Por Anónimo 

Hace mucho no cuento esta historia. Mi circulo familiar nunca se enteró de los detalles, mis amigos cercanos probablemente no recuerden lo sucedido o ni siquiera hayan escuchado sobre ello. Yo misma lo fui olvidando por creerme el cuento de que era una situación “sin importancia” y de que me estaba quejando “por tonterías”.

Todo sucedió cuando yo estaba en segundo año de preparatoria. Era una escuela particular y en la que nunca me sentí insegura. No era la estudiante más sobresaliente pero me llevaba bien con los maestros, participaba en equipos deportivos y en concursos interescolares. Tenía 16 años y un novio  problemático, un circulo de “amigos” a los que nunca he vuelto a ver y muchas pero muchísimas inseguridades.

El ciclo escolar había comenzado hacía unos 3 o 4 meses, mi novio problemático (llamémosle Luis) era un año mayor que yo y tenía un pleito jurado con uno de los “prefectos” (entre comillas porque realmente su trabajo era encargarse de la banda de guerra pero en sus momentos libres se nombró prefecto de la preparatoria). Al ser un poco tímida, es rara la vez en que me involucre en pleitos ajenos, esta vez no fue la excepción.

Las cosas parecían ir bastante bien, estaba entre las seleccionadas para un concurso de oratoria y algunas veces tenía que perder los descansos para practicar con mi maestro de literatura y un grupo de estudiantes. La situación no me molestaba en absoluto, me gustaba estar entre los seleccionados y me divertía mucho en las practicas.

Un día me llamaron para las preparaciones finales del concurso, iba a perder mi descanso de nuevo pero llegaría a tiempo para la siguiente clase. Cuando la campana que indicaba el final del descanso sonó, me dirigí como siempre hacia mi salón, sólo que esta vez las miradas de otros estudiantes estaban en mi. Era claro que algo había sucedido mientras no estaba presente. Me apresuré a llegar a mi salón y le pregunte a unos compañeros. La cosa se resumía en lo siguiente: Luis había dicho algo que ofendió al “prefecto”, éste le comenzó a gritar pero al ver que Luis no respondía decidió atacar con algo más fuerte. Le gritó como tendría relaciones sexuales conmigo, como me tocaría y haría cosas con las que Luis sólo podría soñar. La respuesta de Luis fue inmediata, le tiró lo que estaba comiendo y lanzó un golpe. Ahora se encontraba en la dirección con riesgo a ser suspendido.

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Al escuchar la historia no supe que hacer, me sentía confundida y avergonzada. Yo nunca me había metido con el “prefecto”, es más, lo defendía cuando escuchaba que habían compañeros burlándose de su físico o cosas por el estilo. En un ataque de valor (y a media clase de química), salí del salón y fui a la dirección para hablar de lo sucedido. El director me tranquilizó, me dijo que los estudiantes eran lo más importante y que investigaría bien lo sucedido. Me sentí satisfecha y volví a mis clases.

Pasaron aproximadamente dos días y yo seguía sin ver algún tipo de consecuencia a lo sucedido. Si bien Luis no había sido suspendido, el “prefecto” seguía por ahí como si nada hubiera pasado. Sin llamadas de atención, suspensión y sin ofrecer una disculpa. Le comenté mis inquietudes a mi tutora y ella se las hizo llegar al director. Aquí descubrí que las cosas no iban a ser tan buenas como había esperado.

El director me mandó a llamar casi al final del día escolar. Me senté en la oficina y me preguntó “¿Escuchaste lo sucedido?”, pensando en que quería saber mi versión o lo que se decía por los pasillos, comencé a contarle la historia. No iba ni a la mitad cuando me interrumpió y me dijo “No. ¿Estuviste ahí?” Le respondí que no pero que varios compañeros me habían comentado lo mismo, todos coincidían en los detalles, incluso en otros años escolares se hablaba de lo que pasó. El sermón que me dio el director fue una de las cosas más frustrantes por las que he pasado. Fue algo así: “No estuviste presente, no lo escuchaste ni te afectó. Fue una pelea entre Luis y el prefecto. Sí dijo cosas indebidas pero entiende que tampoco Luis respeta su autoridad. A ti no te pasó nada ni te lastimaron.” Enseguida protesté y (muy nerviosa) le comenté que no era correcto que el prefecto dijeran esas cosas de mi, no debía decirlas de nadie. El director notó que me sentía irritada y dijo: “Es que no dijo eso. Lo están inventando. Y si lo dijo, no te afecta en nada. Ignóralo y ya.” Después de esto, me invitó a salir de su oficina.

Al llegar a mi casa le comenté a mis papás parte de lo había ocurrido. Enseguida fueron a hablar a la escuela, sin embargo la respuesta que les dieron fue minimizando lo sucedido y echándole la culpa a Luis. El director se encargó de comentar abiertamente a todos los alumnos sobre el problema, mis quejas y las de Luis. Hacía especial énfasis en que lo dicho en esa pelea era algo sin sentido y que todo debía seguir como si nada hubiera pasado. Así fue. Los alumnos se rieron de lo sucedido unas semanas, el director me evitó durante todo el mes y el “prefecto” ignoró el problema.

Este sería el final de mi historia, sino fuera porque tuve que seguir viendo al prefecto durante año y medio más. Cada vez que lo veía me sentía tan molesta que incluso algunas veces lo veía con cara de “pocos amigos” o de “asco”. Su respuesta siempre era la misma: sonreía. Parecía que me decía con la mirada que no le había pasado nada y podía seguir haciendo y diciendo lo que quisiera.

Ya pasaron 5 o 6 años de esto, pero todavía me da pena contarlo. En algún punto comencé a creer que había creado un drama por nada, que la culpa había sido mía y de Luis y que el “prefecto” actuó en defensa propia. En algún punto comencé a creer que habían problemas mucho más graves en el mundo y que yo estaba perdiendo el tiempo sintiéndome ofendida.

Pero hoy, después de tantos años, quiero compartir lo sucedido y decirle a todas las jóvenes que son abusadas verbal o físicamente una cosa: Ustedes NO son las culpables, nadie tiene derecho a hacerlas sentir menos. Nadie puede faltarles al respeto con la excusa de que tienen la autoridad para hacerlo. Si se sienten agredidas, hablen de ello. Si alguien las hace sentir incómodas, díganlo. Y más que nada, sean fuertes y recuerden que junto a ustedes hay muchas otras chicas apoyándolas.

Categories: Soy Violeta

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