It runs in the family

febrero 28, 2018

All day I’ve been wondering

What is inside of me

Who can I blame for it?

Termina la canción y suelto aire, no sabía que estaba lo conteniendo sino hasta ese momento, cuando me doy cuenta de la tensión que fui acumulando mientras veía y escuchaba a Amanda, mi cuerpo está en shock como mi mente, estoy agitada, estoy nerviosa, estoy maravillada; la canción y el vídeo me golpearon como hace mucho nada lo hacía, tengo que volver a escucharla, tengo que volver a verla:

Me? Well I’m well

Well, I mean I’m in hell

Well I still have my health

At least that’s what they tell me

If wellness is this

What in hell’s name is sickness?

La reproduzco tres, cuatro, ya no sé cuantas veces más, el golpe emocional es tremendo cada vez, la canción me recorre entera, me hace suya, no entiendo, no logro entender cómo lo hace, cómo pudo hacer algo como eso, tan perfecto, tan triste, me rompe, me rompo, no creía poder romperme más en esta vida y ahora aquí estoy, deshecha, por una canción que dura dos minutos con cuarenta y siete segundos.

Mary have mercy

Now look what I’ve done 

But don’t blame me because I can’t help where I come from 

And running is something that we’ve always done 

Well and mostly I can’t even tell what I’m running from 

Necesito escucharla otra vez, y otra vez y otra vez, no puedo parar, lo necesito, necesito saber de memoria cada palabra, necesito conocer las inflexiones de su voz en cada una, necesito la tensión que provoca en mí, el dolor que me hace revivir, necesito eso, que me hiere y me libera, quiero escucharla a un volumen tan alto que no pueda escuchar nada más, necesito volverme una con la canción, quiero cantarla, quiero gritarla, quiero desaparecer con ella una vez termine, quiero durar solo dos minutos con cuarenta y siete segundos y después desaparecer con ella, pero no es así, por lo que la tengo que reiniciar, una y otra y otra y otra vez.

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Ha pasado más de un año de mi encuentro con «It runs in the family», un año de que tuve que redactar lo anterior, porque no quería olvidar el impacto inicial. No era necesario, me sigue pasando lo mismo, me sigue vaciando de todo, me sigo volviendo una con la canción. Pero si hay una diferencia entre esa persona y yo: durante todo este tiempo transcurrido he cambiado, no soy ya la misma, no me encuentro en el estado emocional que estaba, he trabajado tanto en mi y aunque aún tengo demasiado camino que recorrer en esta construcción constante de mi persona, estoy satisfecha al darme cuenta de lo mucho que he avanzado.

Comparto la experiencia inicial que esta canción tuvo en mi después de escuchar el podcast sobre salud mental de Somos Violetas. Cuando Jess me dijo que este sería el tema pensé en retomar y ampliar este texto pero no sabía en qué dirección, al menos no hasta que escuché el podcast. Y es que en algún punto mencionan lo caro que puede ser ir a terapia, y entienden que con los salarios de muchos llega a ser imposible. Para mí lo es.

Cuando estuve en la facultad acudí brevemente al servicio que allí ofrecen, es económico y si eres estudiante de la universidad sale más barato, pero aun así por esa época me era casi imposible costear las sesiones. Además el psicólogo que me tocó no me llegó a inspirar realmente confianza, me hacía sentir como en «Viernes de locos», solo se sentaba y me dejaba hablar y me preguntaba cómo me sentía, nunca apuntaba nada y yo seriamente dudaba que le interesara siquiera, pero no me atreví a cuestionarle. No estoy diciendo que sea un mal servicio, tampoco que ese método sea malo, tengo entendido que existen métodos diferentes y que dependen tanto del terapeuta como del paciente, además sé que muchas veces es cuestión de buscar con quién estés más cómodo, sólo qué… para eso se necesita dinero.

