Carmela se sentía perdida en una etapa en la que se supone que ya debemos tener todo resuelto, entonces decidió viajar superando miedos y estándares que la ataban.

Por Carmela Emiliano.

La osadía no es precisamente una cualidad que me caracterice. Así que por una ironía de la vida, el factor que me impulsó a tomar la decisión de iniciar mi primer gran viaje fue el miedo.

Tampoco fue la plena juventud mi mejor carta. Estaba por realizar esta travesía a la edad en que muchas mujeres que conocía ya habían determinado ser esposas, madres, crear un patrimonio y tener una familia propia. Y si echamos un vistazo al pasado más lejano o al más próximo; por ejemplo, mi madre a mi edad ya lo era: esposa, ama de casa y madre de dos hijos.    

Dentro de ese mundo de ideas sociales, en donde la existencia de la mujer se circunscribe – un poco menos ahora, pero aún– al entorno familiar o como mínimo de pareja, mi vida en solitario resultaba, para algunos, un poco incómoda y bajo esa perspectiva incluso yo ya me percibía desahuciada.

La situación conmigo es que a los casi 33 años, las circunstancias parecían no estar enfilándose hacia ese rumbo. No tenía una relación de pareja, aún no había tenido hijos, terminé la licenciatura y no tenía planes de seguirme especializando. En corto, no tenía ni una idea verdaderamente clara sobre mi vida a futuro y sin embargo, parecía que mi propósito único y perceptible era el de prolongar la juventud lo más que pudiera. ¡Ah! y aunque trabajaba desde hacía diez años y tenía relativa independiente económica, aún vivía con mis padres.

Sin darme cuenta o más puntual: sin querer reconocerlo; las expectativas de mi entorno me estaban aplastando emocionalmente. Me estaban frustrando y me di cuenta que era una pieza que no encajaba.

Comencé a taladrar mi cerebro con un conjunto de sentimientos destructivos / adictivos hacia mi misma. Quejas, reproches, conmiseración, tristeza, desesperanza, enojo y preocupaciones por no encontrar “algo”; ¿y cómo encontrar ese “algo” cuando no se sabe qué es lo que se busca? La vida en este punto, en serio, puede llegar a ser agobiante.

Sin grandes obligaciones, ni responsabilidades (como algunos piensan sobre la vida en soltería), y sin mejores ideas de qué hacer con mi vida; tenía tanto tiempo para pensar en mí y en mi existencia que comencé a pensar en suicidarme. Pero, como solo contaba con lo necesario (ahorros) decidí suicidarme viajando. Y lo hice por 1 año 2 meses exactamente.  

Es una forma peculiar de matarte a ti misma, sin caer en la dramática exageración. Se debe de vivir el reconocimiento de que no se está contenta del todo con lo que hay. La honestidad es la mejor herramienta para iniciar el proceso de sanación.

Y sin buscar mucho dentro de mí, recordé una ilusión que siempre se me hacía presente: ¿cómo será vivir en otro lugar, conocer otros climas, hablar otro idioma, convivir con gente de muchos lados del mundo?, ¿qué hay de mí por allá, qué descubriré en un mundo tanto exterior como interior?, ¿y si simplemente me alejo de todo lo que ya conozco?, ¿y si me tomo un tiempo, y emprendo un viaje?

Y entonces el miedo se hizo más presente que nunca.   

Mi cabeza estaba repleta de dudas hasta el punto de visualizar escenarios catastróficos, es gracioso pero hasta los pensamientos de éxito me asustaban, pues imaginaba una vida lejos de mi familia y amigos para siempre. A cada paso que daba, en seguida se aproximaba un tropiezo, una caída libre, un titubeo. Era mucha incertidumbre, pero igualmente muy alentador. Comencé a cambiar la dinámica de mis pensamientos, involucrarme con la planeación del viaje me mantenía alejada del desánimo y la desesperanza.

Así transcurrió todo el plan, cuando tomé conciencia del tiempo transcurrido y lo que tenía programad, ya era demasiado tarde. Estaban asegurados el lugar, la fecha, el vuelo, el cambio de divisas, los permisos en el trabajo, la notificación a la familia y el equipaje.

No recuerdo cuanto tiempo antes de la fecha, me llegó el proceso de auto-convencimiento, estaba aterrada. Únicamente tengo vagos recuerdo de que escribía notas de motivación y lavado de cerebro y muchos: tú puedes, siempre lo has hecho, tienes el temple, has superado todo desafío, y bla, bla, bla.

El miedo no se iba y combatirlo era inasequible. Una noche en insomnio, a días de partir, en la oscuridad y repasando todos los miedos anteriores, en un estado completo de neurosis, surgió uno nuevo. El miedo a no hacerlo. El miedo de vivir sin esta experiencia. El miedo de no haberme regalado este sueño. El miedo de algún día llegar a compartir algunos momentos de mi vida y no relatar éste, simplemente porque nunca pasó, porque no existió jamás, porque no lo dejé ser. Era mi mayor deseo, era importante para mí, un reto, así que tenía que dejarme caer y esperar sin muchas expectativas a que todo saliera bien. Ese fue el miedo más intenso que reconozco y el que me impulsó a no desertar.

