Antel se fue de mochilera a Colombia dejando con la boca abierta a todo el mundo con su espíritu aventurero.
Conoce su historia.

Por Antel Velasco

“¿Viajar sola? ¡Escándalaaaaa!” Es el grito que escucho cada vez que tomo la mochila y me la cuelgo a los hombros, lista para acudir al llamado de la carretera. Amistades, familiares, personas que conozco en el camino, siempre llueven en preguntas: “¿no te da miedo andar solita?”, “¿quién te va a cuidar?”, “¿no te aburres más así?”, “vas a cargar tú sola tu mochila” (como amenaza) y claro, la interrogante más cargada de indignación que nunca falta en Latinoamérica: ”y tu esposo/papá/hermano/cualquier-figura-masculina-con-autoridad… ¿cómo te deja andar sola?”, a veces les respondo y otras ya sólo me río.

El punto es que un caluroso día de mayo ahí estaba yo, otra vez, sentada en la sala de espera del aeropuerto de la Ciudad de México con un tiquete rumbo a Bogotá en la mano. Mientras me bebía un café “americano”, escuchaba a una pareja preguntarme cómo me atrevía a recorrer Colombia de mochilazo sin mayor compañía que Andrea (o sea yo) y aunque intentaba explicarles, parecían no comprender y más bien escandalizarse. Abordé.

El viaje a través de Colombia

Mi recorrido por Colombia fue muy especial. He de decir que antes de irme estaba un poco triste y confundida, pero nada como un viaje para reinventarse. Tenía unas amistades en Bogotá que me recibieron y ayudaron a orientar mi camino a través de su país. Fui invitada por una amiga a conocer el subpáramo de Sopó y probar platillos tradicionales de Colombia (amé la lulada, que es una bebida tipo ponche pero fría, hecha con el fruto “lulo”). Me aventuré sola por la noche hacia el desierto de la Tatacoa donde llovió cántaros, pedí un deseo en el Valle de los Deseos, conocí a otras personas que también viajaban solas y reí millones con ellas.

Bajé a Calí a conocer la “capital de la salsa”, donde me recibió otra mujer que me paseó en moto; subí al eje cafetero hacia Salento, un pintoresco pueblito en medio de las montañas, ahí tomé una vieja camioneta Jeep para conocer el Valle de Cocora; luego seguí hacia Medellín y me maravillé con la vista de la laguna de Guatapé.

En Lorica, un lindo pueblo de la costa interior, un amigo me dio la bienvenida. Me enseñó todo lo que hay qué saber de la cultura e historia de la zona y también en moto me guió hacia una reserva natural hasta ¡la playa! Así conocí Tolú y Coveñas. Luego me invitó a un pueblo vecino donde me presentó a un artista que hace “pintura rupestre”, que no es conocido pero que a mí me pareció más bien un mago.

Me despedí y continué hacia Cartagena. Mi llegada coincidió con el Festival de Cine Afrocolombiano que proyectaba películas sobre el fuerte, que me pareció genial. Cuatro días después tomé un bus hasta Santa Marta y me bajé en las afueras de la ciudad, para esperar otro autobús que me dejaría en la entrada a la playa del lado del Tayrona. Con una amiga que conocí en el mar Caribe colombiano, viajamos en moto hacia Palomino para pasar todo el día en la playa y escuchar anécdotas de otres viajeres.

En un vuelo de Santa Marta a Bogotá, trasbordé hacia Leticia, el final de Colombia, la trifrontera con Perú y Brasil, para adentrarme al segundo pulmón del mundo: al Amazonas. Fue ahí donde todo cobró vida, donde el viaje que estaba haciendo y todas las personas que había conocido cobraron sentido y mis tristezas se develaron creativas, sanándose: que una puede despedirse con una sonrisa y fluir, que al caminar se va tejiendo una red de genuinas amistades que se vuelve la familia viajera, que irse a veces es necesario y que hay mucho aún por sentir. Se me estaba expandiendo el corazón.

Las otras viajeras “solitarias”

En el caribe colombiano conocí a Analía, una mujer viajera de Argentina con quien compartí a lo largo de esos días. Una noche, mientras cenábamos, charlamos de la coincidencia de haber tenido un amor romántico que nos había dolido mucho y del cuál quizá aún cargábamos algunas tristezas, entonces se nos acercó una mujer morena de cabellos negros y ondulantes como las olas al viento, que con voz de sal nos dijo “Aquiétate, tú eres diosa” y nos hizo entender que para ser libres, hay que amarse primero.

A lo largo del viaje es verdad que conocí a muchas mujeres que como yo, también viajaban solas. Todas teníamos la misma historia en común, las ganas de mirar el mundo y la respectiva lluvia de preguntas cuando decidíamos hacer un viaje en solitario, pero quienes me dejaron huella, fueron cuatro mujeres que conocí en el hostel donde pasé las noches en Cartagena.