¿Qué pasa con nosotros? Los que ganamos lo suficiente para poner un techo sobre nuestras cabezas, comida en la mesa, para pagar pasajes, y nos sobra lo mínimo, para tal vez ir al cine una vez al mes, pero no para pagar una sesión de una hora de no sé, ¿400 pesos aprox? Hay quien te puede decir, desde una clase social distinta que vale más eso, que juntes el dinero, que te prives de cualquier gasto extra y vivas lo más austero posible para pagarte la sesión, porque te beneficiara más, y lo dicen tan campantes.

No entienden nada.

El estrés del saberse sin nada más que lo mínimo aunado a la privación de las escasas libertades solo genera más frustración que no se ve compensada con una hora de sesión cada que te alcance. Pero entonces, se estarán preguntando, ¿Cómo le hago? ¿Cómo se lidia con todo eso sin la posibilidad de acceder a un psicólogo? ¿Cómo vivir así? ¿Se puede hacer algo? ¿Se puede salir?

La respuesta es sí. Es posible ayudarse un poco, cada quien tiene sus maneras de lograrlo, pero diría que las dos más importantes –desde mi experiencia personal– son conseguirse una red de apoyo, gente con la cual poder hablar. Lo ideal serían los amigos, en mi caso tengo la fortuna de tener gente maravillosa a mi alrededor con una formación humanista que tienen la capacidad de analizar y notar aquello que yo, desde dentro soy incapaz de ver, pero para quienes no tienen esa fortuna: existe el internet. Sé que podría ser peligroso, no les estoy invitando a hablar con cualquier desconocido y soltar los detalles de su vida, pero si a buscar, existen foros y grupos de apoyo en línea, y el simple hecho de poner en palabras el dolor ayuda más de lo que parece, porque le quita esa sensación de que es solo cosa nuestra o de que estamos exagerando: nombrar ayuda a empezar a sanar.

La segunda manera de ayudarse es consumir y/o crear el material que necesites. Conozco personas que evitan a toda costa cosas que les recuerden eventos traumáticos para evitar revivirlos y lo comprendo. Si te ves forzado a ello más que ayudarte a sanar te estás hiriendo más, pero eso no quiere decir que no haya nada allá afuera que de a poco te ayude a ir acercándote a lo que te genera dolor sin hacerte revivir el trauma en sí. Y si no lo existe te toca crearlo, sacarlo de ti de una forma u otra, pero el trabajo ahí apenas comienza, no se trata solo de limpiar la herida, se trata de sanarla. Muchas veces nos quedamos con la limpieza; sacamos lo que nos hiere y le dejamos la puerta abierta para volver, extendemos el dolor pero no lo analizamos, no nos preguntamos porqué nos duele, no trabajamos en ello y si no lo hacemos: NOS VA A VOLVER A DOLER IGUAL.

El problema es que muchas veces no queremos trabajar en nosotros porque implica un esfuerzo enorme. Le tenemos miedo al dolor de enfrentarnos, de darnos cuenta que la responsabilidad está en nosotros y en nadie más, pero a lo que más miedo le tenemos, es a saber que nunca será un trabajo concluido. Las cosas seguirán pasando y afectándonos en mayor o menor medida, porque así funciona la vida, y tendremos que seguir trabajando para que en vez de ser un sujeto pasivo que sufre y soporta seamos un sujeto activo que lidia y crece.

El año pasado, Amanda Palmer me sacudió: yo estaba pasando por un momento emocional difícil, ya había asumido que así funcionaba mi vida, periodos largos de estabilidad, o más bien de un stand by, en los que ignoraba alegremente las cosas que me dañaron, seguidos de periodos intensos de un dolor que sentía erróneo, pues mis problemas eran mínimos comparados con los de otra gente. Y de repente llegó Amanda con una canción tan breve e intensa como mi dolor, que lo atacaba justo en el núcleo. Me obligó a darme cuenta que no podía ya quedarme ahí, que me tocaba avanzar.

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