Por Gracie Grace.

Mi historia sobre viajar sola comienza desde antes de hacerlo, se preguntarán ¿cómo es eso? Sí, inició desde que me se metió en mi cabecita inquieta la espinita de conocer otro país, a pesar que nadie podía acompañarme debido a sus trabajos, por dinero o simplemente por desinterés. Así es que me atreví a hacerlo pues contaba con un gran plus. La working holiday visa de Nueva Zelanda que me permitiría trabajar 1 año o más en aquel país. Sería para mí, la primera vez viajando sola, la primera vez en avión, la primera vez lejos, tan lejos de mi lindo México.

Recuerdo perfectamente el día que me bajé de ese avión en Auckland, sola, asustada y nerviosa de perderme, pidiendo ayuda al personal del aeropuerto y cuando la chica de información me llevó al bus stop, casi de la mano. Por supuesto que los primeros días fueron algo difíciles, el llegar a un país donde no hablan tu idioma, creyéndome que llegaba con un nivel intermedio de inglés, cuando los kiwis hablan de una manera realmente rápida, mi cara era de whaaaaaaaaaaaat?

Es un país con muchos latinos, pues brinda la oportunidad de trabajar por temporadas (pero bueno, esa es otra historia que deberían de atreverse a vivir), eso me dio la facilidad de al poco tiempo, conocer a personas de Argentina, Chile, Italia, Alemania, México, entre otros. Ya no me sentía tan sola porque al ser las culturas tan diferentes, que es bien interesante escuchar las historias y costumbres de cada persona. Desde ese momento siempre tuve compañía, me moví a lo largo del país con personas que tenían los mismos deseos que yo: seguir conociendo ese maravilloso país (y de tener qué comer).

Recuerdo perfectamente el día que me bajé de ese avión en Auckland, sola, asustada y nerviosa de perderme, pidiendo ayuda al personal del aeropuerto y cuando la chica de información me llevó al bus stop, casi de la mano.

En Nueva Zelanda estuve trabajando en lugares que jamás en mi vida aquí en México me hubiera imaginado trabajar; primero en una maderera, acomodando tablas (pesadas por cierto) en pallets, para exportarlas a Estados Unidos (madera pro, así es), un trabajo muy duro, en donde los primeros días me dolían partes del cuerpo que no sabía que existían en mi.

Después picking de kiwis, cosechando fruta y recordando las sabias palabras de mi padre cuando le expliqué sobre los trabajos que podría tener allá: “Eso es trabajo de campo, tú no lo vas a aguantar”, no sé por qué me dijo eso, aunque él tenía mucha razón, ya que sólo lo hice dos días y la verdad es que no me gustaba. Mi principal trabajo fue ser tray maker, hacía las cajas en donde los chicos de la packhouse empacaban los kiwis que se exportan a todo el mundo.

Otro trabajo con el que intenté fue el de mesera, con solo 20 horas a la semana (durante 15 días) no era suficiente, nada más me alcanzaba para pagar mi renta y mi comida, nada de ahorrar y darme uno que otro gusto. El trabajo que más me sorprendió fue en una farm, en la calving season (cuidar y alimentar a los terneros). Siempre pensé y seguramente por comentarios de otros mochileros, que sería un trabajo muy difícil, sentía que iba a ser muy rudo para mi… y sí así fue, fue muy pesado; pero increíblemente me gustó, es ahí cuando te das cuenta que tienes que vivir tu propia experiencia, que está bien tomar en cuenta los comentarios y consejos de las otras personas, pero hay que atreverse a hacerlo, probar nuevas cosas, el objetivo es no cerrarse. Aprendí a conducir una cuatrimoto y fue de lo más divertido, trabajé a pleno sol, lluvia y también frío, siempre rodeada de la naturaleza.

Mi último trabajo fue en una fábrica de leche en polvo para bebés, 12 horas al día, por 4 días seguidos, con la ventaja de que tenía 4 días libres que me daban la oportunidad de hacer viajes cortos en ese periodo, pesado también, pero era un cansancio diferente, era mental (te pasa toda la vida una y otra vez por la cabeza y llegan momentos en los que ya no sabes que más re-pensar).

