido unos ladrones, pero la verdad es que solo fue el daño, porque no se llevaron nada. Cuando reporté lo del auto, me dijeron que a lo mejor había sido alguna «novia celosa» de este profesor y no se hizo nada al respecto”. Ella dice que por más que insistió, todo quedó como una simple anécdota para comentar en los pasillos. “Inclusive me recomendaron estacionarme cerca de las cámaras de seguridad porque era mi responsabilidad evitar que volviera a suceder, lo que me hizo entender que estaba totalmente sola en esto”. No conforme con todo lo anterior, y a pesar de que hacía tiempo no cruzaba palabra el profesor, éste utilizó su posición para tratar de imponerle la realización de otras actividades para su beneficio como académico, sin que nadie lo sancionara.

Si ya de por sí se trata de un asunto bastante grave, lo más alarmante es que el profesor se ha servido de otros estudiantes para realizar estas atrocidades. Además, todo ha ocurrido dentro del campus. También ha habido repercusiones en la salud de la denunciante. “Desde que comenzó todo esto, no me he sentido bien. Una trata de hacerse la fuerte y creer que está por encima de todo, pero el cuerpo lo resiente. Además, el ambiente no ayuda. Incluso comencé a evadir otras actividades que requerían que esté presente en la escuela, por miedo”. Relata que le tomó tiempo asimilar todo el daño psicológico que le impidió durante varias semanas simplemente salir de casa y realizar sus actividades diarias. Gracias a la ayuda médica, que recibió por fuera de la Universidad, se armó de valor para denunciar, pero solo se encontró con otro obstáculo mucho mayor. 

Envió una escrito a las autoridades del campus, pero, para su sorpresa, la respuesta fue que habían pasado 30 días desde el último hecho denunciado en su escrito, por lo que su queja no podía proceder de acuerdo con lo establecido por la cláusula 115 del Contrato Colectivo de Trabajo entre la Asociación de Personal Académico de la UADY y la UADY como tal. Es decir, las autoridades trataron su caso basándose en un reglamento que solo aplica para el personal contratado y que nada tiene que ver con los estudiantes. Además, es un procedimiento totalmente desconocido para quien no forma parte de ese personal. “Me han criticado por no haber acudido directamente a la Fiscalía a poner una denuncia formal, pero ahí me piden un tipo de evidencia con el que no cuento. En los otros casos denunciados tengo entendido que se tuvieron videos o testigos. En mi caso todo ha sido sutil e indirecto”. 

Mientras tanto, a partir de todas estas denuncias, la Universidad intensificó sus acciones y estrategias para garantizar la igualdad de género y disminuir la violencia dentro de sus instalaciones. Una prueba de ello es el recientemente aprobado Protocolo para la Prevención, Atención y Sanción de la Violencia de Género, Discriminación, Hostigamiento y Acoso Sexual, cuya propuesta y aprobación se prolongó de manera sorprendente. No obstante, su contenido es incierto para mayoría de las personas que se han visto en la necesidad de denunciar casos de esta naturaleza. También se han llevado a cabo cursos y talleres para los académicos, pero el camino por recorrer aún es largo. 

Desgraciadamente, nada de esto es nuevo para nuestra Universidad. Por años ha existido una sutil relación de poder que va más allá de la posición jerárquica profesor/alumno. Si bien es fundamental el respeto hacia las figuras de autoridad, debe garantizarse su reciprocidad por el simple hecho de que todos somos personas. El problema radica en que se quiere aplicar ese poder o esa autoridad en todos los ámbitos, en todo momento. Por un lado, está el profesor que evalúa subjetivamente el trabajo de una estudiante porque no puede aceptar que ella haya alcanzado el mismo nivel de conocimiento, y por el otro está el que se gana su confianza para después querer beneficiarse del trabajo ajeno. Otro tipo de abuso menos evidente es el de la eterna superioridad de los académicos. Superioridad que impide el desarrollo de la creatividad de los estudiantes, no solo mujeres, al verse obligados a seguir un patrón si quieren avanzar dentro de sus carreras. Cambios repentinos en reglamentos o en fechas de entrega de trabajos, sin ser notificados como corresponde, son situaciones a las que los alumnos se tienen que enfrentar todos los días, sin la posibilidad de protestar, porque de los académicos “depende” su futuro profesional, aunque todo el trabajo sea fruto del esfuerzo de los mismos estudiantes.

Existe una simbiosis particular entre profesor/alumno, que generalmente está conformada por un profesor (hombre) y una alumna, en la que se intercambia el trabajo de la estudiante por beneficios limitados por parte del docente, tales como apoyos económicos o en especie, o entrenamiento temporal. Un ejemplo clásico dentro del ambiente universitario son las llamadas “chinas”. En el argot académico, se trata de estudiantes que llegaron con algún profesor, ya sea porque éste les impartía alguna asignatura, por servicio social o simplemente por interés de ampliar sus habilidades en algún área en particular pero que, al concluir, se quedaron trabajando con dicho profesor para ayudar en cualquier otra actividad que necesite. Algo parecido a una asistente. Estos trabajos consisten en actividades secundarias como redacción de documentos, elaboración de materiales para las clases, trámites administrativos tediosos que el docente “no tiene tiempo” para realizar, y otros trabajos pequeños que para nada constituyen oportunidades de superación profesional para las estudiantes. Generalmente se les puede encontrar en un espacio improvisado dentro de los cubículos de los profesores y pasan todo el día con ellos.