Las cuatro mujeres eran hermanas, provenientes de Bogotá, tenían marido y descendencia y rayaban los 50 y tantos. Me contaron que después de mucho dudar, habían decidido sacudirse el miedo de viajar sin la compañía de un hombre y aventurarse ellas juntas, a vivir la experiencia que no pudieron vivir cuando eran jóvenes. Querían saber qué se sentía “viajar solas por primera vez” y estaban muy emocionadas contando su historia.

Por la configuración de la sociedad patriarcal, a una mujer con familia se le ve como madre o esposa, quien renuncia a lo demás para poner por encima de todo a otras personas, pero la extensión de sus deseos va mucho más allá de cuidar de otros. Esas cuatro mujeres estaban rompiendo con las ideas de su generación, querían vivir esa aventura y pagársela por sí mismas. En el acto del viaje creaban la posibilidad de reencontrarse con ellas mismas y disfrutar de la compañía de la otra. Aunque no se dieran cuenta, ante mis ojos se volvían maestras.

Amanecí en Leticia el día que cumplí 24 años. Como recién volvía de la selva y era mi cumpleaños, salí a festejar con otras tres mujeres de países distintos. No compartíamos el mismo idioma: una hablaba chino, las otras dos sueco e inglés y yo español. No importaba porque nos entendíamos perfectamente al ser aventureras y estábamos dispuestas a romper con dos estereotipos:

    1. Viajar sola es peligroso para una mujer
  1. Las mujeres sólo pelean entre sí, porque son competencia una de la otra

Si nosotras estábamos ahí, al calor de la noche, bebiendo unas cervezas Póker en un bar con mesas de plástico, el ritmo del ballenato de fondo, contándonos nuestras experiencias, brindando por la libertad de coincidir ahí ¿por qué negárselo otras chicas?

Viajar solas para ser más libres

Me sorprendió la cantidad de mujeres que conocí y que como yo, viajaban solas. Cada una de nosotras tenía una historia que contar, que era la historia de todas. Me di cuenta que habíamos enfrentado alguna situación incómoda por el “simple hecho de ser mujer”, pero viajar nos llenaba de seguridad y fuerza y, curioso, había otras mujeres apoyándonos.

Para mí, viajar es una forma de expandir mi universo interno; es una vía para mantener activa mi capacidad de asombro y de habitar el mundo. Viajar suma: mientras más lo conozco, más se amplía mi visión del mundo, más respeto siento hacia la naturaleza y más empática soy con otras culturas o personas. Viajar sola, por ejemplo, es también una forma de ser más genuina, porque al encontrarme en situaciones alejadas de mi comodidad dependo de mí, pero sobre todo es una forma de reconocerme, de charlar conmigo.

Al principio cuando comencé a aventurarme e irme en solitario, parecía más una rebeldía innecesaria, algo así como “la aventura de ser joven y tener unas ganas enormes por ver y experimentar el mundo”. Después comprendí que en México, no es común que las mujeres viajemos solas, porque esa soledad está vista como algo perjudicial, como un fracaso, como un problema, como si la condición de “no-estar-acompañada” derivara de no ser una persona grata o de valor, pero sobre todo porque seguimos bajo la mirada patriarcal que nos ubica como seres que deben ser protegidas, vulnerables y de las cuales pueden disponer al antojo ajeno sin que nosotras tengamos iniciativa ni decisión propia… y por si no fuera poco, hay que sumarle las agresiones misóginas y los feminicidios. Por eso y con mayor insistencia, para mí viajar sola no sólo se volvió una reivindicación, si no una manifestación por mi libertad, por mi derecho a moverme con seguridad y como un acto de sororidad con otras mujeres.

El mes-y-pico que recorrí Colombia, me llenó de energía para emprender un proyecto personal que llamé Verde Selva, que pretende ser un espacio en la web para verter nuestras historias de viajeras en la forma que queramos y cuidarnos. Porque aunque muchas voces me decían que corría peligro, que podía meterme en problemas, jamás estuve abandonada: me cuidaba yo, sí, pero también hubo muchos corazones pendientes que se mostraban en forma de guías o de hospedaje o de escucha o de compañerxs del camino y es que ¡Viajar no debe implica ponerse en riesgo!

No es necesario estar siempre acompañada en un viaje, es justo en esa soledad donde habitan las oportunidades, donde una puede encontrar su calma y sentirse a gusto consigo misma. A veces el ruido de los demás no nos deja escucharnos ni abrirnos a nuevas amistades ni visitar los lugares que queremos ni aventurarnos en la espontaneidad ni incluso descansar de todo. El mundo tiene mucho para mostrarnos, pero hay que atrevernos, hay que soltar las viejas prendas que nos siguen deteniendo a explorar-nos el mundo y a nosotras mismas, por eso es necesario animarnos, contarnos nuestras historias, compartir nuestros tips y abrazarnos en el camino. Viajar sola es una experiencia increíble que te hace sentir plena, no permitamos que nos arrebaten eso.

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