Mi working visa se terminaba y por todo lo trabajado durante ese tiempo me permití regalarme unas merecidas vacaciones antes de regresar a mi país y recorrer un poco del maravilloso sudeste asiático. Como lo describí anteriormente, conocí a muchos latinos, tuve muchos amigos, pero con ninguno coincidí para hacer el viaje y pues bueno, decidí agarrar mis maletas de nuevo e irme sola. No es una decisión fácil, recuerdo un par de días antes de partir que me dio un ataque de ansiedad y miedo a tal grado de querer cancelar todo lo planeado y regresar volando a los brazos de mi madre, por el simple hecho de ir SOLA, de aburrirme, de perderme, de que algo malo me pudiera pasar. Tal vez lo único que me hizo agarrar valor y atreverme, fue que ya tenía los tickets comprados y era o tomar ese avión hacia Kuala Lumpur, Malasia o perder mi dinero que tanto esfuerzo me había costado.

Y bien, cuando el recorrido comenzó debo confesar que no tenía mi itinerario planeado, sólo sabía que ya estaba en Malasia y que quería ir sí o sí a Singapur y después Tailandia. Mi guía fueron los blogs de viajeros que habían hecho esas rutas antes, espero que el Dios de los viajes premie a esas buenas almas que nos comparten sus tips de cada lugar.

Así fue que en Malasia empecé a mochilear de verdad, en Kuala Lumpur conocí a una chica Filipina con la que hasta el día de hoy mantengo contacto a través de redes sociales y que me salvó de terminar empapada pues me compartió de su paraguas en una tarde de tormenta. También conocí a un par de españoles súper buena onda y divertidos que me llevaron a un club con una vista alucinante hacia las torres petronas y así seguía recorriendo Malasia; bajé hacia Singapur, un país bellísimo, al que de verdad un par de años atrás jamás me hubiera imaginado que yo lo conocería, sólo miraba entusiasmada los videos de Alan X el Mundo (el mejor YouTuber de viajes), imaginandolo y PUM! ya estaba ahí, entonces comprendí el poder de la atracción. Me encantó tanto que me quedé más de lo planeado, esa es una de las ventajas de no tener armado tan estrictamente tu ruta e ir sola, si un lugar te gusta, te quedas más tiempo y ya.

Regresé de nuevo a Malasia para despedirme en George Town, además para tramitar mi visa para Tailandia, en donde me reuniría con un par de amigas que conocí en tierras kiwis, para aprender a bucear en Koh Tao (unos de los lugares más baratos del mundo para hacer esta actividad). Sentí un alivio de verlas, de conversar las anécdotas de nuestros respectivos viajes, de aprender algo nuevo juntas, de tomar unas cervezas y ricas comidas, aunque fue por poco tiempo, por intereses diferentes de nuevo, nos separamos y cada quien siguió sus rutas.

Tailandia me encantó, su comida, su gente, sus magníficos lugares y lo barato que es.

Ese viaje de verdad que me llena de satisfacción, el estar ahora detrás de esta computadora y ver hasta dónde pude llegar SOLA, obviamente extrañando el calor de mi gente, sin tener quien te tome buenas fotos, sin ser cómplice de alguien, pero lo hice y estoy orgullosa de mi, de lo aventurera que puedo ser.

Eso sí, es muy importante el  informarnos sobre el lugar al que queremos visitar y asegurarnos antes si es seguro para una mujer y sola. Los países del sudeste en los que estuve me parecieron realmente seguros y Nueva Zelanda mucho más.

Yo sé que quiero seguir llenando mi pasaporte de sellos de nuevos países, mi corazón y mi alma de lo inmaterial, pero verdaderamente bello de este mundo, de la capacidad de asombro al conocer algo nuevo de una cultura, de hacer amigos de todos lados del planeta, de las anécdotas que les contaré a mis nietos y saber que seguiré viajando, con amigos, con mi pareja, con mi familia y si de plano nadie me quiere seguir, VIAJAR SOLA, pero viajar.

 

 

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