Si bien esto no quiere decir que sea incorrecto aceptar este tipo trabajos, algunas veces estas actividades van más allá de lo profesional y las alumnas se ven presionadas a aceptarlas con tal de no perder el apoyo que han estado recibiendo. En muchos casos, estas actividades involucran favores sexuales aprovechando la relación de confianza que se puede llegar a generar dentro de esta simbiosis, pero que para nada los justifica. Lo preocupante es que las estudiantes llegan a desarrollar tal confianza, que pueden considerarlo como un acto de agradecimiento y, aunque no siempre están de acuerdo, no se atreven a protestar, manteniendo por años ese ciclo de control casi imperceptible para ellas. Tristemente, tienen tan normalizado el rol que se les ha impuesto que suelen juzgar de exageradas a las denunciantes, y defender a los agresores porque “él no es así”.

Es necesario hacer notar que, al ingresar a la Universidad, en la mayoría de los casos ya se es mayor de edad. La mayoría de edad siempre ha sido el argumento por excelencia cuando alguna se atreve a denunciar. Continuando con el relato de la estudiante de posgrado, nos comenta que, además de la amistad que tenía con el profesor, la edad ha sido un gran obstáculo desde que dio a conocer su situación. “Es frustrante porque todo lo minimizan y lo ven como algo normal, según porque ya soy adulta y sé lo que hago. En varias ocasiones me han dicho que debería separar mis asuntos personales de los laborales, puesto que este profesor era mi amigo. También me han insinuado que estoy armando un escándalo por celos o envidia hacia él, y que se trata de un asunto meramente personal, lo cual no es así”.

Nos cuenta como se percibe una empatía casi natural hacia el profesor, el cual ha sido citado de manera interna para dar su versión de los hechos, pero a ella jamás le han notificado algo de manera oficial. Ninguna autoridad le ha concedido el beneficio de la duda y ni siquiera se han acercado a ella para saber si se encuentra bien. “Eso sí, mucha gente me ha contactado desde que hablé sobre mi situación, pero no hay mucho que puedan hacer, porque temen arriesgar su puesto o sus calificaciones”. Por el otro lado, también comenta que muchas personas ya no quieren hablar con ella. “Algunos me han dicho, en tono de burla, que prefieren no hablar conmigo porque podría acusarlos de estarme acosando”. Al final, a la vista de todos, ella ha sido el problema.

“Decidí hablar porque comencé a notar a otras chicas mucho más jóvenes en las mismas circunstancias. Me vi reflejada en ellas y por eso estoy tratando de evitar que lleguen a sufrir lo que me ha tocado vivir. Nadie debería pasar por algo así”, concluye.

De todos estos casos se desprende una reflexión muy importante que tiene que ver con el consentimiento. Pérez (2016), en su trabajo titulado “Consentimiento sexual: un análisis con perspectiva de género”, aclara que el consentimiento “existe cuando dos (o más) personas están de acuerdo en realizar una práctica sexual de un modo determinado en un momento cualquiera”. Sin embargo, el término ha sido desvirtuado bajo el argumento de las “relaciones consensuadas”. Es decir, si una mujer decide, en un momento determinado, “conceder” una relación sexual con un hombre (se trate de un amigo, conocido o profesor), no significa que le esté dando derechos sobre las demás áreas de su vida. El consentimiento solo aplica para el momento específico de la relación sexual, nada más.

La mentalidad machista, tanto de los hombres como de las mujeres que se encuentran en alguna posición de autoridad, hace que estos términos sean confundidos, provocando la revictimización de la afectada y prolongando el calvario al que ya de por sí están expuestas. En otras palabras, se justifica cualquier abuso o violencia por el simple hecho de que la mujer, en un momento determinado, aceptó tener una relación con el agresor (obviamente, antes de saber que se convertiría en su agresor). 

Lamentablemente en las instituciones educativas, donde las jerarquías son muy marcadas, es común encontrar este tipo de violencia bastante normalizada. Si bien las estudiantes universitarias efectivamente “son adultas y saben lo que hacen”, es obligación de sus autoridades velar por su seguridad y procurarles el respeto que todo ser humano merece. Una mujer, independientemente de su ocupación o posición dentro de cualquier institución, debe ser libre para trabajar y lograr sus metas sin necesidad de rendirle cuentas a nadie por el simple hecho de ser mujer. De la misma manera, una mujer debe poder ser libre de vivir su sexualidad sin que sus superiores utilicen esas decisiones para controlar su existencia o condicionarle la seguridad que están obligados a proporcionarle.

Para terminar, esperamos que ahora que ya se cuenta con un protocolo diseñado específicamente para tratar estas situaciones, nuestra máxima casa de estudios le de seguimiento a todos los casos, tanto a los denunciados de manera formal como a los que no se les ha dado la debida atención por no cubrir con los requisitos del reglamento inadecuado en el que basaban sus procedimientos antes de aprobar el protocolo. La Universidad es una de las mejores del país. Debe utilizar todo ese poder para generar cambios, para bien de la misma Universidad y por el bien de sus estudiantes que, al final, son los que le dan ese prestigio tan preciado que siempre la ha caracterizado. Pero debe hacerlo sin olvidar que ese prestigio no debe lograrse a costa de la salud y seguridad de sus estudiantes. 

Fuentes:

Pérez, Y. (2016) Consentimiento sexual: un análisis con perspectiva de género. Revista Mexicana de Sociología, 78(4): 741-767.

Portal Vida Sin Violencia. URL: http://vidasinviolencia.inmujeres.gob.mx/?q=clasificacion#. Consultado 2 de julio 2019).

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