Por Anónimo

Es evidente que el simple hecho de ser mujer en Mérida, en México, es un obstáculo en muchos ámbitos y es aún más notorio en el área laboral. Y no quiero hablar acerca de las tristes pero reales estadísticas que demuestran lo poco que valoran nuestro esfuerzo, quiero tocar una vertiente de las situaciones que sufrimos mientras trabajamos: el acoso laboral.

Soy  egresada de la carrera de Derecho por la Universidad Autónoma de Yucatán, jamás me he auto proclamado feminista, sin embargo, me animé a compartir mis vivencias laborales porque para mí son verdaderamente frustrantes y entristecedoras. Siendo conocedora (parcial) de derecho y leyes puedo platicarles que el Código Penal del Estado en el apartado de delitos sexuales artículo 308 contempla el delito de hostigamiento sexual definiéndolo de la siguiente manera: “a quien con fines lascivos asedie reiteradamente a persona de cualquier sexo, valiéndose de su posición jerárquica derivada de relaciones laborales, docentes, domésticas o cualquiera otra que implique subordinación”. A pesar de conocer dicho artículo, no me ha permitido evitar que sea víctima del mismo en repetidas ocasiones.

El primer hostigamiento sexual que sufrí fue durante mi servicio social, cabe mencionar que recibía una contraprestación económica. En esa oficina todos acostumbrábamos a saludarnos de beso por las mañanas; siempre era de las primeras en llegar y jamás me incomodó tener que saludar de esta manera a nadie, hasta que cierto día un abogado encargado del área penal comenzó a hacer ese “saludo” de manera pausada mientras me tomaba la cintura. Fue sumamente extraño la primera vez y se convirtió en un comportamiento repetitivo. Por cuestiones laborales también tenían mi teléfono personal y el abogado (casado por cierto) no dudó en enviarme mensajes para salir a “tomar dos” después de la oficina. Nunca acepté y en algún momento le pregunté por su esposa embarazada para hacerlo sentir incómodo y eso me funcionó un poco. Mi estancia en ese lugar fue de seis meses, motivo por el cual lo dejé pasar.

Posteriormente comencé a trabajar en una oficina en la cual el titular era una persona muy seria con la que no traté directamente pero no fue así con su hijo, quien aunque no era abogado, era como mi jefe. Me encargaba de realizar trabajos jurídicos para su empresa, es decir, recibía indicaciones y órdenes de su parte. El Licenciado era conocido por ser un chico fresa, un pesado que no hablaba con nadie, no saludaba ni por educación pero conmigo fue diferente: siempre me saludaba inclusive de beso. Esta situación en un principio no me pareció anormal, hasta que una compañera que llevaba 5 años trabajando ahí me hizo el comentario, fue entonces cuando comencé a notar que efectivamente sólo a mí me saludaba y sólo conmigo se detenía a platicar.

El horario de salida era a las cinco de tarde, sin embargo, el Licenciado salía a las dos y casi nunca regresaba. En una ocasión salí como de costumbre a las cinco, caminé una cuadra y el pegó su auto a mi lado, me dijo que podía llevarme al centro porque era su paso ya que tenía que ir a ver un hotel de su propiedad y era su deseo que yo lo conociera para que le diera mi opinión puesto que aún estaba en construcción. Me negué a la invitación recibiendo como respuesta una mala cara del sujeto a la par que arrancó de manera abrupta su auto. Los siguientes días estaba enojado conmigo y no me saludó como de costumbre. Así se comportó durante varias semanas.

La siguiente propuesta inadecuada que recibí de su parte fue en el mes de diciembre, en el cual como agradecimiento me regaló unas botellas de vino. Me las entregó acompañadas de un fuerte abrazo y con un comentario al que no supe responder. A continuación lo cito literal ya que lo recuerdo a la perfección: “si no tienes con quien tomar los vinos puedes decirme y los tomamos juntos” a dicha frase solo sonreí amablemente y le dije que probablemente los bebería con mi novio.

En esta oficina tenían como regla general no cerrar las puertas, regla que por supuesto el hijo del jefe incumplía cada que me solicitaba acudir a su oficina ya que él y yo teníamos posibles proyectos juntos. El objeto de éstos se encontraba ubicado en Periférico y recibí múltiples invitaciones para que él y yo fuéramos a “dar la vuelta para juntos ubicar bien la zona” frase que recitaba mientras sonreía e intentaba tener algún contacto físico conmigo, bien sea tomándome los hombros, la mano o incluso la pierna, situación que enfrentaba con una sonrisa nerviosa mientras emprendía la huida de su oficina. La situación fue empeorando porque no pude poner un alto desde el principio. Cierto día ocurrió un acercamiento físico, me atrevo a decir que fue con fines sexuales, hecho con el cual me armé de valor y amablemente le expliqué que probablemente había confundido mi amabilidad con interés y aunque era un chico muy guapo no eran mi tipo los hombres casados y menos porque yo tenía novio.

Le pedí que por favor evitara esas conductas; se disculpó muy apenado y me dijo que yo había confundido todo. Salí de su oficina y me sentía muy bien, fuerte, empoderada y valiente porque al fin le había expresado mi incomodidad. Esa felicidad fue efímera ya que en los siguientes días fui despedida. No tomé ninguna represalia jurídica al respecto, en mis planes no estaba continuar en ese lugar por mucho tiempo, por el contrario, lo tomé como un favor.

Siempre he pensado que no hay mal que por bien no venga, encontré un mejor trabajo en casi todos los aspectos y me siento más feliz y tranquila que en cualquier otro lugar- Estoy un poco arrepentida por no haber detenido ninguna de esas situaciones en su momento, sin embargo, creo que son grandes lecciones de vida de las cuales debemos de aprender lo más que podamos y lo aquí narrado sólo son unas cuantas experiencias que les comparto porque escribir alivia el alma. Y quiero aclarar que soy una chica ordinaria, delgada, que nunca ha acudido a trabajar en vestidos, (por si acaso).

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