Un lugar hermoso me esperaba: la isla esmeralda y muchos otros vinieron después. Lluvias, verdor, humedad, colores otoñales, nieve, parques, amigos, aprendizajes, malos ratos, borracheras, amantes, risas, llanto, hermanas adoptadas, comidas, sabores, olores a condimentos indios, turcos, coreanos, dolorosas despedidas, discusiones en un idioma que apenas estás conociendo (bastante increíble esto, por cierto), navidad y año nuevo lejos de casa. Te conviertes en la mejor administradora de dinero; duermes en camas en las que han dormido muchos otros, te mueves, hay todo menos estabilidad permanente, te vas haciendo consciente del tiempo y de la impermanencia, y es dentro de esta experiencia donde aprendes a creer en la humanidad más que en Dios.

Al igual descubres, que la vida se vuelve monótona (después de un tiempo) en cualquier parte del mundo, que los padecimientos, los miedos, deseos, complejos hasta costumbres son muy parecidas. La dinámica de vida, como la ha creado el ser humano, termina siendo igual.

Pero no importa mucho lo que pasa fuera, sino lo que se transforma dentro de ti.

Se nos ha condicionado a pensar en la vida como un bello trayecto que debemos andar con el fin de llegar a una meta, movidos por el tan aclamado  “sentido de la vida”; cuyo destino final es un tipo de paraíso terrenal, lugar maravilloso en donde se encuentra la felicidad, el éxito, la razón por la cual hemos venido a este mundo y por supuesto el dinero y muy bien podría tener cabida ahí, el poder y la fama. Sitio del cual todos hablan, pero casi nadie conoce.

Bueno, pues yo había llegado a un abismo. Me encontré entre la inmensidad de la nada y la inconformidad y la mira de muchos fusiles que apuntaban hacia mí con miles de preguntas sobre el “deber ser” de una mujer de mi edad, esperando darme el tiro de gracia. Quedé al borde del acantilado sin tener idea de adonde dirigirme.

Y el tiempo sin detenerse, sobre todo el biológico, me dicen: tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac.

Y es que para mí, ahora, el tiempo ya no significa la organización sistemática de un cúmulo de actividades que realizar en la vida; como estudiar, trabajar, casarse y tener familia, y así, hasta esperar la muerte. Nada tiene que ver con la productividad, con hacer cosas en determinado periodo, con salir temprano de casa para llegar puntualmente al trabajo o a cualquier destino. Ni siquiera me interesa mucho el proceder del reloj biológico.

Solo hay un tiempo para cada quién y ese es en pocas palabras el transcurso que dura nuestra vida y mientras ese instante exista, habrá un sinfín de alternativas, puertas que se cierran y otras que se abren. Hay que tomarnos el tiempo para vivir, para detenerse, para hacer un paréntesis en nuestra vida, el cual nos permita descubrir cosas nuevas sobre nosotros, nuestro carácter. Interrumpir ese vicio de pensar y actuar como lo hacemos desde hace mucho y no nos satisface.

Entonces después de ese descanso de nuestro vivir diario que llega a ser enajenante, podemos recomenzar, con la mente más fresca y más sabia porque hemos vivido experiencia que desconocíamos. Eso es viajar.

Y así las veces que sean necesarias, las que podamos, ese para mí es el regalo más bello e importante que te deja un viaje. No es solo el desplazamiento físico, sino también el cambio de conciencia, derivado de lo que vives durante él.

Más de uno, entre familiares y amigos, comentaron sobre mí, cuando estuve lejos, cosas como que estaba escapando, que estaba huyendo de “algo”, y  que lo que debería de estar haciendo –en lugar de vivir como una adolescente– era enfrentar mi realidad y trabajar en ello, es decir, trabajar en conseguir lo socialmente aceptable: marido-hijos-casa.

Bajo esta manera de ver las cosas les doy la razón y sobre todo siempre extiendo la invitación a otros a huir, a escapar de vez en cuando, a interrumpir su vida, a darse un respiro, a descansar de lo que han creído que son por lo que tienen, hacen y piensan, a atreverse a actuar de otra manera, de pensar como forma de juego a ser villanos, héroes, a destruirse y estar abiertos de mente y corazón para que cosas nuevas entren, que reinicien las veces que sean necesarias y posibles.

Como dice el escritor Albert Camus, en su teoría del absurdo: la vida es un absurdo y la única solución es la aceptación plena, inflexible y valiente. La vida, dice, “se puede vivir mejor si no tiene sentido”. El único sentido de la vida es la vida misma.

Entonces dejemos de pensar en la linealidad de nuestra existencia y comencemos a dar pinceladas a desorden por todos lados. No nos llevaremos nada con nosotros cuando llegue el fin, ni las experiencias, todo desaparece junto con nosotros. Pero vivirlas nos develan muchas cosas sobre nosotros mismos. Es catártico, sanador e impactante saber que no sabes nada sobre ti, hasta que te ves frente a determinadas situaciones y un viaje tiene muchas. Así que tomémonos un tiempo para viajar.

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