No hay respuesta unánime entre las feministas a la pregunta de qué lugar ocupan los hombres en la lucha. Para las y los heterosexuales es todavía más necesario trabajar en la convivencia para entablar relaciones equitativas y sanas, con toda la complejidad de las emociones.

Algunos hombres que conozco han cambiado radicalmente sus opiniones sobre la violencia de género y el feminismo, gracias a la intervención oportuna de una feminista de confianza. Esa amiga, compañera de trabajo o familiar que con un argumento le pidió bajar dos rayitas a su macho interiorizado. Son casos de éxito— y hay que apreciarlos como tales— esos hombres que ahora vigilan sus comportamientos e intentan corregirlos, o se atreven a decirle a su amigo “oye, hermano, eso es machista”, e incluso leen y comparten información sobre el tema.

En el mejor de los casos, estos hombres no van por ahí poniéndose a debatir sobre el tema con una mujer, ni se cuelgan la medalla de voceros del feminismo (thank you, next), sino que se vuelcan al interior de su propio comportamiento, para entenderse.

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Conocí a Uriel a finales del año pasado cuando estaba a 12 mil kilómetros de la seguridad de mi casa. Eran las nueve de la noche y buscaba dónde cargar mi celular en el Parque Rojo de Guadalajara. Él salió de un bar frente al parque y me preguntó si estaba bien —ahora que lo pienso me da ternura su pregunta, porque yo estaba de maravillas y él tenía cara de perro atropellado.

Pensé que me iba a asaltar o que estaba borracho, y se lo dije. Él se rió y me contestó que sólo quería hablar con alguien porque necesitaba un consejo. Así que acabé escuchando de su relación tóxica con una mujer veinte años mayor que él que lo golpeaba, chantajeaba emocionalmente y a la que mantenía. Su historia estaba llena de violencia no sólo por parte de ella sino de sus hijos que tenían la misma edad que él.

Me contó cómo su novia lo había golpeado porque sintió celos de la prima de él, una vez que se abrazaron entre todos los primos durante un paseo. De cómo golpeó a su amigo, también por celos. Él tenía esta idea machista de que era el responsable de cuidarla, y que ella no podía arreglárselas sin un hombre, pasando encima de su propia seguridad y felicidad.

Al final bromeamos, le dí un abrazo, un consejo inútil (nada que él no supiera ya) y le regalé en una hoja de papel El manto y la corona I, un poema de Rubén Bonifaz Nuño.

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Entiendo, y admiro, a las feministas que deciden no volver a discutir con un hombre sobre el feminismo. Se lo tienen ganado por neeecios. Sin embargo, admito que después de largos años sufriendo mansplaining sin saberlo siquiera, ahora disfruto culposamente dejar sin argumentos a un wey que cree saber más de un tema, aunque de entrada no sepa un carajo.

Me parece incluso revolucionario el hecho de que las mujeres les expliquemos a los hombres sobre estos temas —y sobre otros también. Históricamente les llevamos años de ventaja en la introspección y deconstrucción de género. El falso masculino neutro ha sido contraproducente porque no hay muchos estudios que se centren en la construcción del “hombre” como género; sólo como humanidad, y humanidad somos todxs.

Hay feministas que dicen cosas como “las nuevas masculinidades no existen porque todas las masculinidades son tóxicas”. Esto me parece un desaliento a la voluntad de los hombres a deconstruirse y darse el chance de ser felices en un sistema que les exige demasiado, y que termina por jodernos a todas las personas. A menos que haya realmente un plan de exterminio feminiazista (jaja), necesitamos trabajar en relaciones sociales equitativas y no violentas con los hombres; y la creación de espacios y mensajes entre ellos con perspectiva de género (gracias, Gillette), es indispensable.

También se vale tirar la toalla con personas que tienen muy interiorizado el ego y el machismo. No tenemos porqué soportar al wey que en un debate te manda a hacerle un sándwich, o al intelectualoso que compara la muerte de una niña empalada a la “muerte en vida” de un ser que camina con el corazón roto.

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El día que conocí a Uriel, él había intentado hablar con un grupo de chavos que estaban en el bar. Les preguntó si se podía sentar con ellos y le contestaron que no. Trataba de contenerse pero mientras platicaba su historia me daba la impresión de que quería llorar. Opiné que —aunque no conocía la otra historia, la de su novia—si lo que decía era verdad, tenía que terminar la relación, por los dos.

El poema de Rubén Bonifaz Nuño tenía un verso que dice: Porque soy hombre aguanto sin quejarme que la vida me pese. Porque soy hombre puedo, he conseguido que ni tú misma sepas, que estoy quebrado en dos, que disimulo. Que no soy yo quien habla con las gentes, que mis dientes se ríen por su cuenta mientras estoy aquí, detrás, llorando.

La última vez que hablé con Uriel, aparecía sólo él en su foto de Whatsapp, estaba de vacaciones en Puerto Vallarta con su familia por Año Nuevo, se sentía feliz. Y yo me sentí feliz también, porque todos merecemos serlo.

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